El Estadio Nacional revela sus horrores

Transcurridos 29 años, imágenes de horror vuelven a poblar el Estadio Nacional. La escena se reconstituye en la pista de recortán -antes de ceniza- del campo deportivo. Como cualquier otro día, los atletas salen de la pista caminando sobre los talones para no apoyar los clavos de sus zapatillas. La diferencia está en la presencia del juez Juan Guzmán Tapia vistiendo un pantalón plomo de planchado perfecto, la abogada Fabiola Letelier, una camarógrafa del poder judicial, un especialista que mide el terreno con un odómetro y cuarenta funcionarios y alumnos de la escuela de Investigaciones. Las diligencias en busca de verdad y justicia en el Estadio Nacional se repiten durante cinco días. El objetivo es reconstruir las circunstancias en que se produjo la muerte del periodista norteamericano Charles Horman Lazar, en septiembre de 1973.

Horman vivía en Chile desde hacía dos años con un grupo de compatriotas interesados en seguir de cerca el proceso de cambios sociales que se estaba produciendo bajo el gobierno de la Unidad Popular. Mantenían una agencia de noticias independiente y en los últimos meses Horman se había dedicado a investigar el asesinato del ex comandante en jefe del ejército, general René Schneider, ocurrido en 1970 con participación de la CIA. Según relata el periodista Cristián Opaso en el libro "Morir es la noticia" (Ernesto Carmona Editor), el golpe de Estado sorprendió a Horman en Viña del Mar, junto a su amiga, Terri Simon. Ambos debieron permanecer desde el 10 al 15 de septiembre en el Hotel Miramar, donde también se alojaba un grupo de militares y agentes de inteligencia norteamericanos. Ante sus compatriotas, los militares yanquis se fueron de lengua respecto a su participación en el derrocamiento de Salvador Allende. La embajada estadounidense, que vigilaba los pasos de Horman y su grupo, se ocupó de enmendar el error, dejando que los golpistas lo fusilaran en el Estadio Nacional.
Charles Horman, de 31 años, fue detenido por militares que allanaron su domicilio el 17 de septiembre de 1973. Lo condujeron al Ministerio de Defensa y de ahí al Estadio Nacional. Lo asesinaron al día siguiente y su cuerpo fue abandonado en la calle y llevado al Instituto Médico Legal. Sólo un mes después fue identificado por familiares que viajaron desde EE.UU. en su busca.
La familia Horman entabló una demanda criminal en 1977 contra Henry Kissinger y otros diez funcionarios norteamericanos, entre ellos Frederick Durban Purdy, ex cónsul en Santiago y agente de la CIA, y Ray Davis, ex jefe de la misión militar de Estados Unidos en Chile. Los archivos desclasificados por la CIA en años recientes han agregado nuevos elementos que apuntan en esa dirección.
Las circunstancias de la muerte de Charles Horman, así como la ejecución de su amigo y compatriota, Frank Terrugi Bombatch, que estudiaba ciencias políticas en la Universidad de Chile, fueron develadas en el libro "Desaparecido" ("The execution of Charles Horman", 1978), de Thomas Hauser, en que se basó la famosa película "Missing" de Costa Gavras. Esta obra cinematográfica, censurada por la dictadura militar, se conoció en Chile a través de videos de circulación clandestina. Nunca, ni siquiera en estos años de recuperación de la democracia, ha sido exhibida en los circuitos del cine comercial de nuestro país.

