A 29 años del golpe militar

Frustraciones de los chilenos

En los próximos días se cumplirán casi tres décadas de aquel 11 de septiembre en que los chilenos fuimos testigos de la violenta ruptura de la vida democrática que hizo desaparecer de una plumada todas las libertades, comenzando por el derecho a disentir. No sólo fue un retroceso en términos políticos, sino también ideológicos y culturales. A pesar que hay varias generaciones de por medio, aún quedan profundas huellas de los 17 años de dictadura militar en la conciencia colectiva. Eso queda a la vista en los resultados de la encuesta anual de la Corporación Latinobarómetro, que en su versión 2002 muestra que a un 31% de los chilenos le es indiferente el tipo de régimen que tenga el país -el promedio en América Latina es 18%- y a un 45% no le importaría que un gobierno no democrático llegue al poder si resuelve los problemas económicos.

ANGELICA Speich, investigadora de Latinobarómetro.

Si bien toda encuesta es una mera referencia, no deja de ser sintómático que ambos porcentajes hayan aumentado desde 1995. Las esperanzas de cambio que inspiraron la lucha contra la dictadura se fueron frustrando al constatar las restricciones del proceso de transición democrática iniciado en 1990. Hoy, según la encuesta, al 59% de los chilenos, afectados por el desempleo o por el miedo a perder su trabajo, le importa más mejorar su situación económica que la democracia, y no visualiza la relación entre una cosa y la otra. El apoyo a la democracia disminuyó de 54% a 50% desde 1995 a 2002. Más abrupto fue el descenso de la satisfacción con la democracia: de 37% a 27% desde el 2000 al 2002.
Otros resultados de este sondeo de opinión pública, que se aplica hace siete años en 17 países de América Latina, también contrastan con la imagen complaciente que se incuba en las altas esferas del poder. En Chile, mientras 48% de los encuestados considera que la economía de libre mercado es lo más conveniente para el país, sólo 19% está satisfecho con su funcionamiento. Además, la cantidad de personas a favor de que el Estado deje la actividad productiva en manos del sector privado, decayó de 53% en 1998 a 30% en el 2002. También disminuyó la apreciación sobre los beneficios de las privatizaciones de 51% a 22% en el mismo lapso. Hoy, el 79% de los chilenos piensa que es mejor que el Estado se haga cargo de proporcionar electricidad, agua, salud y servicios en general.
PF conversó sobre este estudio con Angélica Speich, investigadora de Latinobarómetro, corporación de derecho privado sin fines de lucro que dirige Marta Lagos y que se inserta en la óptica concertacionista.
¿A qué atribuyen ustedes el descenso de la satisfacción (27%) con la democracia en nuestro país?
“Tiene que ver con los problemas de la democracia, que aún está en deuda en Chile. No tenemos todas las libertades que se esperan, contamos con una Constitución que todavía tiene rasgos autoritarios e instituciones que vienen del régimen militar, a pesar que han pasado doce años. La gente da cuenta de eso en los resultados de esta encuesta. Sin embargo, aunque el porcentaje que aprueba la democracia no es tan alta como en Uruguay y Costa Rica (77%), en Chile hay un apoyo importante al régimen democrático (50%). Es decir, de todas maneras se piensa que la democracia es el tipo de régimen mediante el cual se llegará a ser un país desarrollado y donde las libertades están resguardadas. Pero es claro que la democracia en Chile no está completa y no se han cumplido todas las expectativas de la gente. Se esperaba acceder a más salud, más educación y a un mejor ingreso”.
¿Por eso aumentó también el nivel de aceptación de un régimen autoritario?
“Más que la aceptación de un gobierno autoritario, lo que aumentó fue la cantidad de personas a las que les da lo mismo el tipo de régimen. En cuanto a un gobierno no democrático, el 45% que está dispuesto a aceptarlo lo hace con la condición que solucione los problemas sociales y económicos. En Chile hay un fundamento para eso, que no tiene el resto de América Latina, porque aquí hubo un régimen autoritario que dejó una situación económica exitosa y estable, independiente de los problemas de derechos humanos y de lo negativo que puede ser en sí mismo un régimen autoritario. A los argentinos ya no les venden el cuento, para ellos los militares no son la solución porque no solucionan los problemas”.
¿Priorizar lo económico es propio de Chile?
“Es una característica de América Latina, donde prima el sentimiento de un desarrollo frustrado, un desarrollo que nunca nos ha llegado. Y a estas alturas no entendemos por qué es así. Si América Latina sigue las pautas del Banco Mundial, del FMI, de la OMC y trata de considerar todos los parámetros para tener una economía sana y desarrollada, y eso no ocurre... ¿Qué es lo que pasa? Da la impresión que necesitamos una especie de mago para que nos ayude a alcanzar el desarrollo económico. En muchos aspectos, la democracia está ligada a esta frustración por las expectativas no cumplidas. Las personas hacen esfuerzos por superarse, envían a sus hijos a la universidad y esperan que al egresar tengan un buen trabajo con nivel salarial ojalá superior al de los padres. Pero se dan cuenta que el país no va tan aceleradamente hacia arriba, porque hay problemas estructurales grandes”.

