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Patricio Aylwin habla para PF
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La Junta Nacional de la Democracia Cristiana del 26 y 27 de enero será también un momento de balance en la vida de Patricio Aylwin Azócar. El ex presidente de la República -y el más importante dirigente histórico de la DC- encabezó una campaña electoral parlamentaria que terminó en derrota. No eludió la responsabilidad de conducir un partido en crisis ni la de asumir las consecuencias del fracaso.Con sentimiento de misión cumplida ahora entregará su cargo. |
| PATRICIO Aylwin Azócar, presidente de la DC y ex presidente de la República, conversa con el redactor de PF. |
Le interesa sobre todo abrir caminos en su cuenta política ante la Junta
para salir de una situación compleja que por momentos parece sin horizontes
y casi una encrucijada de vida o muerte para la DC.
Después de la Junta Nacional Patricio Aylwin aspira a retirarse de la
política activa. Lo esperan sus memorias, que quiere concluir pronto;
múltiples compromisos con instancias académicas y de reflexión;
y la misión que le encomendó el presidente Lagos para profundizar
el acercamiento con el pueblo mapuche y su reparación histórica.
¿Qué importancia atribuye a la Junta Nacional de la DC?
"Es un hecho evidente que en la elección del mes pasado la Democracia
Cristiana sufrió un grave deterioro. Dejó de ser el primer partido
político del país, calidad que mantenía desde hace mucho
tiempo. En segundo lugar, del 24% del apoyo electoral en la elección
parlamentaria anterior, que significó una representación de 38
diputados, bajamos a menos de un 20% y a sólo 24 diputados, perdiendo
también la calidad de primera fuerza en la Cámara. Si nos atenemos
a las cifras y las proyectamos a las próximas elecciones, en cuatro años
más nuestra representación en el Senado sufriría una caída
dramática. En la elección de doce senadores que intentaremos renovar,
solamente elegiríamos tres o cuatro. Significaría que de los catorce
actuales senadores -los que teníamos y los dos que elegimos en diciembre-
bajaremos a cinco o seis. Indudablemente significa que el partido está
enfrentando una realidad compleja que tiene como una de sus expresiones los
resultados electorales pero que va mucho más allá".
No parece ser un fenómeno exclusivamente chileno, la Democracia Cristiana
mundial ha tenido fuertes retrocesos y verdaderas catástrofes como en
Italia. ¿La DC chilena sigue siendo uno de los partidos democratacristianos
más importantes del mundo?
"Sin duda el Partido Demócrata Cristiano más importante es
el alemán, muy sólido en fortaleza y organización. Lo previsible
es que dentro de un tiempo, cinco o más años, vuelva al gobierno
dentro de la alternancia tradicional que se da en Alemania entre socialdemócratas
y democratacristianos. Nosotros somos, tal vez, el segundo partido en importancia.
Pero estamos sufriendo un deterioro que debemos mirar en el contexto de la situación
internacional. El mundo nos ha cambiado y los ejes fundamentales de nuestro
discurso político han quedado fuera, al margen de las nuevas realidades".
Usted dice "el mundo nos ha cambiado", y tanto la DC como la Izquierda
se plantearon lo inverso, cambiar el mundo...
"Exactamente, pero los cambios que ha habido en el mundo no son los que
la Izquierda ni los que nosotros queríamos. Frente a esta realidad el
mundo democratacristiano -y creo que en la Izquierda pasa algo parecido- hemos
sido flojos en el análisis. No hemos asumido la necesidad de repensar
el mundo a la luz de nuestros valores. Nuestros valores y principios -sin duda-
siguen vigentes: los del humanismo cristiano. No sé si el marxismo puede
decir lo mismo de su interpretación de la historia. A pesar de que estamos
convencidos de la vigencia del humanismo cristiano, no hemos hecho el esfuerzo
de ver cómo esos valores y principios deben aplicarse a esta nueva realidad,
a este mundo de la economía de mercado globalizada, de portentosos avances
científicos y técnicos, que si bien tienen democracia en lo político
y éxito en lo económico, fallan fundamentalmente por la deshumanización,
desde el punto de vista de la igualdad, de la justicia social, de la condición
de vida de los sectores rezagados".
