LA IZQUIERDA SONAMBULA

A 29 años del golpe militar de 1973 la Izquierda chilena todavía no consigue despertar y asumir su rol en la orientación y conducción de las luchas un pueblo que anhela -las encuestas así lo demuestran- una plena democracia con justicia social. Una Izquierda difusa y fragmentada vaga como sonámbula entre telarañas y dogmas del pasado y los obstáculos, insalvables en apariencia, que le opone el presente.
Para despertarla -con todos los cuidados de no provocarle un shock- es necesario empezar por definir qué es hoy la Izquierda. Un error frecuente que amaga toda posibilidad de rearticulación y puesta al día de la Izquierda, es creer que se trata de una marca política registrada, cuyos dueños son determinados partidos, grupos o movimientos.
Pero la Izquierda es mucho más. Su significado profundo tiene que ver con democracia y participación; con igualdad de derechos y oportunidades; con libertad, pluralismo, derechos humanos, políticos y sociales. El papel de la Izquierda es construir un poder nuevo, el poder del pueblo. Por eso ningún sector puede atribuirse la propiedad y uso exclusivo del nombre “Izquierda”. Quienes así lo hacen cometen una estafa política y debilitan todo proyecto liberador.
La Izquierda chilena está dispersa en partidos, grupos, colectivos, movimientos y sobre todo en organizaciones sociales. Está fuera y dentro de la Concertación y de quienes han venido votando por ella. Y aún va más allá. Tiene su fuerte en las masas desorganizadas y en los que no están inscritos en los registros electorales. Las organizaciones sociales han asumido sin quererlo, y muchas veces sin saberlo, el proyecto de Izquierda y en medio de penumbras, con dudas, temores y confusión, intenta recomponer y acumular fuerzas para las nuevas batallas de la justicia social.
Con toda razón pueden considerarse de Izquierda -si quieren- personas cuyas ideas tienen diversas fuentes pero que coinciden en que “otro mundo es posible”, como lo han popularizado los movimientos anti globalización neoliberal. Se trata, efectivamente, de cambiar el mundo. De evitar que siga siendo destruido por las ambiciones sin límites de una minoría; de que la solidaridad entre los seres humanos se convierta en razón de ser de la nueva sociedad; de lograr que la generosidad y el desprendimiento personal construyan nuevos liderazgos y que la contribución de todas las corrientes del pensamiento humanista permita construir un nuevo sistema de ideas para guiar el cambio social.
La Izquierda de los años 70 resulta estrecha y sectaria para los desafíos del siglo XXI. Reconocerlo no significa abjurar de principios que conservan su legitimidad. De lo que se trata es de admitir un hecho tal como es y, a partir de ese reconocimiento, tener firmeza y claridad para proseguir, en las nuevas condiciones, la lucha histórica de la Izquierda por democracia, justicia, libertad, fraternidad e igualdad.
Para esto se requiere una dosis importante de racionalidad política. Hay que descubrir el camino en una nueva realidad muy compleja que exige convencer a millones. El conflicto de fondo sigue siendo el de siempre: entre justicia e injusticia, entre los derechos de todos y los intereses de una minoría, entre verdad y mentira.
El historiador Eric J. Hobsbawm ha escrito: “Ciento veinticinco años después de Lassalle y cien años después de la fundación de la Segunda Internacional, los partidos socialistas y obreros no saben a dónde van. Dondequiera que se encuentren los socialistas se preguntan lacónicamente unos a otros por el futuro de nuestros movimientos. Creo que está perfectamente justificado preguntar tales cuestiones, pero -y creo que esto debe resaltarse- éstas no se circunscriben sólo a los partidos socialistas. Todos los demás partidos se encuentran en la misma situación. ¿Quién sabe realmente qué nos deparará el futuro? ¿Quién llega siquiera a pensar que lo sabe, aparte de los musulmanes, los cristianos, los judíos y otros fanáticos irracionalistas cuyo número sigue aumentando precisamente porque sólo la fe ciega parece fiable en un mundo en que todos han perdido el norte?” (“Política para una Izquierda racional”, Crítica, Barcelona, 2000).
Tiene razón Hobsbawm en que el camino de la Izquierda está reñido con todo fanatismo, no sólo religioso sino también ideológico y político. Para caminar despierto y no tropezar con los mismos errores del pasado, se necesita un criterio racional que rehuse el discurso hueco y priorice propuestas y argumentos. En política esto significa amplitud y pluralismo. Hay que ordenar y acumular lo disperso, dar coherencia y hacer verosímil lo que decimos.
Nunca como hoy fue más evidente la necesidad de la Izquierda -en el sentido amplio de su significado- . Nunca hubo tanta injusticia. Nunca tantos seres humanos fueron condenados a la pobreza y carencias de todo tipo. Nunca nuestra casa común -la Tierra- corrió tantos peligros.
Estamos cargados de experiencia, de triunfos y fracasos. Caminamos con nuestros muertos inolvidables que nos alientan con su ejemplo. Comencemos hoy a conquistar el futuro. Terminemos de despertar a la nueva realidad

PF


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LLANTO POR EL CHICO DIAZ

Cuando se me murió el Chico Díaz fue como una puñalada en la espalda. Me dejó mudo. El Chico fue mi compañero en la fundación de “Punto Final”, mi mejor amigo y confidente. Para mis hijos era simplemente el Tío Chico. Cuando se aparecía por casa había que regalonearlo con las comidas que más le gustaban. Porque el Chico era de buen comer. Yo, en cambio, a pesar de sus pacientes lecciones, nunca pude pasar del arroz graneado con huevos fritos. El Chico Díaz y el Perro Olivares aprendieron a comer y beber fino en París, en el hotelito de Madame Sauvage, donde se hicieron inseparables del poeta Nicolás Guillén, aficionado también al trasnoche, el buen trago y las mujeres cariñosas. En París debe ser, no me acuerdo, donde el Chico “conoció” a la enana del circo de la que se enamoró perdidamente. Una historia más falsa que Judas que inventó el Negro Jorquera para hacer rabiar a la Amelia, la mujer del Chico, una pelirroja de cuerpo macizo -y ancestro español por más señas- que ardía de celos cada vez que en una reunión el Negro se acordaba de la enana del circo. Y se acordaba en todas las reuniones.


