Volodia Teitelboim, Premio Nacional de Literatura
UN MUCHACHO DEL SIGLO XX
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Luego de muchas especulaciones y una intensa
polémica a través de la prensa y televisión acerca
de quién merecía el Premio Nacional de Literatura, el
máximo galardón de las letras chilenas recayó
en el escritor Volodia Teitelboim. Y si bien todos los postulantes
poseían méritos, la trayectoria de Teitelboim, con más
de medio siglo dedicado a las letras, tuvo esta vez su recompensa.
Antes de ser dado a conocer el nombre del galardonado de este año,
el destacado poeta Armando Uribe Arce, había expresado, en
una entrevista a un diario electrónico, respecto a la postulación
de Teitelboim: “Él tiene una obra que ha durado desde
los años 30 hasta ahora. O sea, más de sesenta años
de creación literaria. Cumple con lo que se propuso ser el
premio desde sus comienzos, que es el reconocimiento a toda una vida
entregada a la literatura con calidad. Muchos de los libros de Volodia
tienen importancia real”. |
VOLODIA Teitelboim
con dos colaboradores de “Punto Final”, la escritora y
periodista Virginia Vidal y el fotógrafo Luis Arnéz. |
Integrante de la llamada “Generación del 38” -nació
en Chillán en 1916- y de profesión abogado, se inició
muy joven en la literatura, con una antología de poesía
que editó junto al poeta Eduardo Anguita en 1935, titulada “Antología
de poesía chilena nueva”, causando gran polémica por
haber dejado fuera a Gabriela Mistral (error que fue reconocido posteriormente)
y, según algunos, resaltar demasiado a Vicente Huidobro. Como sea,
dicha antología, marcó todo un hito en las letras nacionales.
Posteriormente vendrían el ensayo “El amanecer del capitalismo
y la conquista de América” (1943) y la novela “Hijo
del salitre” (1952), para seguir con libros como “La semilla
en la arena” (1957); “Hombre y hombre” (1969); “La
guerra interna” (1979); “El pan y las estrellas” (1973);
“El oficio ciudadano” (1973); “Pólvora del exilio”
(1976); “La letra y la sangre” (1986); y “Notas de un
concierto” (1998). Otros títulos son “En el país
prohibido”, “Voy a vivirme, notas y complementos nerudianos”
y “La gran guerra de Chile y otra que nunca existió”.
En su extensa producción destacan las biografías: “Neruda”;
“Gabriela Mistral, pública y secreta”; “Huidobro,
la marcha infinita” y “Los dos Borges”. Además
ha publicado dos volúmenes de sus memorias: “Muchacho del
siglo XX” y “Un hombre de edad media”. Sus últimos
trabajos han sido la edición de dos tomos de “Noches de radio”
(LOM Ediciones) donde se recuerdan las transmisiones que desde la ex Unión
Soviética realizara junto a otros exiliados a través Radio
Moscú, escuchada clandestinamente por miles de chilenos durante
la tiranía militar.
Si bien Volodia Teitelboim nunca abandonó la política -llegó
a ser secretario general del Partido Comunista además de senador,
cargo que ejerció hasta el 11 de septiembre de 1973- siempre reservó
un espacio importante para la literatura. Hombre comprometido con las
grandes luchas sociales del siglo XX, ha mantenido siempre una postura
clara frente a los acontecimientos político-sociales de nuestro
país y del mundo. Exiliado en distintos países de Europa,
ejerció una permanente solidaridad con las fuerzas que buscaban
recuperar la democracia en Chile durante la represión pinochetista.
Tras su regreso a Chile, y luego de dejar la secretaría de su partido
-y sin abandonar su participación política como miembro
del comité central del PC-, puso mayor acento en su labor literaria,
logrando un amplio reconocimiento público que traspasó incluso
las barreras ideológicas y prejuicios de un importante sector de
chilenos.
