Feminismos y marxismos

Revolución en la plaza y en la casa

Más de 10.000 mujeres nos reunimos en Salta, Argentina, en el XVII Encuentro Nacional de Mujeres. El primero se realizó en Capital Federal en 1986, por iniciativa de un grupo de feministas argentinas que habían participado en la Conferencia Internacional de la Mujer en Nairobi, convocada por Naciones Unidas.

La cita multitudinaria, inaugurada en el estadio salteño Delmi, dio un alerta sobre los nuevos debates que atraviesan a la sociedad argentina, a los movimientos populares y el lugar creciente de las mujeres en los movimientos de resistencia y en la creación de alternativas. Piqueteras, trabajadoras de fábricas ocupadas, obreras rurales, militantes sindicales, mujeres de las asambleas populares, feministas, militantes de derechos humanos, estudiantes, militantes lesbianas, indígenas,

amas de casa, periodistas, travestis, militantes políticas, educadoras, mujeres de colectividades de inmigrantes bolivianas, paraguayas, peruanas, debatimos infinidad de temas en numerosos talleres. No es el sentido de estas notas realizar una evaluación del encuentro, que deberá ir construyéndose colectivamente por las protagonistas del mismo, sino tomar como referencia algunos debates planteados, a fin de acercarlos a las reflexiones que estamos realizando las izquierdas y l@s marxist@s, sobre temas que deberían ser analizados, modificados, tanto en nuestras teorías como en nuestras prácticas.
El encuentro estuvo fuertemente atravesado por la denuncia de las consecuencias de la crisis de este capitalismo y su impacto en la feminización de la pobreza. Quedó también en evidencia que existe como correlato de este fenómeno, la feminización de la resistencia. Con este término me refiero al lugar destacado que venimos teniendo las mujeres en las resistencias a la opresión, protagonismo verificado en las madres que luchan por la vida de sus hijos -tanto en el enfrentamiento con las dictaduras como en la actual batalla contra políticas como las del “gatillo fácil” y otros métodos criminales con los que se pretende disciplinar a la juventud. Me refiero al papel de las mujeres en los movimientos de desocupados y en las barriadas populares, organizando los cortes de ruta, las comidas colectivas, los comedores, las ollas comunes, las huertas comunitarias, los roperos solidarios, las panaderías, las salas de emergencia, el apoyo escolar, así como las tomas de tierras y de viviendas. Me refiero a las mujeres de los trabajadores que enfrentan la desocupación y el cierre de empresas. Me refiero a las mujeres trabajadoras que asumen el papel de “jefas de familia”, las madres solteras, y las mujeres que deben aprender a cocinar haciendo magia ante la falta de comida. Me refiero a la creatividad desplegada y a un nuevo nivel de participación de la mujer, que se vincula casi siempre a la necesidad de dar respuesta a las duras exigencias de la vida cotidiana; es decir, al mayor protagonismo de las mujeres en la batalla contra las consecuencias de las políticas excluyentes y opresoras, en las búsquedas de alternativas de sobrevivencia, y más aún, de gestión autónoma de proyectos que intentan pensar nuevas formas de organización social y política que recuperen la dignidad y el sentido de lo colectivo frente al individualismo que impone la cultura opresora.
Se produjo en el Encuentro de Mujeres un debate por momentos fecundo entre jóvenes que se acercaban por primera vez a este tipo de reuniones, y compañeras que vienen militando en el feminismo o en el movimiento de mujeres, integrando junto a los análisis sociales y políticos, una mirada de género, que revela que el patriarcado es una cultura que sostiene y reproduce la dominación capitalista; la refuerza y la multiplica.

