Prisionero en el Estadio
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El ministro Juan Guzmán llegó
a las nueve y media en punto de la mañana al borde de la cancha
del Estadio Nacional, me saludó cordialmente y me explicó
el propósito de la diligencia que íbamos a realizar:
ratificar ciertos hechos que están narrados en mi libro "Estadio
Nacional", y para ello, reconstituir lo más exactamente
posible la escena de aquellas situaciones más relevantes que
viví y presencié durante mi detención en ese
recinto deportivo, desde el 27 de septiembre hasta el 9 de noviembre
de 1973, y que dijeran relación con el trato del personal militar
hacia los detenidos, la organización interna y las condiciones
generales de alimentación, higiene y alojamiento. |
| EX
prisioneros del Estadio Nacional. De izq. a der. Mario Benavente Paulsen,
Manuel Flores, Sergio Astudillo Castillo, Hugo Salvatierra y Luis
Arredondo. |
Empiezo a recordar esos días, a sentir pasar por mí de nuevo
cada vivencia, provocándome la misma desazón. Le describí
cómo llegamos una quincena de detenidos en un bus de carabineros
hasta la puerta presidencial, como éstos formaron un pasadizo y
se despidieron de nosotros a culatazos y patadas, gritándonos que
ahora nos esperaba lo mejor porque los soldados nos iban a matar. Con
las manos en la nuca, conducidos por soldados, entramos por la puerta
presidencial y después de una revisión exhaustiva para comprobar
que no portaba ningún objeto que pudiera ser usado como arma, fui
llevado por un suboficial hasta un mesón donde otro funcionario
militar anotó en un gran libro mi nombre, profesión, domicilio,
nombre de mi padre y madre. Después fui conducido por guardias
armados hasta el corredor donde se encuentran los camarines de la parte
norte de la Tribuna Pacífico y donde debí unirme a una larga
doble fila de detenidos que esperaban con las manos en la nuca ser asignados
a algún lugar. Al entrar a ese recinto, lo primero que vi fue una
barra de la cual colgaba un prisionero con el torso desnudo y pies descalzos.
Un oficial de la Fuerza Aérea lo golpeaba como si fuera un boxeador
entrenándose con un "punching bag". Ni el aviador lo
cuestionaba ni el colgado prorrumpía el más mínimo
quejido. Era un pugilato que se desarrollaba en el más estricto
silencio. Ante la insistencia del ministro Guzmán sobre si noté
algún signo de vida en el colgado, por primera vez caigo en la
cuenta que nunca imaginé la posibilidad que ya estuviese muerto
y que el oficial se estaba entrenando con un cadáver, únicamente,
tal vez, para despertar en nosotros el terror paralizante que aniquila
todas las defensas.
Después relaté cómo al ir al baño de un camarín
éste estaba tan atestado de prisioneros que no había dónde
colocar los pies. El ministro le pidió a un gran número
de jóvenes estudiantes de la escuela de Investigaciones que se
echaran por el suelo, para recrear la realidad. Recordé con perfecta
nitidez el momento en que me quedé perplejo en la puerta observando
ese hacinamiento humano, a través del cual era imposible circular
y que un detenido al ver mis intenciones me dijo:
- Pasa por encima, no más.
Era tal la aglomeración que incluso un prisionero estaba sentado
sobre el W.C., dormitando, se levantó para que yo pudiese orinar,
cosa que no logré, ya que estaba completamente bloqueado, por los
dolores que entonces percibí en todo mi cuerpo producto de la golpiza
que los carabineros me habían dado durante mi detención
en la comisaría y en todo el trayecto hasta el Estadio. Pasé
toda esa noche en vela, acurrucado junto a la entrada del túnel
por el que los jugadores salen a la cancha de fútbol, espacio que
por la corriente de aire proveniente del túnel, estaba seco, puesto
que ese día llovía y del techo se filtraba agua, la que
había formado pozas en todo el recinto, cuyo piso era de tierra.
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Al día siguiente fui trasladado al camarín Nº
1 de la parte norte de la puerta de la Maratón, el último
al final del corredor. Aquí también estábamos
tan hacinados que para dormir esa noche se decidió que nos
acostáramos de lado, pegados uno contra otro, y alternadamente,
es decir, cabeza, pies, cabeza, pies, de modo de hacer más
espacio. Para cambiar de posición, cada dos horas alguien
gritaba "¡Vueltaaa!, y cambiábamos todos de posición
al mismo tiempo, ya que individualmente era imposible. Yo quedé
pegado como lapa a la espalda de un anciano asmático, que
toda la noche hacía esfuerzos inmensos para llenar de aire
sus pulmones. La atmósfera era asfixiante, la puerta estaba
cerrada con llave. Yo no sé cómo logré superar
la claustrofobia y no caí en la más absoluta desesperación.
Sólo recuerdo que me repetía mentalmente que yo iba
a ser fuerte, que no lograrían aniquilarme.