Es cuestionable el éxito del modelo neoliberal porque los notables éxitos
macroeconómicos no están en concordancia con la situación
de inmensos sectores de la población. Y si entendemos que el objetivo
de todo modelo socio económico debería ser el bienestar y la satisfacción
de las personas, podemos decir que no ha sido un éxito, así como
tampoco la democracia política que en muchos aspectos es una cáscara,
una apariencia.
"No he dicho que se trate de experiencias exitosas. He dicho que se han
impuesto, que han triunfado. En este momento es lo que rige. Tiene su lados
buenos y aspectos terriblemente preocupantes. Hay gente que confía que
a través de esos mecanismos se va a solucionar la pobraza. La superación
de la pobreza es para ellos funcional al mayor crecimiento. La historia demuestra
que esto no es así".
Su gobierno ha sido el único de los tres de la Concertación en
que se produjo una disminución significativa de la pobreza, con una redistribución
positiva de cinco o seis puntos.
"No diría que el único, porque creo que en la primera etapa
del gobierno del presidente Frei se continuó con el mismo proceso, que
se fue debilitando en las etapas finales. Esto plantea una interrogante: ¿hasta
qué punto el éxito de mi gobierno fue consecuencia del impulso
que alcanzó el crecimiento? Claro es que hubo una política deliberada
de redistribución; un aumento sustancial de impuestos, una reforma laboral
importante, una serie de iniciativas en políticas sociales que variaron
sustancialmente el panorama dejado por el régimen militar y mejoraron
el nivel de vida de los sectores más modestos. Esa dinámica no
ha seguido funcionando. ¿Por qué? Algo falló. No se ha
seguido avanzando en la redistribución, por ejemplo".
Tal vez ha habido mayor ideologización y se ha terminado imponiendo la
trilogía que populariza el ex ministro Enrique Correa: desregulación,
más privatizaciones, más inversión extranjera, y confiando
demasiado en la "mano invisible del mercado", un planteamiento cuestionado
en los países avanzados, porque la mano invisible termina siempre beneficiando
a los más ricos.
"Yo tengo bastante desconfianza en la 'mano invisible'. Por eso mismo repito
una frase de Camdessus, que fue director del FMI y, obviamente, no es un revolucionario.
Dijo en un seminario en Roma: 'A la mano invisible hay que agregar la mano fuerte
de la justicia del Estado y la mano de la solidaridad'. Es curioso, dado su
investidura: enfatiza en la necesidad de que el Estado cumpla un rol importante
y no se refiere a la justicia de los tribunales, sino a la justicia social,
a la equidad. Y agrega la mano generosa de la solidaridad, que es la organización
social, el papel de la sociedad civil que antes no se consideraba. Creo que
para los democratacristianos hay en esa afirmación un criterio orientador
que deberíamos tratar de estructurar en un sistema de ideas y en políticas
operativas".
En su percepción de su partido ¿cree que mayoritariamente se asume
la complejidad de la situación? Le pregunto después de leer la
"Reflexión para camaradas" de Jaime Castillo en "La Nación"
que sitúa el problema en asuntos éticos en un contexto poco esperanzador.
"La verdad es que, a mi juicio, el artículo de Jaime remarca un
poco las tintas y así se lo dije. Pero también es cierto que en
alguna medida yo comparto su pesimismo. Durante mucho tiempo la vitalidad de
nuestro partido se generaba por su gran fraternidad interna. Eramos gente idealista,
unidos por un compromiso común, con una visión de vida compartida,
tratábamos de ser consecuentes. No sé, acaso la sociedad de mercado
en que estamos viviendo, los valores culturales que prevalecen, han hecho que
la gente sea más individualista. Tenemos menos vida comunitaria, nuestras
bases tienen menos trabajo en equipo, se produce un proceso de dispersión.
Han surgido lideratos personales en todos los niveles. El partido -y eso explica
la preocupación de Jaime Castillo- ya no es como era nuestro viejo partido.
Al mismo tiempo sigo creyendo -y no dudo que también Jaime Castillo-
en la virtualidad o potencialidad de las ideas centrales de nuestro pensamiento,
cuya materialización constituye nuestro desafío. Hablo de un proyecto
político que sea compatible con nuestra creencia en la dignidad de la
persona humana, en la igualdad esencial de todos, en la vigencia real de los
derechos humanos. Nuestro partido debe empeñarse en ese esfuerzo histórico.