POCO SE SABE
DE DEMOCRACIA

El concepto de democracia que manejan los encuestados es muy limitado. Según este estudio, el respeto a las minorías, el gobierno de la mayoría, un sistema de partidos que compitan entre ellos y miembros del Parlamento que representen a sus electores son bienes políticos esenciales de una democracia que “carecen de importancia para los ciudadanos de América Latina”.
“Cuando se le pregunta a la gente qué entiende por democracia, lo primero que se le viene a la mente es ‘libertad’ o ‘libertades civiles’ y, luego, que existan elecciones y una economía que asegure un ingreso digno. Pero, en general, es bastante alto el porcentaje de gente que no responde a esa pregunta, porque no se le ocurre nada. Ahora, cuando se hace la misma pregunta de manera cerrada, y se entregan alternativas, la gente se va por el lado formal. Dice que democracia es básicamente tener elecciones limpias y transparentes y, en segundo lugar, una economía que asegure un ingreso digno (también destacan un sistema judicial igualitario y libertad de expresión). En algún momento se dijo que con la democracia se iba a comer, pero la gente se está dando cuenta que con la democracia no va a comer ni se va a mejorar el sistema de bienestar social, ni de salud, y que tampoco habrá mejores leyes laborales. En ese sentido, se siente un poco desprotegida. Y por eso reclama que el Estado la vuelva a proteger”.
¿Esto ha causado asombro en ciertos ámbitos?
“Cuando mostramos los datos a los especialistas en economía de libremercado no pueden creer que el 79% de la gente en nuestro país diga que el Estado tiene que hacerse cargo de la salud, de la electricidad y de los servicios básicos, porque Chile ha sido ‘el’ país en América Latina donde el modelo de libremercado ha tenido éxito y se ha podido mantener. Lo que pasa es que hay dos cosas paralelas: una, lo que hacen el gobierno, los especialistas y las elites, y otra, lo que opina la gente. La visión negativa de las privatizaciones no tiene que ver con la eficiencia, porque la gente se puede dar cuenta que las empresas privadas son más eficientes que las estatales, que hay un proceso de modernización. Sin embargo, ve que han aumentado las tarifas y está empezando a cuestionar la calidad del servicio privado. Se dice ‘bueno, si tengo que pagar, también tengo que exigir’. Cuando se habla de un país moderno, la gente espera que cada vez que se acerca a un servicio público o privado le den respuestas claras y coherentes, y no que la hagan volver tres o cuatro veces. Así, termina por aburrirse”.
Ese descontento se ha incrementado en forma considerable, de acuerdo con los datos de la encuesta.
“Desde 1998 hasta hoy la cantidad de personas que considera que la economía de libremercado es la más conveniente y que las privatizaciones son beneficiosas para el país ha bajado muchísimo. En todo caso, no es un jaque a este sistema económico, sino que la gente quiere que sea una economía de mercado más ‘social’, que exista más protección y regulación de parte del Estado, porque siente que éste es el único que la puede proteger. Evidentemente, esto también se relaciona con la crisis económica. Las personas opinan a partir de su situación económica personal y no de los números macroeconómicos”.
¿Ha sorprendido que la gente, a diferencia del resto del conjunto de América Latina, responsabilice más a los empresarios (48%) que a la política económica del gobierno (41%) de los problemas económicos?
“En el resto de América Latina podría sorprender, pero en Chile no porque el empresariado tiene un rol político muy fuerte. Y la ciudadanía lo tiene cada vez más claro. Si los empresarios tienen un rol tan activo en política y cuando se trata de opinar qué debe hacer el gobierno en materia económica, obviamente la gente les pasa la cuenta”.
¿Por qué el informe de Latinobarómetro señala entre sus conclusiones que los resultados de la encuesta son un gran desafío para las elites?
“Las elites, o sea, el gobierno, la iglesia, los parlamentarios, los políticos, etc., tienen que prestar mucha atención, porque están un poco ciegas y no se dan cuenta de que el país está cambiando y exigiendo cambios más profundos. No sólo políticos y económicos, sino también culturales”.

