31 de agosto de 2001
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LA
SELVA POLITICA
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| Editorial |
Más allá del anecdotario y del juego mediático en que amenaza convertirse el escenario político, la gente de Izquierda -los jóvenes y viejos que anhelan una sociedad justa y democrática- deben intentar orientarse en una selva de chascarros y de temas sin importancia. El asunto de fondo consiste en que asistimos al deterioro de un proyecto político democratizador y progresista que encarnó la Concertación de Partidos por la Democracia y a la emergencia de un proyecto retrógado capitaneado por la UDI, heredera política de la dictadura militar. No es indiferente, por lo tanto, lo que en estas circunstancias hagan -o dejen de hacer- las fuerzas sociales, culturales y políticas que por separado y a veces en franca disputa, luchan por un Chile diferente.
La Concertación sufre el desgaste de más de diez años de un tipo de gobierno que ha abusado de la buena voluntad y candor político de los ciudadanos que en sucesivas elecciones han respaldado su programa. Su progresivo debilitamiento -que en las últimas elecciones presidenciales la tuvo al borde del abismo, salvándose sólo por la responsabilidad democrática de un sector de la Izquierda-, se debe a su inconsecuencia que le impide pasar de las promesas a los hechos. El programa original de la Concertación, en efecto, constituía una esperanza de democracia y justicia social que atrajo a vastos sectores populares. En lo esencial, sin embargo, su práctica ha sido una prolongada contemporización con los sectores ideológicos y políticos derrotados por su afinidad con la dictadura, bajo el absurdo pretexto de buscar consensos que dieran gobernabilidad al país. No se trataba del empeño necesario de gobernar mediante amplios acuerdos sociales y políticos con la inmensa mayoría que repudió a la dictadura militar y a sus cómplices empresariales y políticos. Lo que se hizo fue diferente. Se negociaron acuerdos públicos y secretos con los mismos sectores que se vieron obligados a entregar el gobierno a partidos que prometían profundas reformas institucionales y económicas, además de verdad y justicia para los terribles atropellos a los derechos humanos sufridos durante 17 años. La gobernabilidad no se obtenía, como hoy se puede apreciar, cediendo terreno a los sectores que cargaban con el desprestigio y responsabilidad de los años siniestros de Pinochet y su camarilla de generales asesinos y de empresarios delincuentes. La sustentación del gobierno civil -y su proyección hasta que culminara su tarea democratizadora- sólo podía lograrse con el apoyo de una amplia fuerza social democrática que completara la transición y preparara las condiciones para un proyecto político superior. La Concertación optó, sin embargo, por frenar y desarticular al movimiento de masas, agravando su fragmentación, y se echó en brazos de sus enemigos. Se ha limitado a administrar con mayores bríos privatizadores el modelo neoliberal de la dictadura. Los resultados están a la vista. La derecha golpista y antidemocrática -pues no hay otra- ha sido relegitimada por la propia Concertación. Ahora hace esfuerzos pueriles y grotescos por diferenciar a una minoritaria ala "liberal" de la Alianza por Chile del sector duro -con guantes de seda y sonrisa de monja- de la UDI de Lavín. Esa derecha, la única existente, la que apoyó a Pinochet y excusó sus crímenes, la que se enriqueció a niveles nunca antes conocidos, se ha ido perfilando como la sucesora de la Concertación, hasta el punto de empujar a la coalición de gobierno a una situación de rendición anticipada que puede ser muy costosa para los intereses democráticos. La Concertación se ha hecho así responsable de un delito político que la historia condenará. El resultado de su accionar timorato y vacilante, buscando consensos con quien no debía, está a la vista. A una mayoría ciudadana -sobre todo a los jóvenes- les da lo mismo cualquier régimen de gobierno, sea o no democrático, la situación personal interesa mucho más que la democracia y la solidaridad como sistema, los militares gozan de mayor confianza que el Parlamento y los partidos, y la Iglesia Católica y la televisión son los rectores más confiables de la mayoría. Todo esto constituye una derrota para la Concertación pero sería un daño político menor si afectara sólo a unas cuantas cúpulas políticas que se dedican a atender clientelas electorales y a preparar sus maletas. Lo dramático para Chile consiste en que a sólo doce años de la dictadura, estamos viendo el florecimiento de fuerzas políticas retrógradas que deberían estar condenadas a una ínfima representación electoral. El desempeño político de la Concertación, que incluye la represión a los sectores populares más combativos que reclaman el pago de la "deuda social", ha erosionado el significado y la legitimidad de la democracia. La ha puesto al mismo nivel ético de su fuerza