REGISTRO COMPUTACIONAL DE LA UC

La reconstitución decretada por el juez Guzmán en el Estadio Nacional ha llevado a los investigadores a enfrentar nuevas interrogantes respecto a la utilización del recinto deportivo en los días inmediatos al golpe de Estado. Por ejemplo, quiénes fueron los oficiales encargados de esa prisión, qué órdenes recibieron y transmitieron a sus subalternos, cómo se llevaron a cabo los fusilamientos y las torturas en el velódromo del Estadio, las condiciones de vida de los prisioneros en camarines, escotillas y graderías del Estadio, la existencia de expedientes, las oficinas utilizadas, el apoyo tecnológico prestado por instituciones civiles y la no menos importante asesoría norteamericana y brasileña en la aplicación de torturas. El primer día de indagaciones en el Estadio del juez Juan Guzmán llegó el ex cónsul de Estados Unidos, Frederick Durban Purdy.
EL juez Juan Guzmán Tapia, visiblemente conmovido, recogió numerosos testimonios de ex prisioneros políticos que estuvieron en el Estadio Nacional.

Le mostró al juez las dependencias utilizadas por los militares durante los días posteriores al golpe. Una revelación del ex cónsul fue que en una sala ubicada bajo las graderías del Estadio estaban los registros de los nombres de los detenidos. En los días en que él visitó esa sala "llegó un computador que venía de la Universidad Católica y permitió que los datos que se hacían en papel pasaran a registro computacional".
Durante la reconstitución declararon cerca de veinte ex presos políticos que volvieron a visitar después de casi treinta años, los mismos camarines donde estuvieron detenidos en 1973. El juez Juan Guzmán les preguntó, entre otras cosas, qué era una escotilla, cuántos prisioneros había en cada camarín, qué comían, cómo funcionaban los altavoces que llamaban a interrogatorios a los prisioneros, dónde estaban los motores de ventilación, desde dónde se escuchaban disparos, etc. Estas interrogantes tenían como finalidad levantar planos, contraponer declaraciones y establecer la forma en que fue asesinado el periodista Horman. Y, de paso, aportar al esclarecimiento de otros asesinatos. Surgieron declaraciones de ex presos que denunciaron la presencia de torturadores que hablaban inglés y portugués en el Estadio Nacional.
Entre los testigos que declararon ante el juez Guzmán estuvieron el médico Mariano Requena, el ex subdirector de Investigaciones Samuel Riquelme, el escritor Adolfo Cozzi (ver testimonio en estas páginas) y el presidente del Colegio de Periodistas, Guillermo Torres. En 1973 en el Estadio Nacional estuvieron detenidos (y más tarde fueron trasladados al campamento de prisioneros de Chacabuco) numerosos periodistas, entre ellos Alberto Gamboa, Ibar Aybar, Manuel Cabieses, Luis Henríquez, Virgilio Figueroa, Franklin Quevedo, Rodrigo Rojas, etc.
El jefe militar del Estadio Nacional convertido en enorme prisión fue el coronel de ejército, Jorge Espinoza Ulloa. Más tarde Espinoza estuvo a cargo del Servicio Nacional del Detenido (Sendet), que funcionó en el ex Congreso Nacional.
El coronel (r) Jorge Espinoza ya fue interrogado por el juez Guzmán que intenta ubicar a los oficiales que torturaron y dirigieron los pelotones de fusilamiento.

