3 de noviembre de 2000

MAS ALLA DE LAS CIFRAS
Editorial

Poco más de siete millones de personas votaron en las elecciones municipales para elegir alcaldes y concejales en más de trescientas cuarenta comunas de todo el país. En este tipo de elecciones el factor personal tiene un peso significativo que supera alineaciones estrictamente políticas. Constituye una medición de la gestión de las autoridades edilicias y un pronunciamiento respecto de propuestas de solución a problemas que afectan directamente la vida de las familias en barrios, poblaciones, aldeas y ciudades.

A la hora de hacer un balance de los resultados de las elecciones del 29 de octubre, es preciso tener en cuenta algunas cosas. Diversos factores distorsionan éstas y otras elecciones. En primer lugar, el dinero -que favorece a los candidatos que disponen de recursos- vale decir a la derecha, elemento que constituye un eventual factor de corrupción. Y enseguida, el sistema electoral que permite que sean elegidos alcaldes con votación minoritaria, así como el binominalismo que impera en las elecciones parlamentarias permite que la minoría esté sobrerrepresentada en el Parlamento.

A este contexto distorsionador se agrega el creciente alejamiento del sistema político de un elevado número de personas. Los dos millones no inscritos en los registros electorales -principalmente jóvenes- se restan voluntariamente a participar, simplemente porque no ven utilidad alguna en hacerlo. A ello deben agregarse las elevadas cifras de abstención, que esta vez fue de 11.13% de los ocho millones 90 mil inscritos. Vale decir, casi un millón de personas. Luego, hay 563 mil votos blancos y nulos. Casi tres millones y medio de ciudadanos, de una u otra manera se restaron de participar en estas elecciones municipales. Un fenómeno preocupante que debilita la base de sustentación de la democracia.

Hechas estas salvedades, es posible examinar con mayor objetividad los resultados. Si se miran solamente las estadísticas es posible entender que -curiosamente- todos los bloques o partidos participantes tienen motivos para estar contentos.

El gobierno, porque la Concertación (52,11%) derrotó a la derecha (40,10%) por más de doce puntos, rompiendo el empate político establecido en la elección presidencial. La derecha -o Alianza por Chile- porque subió significativamente respecto de las elecciones municipales de 1996, superó ampliamente el segmento del tercio electoral a que parecía condenada y triunfó en comunas y ciudades de gran importancia. El Partido Comunista y sus aliados porque los resultados (4,19%) pueden entenderse como el inicio de un proceso de recuperación en relación al magro 3% que obtuvo la candidatura presidencial de Gladys Marín y porque consiguió votaciones importantes en comunas populares como Pedro Aguirre Cerda y Quinta Normal en Santiago, en Valparaíso y Concepción. En otras ciudades como San Fernando aumentó su número de concejales y alcaldes. La alianza humanista-verde prácticamente mantuvo el porcentaje alcanzado en las elecciones municipales de 1996: menos del 1%.

La Concertación -y dentro de ella la DC- temía con razón la posibilidad de una derrota amplia. El aumento de la cesantía, la situación económica afectada por un inexplicable inmovilismo y las expresiones escandalosas de corrupción por las indemnizaciones millonarias eran factores peligrosos. En todo caso, la votación concertacionista con un 52,11%, superior incluso a algunas elecciones anteriores, marcó un porcentaje inferior al respaldo de opinión pública que favorece al presidente Ricardo Lagos en las últimas encuestas. Es inferior, asimismo, al 56,1% que la coalición logró en las municipales anteriores. No se debe olvidar tampoco que Lagos ganó la presidencia en enero pasado con sólo el 51,31% de los votos, en una estrecha diferencia sobre Lavín. La Izquierda ajena a la Concertación, cuyo apoyo permitió ganar a Lagos en segunda vuelta, parece haberle otorgado una prórroga de confianza en estas municipales. El PC sólo recuperó un punto de su votación regular desde 1992. Pero el apoyo extraconcertacionista al gobierno de Lagos, no es una situación consolidada. Puede variar en las parlamentarias del próximo año, salvo que se logre articular un bloque democrático por reformas que incluyan el cambio del sistema electoral binominal.

La derecha bajó considerablemente con relación a la votación presidencial de Joaquín Lavín pero subió cerca de diez puntos respecto a las municipales de 1996. Sobre todo ganó en comunas en que la Concertación parecía invulnerable. El triunfo de Joaquín Lavín en Santiago fue abrumador: 61%. Sorprendentes resultaron las victorias de la derecha en Arica, Rancagua, Angol, Concepción y en comunas tan importantes como La Florida, Peñalolén, Huechuraba, Conchalí, Puente Alto, Maipú, Estación Central, San Miguel, Renca, La Cisterna y otras en Santiago. Lavín surge como el líder incuestionable de la derecha aunque no logró retener para ella su votación de enero.

Es cierto que de las 31 comunas más populosas del país, la Concertación ganó 22. Pero la derecha triunfó en las otras, donde no estaba antes y conquistó algunas consideradas baluartes inexpugnables de la coalición de gobierno.

En las próximas semanas se irá quebrando la apariencia tranquilizadora del panorama político. Hay señales poderosas que deben ser miradas con atención por parte de los sectores progresistas.

Existe el riesgo de que la Concertación y el gobierno hagan una lectura equivocada y traten de enfrentar a la derecha usando sus mismos métodos y planteamientos. Ofreciendo mayores facilidades a los empresarios y más restricciones a los trabajadores, a la espera de que el crecimiento económico ?chorree? bienestar sobre los sectores modestos. Más privatizaciones y más libre juego de las fuerzas del mercado. Si así lo hace, no hay duda de que la derecha seguirá avanzando y se convertirá en la primera fuerza electoral, conquistando la Presidencia de la República en las próximas elecciones. Estamos en presencia de una derecha política apoyada financieramente con entusiasmo por el empresariado. Una derecha que se ha desvinculado aparentemente del militarismo y que incluso le da las espaldas a Pinochet. Una derecha que ha renovado sus cuadros y que ha conquistado posiciones en el mundo popular mediante un hábil trabajo de penetración. Una derecha, en fin, que maneja las comunicaciones y las propuestas con excelente capacidad profesional.

Más allá de estadísticas y cifras más o menos puntuales, el panorama no parece despejado para las fuerzas populares y progresistas, que tienen todavía ventaja en la mayoría de la población. La derecha se ha posicionado en las principales ciudades y en comunas muy populosas, de sectores medios y de bajos ingresos. Tiene a su favor el factor subjetivo de sentirse victoriosa y de percibir la confusión que impera en sus adversarios. Las elecciones parlamentarias de diciembre del próximo año podrían ser decisivas. De continuar la actual tendencia, el Congreso se dividirá prácticamente en partes iguales entre la Concertación y la derecha, obligando al gobierno a una cohabitación forzosa que, según estiman los estrategas derechistas, agravaría la pasividad e impondría mayores y más profundos consensos en beneficio de la derecha. De este modo se allanaría su camino hacia el triunfo. Es cierto que hay plazos largos por delante y que las cosas pueden cambiar. Pero eso no ocurrirá por la sola acción del azar o la fatalidad. Solamente una revitalización de los aspectos democráticos y de cambio de la Concertación y el crecimiento de un amplio movimiento de Izquierda pueden evitar que ocurra lo que todos dicen -o piensan en su fuero interno- que ocurrirá: el triunfo presidencial de la derecha. Torcer ese curso que se nos quiere presentar como ineludible, es un desafío

PF

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