Egomanía:

el Premio Nacional

En ciertos momentos el que se achica en este país parece estar condenado a subsistir en la desdeñosa marginalidad. Un comentarista de fútbol pregona públicamente ser Dios. Y ha pronosticado que bajo su dirección Chile asombrará al mundo futbolístico. Reverenciado u odiado, pero nunca omitido, sabe que el público compra con facilidad su expansionismo intelectual y, por tanto, tiene asegurado el éxito del negocio.

Los políticos son agrandados hasta más no haber. Provistos de un vocabulario ostentoso juran sin pudor que poseen la cura para todos los males sociales. ¿En qué se diferencian de los charlatanes que extienden pulseritas mágicas en sus mesones de venta, o de los pregoneros de supercherías para adelgazar? Cuando ocurre alguna catástrofe que daña a las personas con el agregado de un amplio impacto social y moral, los congresistas aducen falta de leyes adecuadas. ¡Y quienes dictan las leyes son ellos mismos!

Un escritor que no se achica sostiene en un diario importante que él merece más que nadie el Premio Nacional de Literatura. Admite que otros también lo merecen, pero después de él. Probablemente tenga muchísima razón. Al lado suyo conviven candidatos que poseen méritos literarios admirables con otros que se sostienen precariamente en el sótano de la mediocridad. Sin embargo, confundidos por una falsa percepción de su volumen literario han corrido hasta amigos e instituciones pidiendo que los inscriban en las listas de pretendientes al codiciado premio.

MARIANA Aylwin, ministra de Educación, preside el jurado del Premio Nacional de Literatura.

El periodismo de estudiantes en práctica eterna agranda a ciertos escritores confeccionando listas de candidatos sobre la base de su figuración en los medios, la mayoría de las veces, por motivos distintos a la literatura. Pero, ¿han leído las obras de estos agrandados y también los libros de los que permanecen al margen?

Luego la composición del jurado merece serios reparos. No pretendo descalificar a los funcionarios públicos que lo conforman, ministros o rectores de universidades. A pesar de que uno espera idoneidad en las áreas de su competencia, es dudoso que dominen adecuadamente la producción literaria del país a lo largo de muchísimos años. Pero ¿por qué no pensar en un jurado de notables, constituido por personas que han dedicado su vida a la pasión de los libros? Sin embargo, de inmediato surge el primer reparo: ¿quién nombraría a los notables para no favorecer capillas, gustos o tendencias particulares?

Al calor de las diferentes posturas que se agitan sobre quién sería el perfecto acreedor de tan importante galardón, quizás no se necesite un tribunal literario. Algunos sostienen que una suerte de jurado constituido por funcionarios de jubilaciones debería dar el Premio a quien hubiere dedicado más tiempo a escribir libros. Otros se inclinan por el volumen de las ventas y por el dinero recaudado, proposición que de ser aceptada obligaría a recurrir a un jurado híbrido de banqueros y especialistas en estadísticas. Tampoco faltan los que prefieren medir fuerzas en el campo de las exportaciones compitiendo con el vino, el salmón o las frutas.

Así es que estoy pensando seriamente en proponerle a los achicados como yo en materia de llamar la atención sobre nuestras personas y nuestras obras, que le pidamos a algún amigo no comprometido hasta el momento en pretensiones de corto plazo que haga presente nuestra avidez. En señal de gratitud podríamos devolverle la mano en la siguiente ronda. Para justificar el ignominioso trámite los auto-excluidos hallaríamos con facilidad argumentos bastante sólidos, si tomamos en cuenta el flaco expediente que esgrimen algunos candidatos. Además de exhibir nuestros méritos largamente empequeñecidos, podríamos recurrir a la valoración de las proporciones: si los agrandados aumentan su bulto literario debido a las tendencias de su naturaleza, los achicados tendemos a jibarizarlo. Así, llegaríamos a concluir que los agrandados son menos de lo que ellos mismos creen y los achicados en realidad deberíamos sentir una magnitud largamente superior a nuestra pequeñez adquirida

FERNANDO JEREZ

Cuentista y novelista perteneciente a la generación literaria llamada los novísimos. Recibió el Premio Municipal de Literatura en 1984.