Invitado permanente a foros, seminarios y charlas en universidades, institutos,
y centros culturales en Chile y el extranjero, ha logrado un prestigio
importante en distintas generaciones, sobre todo entre los jóvenes.
Teitelboim es un testigo privilegiado de los acontecimientos del siglo
XX, políticos y literarios. Amigo de Huidobro y luego de Pablo
Neruda y otros destacados escritores nacionales y extranjeros, así
como de líderes políticos de gran influencia, posee una
amplia visión del desarrollo de la historia en el ámbito
mundial.
Recientemente la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación
lo nombró doctor honoris causa en una ceremonia donde participaron
Marta Cruz Coke, Gonzalo Rojas, Poli Délano y Darío Oses
junto al rector Raúl Navarro Piñeiro. En parte de su discurso,
que contiene importantes apreciaciones literarias e históricas,
Volodia Teitelboim expresó:
“SOMOS LOS DE ENTONCES,
NO ABDICAMOS DE NUESTROS SUEÑOS”
“El acto de hoy nunca lo soñé. Durante diecisiete
años fui sindicado por la Junta Militar como enemigo público.
Me despojó de la nacionalidad y me incluyó en la honrosa
lista de los que debían ser asesinados en el extranjero. Ahora
vivo aquí la vuelta de campana. Esta reunión la siento colmada
por la amistad y experimento el gozo de la buena acogida. (...) No creo
que sea un milagro, pero quisiera tratar de explicarme cómo ha
sucedido lo imprevisto. Me digo: ‘no te extrañes tanto por
la buenaventura. Es hija de una historia de amor tan prolongada que suma
ya setenta años. Tal vez se deba a que tú eres un hombre
que nunca ha podido prescindir de los libros, el ser un entrometido constante
en averiguar los avatares, la odisea de la cultura chilena. Quizás
has vivido largo pero no tendido los dramas del siglo, trabajado para
descubrir la relación entre literatura y vida. Tal vez esas pistas
puedan conducirte a entender la causa del reconocimiento’.
Lo interpreto como expresión de un espíritu abierto, que
tiene raíces íntimamente arraigadas en un sustrato hondo,
en la ejecutoría intelectual de este establecimiento. ¿Acaso
no pertenece por sus orígenes a la familia fundacional de la República?
Aquella que recibió el encargo de educar a la nación. Le
dio la misión de formar profesores que impartan el conocimiento
de las ciencias, de las artes y las letras, de las humanidades. Las juzgó
indispensables para el desarrollo de un país democrático,
con valores que haga accesible a todos, a Pedro, Juan y Diego, la luz
del saber y el hacer una sociedad libre, en la cual el ser humano no sea
mercancía sino que participe como arquitecto colectivo de una patria
justa y solidaria (...)
El precoz autor de ‘Crepusculario’ y ‘Veinte poemas’,
escritos en buena parte durante aquellos días y en ese ambiente,
seguramente sintió que entonces pasaba del no ser al ser. Allí
el estudiante de francés sintió el estallido de la pasión
amorosa y descubrió la grandeza de la poesía mundial. En
la universidad se le abrió la puerta y la ventana a la revelación
de un mundo desconocido. Porque invariablemente eso es y será la
universidad que cumpla con lo suyo. Sembradora, morada de soñadores,
almácigo de escritores, de artistas, de investigadores, de grandes
buscadores y forjadores de una sociedad nueva.
El acceso a ese ámbito estrellado estaba abierto al que cursaba
los ramos académicos y al que venía de la calle rumorosa
y popular, como sucedió, por vía de ejemplo, con un Nicomedes
Guzmán, escribiendo desde el suburbio sobre La sangre y la esperanza.
También al que navegó por todos los Golfos de Penas y archipiélagos
del Sur, que se expuso a los naufragios en el Cabo de Hornos e incorporó
a la literatura chilena y universal ese tempestuoso mundo de los confines
australes. Francisco Coloane no nos dejó hace un par de semanas.