FEMINISMOS Y MARXISMOS

En el pensamiento original de Marx y Engels, existió una reflexión crítica sobre el lugar de la familia en la reproducción del capitalismo. Mujeres como Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, promovieron el protagonismo de las mujeres tanto en la sociedad, como en el pensamiento de los revolucionarios y las revolucionarias, en las teorías y en las prácticas de los movimientos socialistas y en sus propios partidos. Los procesos revolucionarios de inicios del siglo 20, abrieron espacio a nuevos debates sobre la sexualidad, el lugar de la mujer en la sociedad, especialmente en la creación del socialismo. (El libro de Fanny Edelman, “Feminismo y Marxismo”, recorre algunos de estos aportes producidos en las teorías y prácticas del siglo 20).
También en este siglo, se abrió paso como corriente autónoma y emancipatoria, el feminismo; que retomó y profundizó la crítica a la familia patriarcal, a los modelos de reproducción de la dominación y el autoritarismo, que nacen y se recrean en la vida cotidiana.
No existe una sola forma de pensar el marxismo, ni tampoco una sola versión del feminismo. Varias de las corrientes del marxismo, al irse reduciendo a una mirada predominantemente economicista, perdieron capacidad para interpretar los fenómenos sociales que tienen relación con la subjetividad, con la conciencia social, con la complejidad de las dimensiones que constituyen a los seres humanos como sujetos históricos, y no como seres cuyo destino está predeterminado. La subordinación a la contradicción capital-trabajo, de todo el conjunto de contradicciones existentes en una sociedad, restó capacidad para abordar con iniciativa las demandas de las mujeres, de los pueblos oprimidos, de la diversidad sexual, de las diferentes formas de lucha contra la opresión. Desde este lugar, se explica pero no se justifica, el desencuentro con el psicoanálisis, con el feminismo, con el pensamiento de los pueblos originarios, con las búsquedas de los sectores de la Teología de la Liberación, con los ecologistas socialistas, con el pensamiento de los movimientos de liberación sexual, entre otros. El empobrecimiento teórico conduce, necesariamente, al empobrecimiento político.
En el caso de los feminismos, ha sucedido que en una parte importante de sus corrientes, han predominado (al igual que en algunas de las izquierdas), sobre todo en las últimas décadas del siglo 20, enfoques institucionalistas, corrientes burguesas, que quitaron radicalidad a las demandas libertarias originales del feminismo, y fueron encorsetando a estas corrientes en reclamos puntuales de espacios de poder dentro del sistema capitalista, que no cuestionan al conjunto del mismo. En esta perspectiva, algunas corrientes del feminismo han perdido su esencialidad revolucionaria, y también han perdido impacto, sobre todo, entre las mujeres de los movimientos populares, que no se sienten interpretadas por las demandas ciudadanas del feminismo institucional.
Sin embargo, el desencuentro comienza a ser revisado en ambos campos, en la medida en que crecen las necesidades de dar nuevos niveles de confrontación al capitalismo, y de generar mejores propuestas alternativas. La batalla por la emancipación de la mujer es parte de la lucha por una sociedad sin ningún tipo de explotación, de opresión, de discriminación. Es una parte fundamental de la batalla cultural contra la enajenación capitalista en sus más diversas manifestaciones. La sociedad que aspiramos a construir, en la que quepamos todos y todas, hombres y mujeres, conteniendo a toda la diversidad sexual, racial, cultural, implica necesariamente el fin de la explotación, poner término a la propiedad privada de los medios de producción; y al mismo tiempo transformar de raíz la cultura opresora que sostiene la explotación y la propiedad privada, desde una hegemonía “occidental”, blanca, machista, heterosexual, y preferentemente católica, apostólica y romana. Desde esa hegemonía cultural, reforzadora del capitalismo, se avanza en las políticas de exclusión de toda la diversidad, de todos los y las diferentes, de todos los y las sin tierra, sin techo, sin casa, sin propiedad.
La batalla por el socialismo es un esfuerzo que comprende, en consecuencia, combates políticos, económicos, sociales y culturales, que apunten a ampliar cada vez más significativamente los espacios de autoorganización, de libertad, de resistencia, de desafío, contra todas las dominaciones. En la Argentina actual, se trata de romper todos los corralitos en los que nos fueron no solamente atrapando en términos económicos, sino segregando y fragmentando como sujeto popular, enajenándonos como personas.
Es parte de asumir esta realidad constatar que en el campo de quienes soñamos el socialismo (un mundo en el que quepan todos los mundos), no todos y todas compartimos esta multiplicidad de dimensiones de las batallas emancipatorias. Esto conduce a jerarquizar las demandas, las batallas, priorizando unas sobre otras, dejando algunas para “después de la revolución” (enfoque que la piensa como acto y no como proyecto y proceso). Esto lleva a que muy fácilmente establezcamos que primero viene una y después todas las otras; lo que a su vez aumenta las posibilidades de fragmentarnos. Sin embargo en la vereda de enfrente, la batalla que plantean es integral. La cultura privatizadora y excluyente, prepara sus cuadros y los lanza al ataque en defensa de cada uno de sus postulados.
Fue significativo en el encuentro, constatar la presencia de sectores organizados que responden y reproducen la ideología del Vaticano y de la jerarquía de la Iglesia Católica, que actuaron desde la Pastoral Social, con el apoyo de funcionarias del gobierno de Romero (gobernador de la provincia de Salta). Estos sectores concentraron su ofensiva en temas como el aborto, la sexualidad, y los enfoques de género. La iniciativa y movilización puestas en evidencia en este encuentro, muestran la preocupación de la Iglesia Católica por evitar que el avance de la conflictividad social, pueda ser acompañado por una profundización en la conciencia feminista, que desafía precisamente los dogmas patriarcales que han servido como pilares de la cultura “occidental y cristiana”.
La defensa por parte de la Iglesia de una jerarquía patriarcal, es parte de las mismas concepciones que la llevaron a la complicidad con la dictadura militar. Creen que disponen por orden divina de la vida y de la muerte de los seres humanos. No conformes con sentirse guardianes de nuestras almas, a las que les reservan el derecho al cielo o la condena al infierno, se creen también dueños de nuestros cuerpos. ¡Tremenda omnipotencia la de quienes se sienten representantes directos del Señor! (por cierto, que la identidad sexual de Dios ha sido puesta en duda también por las teólogas feministas).
A quienes sostenemos el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, la libertad sexual, la autonomía en la determinación del tipo de familias o no familias en las que deseamos vivir, se nos condena por brujas, herejes, y otros términos inquisitoriales que volvieron a escucharse en el Encuentro de Mujeres, en las voces acusatorias de las “vírgenes” defensoras de la Iglesia Católica. Ellas promovieron la abstinencia sexual, como alternativa anticonceptiva privilegiada. Ellas trataron de asesinas a quienes defendemos el derecho al aborto. Ellas exhibieron sin pudor la hipocresía brutal de una institución que gasta cifras millonarias en la defensa de los sacerdotes y hasta de algún obispo, violadores y abusadores sexuales; pero niega la posibilidad a las mujeres, ya no del ejercicio del sacerdocio, sino de vivir con autonomía nuestras propias vidas.
Pero no faltan quienes, desde nuestro propio campo, les conceden ese poder. Es por ello que muchos sectores “populares”, algunos “combativos”, y hasta “obreros”, se negaron o vacilaron en participar de la movilización a la Catedral de Salta propuesta por el feminismo, con el objetivo de denunciar las posiciones sostenidas desde el Obispado contra las necesidades, demandas e intereses de las mujeres y en defensa del patriarcado. Las mujeres de la CCC y de la CTA acordonaron sus columnas para que nadie se “desviara” del camino preestablecido, que evitaba concientemen-te el paso por la sede mayor de la Iglesia Católica, a la que no querían irritar ni desafiar. Por ello frente a la Catedral llegaron las feministas primero, y luego el bloque piquetero. La falta de coordinación entre los dos grupos, muestra la necesidad de mejorar los canales de diálogo, pero las acciones coincidentes realizadas, reafirman la potencialidad expresada en la consigna “vamos a hacer la patria socialista, la vamos a hacer piquetera y feminista”. Piqueteras y feministas, son dos de los demonios que amenazan actualmente en Argentina la cultura que sostiene y reproduce al capitalismo. Su encuentro podría ser fuente de un fértil crecimiento de conciencia y desafío al sistema.

