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ARGENTINA
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Fueron días de incendio de las sensaciones, de las creencias, de las ideas, de las calles, de los cuerpos y de las almas. No es fácil escribir sobre lo que sentimos y creímos, lo que pensamos y descreímos en estas jornadas, pero es necesario contarnos nuevamente lo que vivimos y vibramos. ¿Cómo nació la rebelión? ¿Cuáles son sus causas? ¿Cuáles serán sus consecuencias? La rebelión fue el grito desgarrado de un pueblo con hambre, con desesperación, con rabia, con indignación. Grito desgarrado de pueblo desarmado, desarraigado, desencantado. La rebelión nació de los fragmentos, de las heridas, de los cortes. La rebelión nació de la tierra. |
Varios sectores de la población, movidos por diferentes indignaciones,
se lanzaron al protagonismo para resolver urgencias acuciantes. Los más
empobrecidos, movilizados por hambre... hambre concreta y hambre subjetiva.
Sectores que vieron en pocos años desmoronarse sus proyectos individuales
y colectivos, ante una política económica excluyente y marginadora
que tiene como contracara la super-concentración capitalista. Dentro
de esta franja, merece un ánalisis especial el accionar de aquellos jóvenes
que no han ingresado en el mundo del trabajo, que saben que tienen una condena
de por vida, ya que en los marcos de este sistema no tienen presente ni futuro.
Ellos, crecidos a los tumbos, inermes cuando sus familias entraron en la picada
descendente de la exclusión, marcados por la atonía general de
la Argentina posdictadura, fueron formados sin embargo en la pelea callejera
de las "barras" de las esquinas, de las "hinchadas" de los
equipos de fútbol. La generación de pizza, birra, faso, poxiran,
sabe de represión, sufre la violencia cotidiana del gatillo fácil.
Ellos tienen una dosis suficientemente alta de indignación contra los
que dictaron su condena y contra quienes la hacen cumplir, a los que identifican
con la fuerza policial que los agrede y que se ha cobrado cientos de víctimas
en estos años.
También en esta franja de los excluidos, hay que considerar el nuevo
protagonismo de las mujeres, como consecuencia de la feminización de
la pobreza y de la resistencia. Condenadas doblemente, por pobres y por mujeres,
estas señoras salieron de sus casas para asaltar supermercados, como
salen las fieras a defender el alimento y la vida de sus crías. La feminización
de la resistencia no comienza en estas jornadas. Pero en ellas se ha visto consagrado
-incluso por el accionar discriminatorio de las fuerzas represivas que autorizaban
en algunos casos a ingresar en los supermercados sólo a las mujeres -estigmatizando
por esta vía el rol social de "dadoras de alimentos" del género.
En los saqueos a los supermercados -que en cada caso adoptaron diferentes modalidades,
iniciándose siempre con la presión masiva sobre el local, y continuando
luego por distintas negociaciones- se pusieron en juego acumulaciones previas,
como las realizadas por los distintos movimientos de desocupados. Si bien se
registra también el accionar en algunos casos de punteros del Partido
Justicialista (peronista) que se movieron al igual que en el 89 buscando la
desestabilización del gobierno radical, e incluso de carapintadas que
se reactivaron en la movilización por la libertad de Seineldín,
lo cierto es que el marco de comprensión de la masividad de los saqueos
no responde a explicaciones de carácter conspirativo, sino como respuesta
a la masividad del saqueo realizado por el poder.
El saqueo tiene además otras claves que merecen ser interpretadas, de
cara al futuro, como es la pérdida de respeto por la propiedad privada,
y la legitimación de la violencia popular, de la violencia de los de
abajo, en situaciones en las que no apelar a este recurso, significa aceptar
la otra violencia, la del suicidio.
Recuerdo en este momento que pocos días antes habíamos recibido
por los medios de comunicación el suicidio de un luchador chileno, Eduardo
Miño, y que en nuestro país se había asistido al suicidio
de un desocupado ante las cámaras de TV. La pérdida de respeto
por la propiedad privada, no es un dato menor. El imaginario social del capitalismo
se constituye sobre la base de la consolidación de este disvalor, así
como de otros de sus paradigmas fundantes como el mercado, la familia, la ley,
la religión y el Estado. Atacar estos símbolos, a través
de diferentes formas de lucha, comienza a presentar batalla en el terreno de
la construcción de sentidos, es parte de la lucha cultural en curso.