Si fracasamos será el fin de la Democracia Cristiana y también
un golpe mortal para el proyecto de la Concertación que debe aspirar
a prolongarse con un nuevo período presidencial".
Cuando usted habla de "nuestro viejo partido" ¿no está
sobreponiendo la imagen y la nostalgia de la Falange Nacional por sobre la realidad
del PDC?
"No es solamente la nostalgia de la Falange. El Partido Demócrata
Cristiano durante el gobierno del presidente Frei Montalva, durante el gobierno
de Salvador Allende y durante la dictadura tenía esa comunidad de ideales
y conducta. Cuando sobrevino la dictadura mi consigna fue 'tenemos que salvar
el alma y el cuerpo del partido'. Y eso significaba mantenernos leales a nuestros
principios y mantener una organización básica a través
de Chile. Y lo logramos. Eran pequeños núcleos; muchos fueron
reprimidos, no pocos militantes fueron encarcelados, pero el partido siguió
'vivito y coleando' desde Arica a Magallanes. Y cuando se empezó a reconstruir
el tejido social y se formó la Alianza Democrática y después
la Concertación de Partidos por el No, la DC tuvo un rol preponderante,
un peso importante, que fue el antecedente inmediato de su papel en la Concertación.
Después el partido se ha comenzado a atomizar, a perder consistencia.
Uno ve que en muchos lugares camaradas representativos, importantes, no responden
o incluso trabajan por candidatos de otros partidos -felizmente de la Concertación-
y eso es preocupante.
Es posible que así como hubo democratacristianos que trabajaron por candidatos
del PS y PPD, hubo militantes de esos dos partidos que trabajaron por candidatos
democratacristianos y tal vez eso haya sido bueno para la Concertación,
ya que se trasciende la individualidad de los partidos. Pero desde el punto
de vista de la solidez de una organización, de la concepción que
nosotros teníamos del partido, esos son signos de debilidad. Cuando se
ve que las razones de las determinaciones que adoptan muchos camaradas no son
precisamente doctrinarias y no están fundadas en nuestros principios,
sino que son de otro orden, digamos oportunistas, uno siente que la organización,
sus estructuras, su tejido, se está debilitando".
Eso es, sin duda, parte del problema, pero no parece haber un planteamiento
ideológico bien articulado y sólido en que la Democracia Cristiana
se pronuncie frente a los problemas de hoy.
"Ese es el meollo del asunto. Yo creo que nuestra tragedia es que no hemos
sido capaces y no hemos dedicado tiempo a articular una respuesta a los problemas
y a la práctica concreta de nuestro tiempo para realizar en la prática
los valores y principios que para nosotros siguen vigentes. Por un lado están
los principios y por otro lado la realidad y no somos capaces de hacerlos concordar.
En la 'revolución en libertad' de Eduardo Frei Montalva conciliábamos
esto, fundamentalmente a través de la organización popular, la
reforma agraria, los sindicatos campesinos, políticas del Estado y acciones
de la sociedad civil encaminadas a construir una sociedad más justa y
solidaria. En la actual realidad esas políticas no funcionan plenamente
y tenemos que reemplazarlas por otras. Pero estamos en mora de descubrir o clarificar
cuáles son esas otras políticas. En mi gobierno acuñamos
el eslogan, que fue asumido por el conjunto de la Concertación: 'Crecimiento
con equidad'. Admitimos que para solucionar el problema de la pobreza es necesario
el crecimiento, pero es indispensable la equidad y eso supone solidaridad y
supone a su vez redistribución de ingresos, rol del Estado y rol de la
sociedad civil. Nos hemos quedado en la formulación genérica.
No hemos avanzado a su puesta en práctica".
Eso debería ser más inquietante frente al ascenso de la UDI,
como partido conductor de la derecha. Un partido en ascenso que ha sido comparado
por la mística, disciplina, organización, claridad de objetivos
y raigambre católica con la Falange Nacional.