Pero no se crea que el Chico era pura risa y pasarlo bien. Por el contrario, era cosa seria cuando de hacer cosas serias se trataba. Tenía ya 45 años (y yo 32) cuando fundamos “Punto Final”. Ambos trabajábamos en el diario “Ultima Hora” de Aníbal Pinto y Arturito Matte. El Chico tenía una larga carrera en el periodismo -que inició en Valparaíso- y mucho prestigio como profesional. No sé bien cómo nos hicimos tan amigos porque éramos distintos en muchas cosas, hasta en aspecto físico. El chico, yo grandote. Cuando llegábamos a las reuniones de PF en casa de Jaime Faivovich -que se gastaba su sueldo de taquígrafo de la Cámara de Diputados para agasajarnos con ostras y vino blanco-, no faltaba alguien, el Perro Olivares, el Negro Jorquera, Hernán Uribe o el abogado Alejandro Pérez que anunciaba: “Ya llegó la yegua parida”.
Así y todo, al Chico y a mí nos gustaba caminar conversando por el centro de Santiago, ajenos a toda sonrisa irónica. Así fue como un día -recuerdo que pasábamos frente a Falabella en Ahumada- a él o a mí, no estoy seguro, pero supongamos que a él, se le ocurrió el nombre de la revista que queríamos fundar. Punto Final dijo. Y así quedó. Queríamos una tribuna sin censura y que le pusiera punto final a un tema de actualidad. Los primeros números de PF, financiados con nuestros sueldos, fueron folletos de reducido tamaño. Todavía no llegábamos a la revista. El Chico y yo íbamos a venderlos a la puerta del Café Haití porque sólo unos pocos kioscos los aceptaban. Nuestros colegas periodistas pronosticaban corta vida a “Punto Final”. El Pelado Augusto Carmona nos echó una mano y como era de jefe de prensa en el Canal 9, nos hizo un par de notas. No dejaba de ser curioso. Dos periodistas vendiendo folletos a las puertas de un café. Después del número 8 ó 9 ó 10, quizás (ni siquiera tenemos una colección para consultar) dimos el gran salto. “Punto Final” se convirtió en revista con distintas secciones y reportajes. El gran impulsor del cambio no fue un periodista sino un economista: Jaime Barrios Meza, que vino de vacaciones desde La Habana donde trabajaba con el Che. Nos inyectó ánimo y audacia. Había que atreverse. Pero el problema era el equipo. ¿Con quiénes hacer la revista? Ningún problema, dijo Jaime. Ahí estaban Augusto Olivares, Jaime Faivovich, Carlos Jorquera, Hernán Uribe y nosotros con el Chico, claro. Me convertí en director y él en secretario de redacción. ¿Y la plata? Ningún problema, dijo Jaime: letras y cheques a fecha y un gerente con capacidad para manejar las deudas con la imprenta. El abogado Alejandro Pérez era el indicado. Lo que faltara lo pondrían amigos y lectores de la revista. Y así fue.
Es así como hemos llegado al 37 aniversario de PF... pero sin el Chico Díaz.
Su yerno, Osvaldo Rivera, también periodista, escribió: “Cuando fundó ‘Punto Final’ junto a Manuel Cabieses en 1965, ya sabía que -de alguna manera- estaba quemando las naves. Muchas veces discrepamos analizando posiciones en las que no coincidíamos. Pero en el exilio, el Chico Díaz demostró el temple de su consecuencia y la convicción de sus ideas”. (“Morir es la noticia”, Ernesto Carmona editor, 1997).
En realidad ese temple yo se lo conocía de mucho antes. A una edad en que lo de “periodista militante” a muchos aún les parece ajeno, el Chico se hizo militante y revolucionario. Lo fue con pasión. Tuvo el honor de llevar a Cuba el Diario del Che que vino a nuestras manos… pero esta es otra historia. De la prensa legal el Chico pasó a la clandestina y en México dirigió la edición internacional de “Punto Final”.
Murió en el exilio, en Buenos Aires, el 14 de agosto de 1985, en la puerta del edificio donde vivía, de regreso de un viaje a Caracas. Lo supe porque yo estaba ahí, en Argentina, pero clandesta, así que no pude ayudar en las deshumanizadas gestiones para que la dictadura permitiera al Chico volver a su patria en un cajón de madera. Supe su muerte ese día porque acompañaba a mi hija Paca cuando llamó por teléfono al departamento del Chico y el conserje le contó que Mario había muerto de un ataque al corazón y que la policía revisaba sus papeles. Nunca he visto llorar a alguien tan desconsolada como a la Paca cuando me dijo que el Tío Chico había muerto. Me quedé mudo, sigo mudo.
El dibujante Palomo le hizo un homenaje mediante una caricatura que está en mi oficina en “Punto Final”. Que sirva de epitafio. Lo dice todo, mejor que yo

MANUEL CABIESES DONOSO

 

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