EL CAMINO PROPIO

En Argentina se da un fenómeno inverso. La crisis económica es mucho más grave y, sin embargo, se valoriza más la democracia (58% de apoyo) ¿Por qué?
“Es un fenómeno que se ha dado en el último año, porque el 2001 el apoyo a la democracia cayó en forma fuerte en América Latina en general, lo que coincidió con el principio de la crisis económica. Pero la gente se fue dando cuenta de la importancia que tiene cómo se hacen las cosas. Los argentinos entienden que el problema no es de la democracia, y no la quieren perder. El caso de Venezuela sorprende (61% apoya la democracia), porque aunque muchos estiman que Hugo Chávez no es un gobernante ciento por ciento democrático, los venezolanos lo eligieron, y ellos son los que esperan decidir si él se tiene que ir o no. Es muy interesante. La aprobación del presidente Chávez es bastante alta, porque su legitimidad está basada en las elecciones, el primer elemento que la gente reconoce como parte constitutiva de una democracia. En definitiva lo que estamos buscando en América Latina es nuestro propio camino a la democracia. Es el gran desafío”.
Otra de las conclusiones de este estudio, en Chile, es que vienen tiempos con una mayor expresión de demandas. ¿Principalmente económicas?
“Por una parte, económicas, porque la gente espera que se solucionen la falta de empleo y los problemas económicos del país. Pero también políticas. Y si la crisis es más fuerte, es evidente que traerá más demandas sociales”.
¿Les llamó la atención la baja en el nivel de confianza hacia la Iglesia Católica, de 77% a 67% en el último año, y los partidos políticos, de 22% a 12%?
“La baja de los partidos políticos se ha venido dando progresivamente desde la mitad de la década pasada, conjuntamente con el Parlamento. Obviamente, la gente ya no les cree a los políticos, está cansada de promesas y discursos. Hay que revalorizar a los partidos políticos, y esa es una tarea de los propios partidos, porque cuando a la gente se le pregunta si cree que puede haber democracia sin partidos políticos, responde que no. Por lo tanto, lo que están cuestionando no es el concepto, sino las personas y la forma de hacer política. El tema de la iglesia es más sorprendente, porque aunque sigue siendo la institución que inspira más confianza a los chilenos -y en general en América Latina-, una baja de diez puntos es bastante fuerte”