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| EL
juez Guzmán recorre una de las escotillas donde se hacinaban
para dormir centenares de prisioneros en el Estadio Nacional. Muchos
otros permanecían en los camarines |
Un par de noches después, súbitamente fuimos despertados
por una ráfaga de fusil, la puerta del camarín se abrió
violentamente, oímos gritos que nos ordenaban sentarnos y entraron
un oficial, tres soldados, y un encapuchado, al que a golpes, culatazos
y gritos, le iban abriendo paso entre la muchedumbre, mientras observaba
atentamente a cada uno de nosotros, hasta que señaló a un
detenido y lo sacaron a empellones y culatazos, dieron un portazo, se
oyeron gritos, y después el silencio.
Algunos días después nos trasladaron al velódromo,
donde se practicaban los interrogatorios. El primer día fui interrogado
por un individuo denominado "Lira", al aire libre. Estaba en
una mesa, frente a una máquina de escribir y fue amable en un comienzo,
incluso me ofreció un cigarrillo, y me hizo las preguntas de rigor,
nombre, número de carné, domicilio, ocupación, por
qué y quiénes me habían llevado al Estadio. A lo
que a esto último comencé a responder:
- Yo creo que...
Entonces enloqueció. Dio un tremendo puñetazo en la mesa,
se levantó, me sacó el cigarro de la boca, lo tiró
lejos, me agarró de la chaqueta amenazando con pegarme y gritó:
" ¡Tú y yo vamos a hablar claro! Desde ahora en adelante
se acabaron los 'yo creo que', 'me parece que', 'pienso que', 'supongo
que'. ¿Entendido?". Asentí. Me hizo nuevamente las
mismas preguntas y cuando se enteró que era estudiante de la Universidad
Católica me pidió que le entregara nombres de tres comunistas
o partidarios del gobierno de la Unidad Popular que estudiaran o fueran
profesores allí. Como me negara terminantemente, el interrogatorio
fue subiendo de tono, ahora con amenazas. Por último me propuso
que le diera un sólo nombre, de algún amigo mío o
vecino de mi barrio y me mandaba esa misma tarde para mi casa. Tuve la
mala ocurrencia de decirle que si era por encontrar partidarios de la
Unidad Popular, no era tarea muy difícil, ya que en las últimas
elecciones parlamentarias la UP había sacado el 43% de los votos,
o sea, 43 chilenos de cada 100. Esto lo sacó de quicio. Enfureció.
Escupió. Me trató de mocoso insolente, me señaló
el Caracol Sur, vestuario del velódromo, de dónde provenían
gritos y quejidos inhumanos que parecían salir de las entrañas
de quienes estaban siendo torturados y me dijo que al día siguiente
iba a ver lo que era bueno.
Cumplió su promesa porque al otro día me interrogó
-en uno de los túneles de acceso a las graderías del velódromo-,
el grupo denominado "Chago 1", compuesto por dos miembros de
la Fuerza Aérea y un civil con pinta de abogado. Comenzaron por
hacerme correr encapuchado con una frazada contra el muro hasta que me
estrellaba violentamente. Una y otra vez. Los vi, porque caí al
suelo y la frazada voló lejos. Después me pegaban con un
laque en las piernas, brazos y costillas. Me hicieron bajarme los pantalones
y me pegaron un tremendo lacazo en los testículos. A continuación,
como los tenía sensibilizados, bastaba con los pequeños
chirlos que me daban ahí para hacerme ovillar de dolor.
Al día siguiente, antes del tercer interrogatorio, cuando comíamos
un pocillo de lentejas duras, el viento trajo un indecible olor a descomposición
de cadáveres que venía del Caracol Sur. Reprimí una
arcada y no quise seguir comiendo. Mi primo -detenido conmigo- me dijo
que tenía que comer, que era lo más importante, porque ya
estábamos debilitados por el hambre. La comida era insuficiente.
Aprendí a comer cáscaras de plátanos y de naranjas
para complementar la dieta. Un mes después no me reconocía
a mi mismo, subiendo apenas las graderías del Estadio con pasito
cansino, apoyado en la baranda como un viejo.
Lo más difícil fue cuando ese tercer día quedé
en manos del grupo de interrogadores denominado "Rico". Por
no haber colaborado, después de haberme golpeado a saciedad, uno
de los esbirros me puso una pistola en la mano, me dijo que me llevara
el cañón a la sien y que me suicidara. Yo ya estaba reventado,
llorando por dentro, tan cansado, que cuando me presionaron apreté
el gatillo para que todo se acabara de una vez por todas, pero no pasó
nada, sólo se oyó el chasquido del percutor en el vacío.
Se rieron de la gracia que me habían hecho. No supieron entonces
que en el fondo de mí algo sí mató ese falso disparo.
Terminé de contar todo esto, y observé que el ministro Juan
Guzmán, la abogada Fabiola Letelier, los camarógrafos, los
jóvenes estudiantes de la escuela de Investigaciones, estaban mudos,
impactados de emoción, como me lo manifestaron al despedirse con
un cálido apretón de manos. Súbitamente tomé
conciencia del sincero y conmovido interés con que el ministro
Guzmán y todos los presentes habían escuchado lo que me
sucedió en esos ominosos días del Estadio Nacional, y me
sentí reconfortado, menos solo para enfrentar el recuerdo de esa
abominable experiencia que marcó para siempre mi vida
ADOLFO COZZI (*)
(*) Autor del libro "Estadio Nacional" (Editorial Sudamericana,
2000).
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