Homenaje a un grande de Chile
ADIOS, MAESTRO
A las 0.30 del pasado lunes 5 de agosto, Francisco Coloane, Capitán
de la Mar del Sur, dio un golpe de timón y enfiló la proa
de su vida de hombre decente, de enorme escritor, de entrañable
amigo, compañero y maestro, hacia el puerto definitivo en un viaje
final y sin retorno.
Mientras escribo, tocado por la noticia, lo veo con su recia estampa de
marino, de pie frente a las olas y buscando con la mirada los pasos entre
las islas del archipiélago chilote, o en las Guaitecas, o en el
medio del canal de Moraleda, o esquivando las frenéticas aguas
del Baker frente al Golfo de Penas. Sopla con fuerza el viento de la Tierra
del Fuego, pero Don Pancho se las ingenia para colocar la nave a sotavento
y permitir que aborden todas aquellas personas sencillas, humildes y heroicas
que tripularon sus libros de generoso Capitán de los Pobres del
Sur.
De Coloane aprendí que los escritores sólo podemos estar
a un lado de la barricada, que primero somos hombres, civiles, defensores
de los derechos humanos y después, si nos queda tiempo, escritores.
De Coloane aprendí el rigor y el respeto con que debo escribir
sobre mi gente, sobre los marginales de la tierra, sobre los que crean
la riqueza y nunca la disfrutan. De Coloane aprendí la disciplina,
el trabajo diario, la satisfacción de la página y el libro
escrito sin ninguna concesión. Me enseñó mucho, y
ahora que es de noche frente al Cantábrico inquieto por los vientos
del norte, lloro con los dientes apretados, como lloramos los hombres
del Sur antes de aceptar el naufragio. Esto también me lo enseñó
Don Pancho Coloane.
Lo veo aún en Roma, en Madrid, en París, rodeado de cientos
de lectoras y lectores de sus obras. De pronto le llega el turno a una
muchacha y le entrega un libro para que lo firme. Don Pancho le pregunta
por su nombre, ella responde “Rosella”, y Coloane le dice
que así se llamaba una hermosa goleta que vio atracar en un puerto
de China, y que la primera persona en tocar tierra firme fue una bellísima
señora portadora de un encargo tan secreto como peligroso. No se
vaya, le indica Don Pancho, que apenas acabemos con esto le terminaré
de contar la historia.
Caminando por Saint Malo, un muchacho, uno de sus fervorosos lectores
franceses, le comenta que se ve muy fuerte. ¿Fuerte, yo?, exclama
Don Pancho, fuerte era el Holonés. “¿Ves los palos
del rompe olas? El Holonés, como no disponía de mucho tiempo
en tierra, hacía tirar un cabo hacia los palos y en el otro extremo
daba dos vueltas sobre el cabrestante, así, con los trapos hinchados
a barlovento, el mismo regulaba la tensión del cabo y mantenía
la nave a punto de atraque y lista para emprender rumbo. Ese sí
que era un hombre fuerte”.
Cuando tenía quince años empecé a devorar sus libros,
y hoy, me emociona comprobar que sus lectores en Francia, Italia, España,
Grecia, Portugal, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca y Eslovenia,
son mayoritariamente jóvenes, enamorados de sus historias, de su
prosa impecable, y de su manera inconfundible de narrar.
Lo conocí a mis quince años y lo vi por primera vez cuando
superaba los cuarenta, hace unos diez años. Antes de viajar a Santiago,
encargué en la mejor tienda de oficiales marinos de Hamburgo una
gorra azul reservada sólo a los oficiales de la marina mercante.
Al ir a retirarla me preguntaron el nombre del oficial, su grado, y el
del barco, para ponerlos en la etiqueta. Respondí: Francisco Coloane.
Capitán de la Mar del Sur. A los pocos días llamé
a su puerta, y de inmediato supe que el viento cruzado del Beagle enloquece
a los marinos, que las corrientes de Corcovado son traicioneras como las
barracudas, que tan sólo el lento desplazamiento de los cachalotes
permite apreciar los bancos de arena en el Mar de Wedell, y que éramos
amigos, grandes amigos, tripulantes de una misma nave.
Cuando los barcos dejan Hamburgo y navegan el Elba rumbo al delta de Cuxhaven,
en Weddel, un viejo lobo de mar los saluda con un megáfono. Les
dice : “Ahoi, tripulantes del Red Star con rumbo a Valparaíso.
Buenos vientos y buena mar. ¡Ahoi! ¡Ahoi! ¡Ahoi!”
Esta noche frente al Cantábrico izo en mi ventana el gallardete
de saludo y grito a la mar movida: ¡Ahoi! Francisco Coloane. Buenos
vientos y buena mar. ¡Ahoi! ¡Ahoi! ¡Ahoi!
LUIS SEPULVEDA
Gijón, España
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