19 de enero de 2001

Pablo Rodríguez, el rastrero
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PABLO Rodríguez Grez: aconsejó a Pinochet no acatar a los tribunales.
"Soy el más modesto, el más humilde pero el más leal soldado de esta causa", les decía el abogado Pablo Rodríguez Grez a los miembros de la Junta Militar, encabezados por Pinochet, que lo escuchaban en audiencia especial el 12 de marzo de 1974. Ese día, después de oir las cuentas de los ministros de Defensa y Relaciones Exteriores -este último informó que en México se había sostenido con Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano, una entrevista "de gran provecho, cordial y en ella ofreció el apoyo para Chile en el Club de París y el apoyo económico que se necesitara"-, la Junta hizo pasar a Pablo Rodríguez.

La gestión para que sus colegas escucharan al ex jefe del movimiento fascista Patria y Libertad -cuyos miembros se habían integrado a la DINA- la hizo el director de Carabineros, general César Mendoza, lo cual consta en el anexo al acta Nº 102 de la Junta, documento secreto que firman Pinochet y el general de brigada Augusto Lutz Urzúa, entonces secretario de la Junta, que después murió en extrañas circunstancias.

Pablo Rodríguez jugó un rol destacado en la conspiración para derrocar al gobierno legítimo que presidía Salvador Allende. Más tarde sus esfuerzos por influenciar a los jefes de la dictadura militar con las doctrinas nacionalistas de Patria y Libertad, fracasaron. Los Chicago Boy?s -que impusieron la receta neoliberal- fueron más poderosos. Por su parte, Jaime Guzmán Errázuriz y sus discípulos del gremialismo -que se convertiría en la UDI- también superaron a Rodríguez Grez -al que consideraban un "patán"- en influencia en la cúpula de las FF.AA., modelando lo que fue la Constitución del 80.

En la actualidad Pablo Rodríguez encabeza el equipo jurídico que defiende a Pinochet. Sempiterno conspirador, intentó una desesperada maniobra cuyo éxito habría desestabilizado al comandante en jefe del ejército, general Ricardo Izurieta Caffarena, desafiando al poder judicial y generando una grave crisis nacional. A Rodríguez no le costó nada convencer a su cliente y familia que el ex dictador debía rehusarse a someterse a exámenes médicos y psiquiátricos y, además, a prestar declaración indagatoria ante el ministro Juan Guzmán Tapia. El anuncio de Pablo Rodríguez sobre esa decisión de Pinochet -que lo colocaban en franca rebeldía frente a la justicia ordinaria- tenía un carácter sedicioso. Enviaba un claro mensaje a los sectores más recalcitrantes de pinochetistas en el ejército.

Rodríguez -cuya conducta anti ética fue denunciada a los tribunales- sostuvo que la metodología de los exámenes a Pinochet en el Hospital Militar -con contramuestras de sangre, orina, excrementos, etc. que serían analizadas en otros laboratorios- constituían una "ofensa" al ejército ya que ponía en tela de juicio la honradez e idoneidad del hospital castrense. La maniobra de Pablo Rodríguez fue conjurada a tiempo por Izurieta que -con respaldo del alto mando del ejército- impuso a Pinochet el acatamiento a la autoridad judicial. (Ver págs. 4 y 5).

La línea de "defensa" golpista de Rodríguez que según sus convicciones ideológicas de siempre pretendía violentar al estado de derecho, se desplomó. Por segunda vez en los últimos años Pinochet dejó en la estacada -esta vez obligado- al ex líder fascista, igorando sus consejos.

LAMIENDO BOTAS MILITARES

El siniestro historial de Pablo Rodríguez Grez -que en los años 70 dirigió las acciones terroristas de Patria y Libertad y que después del golpe prestó servicios a la DINA por los cuales ha sido citado a declarar en los procesos que lleva el ministro Guzmán- incluye esa zalamera exposición ante la Junta Militar el 12 de marzo del 74.

Rodríguez pidió ser oido por Pinochet y sus colegas para plantearles "una serie de inquietudes que yo he ido recogiendo por diversos conductos". De inmediato aclaró que "la posición nuestra es de absoluta incondicionalidad hacia el gobierno, porque cualesquiera que sean los rumbos que este gobierno tome, sean rumbos favorables a la posición ideológica que nosotros hemos sustentado, o sean desfavorables a ella, creemos que en definitiva los militares chilenos y las FF.AA. le han ahorrado al país mil años de comunismo..."