SITUACION DE LA MUJER

Es mucho lo que se ha avanzado en el último siglo en lo que hace a los derechos de las mujeres. Estos avances no han sido graciosas concesiones, sino el producto de importantes luchas de las mujeres, de sus organizaciones, de sus movimientos. Las izquierdas y las feministas, han contribuido significativamente en las batallas emancipatorias del siglo que finaliza. Pero a pesar de ellas, es necesario señalar que en términos generales, se mantiene y en algunos casos se acentúan las diferencias de oportunidades entre hombres y mujeres que surgen de la división sexual del trabajo, o del impacto de las políticas de exclusión sobre las familias pobres.
Según la Conferencia Internacional de Derechos de la Mujer, realizada en Pekín en 1995, de acuerdo también con datos de la ONU y de la OIT:
• las mujeres ganan la tercera parte de lo que ganan los hombres por igual trabajo.
• de cada 10 pobres, 7 son mujeres. Las mujeres representamos el 70 por ciento de las mil 300 millones de personas más pobres del mundo.
• con sólo el 5% de ingresos, las mujeres, niñas y adultas, hacemos las dos terceras partes del trabajo del mundo y más de la mitad de este trabajo no es pagado.
• una de cada 100 mujeres es propietaria de algo.
Indican también las cifras de los organismos internacionales, en relación a la salud de las mujeres que:
• en el Tercer Mundo anualmente mueren unas 600.000 mujeres jóvenes (unas 1.600 al día) durante el embarazo y el parto. Por cada una que muere aproximadamente otras 30 sufren infecciones, lesiones e incapacidades por la misma causa.
• por lo menos 12 millones de mujeres al año sufren durante el embarazo y el parto una serie de daños que tendrán un profundo efecto en sus vidas.
• de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), de los 46 millones de abortos que se practican anualmente en todo el mundo, 36 millones corresponden a países en desarrollo. De éstos, 20 millones se practican en la ilegalidad, por ende en condiciones de riesgo.
• por cada minuto que pasa, una mujer muere durante el embarazo o el alumbramiento, dijo el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. Mientras que una mujer que da a luz en un país en desarrollo corre el riesgo de morir en una de cada 13 ocasiones, en los países industrializados este riesgo disminuye a 1 entre 4.100. Más de un 90% de estas muertes se producen en el mundo en desarrollo.
• en América Latina y el Caribe se calcula que se efectúan más de cuatro millones de abortos inseguros o en condiciones de riesgo cada año y más de un aborto en condiciones de riesgo por cada tres nacidos vivos.
• más de dos terceras partes de los 960 millones de personas analfabetas adultas en el mundo, son mujeres. Además, dos tercios de los 130 millones de niños que no van a la escuela o desertan de ella, son niñas.
Hay otros datos que no están claramente en las estadísticas, que tienen que ver con la violencia cultural contra las mujeres, a partir de un “modelo” promovido por los medios de comunicación de masas, e internalizado en la mayor parte de la sociedad, que estimula la identificación con un tipo de mujer Barbie, “la mujer nueva” elegida por “el hombre nuevo neoliberal”. Modelo que supone -entre otras cosas- cuerpos cada vez más delgados, moldeados, jóvenes, sin arrugas, sin dolores, sin cicatrices, y si fuera posible, sin cerebro. Modelos que, impactando especialmente en la adolescencia y en la juventud, son promotores de las “nuevas enfermedades” del capitalismo, como la anorexia y la bulimia.

