| 14 años de la fundación de la
CUT
Crisis del movimiento sindical
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En los últimos doce años el
movimiento sindical chileno ha enfrentado un deterioro progresivo
que, paradojalmente, no vivió en los peores años de
dictadura militar. Este proceso de menoscabo ha significado una baja
sostenida del número de trabajadores organizados, la desaparición
de gran cantidad de sindicatos y una creciente disminución
del número de afiliados en las distintas organizaciones. Las
cifras son elocuentes: del total de la fuerza de trabajo, sólo
el 10% está sindicalizada, a diferencia del 17% de afiliación
alcanzada en plena dictadura. Asimismo, del total de empresas existentes,
apenas en el 17% de ellas existen sindicatos. El número de
afiliados a la CUT que en 1973 era de 934.335 trabajadores con una
fuerza laboral mucho menor, sólo alcanza a 650 mil en 2002,
según la Dirección del Trabajo. El desperfilamiento
de la fuerza sindical ha provocado una pérdida sostenida de
los derechos de los trabajadores, generando condiciones para un dominio
sin contrapeso de la parte empresarial. Esto se ha traducido en una
concentración de la riqueza cada vez mayor que sitúa
a Chile entre las diez naciones con mayor desigualdad en la distribución
del ingreso. En este contexto cabe preguntarse cuál ha sido
el rol de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) -creada hace 14
años para representar los intereses de los trabajadores y conducir
al movimiento sindical- y qué papel cumple hoy. |
UNA marcha de trabajadores cesantes
terminó el 28 de agosto frente a La Moneda, donde instalaron
una olla común.
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Las opiniones de Miguel Soto Roa, presidente de la Confederación
Nacional de Sindicatos y Federaciones de Trabajadores Metalúrgicos
(Constramet) y de Luis Mesina Marín, presidente de la Confederación
Bancaria, sin duda aportan elementos a una discusión necesaria.
Miguel Soto sostiene que el momento que vive la CUT es reflejo de la severa
crisis de representatividad que afecta al movimiento sindical, el cual
está atomizado y con sólo 10% de los trabajadores sindicalizados.
El sector más afectado es el privado, debido a que en dictadura
las organizaciones del sector público se desarrollaron al amparo
de los partidos políticos, lo cual no ha sido superado. Para Soto,
la dispersión actual de las confederaciones sindicales no es un
problema ideológico sino producto del temor de los dirigentes nacionales
a unificar sus organizaciones por miedo a perder sus cargos. “Todo
esto, en un contexto en que los trabajadores enfrentamos a un empresariado
cavernario, que no acepta que nos organicemos y luchemos por nuestros
derechos”, dice.
Luis Mesina coincide con Soto en que la situación de la CUT no
es muy diferente de la que vive el resto del sindicalismo. En el caso
de la CUT, esta circunstancia ha sido agravada “porque opera de
manera estrictamente superestructural, sin vinculación con la gente
y absolutamente distanciada de los problemas reales de los trabajadores”.
También resalta Mesina la excesiva dependencia partidaria, principalmente
de la Concertación y la simpatía de algunos consejeros de
la CUT por orientaciones del empresariado, que apuntan a conculcar más
los derechos de los trabajadores. “Este panorama poco alentador
ha provocado que la gente perciba a la CUT como una organización
ajena a ella y contraria a sus intereses”, dice Mesina.
En la última década la CUT ha desarrollado una estrategia
eminentemente defensiva y legalista para enfrentar al empresariado y ha
permanecido atrapada en el marco legal de la reforma laboral, excluyendo
una acción sindical de base más decidida, que le hubiera
permitido desarrollar fuerza y crecer como organización.
Para el presidente de la Constramet, Miguel Soto, efectivamente la CUT
perdió fuerza, a partir de 1990, cuando la dirección fue
hegemonizada por dirigentes de la Concertación, principalmente
democratacristianos. Esta dirección sometió a la Central
a los pactos sociales, con la promesa de implementar un nuevo Código
del Trabajo que restauraría los derechos laborales arrebatados
por la dictadura. Esto nunca ocurrió porque en la práctica
la Democracia Cristiana traicionó a Manuel Bustos, su líder
en la CUT. “Yo pienso que Bustos creyó ciegamente que la
Concertación realizaría las reformas que el movimiento sindical
esperaba y que no se produjeron”, dice Soto.
Una opinión distinta tiene Luis Mesina, quien plantea que el sindicalismo
chileno siempre se distinguió en América Latina por ser
exageradamente legalista y atomizado. A diferencia de los países
vecinos, siempre existieron los sindicatos por empresas y dentro de ellas,
además, estaban divididos en sindicatos de empleados, obreros,
profesionales y técnicos, etc. Previo al golpe militar, el movimiento
sindical había logrado sobrevivir con esa estructura organizacional
gracias a un contexto político nacional y mundial diferente. Existía
el Estado benefactor y una suerte de clientelismo de los partidos y la
debilidad estructural del sindicalismo no se notaba. “Con el golpe
militar quedó en evidencia esa falencia y cuando se recuperó
la democracia el movimiento sindical, a diferencia del argentino, se debilitó.