Rodríguez aclaró a continuación que muchas de sus inquietudes se habían diluido en los últimos días "como consecuencia de los pronunciamientos de esta Junta".

En la exposición señaló que "en este país existe una mentalidad estatista que yo creo que viene desde 1938 fundamentalmente. Esta mentalidad hace que los errores, por ejemplo, del comerciante, sean errores del gobierno; que los errores del empresario sean errores del gobierno..."

El jefe de Patria y Libertad se refería a las alzas de precios que afectaban a la población y que levantaban críticas contra la dictadura.

Rodríguez deslizaba sus "inquietudes" pero envolviéndolas en halagos. "El pueblo chileno -sostuvo- se siente tremendamente identificado con los militares y con los carabineros y no se siente identificado, creo yo, con ningún grupo civil de ninguna naturaleza". Añadía: "Desde mi punto de vista nacionalista, señor presidente, indudablemente que me siento satisfecho y creo que la gente que está junto a nosotros está satisfecha y casi me atrevería a decir, casi todos lo están".

A continuación Rodríguez dijo a Pinochet, Mendoza, Leigh y Merino:

"Desde el punto de vista del sistema político, indudablemente que la Junta plantea un desplazamiento de los partidos políticos hacia los grandes sectores comunitarios. Lo dice, por ejemplo, con respecto a la mujer; lo dice respecto de la juventud; lo dice respecto de los hombres de trabajo; pero tampoco está planteado como sistema político. Y, finalmente, respecto de gobierno autoritario, tampoco está planteado este concepto y esta armonía entre gobierno autoritario y estado de derecho que es, precisamente, lo fuerte y lo increíblemente sólido desde el punto de vista jurídico que representa el Estado autoritario nuestro, dentro de un estado de derecho, cosa que nosotros hemos discutido mucho. Y yo quería pedir autorización a esta Junta para que a través del coronel don Julio Tapia que, entiendo, es asesor del general Leigh, pudiésemos tener un acuerdo del Colegio de Abogados en el sentido de aclarar definitivamente, nacional e internacionalmente, que este país vive en un estado de derecho.

Estamos viviendo en un régimen de excepción, pero estamos perfectamente en un estado de derecho y aplicando leyes que no se dictaron ayer sino que, respecto de esta materia, son leyes que tienen 50 años y algunas más de 50 años. Entonces, decir que no estamos dentro de este estado de derecho dentro de esta concepción de gobierno autoritario, a mi juicio es una falacia que nos hace mucho mal".

PIDIO REPRIMIR A LA DC

Pablo Rodríguez, que en marzo del 74 venía regresando de una gira por México y Europa, introdujo en su exposición a la Junta una grave denuncia contra la Democracia Cristiana, lo cual en aquellos años equivalía a una delación policial.

Sostuvo que los demócratas cristianos "están tratando por todos los medios de conseguir que la Junta Militar fracase, fracase en su gestión de gobierno. Si yo fuera DC, mi general, indiscutiblemente que querría el fracaso de la Junta Militar, porque eso implicaría volver al juego partidista y dentro del juego partidista, con la eliminación de los partidos marxistas, no cabe ninguna duda de que el poder tendría que caer en manos de los democratacristianos. Y como naturalmente decimos los chilenos, no se pueden pedir peras al olmo, yo no les puedo pedir a los democratacristianos que colaboren lealmente con el gobierno, cuando se trata de aquellas personas que tienen una concepción DC, un fanatismo, un cierto sentido sectario, no tan grande tal vez como el marxismo, pero que lo tenían. Le voy a poner un ejemplo típico que yo lo conozco. Hace diez años que soy profesor de derecho en la Universidad de Chile y la U. de Chile desgraciadamente en este momento está transformada en un paraguas de la Democracia Cristiana. Este es un caso que yo creo que la Junta tiene que conocerlo. La gente se está amparando en la Universidad y diría que dentro de 6 u 8 meses más vamos a tener reventones violentos en la Universidad y que la Universidad va a ser muy difícil de intervenirla de nuevo, va a ser muy difícil de poner dura la mano, porque, desgraciadamente, tiene un gran ascendiente internacional todo lo que diga en relación con los sectores intelectuales de la Universidad. Yo tengo ese temor y quería manifestárselo".