"Se trata de algo completamente distinto. Yo llegué a la Falange
en 1945 y no fui de los primeros. Dudé mucho entre ser falangista o socialista
y en definitiva me incliné por la primera opción dada mi calidad
de católico. Veo a la UDI como un producto de la dictadura, nace en el
seno de la dictadura, cree en el autoritarismo, acepta la democracia con reticencias
y quiere -en verdad- una 'democracia protegida' de acuerdo con la filosofía
de Jaime Guzmán, su creador.
En segundo lugar, y es algo determinante, la UDI nace con el amparo y protección
de los ricos. La Falange nació en la pobreza, con extrema precariedad
de medios, incluso muchos de los primeros militantes sufrieron represalias económicas
de sus familiares, como me tocó ver en el caso de dos hermanos que tuvieron
que costearse su alimentación, vivienda y estudios cuando su padre, terrateniente
de Maule, dejó de ayudarlos porque no obedecieron su orden de retirarse
de la Falange Nacional y volver al Partido Conservador. Antes de ingresar a
sus filas tuve por los falangistas respeto y admiración por la pobreza
en que se movían. Los nuevos militantes eran reclutados entre estudiantes
y también en sectores populares ligados a la Iglesia o de sensibilidad
católica, lo que también está ocurriendo con la UDI, pero
ahora, además, se trata de una Iglesia menos volcada a lo social y más
inclinada a lo que hoy llaman valórico y que se relaciona casi exclusivamente
con la familia y con el sexo..."
Una Iglesia que ostenta un clericalismo que parecía superado...
"Eso lo ha dicho usted. La UDI es, por lo tanto, algo muy distinto a lo
que fue la Falange. Me impresionó, sin embargo, la mística que
vi en sus jóvenes en los funerales de Jaime Guzmán. Una actitud
de recogimiento y compromiso que me hizo recordar, en esa imagen, a los falangistas
de hace casi sesenta años, honestos soldados de una causa.
La UDI ha logrado -y sigue consiguiendo- una fuerte penetración en los
sectores populares. Pero la verdad es que se mete en ese mundo con mucha plata.
Con mística sí, pero con una mística ayudada por muchos
recursos. Lo nuestro fue con mística, tesón y casi sin recursos.
Entonces, la similitud entre la Falange Nacional y la UDI es mucho más
aparente que real. La mística no es una virtud en sí misma. Hay
diferencias fundamentales en las metas, la disposición de recursos y
también en una disciplina verticalista que tiene mucho de autoritario".
La UDI como fenómeno singular en la historia política chilena,
evidencia la capacidad y dinamismo de la derecha para adaptarse a nuevas situaciones
manteniendo una esencia reaccionaria que admite pocas comparaciones y que lleva
las cosas hasta el extremo a riesgo de estallidos y quiebres. ¿Qué
opina usted?
"No estoy lejos de compartir ese juicio, pero no hablaría de una
derecha en abstracto ni de todos los tiempos. Creo que en la derecha chilena
hubo sectores con algún compromiso social. El propio Arturo Alessandri
Palma, que fue un gran demagogo, era un hombre de derecha, que sea como sea
fue el gran caudillo de los años veinte, el hombre de las reformas. Pero,
claro, la derecha que se forma y consolida durante la dictadura, muy ideologizada
por el neoliberalismo de Milton Friedman, con una mezcla rara de autoritarismo
político, es otra cosa. Tiene una confianza muy grande en sí misma,
porque confía en la fecundidad del dinero en el que se apoya sin disimulo.
El fruto más típico es la UDI, que no le dice al país qué
quiere, sino se esconde tras el 'cambio'. Con respeto hacia la persona, a mí
Lavín me parece un demagogo, con un estilo de hacer política que
se va contagiando a todos los sectores. La política de algunos connotados
líderes del PPD se orienta en el mismo sentido y lo digo con preocupación
porque debemos trabajar juntos. También contagia a los democratacristianos
y sale por ahí un diputado o un dirigente gritando una cosa vacía
pero que resulta popular. Más que hacer siempre lo que la gente quiere,
los partidos deben ser capaces de discernir, de orientar, de ofrecer caminos
que sirvan para resolver las necesidades profundas de la gente, más allá
del momento, de la coyuntura" ![]()
HERNAN SOTO
Presencia del pasado
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