A partir de los noventa, la dependencia de los dirigentes de la CUT respecto
de los partidos de la Concertación, convierte a la Central en correa
de transmisión del gobierno con una administración claramente
hegemonizada por los sectores neoliberales”, señala Mesina.
FUERZA EN LA ADVERSIDAD
Durante el período de dictadura el movimiento sindical chileno
logró una recuperación importante después de la desarticulación
que produjo el golpe, llegando a agrupar al 17% de los trabajadores. Este
desarrollo se dio en un contexto de dura represión y la fractura
del mundo del trabajo a partir del Plan Laboral implantado por los militares.
Se iniciaba así un período marcado por la desregulación
del mercado laboral que cambió definitivamente las formas de organizar
el trabajo. Paradojalmente, el movimiento sindical y la CUT perdieron
esa fuerza en democracia y hoy están atomizados.
Según Miguel Soto, esto se debe principalmente a la falta de libertad
sindical, porque objetivamente la legislación laboral no ha sido
adecuada a las normas de libertad sindical que establecen los convenios
de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Otro aspecto,
es la independencia sindical, “que muchas veces está sujeta
a los partidos o gobiernos de turno por incapacidad del movimiento sindical
de desprenderse de ellos, debido a su escasa capacidad económica”.
Además, como los empresarios se dieron cuenta que la Concertación
no quiere cambiar la legislación laboral de la dictadura, prosiguen
en sus prácticas antisindicales que habían moderado en los
últimos años de dictadura, debido al potenciamiento que
experimentó el movimiento sindical. En este contexto, “los
trabajadores atemorizados dejaron de sindicalizarse debido a la falta
de una legislación adecuada que los resguarde frente a la represión
empresarial”, dice Soto.
Para Mesina, en cambio, lo fundamental es que la CUT “no defiende
los intereses de los trabajadores”. Y ejemplifica con declaraciones
de los presidentes de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa) y de la Confederación
de la Producción y el Comercio (CPC), Juan Claro y Ricardo Ariztía,
quienes señalaron tener acuerdos con dirigentes de la Central para
avanzar en materia de flexibilización laboral. Para el dirigente
bancario se trata de algo grave, porque contraviene los principios que
deben prevalecer en la organización sindical. “Estos acuerdos
entre bambalinas revelan la profundidad de la crisis y constituye una
bofetada al mundo sindical, porque las políticas que el FMI ha
recomendado para Chile en materia de rebajas salariales han sido rechazadas
en forma categórica por las organizaciones internacionales de trabajadores”,
dice.
GRUPOS DE PODER Y SINDICATOS FANTASMAS
Pero este proceso de desperfilamiento de la CUT, no ha sido espontáneo.
Al interior de la organización existen fuertes lazos con los partidos
de la Concertación que lejos de cambiar las condiciones de deterioro
impuestas en dictadura, las ha profundizado. En este escenario, el oficialismo
no ha demostrado interés en fortalecer la acción sindical
y los dirigentes de la Central han sido incapaces de romper la lógica
de las lealtades partidarias. Se ha abierto paso la acción de grupos
de poder al interior de la CUT.
Para Miguel Soto estos grupos de poder han jugado un papel nefasto, porque
muchas veces los dirigentes electos para los cargos principales no son
los más representativos. Señala que esos cargos generalmente
son producto de acuerdos o cuoteos políticos, en los que los trabajadores
tienen poca o ninguna influencia. “Incluso, cuando hay elecciones
aparecen sindicatos que desaparecen al otro día y esto ocurre igual
en las Confederaciones y Federaciones. Este no es un problema ideológico,
sino una práctica sindical absolutamente reñida con la democracia
sindical”.
Por su parte, Mesina plantea que “el problema es que la CUT es manejada
por un grupo de dirigentes sindicales pertenecientes a la Democracia Cristiana
y al Partido Socialista”. Ellos transmiten e imponen la política
oficial del gobierno y cualquier voz disidente es apagada sin contemplación.
Quienes discrepan de la línea oficial quedan en ínfima minoría
y al no poder expresar divergencias terminan siendo funcionales a una
institucionalidad viciada. “Por eso, yo renuncié a la vicepresidencia
de la CUT, porque me negué a ser partícipe crítico
de una política que no comparto. No estoy dispuesto a ser parte
del show”, sentencia.