Finalmente Rodríguez, dirigiéndose a Pinochet, dijo:

"Mi general, si se me preguntara si soy partidario de la constitución de un movimiento nacionalista, por ejemplo, que apoye al gobierno, le diría directamente que no y creo que no porque las Fuerzas Armadas tienen una presencia espiritual tan grande dentro de los chilenos que bastaría con proyectar estas concepciones fundamentales dentro de esta estructura que, repito, está todo en el documento que la Junta ha dado a conocer a la opinión pública; bastaría con proyectarla para que el chileno se sintiera identificado, lo importante es que cuando uno habla con una persona en la calle y le pregunta: ?Usted ¿está con la Junta Militar??. Le van a responder, me atrevería a decir que el 90%: ?Estoy con la Junta Militar?. Y al decir esto estoy hablando del barrio alto, de las poblaciones, de todos los sectores, están con la Junta Militar. ¿Por qué están con la Junta Militar? ?Porque botó a Allende, porque terminó con el régimen marxista?. Pero le van a agregar casi automáticamente: ?Pero no sabemos para dónde vamos y hasta cuándo las cosas van a subir?. Son los dos aspectos que a la gente le preocupan. Y esas son las cosas, precisamente, que hay que aclararles, porque cada día les va a importar menos la Junta Militar ?porque botó a Allende? y cada día les va a importar mucho más la Junta en la medida de hacia dónde vamos. Este mismo problema, por ejemplo, que le plantean a la Junta: ?¿Cuándo va a haber elecciones??. Eso no tiene ninguna importancia si se plantean estas concepciones básicas, porque quiere decir que puede haber elecciones mañana, pero será con un esquema completamente distinto en que se va a transformar la institucionalidad del país, se van a transformar las relaciones de producción y se va a transformar el sistema político.

Estas inquietudes, mi general, las he recogido a través de las conversaciones con una multiplicidad de gente y se las vengo a decir con la mejor buena fe del mundo en el entendido, quiero que la Junta entienda claramente, de que soy el más modesto, el más humilde, pero el más leal soldado de esta causa; que lo único que quiero es ayudar y contribuir con todas las energías que tengo para que esta experiencia tenga realmente éxito, porque estoy convencido de que esta es la última oportunidad histórica que tiene este país, porque si esto fracasara el país no tiene más porvenir. Sería un desastre. Y como tengo una fe absoluta -y la tuve desde el día 4 de septiembre de 1970- en los Institutos Armados, es porque he querido pedir esta audiencia"


El "cambalache" del almirante Arancibia


EL almirante Jorge Arancibia encalló en una severa réplica del presidente Ricardo Lagos.

Papel clave en el entorpecimiento a la entrega de información sobre detenidos desaparecidos parece haberle correspondido al comandante en jefe de la Armada, almirante Jorge Patricio Arancibia. Reticente desde un principio, planteó luego que se entregara solamente información general y más derechamente después que se condicionara el aporte de las FF.AA. Incluso habría tenido influencia sobre el director general de Carabineros, general Manuel Ugarte, para que su institución restringiera la colaboración que estaba dispuesta a prestar. Una vez entregados los antecedentes al presidente de la República, el almirante Arancibia declaró que si cambiaban "las condiciones generales" podía haber información adicional.

No extrañó la conducta del almirante. Desde la detención de Pinochet en Londres ha mostrado creciente compromiso con posiciones pinochetistas partidarias de la impunidad del ex dictador y de los altos oficiales involucrados en crímenes y atrocidades.

Cuando el almirante Jorge Arancibia fue nombrado por el presidente Eduardo Frei, máximo jefe naval pareció que sería diferente a su antecesor. Un comandante en jefe estrictamente profesional, no orientado por integrismos ni pensamientos fascistoides. Campechano y sonriente, el nuevo jefe podía dar un golpe de timón, aunque había sido edecán de Pinochet y ostentaba intensa religiosidad conservadora.

Pasaron los meses y el almirante fue mostrando una veta política bastante parecida a la del almirante (r) Jorge Martínez Busch, a quien sucedió en el cargo. En los primeros meses de mando, prefirió concentrarse en el tema de la renovación de la escuadra. Con el país comprometido en más de 500 millones de dólares por los submarinos Scorpene, encargados a astilleros franceses y españoles por Martínez Busch, Arancibia diseñó el Plan Tridente de construcción de fragatas en Chile. Se estimó que cada unidad tendría un costo de unos 180 millones de dólares. Analistas de defensa sostienen que el costo real excedería los 300 millones de dólares. Y como el proyecto del almirante contempla la construcción de 8 unidades, el gasto sería de entre 1 mil 240 millones y 2 mil 400 millones de dólares. Arancibia desechó de plano otras opciones eficientes, más ajustadas a las condiciones del país.