Es en esta dirección que se resignifican como antecedentes, los cortes
de ruta, comprendidos como la acción de interferencia en la circulación
del capital. También la lucha por la libertad de presos como Emilio Alí
o Raúl Castells, que promovieron acciones semejantes a las que en estas
jornadas se masificaron. La batalla por la libertad de todos los presos políticos
y sociales, quienes desde su exclusión física bien pueden representar
a todos los territorios de exclusión construidos en nuestra Argentina
para asegurar el orden capitalista. La lucha de las Madres de la Plaza de Mayo
con el aporte simbólico de la socialización de la maternidad,
que ha puesto en jaque a la institución familia como ámbito privilegiado
de la reproducción de los valores y de la cultura capitalista. Madres
que, además, en su última marcha de la resistencia se han proclamado
piqueteras, aportando a unir la memoria de los combates revolucionarios de sus
hijos, con esta nueva generación de combatientes sociales por la emancipación
y la justicia.
En el caso de los trabajadores movilizados -no a partir de sus organizaciones
sindicales, sino precisamente superando la parálisis de sus conducciones-
varios factores estaban en juego, desde la pérdida progresiva de los
puestos de trabajo, hasta el hecho de que en muchos casos no cobraban hacía
ya varios meses, y en el caso de que cobraran, la "bancarización"
retenía una parte de sus haberes, hecho particularmente exasperante frente
a la inminencia de las fiestas navideñas y el fin de año. La pérdida
del aguinaldo en muchos casos de las vacaciones, y en la mayoría del
salario o de la capacidad adquisitiva del mismo, fue un elemento tensionante
de los estados de ánimo que no canalizaron las centrales obreras. Uno
de los gritos más insistentes en la plaza era de denuncia de la pasividad
y la ausencia de las dos CGT, y contra la burocracia sindical y sus lugartenientes.
En el caso de la CTA, el esfuerzo desarrollado en pos de la consulta popular,
quedó palidecido y a destiempo, frente a un ánimo que exigía
un nuevo tiempo de movilización e incluso de insurgencia.
Los sectores medios salieron a la calle, hartos del saqueo a los salarios, el
saqueo a los ahorros, y debido a la situación de inestabilidad generada
a partir de las últimas medidas decididas por el ex ministro Domingo
Cavallo de "bancarización" de la economía, asumidas
en pos del dogma del pago de la deuda externa. Vale decir en este punto, que
si bien es cierto que el "factor Cavallo" fue determinante del estallido,
no lo fue menos la política fondomonetarista, que chantajeando hasta
el final por más y más ajuste, negaron unos días antes
el chorrito de dinero esperado por la administración radical.
Estas decisiones, más la declaración del estado de sitio anunciado
por De la Rúa, que terminó con la "ilusión democrática"
para estos sectores -ya que los más empobrecidos hacía rato que
sufrían sistemáticamente los hechos represivos- incendiaron los
ánimos.
Comenzó el incendio con la generalización de los saqueos. A esto
le continuó el cacerolazo, que sacó a la gente de sus casas hacia
la calle, y luego la fuerza creciente producida por el encuentro espontáneo
de miles de argentinos, que empujó a los corazones hacia las plazas,
y en la capital porteña, hacia la Plaza de Mayo.
El espacio público fue recuperado en las jornadas de diciembre. La memoria
fue honrada con la ocupación simbólica de la Plaza de Mayo, epicentro
de tantas batallas de nuestro pueblo, desde el 17 de octubre del 45, poblada
de los trabajadores por la libertad de Perón, hasta esa misma plaza resignificada
por los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo. La Plaza de
Mayo volvió a ser el centro de las decisiones. Para quienes habían
reescrito la arquitectura de las relaciones sociales en los tiempos posmodernos,
colocando el protagonismo en los despachos oficiales, y circunscribiendo la
ciudadanía al hogar y al ejercicio de la institucionalidad, las jornadas
de diciembre patearon el tablero. El pueblo, al volver a ser y a sentirse pueblo
(el pueblo unido jamás será vencido, volvió a repetirse
con un tono diferente) se volcó a la intemperie. Fue el quiebre del individualismo,
de la anorexia producida por el puertas adentro al que nos condena la privatizadora
política imperial. Frente a lo privado, lo público; frente a lo
individual, lo social; frente a la implosión, la explosión.