Continúa su travesía por los océanos planetarios
no como tripulante de un barco fantasma. Lleva al hombro imágenes
vivas descritas por un autodidacta que estudió en la universidad
del mar, el mismo que ahora lo ha acogido por la eternidad en su seno.
Hacía cola para el examen de ingreso a la Universidad de Chile.
Lo rendí ante un profesor de tez muy blanca, que contrastaba con
su eterno traje negro. Se llamaba Eugenio González. Era escritor,
hacía clases en el Pedagógico. Como Gómez Millas,
también fue rector de la llamada Casa de Bello.
Ese mismo día en la fila un alumno de la cátedra de castellano
se presentó: me llamo Pedro de la Barra -dijo-. Más tarde
me invitaría a un espectáculo cómico-lírico
que él organizaba, la Orquesta Afónica, y a asistir al estreno
teatral de ‘La estudiantina’, cuyo autor era Edmundo de la
Parra. Todas aventuras estudiantiles.
Yo era un alumno movedizo de la Facultad de Derecho. Pero en ese tiempo
los universitarios nos sentíamos parte de un solo todo. Aplaudimos
cuando Pedro de la Barra en el Teatro Imperio salió con su gloriosa
porfía, el Teatro Experimental, que renovó para siempre
la escena chilena.
Corría el año 32, el de la República Socialista,
de los Soviets de los doce días y coincidimos en la Juventud Comunista
con dos jóvenes recién ingresados. Fueron y seguirán
siendo nuestros hermanos. Me refiero a Enrique Kirberg, que fue legendario
rector de la Universidad Técnica del Estado hasta el día
del golpe, y el maestro magnífico que durante años recorrió
los jardines y salas de esta vasta ciudadela, Hernán Ramírez
Necochea, decano de la Facultad de Filosofía y Educación,
lúcido historiador de la clase obrera chilena.
Respirábamos a pulmón pleno una era de grandes perspectivas.
Aunque nunca los tiempos se repitan iguales es necesario recobrarla cuanto
antes.
¡Qué buen lugar era éste para los aprendices de escritores!
En dicha época anhelábamos ser poetas y revolucionarios
totales.
El mundo ha cambiado mucho, pero nosotros seguimos siendo los de entonces.
Con los ojos bien abiertos no abdicamos a nuestros sueños. Mantenemos
siempre vigentes los palpitantes ideales de la juventud. No estamos arrepentidos.
Hemos vivido la política como conducta ética, como deber
moral, como militantes de la justicia social. Insistimos en abrazar el
irrenunciable proyecto de cambiar esta sociedad por otra mejor. Seguimos
enamorados de la palabra, como revelación de las esencias más
entrañables, buscando que ella nos entregue su secreto, nos ayude
a desafiar el misterio aún en la penumbra del hombre y de la mujer,
a desentrañar la aventura del mundo, la respuesta al enigma de
la belleza.
Tal vez lo que digo proyecte cierto asomo de claridad sobre la razón
por la cual la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación
ha tenido la idea, que no considero peregrina, de agraciarme con este
doctorado Honoris Causa. De paso subentendería que el enemigo público
de 1973 a 1990 se transforma en persona aceptable, en un sujeto que se
ha esforzado en hacer algo por este país que todos aquí
queremos distinto, más humanizado, digno de la noble enseñanza
que esta casa profesa diariamente. Ella puede contribuir a que el siglo
XXI sea ojalá un tiempo donde haya un destino creador para todos,
donde florezca la poesía, esa que vuelve la vida más llevadera,
más profunda y más hermosa”.
PROTAGONISTA DEL SIGLO XX
Hoy, ya con el Premio Nacional en su poder, Volodia Teitelboim puede sentirse
un protagonista total del siglo XX. Su nominación estuvo apoyada,
además de LOM Ediciones que presentó su candidatura, y la
Fundación Pablo Neruda, por la inmensa mayoría de los escritores
y artistas del país, lo que demuestra los merecimientos de este
escritor. No podemos olvidar que Volodia, durante su exilio, fue director
de la revista “Araucaria”, de gran resonancia y calidad cultural,
durante los años más negros de nuestra historia.