contraria, que busca instalar un gobierno elitista y reaccionario. La derecha, herramienta de grandes intereses económicos nacionales y extranjeros, compite hoy de igual a igual con sectores que lucharon contra la dictadura y que en algún momento encarnaron las aspiraciones del pueblo. Las capacidades políticas del actual gobierno se han empleado en intentar crear un interlocutor "liberal" sin recoger las enseñanzas de una dramática historia reciente que señala que el liderazgo derechista está en manos de un núcleo duro, dispuesto a todo, desde el crimen político hasta el golpe de estado, desde la extorsión y el soborno hasta el empleo de pandillas de hampones y ex agentes policiales para controlar las palancas del poder. El colmo de la ingenuidad -si entendemos como tal lo que bien podría apreciarse de distinta manera-, ha sido el episodio del "Piñeragate". La fallida operación del gobierno para reemplazar el liderazgo de Joaquín Lavín por el "liberal" Sebastián Piñera, buscando un nuevo eje político de centro-derecha que diera oxígeno a la exangüe Concertación, demuestra que en La Moneda las preocupaciones van por un lado diferente al de reconquistar el apoyo de los desencantados y de movilizar tras metas de justicia social al amplio sector ciudadano sumido en la indiferencia. Piñera hizo hizo su fortuna como prestamista a gran escala mediante tarjetas de crédito y parece tener una mandíbula financiera de cristal. Han bastado un par de apretones -con todas las apariencias de chantaje- para parar en seco sus aspiraciones políticas, poniendo en ridículo los esfuerzos por ampliar la Concertación hacia la derecha. La tendencia es más bien que la derecha coopte para su proyecto a los sectores "liberales" que cruzan transversalmente a los propios partidos de la Concertación. El frustrado líder "liberal" de la derecha trabaja como un corderito bajo las órdenes de Lavín en la campaña parlamentaria que comanda la UDI. Por otra parte, la actividad de ex agentes de la CNI, denunciada por el ministro del Interior a raíz del caso Piñera, no es novedad. Otros políticos han revelado que también han sido objeto de seguimientos y el director de Investigaciones confirmó que numerosas personas gozan de protección policial. Lo nuevo y grotesco en la denuncia de Insulza es que los ex agentes de la CNI hasta tienen una página en Internet y se preparan a sacar una publicación. Esos ex funcionarios, en su mayoría militares y carabineros que jubilaron con todos los honores, son conocidos por el gobierno que tiene sus nombres y paga sus pensiones. Sin duda siguen relacionados con las instituciones armadas a las que pertenecieron, nutren de información a los respectivos servicios de inteligencia y están disponibles para el trabajo sucio que les encarguen. Un buen número continúa en servicio activo y ocupa altos cargos en las FF.AA. y Carabineros. Todo esto se ha hecho normal en un sistema híbrido donde la dictadura no termina de irse y la democracia no termina de llegar.
Los gobiernos de la Concertación han dejado al pueblo -que se jugó contra la dictadura- librado a su suerte. Se han empeñado en mostrarse tanto o más "liberales" que la derecha y en profundizar un modelo económico ajeno a toda noción de justicia social y de igualdad de oportunidades. Vuelca todos sus esfuerzos a integrar a Chile al Area de Libre Comercio de las Américas (Alca) y a hacer méritos comprando a Estados Unidos un costoso armamento que desatará una nueva carrera armamentista en América Latina. En esa forma la Concertación ha terminado por no diferenciarse de la derecha que, en cambio, tuvo la habilidad de renovar su apariencia creando el liderazgo de Lavín. Esto da la medida de un gran fracaso histórico y plantea un vacío de liderazgo para conducir a los que lucharon por recuperar la libertad y que pagaron por ello un alto costo. Son fuerzas dispersas y desencantadas que no podrán ser atraídas a la acción política con los mismos métodos de los partidos que han fracasado y caído en el desprestigio. De ahí la responsabilidad de proyectos que deberían asumir un rol bien diferente al que caracteriza la rutina política sometida a las reglas del juego mediático. La compleja situación que plantea una derecha sobredimensionada y triunfalista y una Concertación que perdió la iniciativa al imitar a los que debía someter a la voluntad mayoritaria del pueblo, plantea a las fuerzas democráticas desafíos de unidad e imaginación para impedir que el fracaso concertacionista derive en la dominación por la derecha militarista de las masas despolitizadas, desorganizadas y abrumadas de problemas como el desempleo, la droga y la falta de expectativas para los jóvenes. Contra los encantadores de serpientes y los flautistas de Hamelín del escenario político hay que levantar una alternativa democrática y de justicia social. Permanecer a brazos cruzados o absortos en pugnas insignificantes, es traicionar la sangre que se derramó para reconquistar la libertad de Chile
PF