RITUAL DE MUERTE

Adam Schesch es un académico norteamericano que en 1973 estuvo diez días detenido con su ex esposa, Pat Garret, en el Estadio Nacional.
Schesch junto a Pat Garret fueron testigos "de procesos de fusilamientos que se organizaron frente a nosotros". Explicó que "se sacaban grupos de detenidos cinco a siete veces al día". Según lo observado por este norteamericano, los prisioneros conservaban la vida si doblaban a la izquierda hacia la salida del Estadio. Pero si el grupo doblaba a la derecha era asesinado. "Se les amarraban los brazos a la espalda y les hacían registrar sus nombres en una mesita. Luego doblaban hacia la derecha de la cancha y se iban custodiados por soldados", recuerda Schesch. Añade que mientras permaneció detenido, los fusilamientos se llevaron a cabo los días sábado 15, domingo 16, lunes 17 y en la mañana del 18 de septiembre de 1973, en que él escuchó la última descarga de fusiles automáticos. Estudiantes de un doctorado en historia, él y su ex esposa se pusieron de acuerdo para mantener la salud mental durante el cautiverio. Pusieron atención en cómo se estaban desarrollando los hechos para retenerlos en la memoria. "Nos planteamos ser testigos. De esa manera contamos a los detenidos que se llevaban. Considerando que en cada grupo sacaban alrededor de treinta personas, aproximadamente seis veces al día, pudimos hacer un cálculo de que los fusilados en el Estadio Nacional durante esos primeros tres días fueron unos 400". Esta cifra, sin duda, deberá ser analizada con más profundidad puesto que cambiaría radicalmente el número de víctimas que señala el Informe Rettig.
"Cada vez que la fila de detenidos doblaba a la derecha, llegaba un oficial que encendía los motores de ventilación en el costado de los camarines donde había entre 75 a 150 detenidos en cada uno. Los motores, que aún siguen en el mismo lugar, eran usados para que los prisioneros no escucharan los fusilamientos. Yo y mi ex esposa los oímos porque estábamos contra una pared que da a la cancha", recuerda Schesch. El ritual de muerte proseguía. Tras un minuto y medio de fusilería el oficial volvía a apagar los motores. El ex prisionero cuenta que una larga fila de personas entró a la cancha del Estadio y esa vez "la gente empezó a cantar una canción popular. Después disparó una ametralladora y cada vez cantaba menos gente, hasta que paró el ruido de las balas. Después un soldado les dijo: fueron 37 personas"


LUIS KLENER HERNANDEZ

 


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Prisionero en el Estadio

El ministro Juan Guzmán llegó a las nueve y media en punto de la mañana al borde de la cancha del Estadio Nacional, me saludó cordialmente y me explicó el propósito de la diligencia que íbamos a realizar: ratificar ciertos hechos que están narrados en mi libro "Estadio Nacional", y para ello, reconstituir lo más exactamente posible la escena de aquellas situaciones más relevantes que viví y presencié durante mi detención en ese recinto deportivo, desde el 27 de septiembre hasta el 9 de noviembre de 1973, y que dijeran relación con el trato del personal militar hacia los detenidos, la organización interna y las condiciones generales de alimentación, higiene y alojamiento.
EX prisioneros del Estadio Nacional. De izq. a der. Mario Benavente Paulsen, Manuel Flores, Sergio Astudillo Castillo, Hugo Salvatierra y Luis Arredondo.