El estallido fue reconstituyente de memoria, de cultura, de rebeldía,
de autoestima, de fuerza y subjetividad popular. El estallido fue el ya basta
de un pueblo harto, que volvió a ser pueblo, al constituirse masivamente
desde sus intuiciones comunes como sujeto de historia. El saqueo fue un esfuerzo
de recuperación de lo expropiado salvajemente por el gran capital. El
saqueo fue la insurrección de la dignidad, levantándose de décadas
de aplastamiento.
El estallido fue un acto de salud, que posibilita la continuidad de la existencia
en la resistencia. Se produjo precisamente en el límite de nuestras fuerzas.
Se produjo en el instante en que empezábamos a dudar de nuestra capacidad
de ser humanos y humanas, constructores de nuestras vidas. Se produjo en el
límite de nuestra imaginación.
La respuesta del régimen fue una represión salvaje. Comenzó
la noche misma del miércoles, y continuó el jueves durante todo
el día, incluso después de la renuncia del presidente declarado
en default. Más de 31 muertos, cientos de heridos, cuatro mil presos.
Las Madres de Plaza de Mayo golpeadas por la caballería y heridas con
balas de goma.
El terrorismo de Estado se sacó la careta. La maldita democracia "democratizó"
la represión. Ya no fueron sólo los habitantes de las villas,
o los jóvenes las víctimas de la brutalidad policial. Hubo palos
y balas para todos.
En una escena paradigmática que pudo verse por un canal de TV, una mujer
encara al comisario que estaba a cargo de la represión en Plaza de Mayo
y lo increpa diciendo: "aquí estamos la clase media, no somos de
la villa. ¿Por qué reprimen así?". El comisario, no
se sabe si con conciencia de la historia y del destino de sus palabras le respondió:
no hacemos distinciones de clase a la hora de restaurar el orden. Mentira sobre
mentira. Bala sobre bala.
Si bien la clase media se había acostumbrado en los últimos años
a que la violencia represiva tenía como víctimas principales a
los habitantes de las zonas de exclusión, supo entonces que su alianza
con esos sectores se pagaba con la misma moneda con la que se pagó en
los 70 la integración de numerosos cuadros jóvenes de la burguesía
a las filas revolucionarias.
Romper la alianza de clases fue uno de los objetivos de la represión.
Calmar a las capas medias, y dejar que el descontento quedara circunscrito a
los más desesperados, a quienes se aspira a contener con una dosis de
asistencialismo, y otra de palos y balas.
Para los sectores más empobrecidos se montó el operativo de inteligencia
que llevaba a enfrentar a pueblo contra pueblo. En un barrio se avisaba que
venían a atacar del otro y viceversa. Con lo cual los vecinos terminaron
montando guardias armadas en cada cuadra. ¿Qué sucederá
cuando se tome conciencia del accionar de los servicios, dependientes del estado
provincial en estas operaciones, y los mismos vecinos que se encontraron para
defender con armas en mano su cuadra, comprendan que esta unidad puede servir
para atacar a quienes los quieren hacer juguete de sus manejos?
A pesar de la represión, la movilización se extendió y
una nueva generación se fogueó en la lucha de calles. Aprendió
a hacer barricadas, en improvisadas lecciones dadas por algunos pocos veteranos
de otras batallas. Aprendió a hacer molotov. Aprendió a retroceder
y a avanzar. Aprendió a usar los limones y pañuelos para aguantar
los gases. Muchos jóvenes tomaron sus primeras clases en esas jornadas.
En lo más álgido de la represión, todos asistimos a una
lección que no por repetida, no vuelve a conmovernos una y otra vez.
Entre los gases lacrimógenos, entre las bombas, entre las balas, se distinguió
el pañuelo blanco en las cabezas grises de las Madres de Plaza de Mayo.
Se vio a Hebe de Bonafini atravesando la Plaza de Mayo con Porota, Beba, y otras
madres queridas y dirigiéndose hacia el jefe del operativo, exigiéndole
el cese de la represión. Se vio también a estas madres coraje
poniendo sus cuerpos y recibiendo los golpes y las balas de goma.
Muchos y muchas que hasta ese momento permanecían en las casas, salieron
a la calle ese jueves en la mañana indignados por esas escenas.
Como en la dictadura, los pañuelos blancos de las Madres siguen enseñando.