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Apuntes sobre el Premio Nacional

Cuando cada dos años se acerca la entrega del Premio Nacional de Literatura, comienzan también las especulaciones acerca de quién o quiénes merecen tal distinción. Discusión que la mayoría de las veces toma un carácter ajeno a lo netamente literario, saliendo a relucir la personalidad de los postulantes o su vinculación -muchas veces sólo supuesta- con los distintos personajes y entidades que ejercen alguna influencia cultural en el país. Este año no es la excepción y los candidatos son nombres ya postulados otras veces, más algunos nuevos. Vale mencionar que para ser candidato, éste debe ser presentado por alguna institución o persona particular, basta con eso, lo demás dependerá del jurado. Antiguamente este premio era anual y todos los escritores eran candidatos, pero los tiempos han cambiado y las taras burocráticas se han modernizado bajo un mal concepto y administración en el plano cultural.

En el caso del Premio Nacional, si bien no es algo reglamentario, se ha instituido la práctica de otorgárselo alternadamente a un poeta y a un narrador, por lo que en esta ocasión le correspondería a un narrador. Recordemos que el último premio, rodeado de mucha polémica, recayó en el poeta Raúl Zurita, acusado de recibirlo como pago a sus servicios a la Concertación.

Entre los aspirantes de este año figuran Volodia Teitelboim, Isabel Allende, Jaime Valdivieso, Poli Délano, Delia Domínguez, Antonio Skármeta, Matilde Ladrón de Guevara, Enrique Lafourcade, Luis Merino Reyes, Miguel Serrano, Hernán Rivera Letelier y los poetas Efraín Barquero y Armando Uribe Arce.

El gran problema es que si bien en todos estos escritores podemos encontrar méritos literarios, eso no basta. Hoy en día es fundamental concitar el apoyo mediante cartas, recomendaciones, relaciones públicas y todo eso que llaman "hacer lobby".

Otro problema es el jurado. ¿Se ha preocupado alguien de revisar si éste está o no capacitado para definir tal premio? ¿Cuánto saben sus integrantes acerca de la obra de los postulantes? Porque lo razonable es que todo jurado lea la obra de los postulantes cuyo trabajo juzgará, es lo mínimo que se le puede exigir. De lo contrario mejor tirar el premio al cara o sello. Un tercer asunto, y no de menor importancia, es que no existe una definición clara de cuáles son los méritos requeridos para obtener el galardón: ¿Vender más libros? ¿Haber publicado más libros? ¿Tener una vida dedicada a la literatura? ¿La calidad de la obra en su desarrollo? ¿Tener un libro famosísimo? ¿Escribir bien? ¿Qué? Eso no está claro ni establecido, no existe un criterio definido. Aunque lo lógico sería que este premio se entregara -en mi opinión- a un escritor por sus méritos literarios, es decir por una obra bien escrita en su desarrollo y de alguna trascendencia a nivel nacional, omitiendo la edad.

Lo lamentable es que en el debate que se ha dado en torno al premio por los medios de prensa, han primado argumentos descalificatorios hacia algunos postulantes, y otros que se refieren a qué candidatos serían del gusto de la ministra de Educación o del gobierno para proyectar su imagen en el exterior. No se quedan atrás, en esto, instituciones como la Academia de la Lengua que tiene sus propios favoritos, obviamente con intereses creados. La disputa es ardua y seguramente ya conocidos los resultados seguirá la polémica, pero lo que debe tener claro cada jurado y escritor, es que, finalmente, la trascendencia de una obra en el tiempo no depende de la contingencia de un momento, sino de la calidad de ésta y su capacidad para identificarse no sólo con la época en que fue escrita, sino con las futuras. Tampoco es un acierto dar un premio de esta envergadura a una persona porque tiene relaciones privilegiadas con las autoridades, llámense de gobierno, eclesiásticas, empresariales o internacionales. La literatura de un país es más que eso, es más que un simple premio. A los grandes escritores no los hace un premio determinado, ellos llegan a ser grandes escritores porque escriben bien y tienen algo que decir a la humanidad que va más allá de las simples rencillas de una sociedad que se diluye en sus vanidades. Si no, pregúntenle a León Tolstoi o a Vicente Huidobro, que nunca ganaron un premio, pero que aún sus obras se siguen leyendo al paso interminable de los años. El mejor Premio Nacional para un escritor, es que su pueblo lo lea no sólo en vida, sino que más allá de su muerte

ALEJANDRO LAVQUEN

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