Empiezo a recordar esos días, a sentir pasar por mí de nuevo cada vivencia, provocándome la misma desazón. Le describí cómo llegamos una quincena de detenidos en un bus de carabineros hasta la puerta presidencial, como éstos formaron un pasadizo y se despidieron de nosotros a culatazos y patadas, gritándonos que ahora nos esperaba lo mejor porque los soldados nos iban a matar. Con las manos en la nuca, conducidos por soldados, entramos por la puerta presidencial y después de una revisión exhaustiva para comprobar que no portaba ningún objeto que pudiera ser usado como arma, fui llevado por un suboficial hasta un mesón donde otro funcionario militar anotó en un gran libro mi nombre, profesión, domicilio, nombre de mi padre y madre. Después fui conducido por guardias armados hasta el corredor donde se encuentran los camarines de la parte norte de la Tribuna Pacífico y donde debí unirme a una larga doble fila de detenidos que esperaban con las manos en la nuca ser asignados a algún lugar. Al entrar a ese recinto, lo primero que vi fue una barra de la cual colgaba un prisionero con el torso desnudo y pies descalzos. Un oficial de la Fuerza Aérea lo golpeaba como si fuera un boxeador entrenándose con un "punching bag". Ni el aviador lo cuestionaba ni el colgado prorrumpía el más mínimo quejido. Era un pugilato que se desarrollaba en el más estricto silencio. Ante la insistencia del ministro Guzmán sobre si noté algún signo de vida en el colgado, por primera vez caigo en la cuenta que nunca imaginé la posibilidad que ya estuviese muerto y que el oficial se estaba entrenando con un cadáver, únicamente, tal vez, para despertar en nosotros el terror paralizante que aniquila todas las defensas.
Después relaté cómo al ir al baño de un camarín éste estaba tan atestado de prisioneros que no había dónde colocar los pies. El ministro le pidió a un gran número de jóvenes estudiantes de la escuela de Investigaciones que se echaran por el suelo, para recrear la realidad. Recordé con perfecta nitidez el momento en que me quedé perplejo en la puerta observando ese hacinamiento humano, a través del cual era imposible circular y que un detenido al ver mis intenciones me dijo:
- Pasa por encima, no más.
Era tal la aglomeración que incluso un prisionero estaba sentado sobre el W.C., dormitando, se levantó para que yo pudiese orinar, cosa que no logré, ya que estaba completamente bloqueado, por los dolores que entonces percibí en todo mi cuerpo producto de la golpiza que los carabineros me habían dado durante mi detención en la comisaría y en todo el trayecto hasta el Estadio. Pasé toda esa noche en vela, acurrucado junto a la entrada del túnel por el que los jugadores salen a la cancha de fútbol, espacio que por la corriente de aire proveniente del túnel, estaba seco, puesto que ese día llovía y del techo se filtraba agua, la que había formado pozas en todo el recinto, cuyo piso era de tierra.

Al día siguiente fui trasladado al camarín Nº 1 de la parte norte de la puerta de la Maratón, el último al final del corredor. Aquí también estábamos tan hacinados que para dormir esa noche se decidió que nos acostáramos de lado, pegados uno contra otro, y alternadamente, es decir, cabeza, pies, cabeza, pies, de modo de hacer más espacio. Para cambiar de posición, cada dos horas alguien gritaba "¡Vueltaaa!, y cambiábamos todos de posición al mismo tiempo, ya que individualmente era imposible. Yo quedé pegado como lapa a la espalda de un anciano asmático, que toda la noche hacía esfuerzos inmensos para llenar de aire sus pulmones. La atmósfera era asfixiante, la puerta estaba cerrada con llave. Yo no sé cómo logré superar la claustrofobia y no caí en la más absoluta desesperación. Sólo recuerdo que me repetía mentalmente que yo iba a ser fuerte, que no lograrían aniquilarme.

 

EL juez Guzmán recorre una de las escotillas donde se hacinaban para dormir centenares de prisioneros en el Estadio Nacional. Muchos otros permanecían en los camarines