Superándose a sí mismas cada día, nos siguen enseñando
la necesidad de poner el cuerpo en cada lucha, y de hacer de la vida misma un
acto de rebelión contra la pasividad, contra la cobardía, contra
la adaptación.
Las Madres volvieron a enseñarnos con su cuerpo que la única lucha
que se pierde es la que se abandona.
Otros gestos de coraje que vale mencionar: la "infantería motorizada"
del pueblo, como se los llamó a los motoqueros. Que se expusieron en
la primera línea para avisar del accionar policial a unos y a otros indistintamente.
Que metieron sus motos entre los caballos, para trabar su avance. Que repartieron
limones. Que pelearon como el que más. Que fueron ovacionados a la hora
del festejo. Que perdieron cinco compañeros. Cinco motoqueros asesinados.
La gente no abandonó la lucha, y el que tuvo que renunciar fue el presidente.
Quedan los muertos. Nuestros caídos. 31 o más, todavía
no sabemos. Viene a la memoria una y otra vez el verso del poeta: "Por
estos muertos, nuestros muertos, pido castigo." La lucha contra la impunidad,
necesita ahora sumar este nuevo reclamo. Imprescindible. La memoria, trabaja
hoy para recuperar sus nombres, sus vidas, sus sueños.
Para que no queden como una sola anécdota de esta Semana Trágica
de diciembre del 2001.
Para que estimulen la continuidad de la lucha, y en particular, para ubicar
con claridad, que la mayor banda homicida existente en la Argentina, bien pertrechada
y animada de un enfermo espíritu de venganza y de odio contra el pueblo,
son precisamente las fuerzas policiales y represivas. Cualquier gobierno que
intente una política popular, necesitará como condición
desmantelar esta guarida de delincuentes a sueldo del Estado, entrenados en
el genocidio.
El futuro no es más que una incógnita sin respuesta, mediada
por nuestra capacidad de continuar en las calles.
Una semana después de la rebelión, cambiaron cinco presidentes.
Los anuncios de Rodríguez Sáa no pasaron de esto... promesas que
no alcanzaron para frenar la furia popular, y que enojaron a los acreedores
y a los bancos, así como a una clase política que ha hecho de
la buena letra con el Fondo Monetario su ley y su trampa.
El establishment cerró filas para "reordenar" el país,
dando continuidad a lo esencial de la política económica, y alejando
cualquier riesgo de redistribución -aunque sea mínima- de riquezas
o de medidas que desde distintas usinas se calificaron de populistas, como el
recorte a los ingresos de los dirigentes políticos y legisladores.
Las nuevas movilizaciones, protagonizadas principalmente por la clase media,
intentando saltar el "corralito" bancario (las medidas de control
de depósitos que continúan vigentes para preservar la "estabilidad"
del sistema financiero), pidieron la renuncia de las figuras más desprestigiadas
del elenco presidencial de Rodríguez Saá, así como de los
miembros de la Corte Suprema de Justicia (herencia todavía del menemismo).
El clima de desestabilización continuó, pero el detonante de su
renuncia no fue, en este caso, la movilización popular, sino la decisión
del poder, que le restó apoyo al flamante presidente. La estocada vino,
precisamente, de la propia interna peronista. La ausencia de los principales
gobernadores en una reunión citada para evaluar la emergencia, precipitó
la renuncia de Rodríguez Saá, quien señaló en su
discurso este hecho, y las presiones recibidas para ser un factor de continuismo.
Un acuerdo entre el Partido Justicialista, el radicalismo y el Frepaso, consagraron
presidente a Eduardo Duhalde. La Asamblea Constituyente fue un nuevo acto de
institucionalización del bipartidismo como el mecanismo político
de gobernabilidad de la barbarie capitalista.
Eduardo Duhalde, ex vicepresidente de Carlos Menem, y ex gobernador de la provincia
de Buenos Aires, ejecutor de todas las políticas que llevaron al actual
desastre, es el actual presidente, un hombre con fuertes vínculos con
la DEA norteamericana. Un hombre de "mano dura" que estableció
durante su gobierno en la provincia de Buenos Aires un estilo de caudillismo
mafioso, con un asistencialismo que fue factor de corrupción de la sociedad,
desde la cúpula estatal hasta la base. Responsable de la creación
de una de las policías más represivas, "la bonaerense",
policía del gatillo fácil, y de los crímenes impunes.