La noticia del triunfo de Teitelboim se dio a conocer el viernes 30 de
agosto. La ministra de Educación, Mariana Aylwin, señaló
que la elección fue unánime, agregando que: “nuestra
decisión de entregar el Premio Nacional de Literatura a Volodia
Teitelboim se basó en el reconocimiento a su larga trayectoria
en las letras en distintos géneros como ensayista, poeta y novelista.
Además, posee un excelente manejo del idioma y profundo humanismo
por la historia de nuestro país y de nuestro pueblo”.
El escritor declaró que “agradezco que en la declaración
que hace la ministra se indique que mi obra está dedicada a Chile,
a su historia, a su pueblo y gente, porque ha sido siempre mi motivación
natural desde mi primer libro hasta las últimas publicaciones”.
(...) “Yo fui postulado en varias oportunidades y conozco el otro
lado de la moneda: la decepción, pero ella nunca me paralizó
y al día siguiente volví al trabajo, porque lo más
importante es cumplir con el deber y la vocación literaria de tratar
de interpretar algo de la vida de nuestra gente. Más vale tarde
que nunca, pero nunca es tarde si la dicha es buena”.
Destacó además que en Chile hay mucha gente digna del Premio
Nacional de Literatura, “y esta es la crueldad involuntaria y fatal
de los premios porque se premia a uno, y se deja sin premiar a mucha gente
que tiene méritos suficientes para merecerlo”. (...) El premio
nació hace alrededor de 60 años como un premio anual y ahora
es un premio bianual. Además, se ha introducido una especie de
tendencia que no es ni tradición ni está contemplado en
la ley, en el sentido de los turnos. Un turno cada cuatro años
para los poetas y un turno cada año para los prosistas, viola el
espíritu original, que no está de acuerdo con el carácter
profundamente literario de este país”. Finalmente, Volodia
Teitelboim, afirmó que “ha llegado la hora de modificar esta
situación. Es muy importante que la cultura, la literatura, que
en el fondo es el retrato íntimo de la sociedad chilena y de las
personas, tenga el reconocimiento y el estímulo necesario”.
Los saludos tampoco se dejaron esperar y llegaron desde todas partes de
Chile y el extranjero. Uno de los primeros vino del Partido Comunista
de Chile a través de su secretaria general, Gladys Marín,
que en parte de su saludo expresó: “Volodia, novelista, crítico,
biógrafo y ensayista ha calado hondamente en la esencia de las
preocupaciones, anhelos y desvelos del ser humano. Lo ha hecho con la
inteligencia y la sencilla elocuencia de quien busca servir y sembrar
en los suyos. Actor social, político y cultural fundamental de
nuestro Chile contemporáneo, ex senador de la República,
ex secretario general y dirigente actual de nuestro partido, exponente
sincero y eficaz de una pertenencia particular, la de ser militante de
las ideas de la transformación social, de la justicia sin limitaciones
y de la auténtica democracia, Volodia Teitelboim, su personalidad
y su obra, traspasa cualquier frontera ideológica o partidaria
y pertenece a toda una comunidad, a ese universo que lo conoce, lo respeta
y lo estima. Por todo ello no podemos dejar de expresar nuestra natural
alegría y legítimo orgullo. (...) Su privilegiada memoria
se ha impuesto la tarea de unir las distintas etapas vividas en un siglo
lleno de triunfos y desgarros, con la mirada crítica del pasado
pero esperanzadora hacia el futuro, poniendo en el centro siempre a los
trabajadores, a los más humildes. Una vena creadora que esperamos
perdure por mucho tiempo”
ALEJANDRO LAVQUEN
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