LLANTO POR EL CHICO DIAZ
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Cuando se me murió el Chico Díaz fue como
una puñalada en la espalda. Me dejó mudo. El Chico fue
mi compañero en la fundación de “Punto Final”,
mi mejor amigo y confidente. Para mis hijos era simplemente el Tío
Chico. Cuando se aparecía por casa había que regalonearlo
con las comidas que más le gustaban. Porque el Chico era de
buen comer. Yo, en cambio, a pesar de sus pacientes lecciones, nunca
pude pasar del arroz graneado con huevos fritos. El Chico Díaz
y el Perro Olivares aprendieron a comer y beber fino en París,
en el hotelito de Madame Sauvage, donde se hicieron inseparables del
poeta Nicolás Guillén, aficionado también al
trasnoche, el buen trago y las mujeres cariñosas. En París
debe ser, no me acuerdo, donde el Chico “conoció”
a la enana del circo de la que se enamoró perdidamente. Una
historia más falsa que Judas que inventó el Negro Jorquera
para hacer rabiar a la Amelia, la mujer del Chico, una pelirroja de
cuerpo macizo -y ancestro español por más señas-
que ardía de celos cada vez que en una reunión el Negro
se acordaba de la enana del circo. Y se acordaba en todas las reuniones. |
Pero no se crea que el Chico era pura risa y pasarlo bien. Por el contrario,
era cosa seria cuando de hacer cosas serias se trataba. Tenía ya
45 años (y yo 32) cuando fundamos “Punto Final”. Ambos
trabajábamos en el diario “Ultima Hora” de Aníbal
Pinto y Arturito Matte. El Chico tenía una larga carrera en el
periodismo -que inició en Valparaíso- y mucho prestigio
como profesional. No sé bien cómo nos hicimos tan amigos
porque éramos distintos en muchas cosas, hasta en aspecto físico.
El chico, yo grandote. Cuando llegábamos a las reuniones de PF
en casa de Jaime Faivovich -que se gastaba su sueldo de taquígrafo
de la Cámara de Diputados para agasajarnos con ostras y vino blanco-,
no faltaba alguien, el Perro Olivares, el Negro Jorquera, Hernán
Uribe o el abogado Alejandro Pérez que anunciaba: “Ya llegó
la yegua parida”.
Así y todo, al Chico y a mí nos gustaba caminar conversando
por el centro de Santiago, ajenos a toda sonrisa irónica. Así
fue como un día -recuerdo que pasábamos frente a Falabella
en Ahumada- a él o a mí, no estoy seguro, pero supongamos
que a él, se le ocurrió el nombre de la revista que queríamos
fundar. Punto Final dijo. Y así quedó. Queríamos
una tribuna sin censura y que le pusiera punto final a un tema de actualidad.
Los primeros números de PF, financiados con nuestros sueldos, fueron
folletos de reducido tamaño. Todavía no llegábamos
a la revista. El Chico y yo íbamos a venderlos a la puerta del
Café Haití porque sólo unos pocos kioscos los aceptaban.
Nuestros colegas periodistas pronosticaban corta vida a “Punto Final”.
El Pelado Augusto Carmona nos echó una mano y como era de jefe
de prensa en el Canal 9, nos hizo un par de notas. No dejaba de ser curioso.
Dos periodistas vendiendo folletos a las puertas de un café. Después
del número 8 ó 9 ó 10, quizás (ni siquiera
tenemos una colección para consultar) dimos el gran salto. “Punto
Final” se convirtió en revista con distintas secciones y
reportajes. El gran impulsor del cambio no fue un periodista sino un economista:
Jaime Barrios Meza, que vino de vacaciones desde La Habana donde trabajaba
con el Che. Nos inyectó ánimo y audacia. Había que
atreverse. Pero el problema era el equipo. ¿Con quiénes
hacer la revista? Ningún problema, dijo Jaime. Ahí estaban
Augusto Olivares, Jaime Faivovich, Carlos Jorquera, Hernán Uribe
y nosotros con el Chico, claro. Me convertí en director y él
en secretario de redacción. ¿Y la plata? Ningún problema,
dijo Jaime: letras y cheques a fecha y un gerente con capacidad para manejar
las deudas con la imprenta. El abogado Alejandro Pérez era el indicado.
Lo que faltara lo pondrían amigos y lectores de la revista. Y así
fue.
Es así como hemos llegado al 37 aniversario de PF... pero sin el
Chico Díaz.
Su yerno, Osvaldo Rivera, también periodista, escribió:
“Cuando fundó ‘Punto Final’ junto a Manuel Cabieses
en 1965, ya sabía que -de alguna manera- estaba quemando las naves.
Muchas veces discrepamos analizando posiciones en las que no coincidíamos.
Pero en el exilio, el Chico Díaz demostró el temple de su
consecuencia y la convicción de sus ideas”. (“Morir
es la noticia”, Ernesto Carmona editor, 1997).
En realidad ese temple yo se lo conocía de mucho antes. A una edad
en que lo de “periodista militante” a muchos aún les
parece ajeno, el Chico se hizo militante y revolucionario. Lo fue con
pasión. Tuvo el honor de llevar a Cuba el Diario del Che que vino
a nuestras manos… pero esta es otra historia. De la prensa legal
el Chico pasó a la clandestina y en México dirigió
la edición internacional de “Punto Final”.
Murió en el exilio, en Buenos Aires, el 14 de agosto de 1985, en
la puerta del edificio donde vivía, de regreso de un viaje a Caracas.
Lo supe porque yo estaba ahí, en Argentina, pero clandesta, así
que no pude ayudar en las deshumanizadas gestiones para que la dictadura
permitiera al Chico volver a su patria en un cajón de madera. Supe
su muerte ese día porque acompañaba a mi hija Paca cuando
llamó por teléfono al departamento del Chico y el conserje
le contó que Mario había muerto de un ataque al corazón
y que la policía revisaba sus papeles. Nunca he visto llorar a
alguien tan desconsolada como a la Paca cuando me dijo que el Tío
Chico había muerto. Me quedé mudo, sigo mudo.
El dibujante Palomo le hizo un homenaje mediante una caricatura que está
en mi oficina en “Punto Final”. Que sirva de epitafio. Lo
dice todo, mejor que yo
MANUEL CABIESES DONOSO
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