El radicalismo y el Frepaso cerraron así su ciclo en el gobierno, votando
por aquellos a quienes dijeron enfrentar cuando se presentaron como la alternativa
"progresista" al peronismo menemista. El bipartidismo tiene por delante
la tarea de restaurar el orden neoliberal del capitalismo salvaje.
El pueblo tiene el desafío de continuar su movilización, de reorganizar
sus fuerzas, de sacar conclusiones, de organizar y alimentar su rebelión,
de defender y construir su autonomía.
En el caso del movimiento popular, quedará por analizar si el descrédito
de la política se agota en ese límite o si da lugar a que se constituyan
nuevas formas organizativas capaces de desafiar el concepto de la política
asociado al clientelismo, a la acción mediática, a la batalla
puramente institucional, y aporta a la constitución de un concepto y
una práctica que sostengan la batalla por el poder popular, por la lucha
de calles, por la rebelión, por la insurrección de las conciencias.
En 1929 Walter Benjamin escribió que la política revolucionaria
es la organización del pesimismo. Antonio Gramsci en su tiempo propuso:
"escepticismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad". El pesimismo
desorganizado fue el que asumió la forma de rebelión en las jornadas
de diciembre. El pesimismo del que se vayan todos, del ya basta. Nuestro desafío
es transformar ese pesimismo en política revolucionaria, utilizando tal
vez para ello el otro condimento necesario: el optimismo de la voluntad. Esto
implica una tarea cotidiana, de base, de reconstrucción de la experiencia,
de formación de cuadros, de constitución de nuevas relaciones,
de gestación de valores opuestos a los que sostienen y reproducen la
dominación.
Se trata de la multiplicación de la educación popular, en este
tiempo, con sello de la rebelión. La educación popular que aprendió
en estas jornadas los nuevos códigos que creó la calle. La educación
popular que crece y se alimenta de la resistencia, y que aporta en esta batalla
a la búsqueda colectiva de alternativas de poder popular.
La educación popular que pueda integrar, en el caos ideológico
construido por el imaginario neoliberal, una idea elaborada por Rosa Luxemburgo
hace un siglo: socialismo o barbarie.
Se trata de cuestionar la labor de los comunicadores empecinados en identificar
la lucha social con la barbarie. La barbarie es, precisamente, la política
capitalista, que empuja a la gente a la desesperación, que convierte
a mujeres, hombres, jóvenes, niños, en saqueadores. La barbarie
es, precisamente, la extensión del hambre en un país rico precisamente
en alimentos. La barbarie es la insensibilidad del poder político, que
desata la represión para salvaguardar las superganancias de los acreedores
externos, de los bancos, de los que "se hicieron la América"
a costa de la exclusión de las mayorías.
Frente a la barbarie capitalista, la misma que desata guerras de exterminio
contra los pueblos que enfrentan la dominación norteamericana, se impone
replantear el debate sobre el socialismo como alternativa.
No hay terceras vías, no hay capitalismos humanizados, no hay perspectivas
para el pueblo en los marcos de este sistema. Y hablar de socialismo hoy ya
no es un tic dogmático. Dogmático sería en estas circunstancias,
insistir con la defensa del capitalismo que nos empujó al borde mismo
del abismo. Las izquierdas y los movimientos populares necesitan volver a discutir
el socialismo, y a pensarlo en los marcos concretos en que se viene construyendo
la resistencia. En las semillas de socialismo que se anuncian en los saqueos
de los McDonald's, y de OCA (una cadena de correo privado), símbolos
del poder trasnacionalizado, semillas de socialismo que se siembran en la pérdida
de respeto masivo a la propiedad privada, semillas de socialismo que se engendran
en la salida del ámbito privado para la acción pública,
semillas de socialismo que renacen en la acción que deja de ser individual
para hacerse colectiva, semillas de socialismo que se expresan en gestos como
los de los motoqueros, que hicieron de la solidaridad su bandera en los dos
días de la contienda, semillas de socialismo que se multiplican en los
¡ya basta! que supimos conseguir. Desde nuestras semillas, las propias,
las que hemos cosechado en la tierra fértil de nuestra memoria, estamos
en condiciones de pensar y soñar un futuro diferente, y otra vez, un
presente de lucha ![]()
CLAUDIA KOROL
En Buenos Aires