Un par de noches después, súbitamente fuimos despertados por una ráfaga de fusil, la puerta del camarín se abrió violentamente, oímos gritos que nos ordenaban sentarnos y entraron un oficial, tres soldados, y un encapuchado, al que a golpes, culatazos y gritos, le iban abriendo paso entre la muchedumbre, mientras observaba atentamente a cada uno de nosotros, hasta que señaló a un detenido y lo sacaron a empellones y culatazos, dieron un portazo, se oyeron gritos, y después el silencio.
Algunos días después nos trasladaron al velódromo, donde se practicaban los interrogatorios. El primer día fui interrogado por un individuo denominado "Lira", al aire libre. Estaba en una mesa, frente a una máquina de escribir y fue amable en un comienzo, incluso me ofreció un cigarrillo, y me hizo las preguntas de rigor, nombre, número de carné, domicilio, ocupación, por qué y quiénes me habían llevado al Estadio. A lo que a esto último comencé a responder:
- Yo creo que...
Entonces enloqueció. Dio un tremendo puñetazo en la mesa, se levantó, me sacó el cigarro de la boca, lo tiró lejos, me agarró de la chaqueta amenazando con pegarme y gritó: " ¡Tú y yo vamos a hablar claro! Desde ahora en adelante se acabaron los 'yo creo que', 'me parece que', 'pienso que', 'supongo que'. ¿Entendido?". Asentí. Me hizo nuevamente las mismas preguntas y cuando se enteró que era estudiante de la Universidad Católica me pidió que le entregara nombres de tres comunistas o partidarios del gobierno de la Unidad Popular que estudiaran o fueran profesores allí. Como me negara terminantemente, el interrogatorio fue subiendo de tono, ahora con amenazas. Por último me propuso que le diera un sólo nombre, de algún amigo mío o vecino de mi barrio y me mandaba esa misma tarde para mi casa. Tuve la mala ocurrencia de decirle que si era por encontrar partidarios de la Unidad Popular, no era tarea muy difícil, ya que en las últimas elecciones parlamentarias la UP había sacado el 43% de los votos, o sea, 43 chilenos de cada 100. Esto lo sacó de quicio. Enfureció. Escupió. Me trató de mocoso insolente, me señaló el Caracol Sur, vestuario del velódromo, de dónde provenían gritos y quejidos inhumanos que parecían salir de las entrañas de quienes estaban siendo torturados y me dijo que al día siguiente iba a ver lo que era bueno.
Cumplió su promesa porque al otro día me interrogó -en uno de los túneles de acceso a las graderías del velódromo-, el grupo denominado "Chago 1", compuesto por dos miembros de la Fuerza Aérea y un civil con pinta de abogado. Comenzaron por hacerme correr encapuchado con una frazada contra el muro hasta que me estrellaba violentamente. Una y otra vez. Los vi, porque caí al suelo y la frazada voló lejos. Después me pegaban con un laque en las piernas, brazos y costillas. Me hicieron bajarme los pantalones y me pegaron un tremendo lacazo en los testículos. A continuación, como los tenía sensibilizados, bastaba con los pequeños chirlos que me daban ahí para hacerme ovillar de dolor.
Al día siguiente, antes del tercer interrogatorio, cuando comíamos un pocillo de lentejas duras, el viento trajo un indecible olor a descomposición de cadáveres que venía del Caracol Sur. Reprimí una arcada y no quise seguir comiendo. Mi primo -detenido conmigo- me dijo que tenía que comer, que era lo más importante, porque ya estábamos debilitados por el hambre. La comida era insuficiente. Aprendí a comer cáscaras de plátanos y de naranjas para complementar la dieta. Un mes después no me reconocía a mi mismo, subiendo apenas las graderías del Estadio con pasito cansino, apoyado en la baranda como un viejo.
Lo más difícil fue cuando ese tercer día quedé en manos del grupo de interrogadores denominado "Rico". Por no haber colaborado, después de haberme golpeado a saciedad, uno de los esbirros me puso una pistola en la mano, me dijo que me llevara el cañón a la sien y que me suicidara. Yo ya estaba reventado, llorando por dentro, tan cansado, que cuando me presionaron apreté el gatillo para que todo se acabara de una vez por todas, pero no pasó nada, sólo se oyó el chasquido del percutor en el vacío. Se rieron de la gracia que me habían hecho. No supieron entonces que en el fondo de mí algo sí mató ese falso disparo.
Terminé de contar todo esto, y observé que el ministro Juan Guzmán, la abogada Fabiola Letelier, los camarógrafos, los jóvenes estudiantes de la escuela de Investigaciones, estaban mudos, impactados de emoción, como me lo manifestaron al despedirse con un cálido apretón de manos. Súbitamente tomé conciencia del sincero y conmovido interés con que el ministro Guzmán y todos los presentes habían escuchado lo que me sucedió en esos ominosos días del Estadio Nacional, y me sentí reconfortado, menos solo para enfrentar el recuerdo de esa abominable experiencia que marcó para siempre mi vida

ADOLFO COZZI (*)

(*) Autor del libro "Estadio Nacional" (Editorial Sudamericana, 2000).

 


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