El gobierno del presidente Ricardo Lagos le dio luz verde para avanzar en el Plan Tridente. Incluso guardó silencio cuando el almirante con mirada oceánica postuló una flota capaz de defender las exportaciones chilenas en los confines del mar de la China o del Indico.

Más allá de grandilocuencias propias de un Tartarín acuático, el almirante empezó a mostrar las garras a partir de la detención de Pinochet en Londres. Trató de marcar la pauta de comportamiento de las FF.AA., lo que provocó molestias en el Alto Mando del ejército y en el general Ricardo Izurieta. Intentó imponer la idea de una "comisión de hombres justos y buenos" para avanzar en una salida política al tema de los derechos humanos, dejando de lado a los tribunales, en busca de un consenso de impunidad. En forma más directa y brutal, Martínez Busch -como senador designado- postulaba una nueva amnistía, desde 1978 hasta hoy.

Arancibia comenzó a mostrar una curiosa memoria selectiva. Se preguntaba con aire candoroso "¿por qué va a pedir perdón la Armada?" (revista "Qué Pasa", 28.5.98), como si su institución tuviera una trayectoria prístina e inmaculada. No solamente negaba el pasado lejano, como el alzamiento naval contra el presidente Balmaceda que detonó la guerra civil de 1891, sino que borraba episodios recientes como las torturas y asesinatos en la "Esmeralda" y otros buques en los días posteriores al golpe y las atrocidades en los cuarteles y campos de concentración regidos por la Infantería de Marina. La amnesia intencionada lo llevaba a negar la memoria del edecán naval del presidente Allende, capitán de navío Arturo Araya Peters, asesinado por un comando ultraderechista, y la irresponsabilidad criminal del almirante José Toribio Merino, alzado contra su propio comandante en jefe y el presidente constitucional. Arancibia no cuestionaba la participación naval en el siniestro Comando Conjunto ni su aporte de torturadores profesionales a la DINA. En un plano más general, asumía como motivo de orgullo la vinculación tradicional de la Armada con los sectores más reaccionarios, el racismo e incluso los nexos de no pocos de sus altos oficiales con agentes de inteligencia norteamericanos antes y después del 11 de septiembre de 1973. Nada de eso le parecía digno de arrepentimiento, ni siquiera de examen crítico.

Cuando Pinochet regresó de Londres, el almirante Arancibia se jugó más abiertamente por su antiguo jefe. Sus preocupaciones se exacerbaron cuando Pinochet fue desaforado. Dijo entonces que estaban cambiando "las reglas de juego" y empezó a anticipar que los resultados de la mesa de diálogo serían magros. La Armada sólo entregó información sobre seis dirigentes del PC detenidos desaparecidos por la DINA en 1976 y sepultados en Cuesta Barriga. Hace pocos días, confirmado su pronóstico, el almirante fue nuevamente enfático: "O cambian las condiciones generales que pudieran permitir una obtención adicional de información o hasta aquí hemos llegado". En otras palabras: o se garantiza impunidad para Pinochet y sus cómplices o no habrá más antecedentes sobre el paradero de los detenidos desaparecidos. En boca del almirante una obligación sometida al honor militar había pasado a ser objeto de transacción, de simple trueque. Fueron palabras amenazantes y pequeñas, groseramente contrastantes con actitudes nobles y patrióticas de marinos que a lo largo de la historia antepusieron el interés general a motivaciones subalternas, personales e incluso institucionales.

El almirante Arancibia recibió dura respuesta a sus palabras. Sin nombrarlo, a las pocas horas el presidente de la República lo puso en su lugar. "Sería lamentable -declaró Ricardo Lagos- que Chile pensara que alguien puede condicionar la información que conoce a determinados gestos. La información se encuentra a partir de la conciencia moral de los chilenos".

Arancibia tuvo que guardar silencio. Lo más probable, en todo caso, es que siga empecinado en su gran proyecto: imponer en la forma que sea, una norma de impunidad para asesinos y torturadores a fin de que éstos sigan viviendo tranquilos y disfrutando de grados militares alcanzados por medio de la represión y el crimen

GRUMETE

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