DESCONFIANZA
DE LOS JOVENES
Otro de los factores que inciden en la debilidad de la CUT es la existencia
de vastos sectores de trabajadores, principalmente jóvenes, que
no participan en la organización. Esto determina no sólo
su estancamiento en términos cuantitativos, sino también
en lo cualitativo al no permitir el recambio de dirigentes.
De acuerdo a la visión de Miguel Soto, los jóvenes trabajadores
no sólo no participan en la CUT, tampoco lo hacen en los sindicatos.
Sienten que esas organizaciones no resuelven los problemas que enfrentan
en las empresas. Al interior de éstas, el sistema dictatorial permanece
igual y no se sienten respaldados para decidirse a luchar. “Un caso
emblemático fue el conflicto de Bicicletas Bianchi, donde los empresarios
cometieron todo tipo de arbitrariedades y el gobierno fue incapaz de hacer
prevalecer los derechos de los trabajadores”, señala Soto.
Para el dirigente bancario son los jóvenes que no participan en
la CUT, los mismos que llenan de contenido los actos de la Central. “Si
a estos actos sólo asistieran los simpatizantes de la organización,
bastaría la sede de la CUT para realizarlos”, ironiza. El
90% de quienes participan el 1º de mayo son jóvenes anarquistas,
la Izquierda extraparlamentaria y gente marginal. “Estos jóvenes
jamás serán atraídos por la burocracia sindical,
que desde el punto de vista generacional es muy vieja. Ello revela la
importancia de gestar un cambio al interior del movimiento sindical que
necesita con urgencia dirigentes jóvenes”.
LAS ALTERNATIVAS
Pero en este contexto de crisis, ¿qué posibilidad real
de revertir la situación tienen los dirigentes con una posición
crítica frente a la actual conducción de la CUT? ¿Cuál
es la alternativa para los sectores críticos: enfrentar la crisis
desde dentro de la CUT o crear una nueva organización que efectivamente
represente los intereses de los trabajadores?
Miguel Soto piensa que la única forma de revertir esta situación
es a través de un proceso de crecimiento de la sindicalización,
con el fin de generar capacidad de cambiar la actual dirigencia cupular
y eliminar sus prácticas. “Hoy en cualquier organización
superior una mayoría circunstancial puede cambiar la dirección
de una organización, sin consultar a los afiliados, lo que constituye
una falta de democracia increíble”, señala Soto.
Para él no es necesario crear una nueva Central, “porque
ese es el discurso de algunos que no quieren integrarse a la Central y
de otros que se fueron, pero que aplican las mismas prácticas antidemocráticas”.
Según plantea, la esperanza de quienes sostienen criticas a este
modo de hacer sindicalismo, es seguir demostrando que se puede hacer sindicalismo
real, respetando la democracia y tratando que los trabajadores sientan
a las organizaciones como propias. “Hay que confiar que a través
de ellas se puede cambiar la situación de discriminación
de los trabajadores y conseguir un mundo mejor”, agrega.
Mesina es categórico al plantear que es imposible cambiar la CUT
desde dentro. Sostiene que lo intentó mientras fue vicepresidente
y encargado del Departamento de Organización: “Siempre choqué
con el peso de la burocracia que se mantiene al interior de la CUT, debido
a la apatía general de los trabajadores y a la falta de democracia
sindical”. Asimismo, sostiene que el sindicato por empresa está
en bancarrota hace tiempo. Es ineficaz, porque no está diseñado
para asimilar la transformación profunda que han experimentado
la economía y las formas de organización laboral. No hay
comprensión de las formas en que se organizan los empresarios,
cómo administran y organizan la productividad. El capital no ha
cambiado en lo esencial, pero ha adoptado formas distintas de plantearse.
“Esto requiere de un instrumento diferente, y a estas alturas tengo
dudas que ese instrumento sea el sindicato, al menos el que conocemos
hoy en Chile”.
Para Mesina, hay hechos objetivos que demuestran que la CUT no defiende
los intereses de los trabajadores: salario mínimo, reformas laborales
y flexibilidad laboral, enumera. Si bien plantea que resolver la crisis
de dirección del movimiento sindical, desde el interior de la CUT,
es insuficiente, reconoce que tampoco se puede intentar resolver la crisis
en foma aislada, por la magnitud del esfuerzo.
Sostiene que la unidad de los trabajadores no puede ser un fetiche. “La
unidad tiene que servir para representar los intereses de los trabajadores.
Si un instrumento opera en sentido opuesto para el que fue creado, entonces
es necesario que los trabajadores se planteen un análisis más
a fondo, que tiene que ver con la necesidad de que ese instrumento siga
funcionando. Creo que quienes hacen de la unidad un fetiche, sin evaluar
las consecuencias de mantener un instrumento que atenta contra los intereses
estratégicos de los trabajadores, en el fondo le hacen el juego
a una organización de esas características”, concluye
MANUEL HOLZAPFEL G.
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