PATRICIA BRAVO


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Jorge Pavez

Búsqueda de alternativas

Al margen de la relativa confiabilidad de toda encuesta, Jorge Pavez, presidente del Colegio de Profesores de Chile e integrante de la Fuerza Social y Democrática, entregó algunas opiniones sobre los resultados del sondeo de Latinobarómetro. No le extrañan las respuestas frente al tema de la democracia en la medida en que “lo que existe en América Latina son sistemas democráticos que se expresan fundamentalmente en actos rituales que cada cierto tiempo convocan a elegir, pero en un sistema político que, en el caso de Chile, la dictadura dejó amarrado. Por tanto, de esa explosión de entusiasmo participativo y colectivo que provocó la movilización por el plebiscito y, luego, el triunfo del primer presidente de la Concertación, Patricio Aylwin, se han ido acumulando más y más frustraciones paralizantes en todo orden de cosas”.
A su juicio, ¿éste es un fenómeno propio de Chile y de América Latina?
“La democracia representativa muestra a nivel mundial una situación de crisis objetiva y de claro agotamiento, que se expresa no sólo en el nivel de desconfianza cada vez mayor hacia los partidos políticos, y políticos en general, sino también en los procesos electorales. Son cada vez más los sectores que prefieren no participar o, incluso, cuando deben hacerlo por obligación -como ocurre en nuestro sistema electo- ral-, anulan su voto o se abstienen.
Esto, de ninguna manera debiera llevarnos a la conclusión de que no existe una búsqueda de alternativas. O que la apatía, la indiferencia y el vivir sólo en función de los problemas individuales son las causas que generan este tipo de reacciones. Más allá de todo, probablemente aún con poca claridad, con enormes confusiones y con una dispersión evidente, de este desierto se levantan personas, voces, movimientos, que aspiran y luchan por transformar la actual realidad. Al intentarlo, muchas veces chocan con estilos añejos, burocráticos y esclerotizados de sus propias cúpulas partidarias, y con prácticas sindicales y sociales que, también a nivel de dirigencias, aún se mueven con estilos que no hacen sino repetir comportamientos poco democráticos, autoritarios y no transparentes”.
¿Qué ha ocurrido a nivel de las conciencias?
“Sumado a lo anterior, en el caso específico de Chile, creo que existe un profundo daño en la conciencia, particularmente en las capas de la población de mayor y mediana edad. Los jóvenes, en cambio, pueden mostrar señales de confusión, de perplejidad o ensimismamiento, pero intuitivamente también expresan su desencanto a través de esfuerzos dispersos y no pocos estallidos, muchas veces a partir de problemas puntuales y concretos, sin levantar aún una visión de conjunto ni de proyecto de sociedad. Esto, básicamente, por el daño de conciencia provocado por años de dictadura y por la rutina pegajosa de vivir para trabajar siendo explotados por un sistema neoliberal salvaje que se ha extendido en América Latina, y en general en el mundo. La cultura del mall, de las tarjetas de crédito, de la deuda permanente, del terror a perder el trabajo provocan, en definitiva, niveles de alienación y la construcción de sociedades profundamente antihumanas. Todo eso potenciado por medios de comunicación que no informan, sociedades en que cada vez se lee menos y sistemas educativos cuyos objetivos se orientan, más que a la formación de ciudadanos críticos, a capacitar nuevas masas de consumidores, prestos a competir en una sociedad en la que predominan el individualismo, la competencia, las ideas xenófobas y la enajenación que produce el embrutecimiento cultural a costa de mostrar la muerte, la guerra, las catástrofes y la crueldad como una forma normal de entretención e, incluso, de placer morboso. Ante una ‘vida democrática’ de esta naturaleza, es posible entender las respuestas que han dado muchos de los consultados, porque en definitiva, ¿qué respondería uno, honestamente, si le formularan las mismas preguntas?”.
Se observa, sí, un cambio en la percepción de las ‘bondades’ del modelo de libremercado.
“Es interesante que se aprecie una realidad que viene de vuelta respecto de algunas cuestiones claves del modelo y de las actuales políticas de gobierno, como una visión negativa de lo que han significado los procesos privatizadores y el nivel creciente de sectores que plantean que el Estado debe estar a cargo de la salud, educación y servicios básicos. Pero esta percepción se revela confusa al responsabilizar fundamentalmente a la iniciativa del empresariado de los problemas económicos, y no castigar del mismo modo al gobierno, que impulsa y sostiene un modelo que privilegia a los grandes grupos económicos empresariales nacionales y transnacionales. Son sus políticas las que abren las puertas al capital extranjero especulativo, poniendo en virtual venta al país y sus riquezas naturales, las que se explotan devastando nuestra naturaleza y economía tras la sola búsqueda de ganancia, sin procesos productivos que aseguren trabajo y posibilidad de futuro sustentable para los chilenos”.
¿Qué piensa de la menor confianza que inspira la Iglesia Católica?
“No debe extrañar, como tampoco la tremenda desconfianza hacia los partidos políticos. La Iglesia Católica, en general, ha vuelto a cumplir el mismo rol que asumió en algunos momentos de su historia, acomodándose al modelo y usufructuando de éste. Los sectores más integristas, como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, conviven con los grandes grupos económicos, pero esta vez bendecidos y santificados por la jerarquía de la iglesia. A esto se une constatar una moral hipócrita que predica abstinencia sexual y condena el sexo, mientras asistimos a continuas denuncias de escándalos a nivel mundial que han alcanzado a distintos dignatarios de la iglesia acusados de aberrantes prácticas de pedofilia. Lo sorprendente es que aún se mantengan en un nivel de confiabilidad alto, no sólo la Iglesia Católica, sino también la policía y la televisión. Está claro, entonces, que la falta de alternativas suficientemente confiables son una realidad que tenemos que recoger como una respuesta reveladora del resultado de esta encuesta”

 

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