“REVOLUCION EN LA CASA Y EN LA PLAZA”

“Lo personal es político”, proclama el feminismo, y al hacerlo toca un lugar que históricamente estaba fuera del debate de la derecha, pero también de las izquierdas: el lugar de la vida cotidiana. Se pone en tela de juicio la coherencia entre las propuestas emancipatorias, y las prácticas concretas y cotidianas de quienes las sostenemos, evidenciando que en aspectos bien importantes de la vida de las personas -que hasta entonces se venían considerando asuntos privados, ajenos por tanto al quehacer público- se ejerce opresión, desigualdad, autoritarismo e injusticias aberrantes.
Así, junto a las grandes reivindicaciones sociales -contra la explotación de la fuerza de trabajo, contra la guerra, contra la Otan, contra la represión...-, el feminismo plantea con idéntica fuerza y con el mismo nivel de importancia cuestiones como el derecho al aborto, a una maternidad libremente decidida, la libre opción sexual, la libertad personal, etc. Junto a la denuncia de la explotación en el mundo laboral también denuncia la explotación en el mundo doméstico, develando, de este modo, el papel que juega el sistema familiar en el mantenimiento del orden social burgués y patriarcal, y el carácter arbitrario de la adjudicación a las mujeres de las tareas domésticas, que tantos beneficios reporta a los hombres de todas las clases y categorías sociales, así como tareas de sostén y de control de la sociedad, no remuneradas ni valoradas.
La puesta en debate de la vida cotidiana, implica un desafío para las teorías revolucionarias que en muchos casos se limitan a considerar su esfera de análisis de los movimientos producidos en las superestructuras políticas e ideológicas; y para aquellas visiones economicistas del marxismo que subestiman el lugar de la subjetividad en la formación de alternativas anticapitalistas.
Se han puesto a la orden del día nuevamente los debates sobre temas cruciales para las fuerzas revolucionarias, como son el tema del poder, la revolución, las estrategias, las tácticas, el sentido común, los discursos, los actos, la coherencia, la conciencia. Muchos símbolos nuevos se instalaron en el imaginario social. La cacerola pasó de ser un instrumento de domesticación de la mujer, a convertirse en un emblema desafiante, no sólo del poder patriarcal en la vida cotidiana, sino también de todas las formas de opresión. El “que se vayan todos” va siendo un subversivo modo de nombrar el tipo de revolución que puede ir naciendo en los corazones y los cansancios de los pueblos. Los piqueteros y piqueteras, asesinados, estigmatizados, excluidos, pueden volverse referencia para millones de personas que van aprendiendo, con ell@s, que es posible romper la marginación y la negación, abriendo piquetes de acciones colectivas y solidarias.
Es en este momento de intensas transformaciones, en el que urge plantear nuevamente, en el campo de l@s marxistas, los temas históricos propuestos por el feminismo. Me refiero al feminismo marxista, al feminismo libertario, al feminismo que es teoría y práctica de emancipación, de revolución, de socialismo. El feminismo de Clara Zetkin, de Flora Tristán, de Emma Goldman, de Simone de Beauvoire, de Marie Langer, de Marcela Lagarde, de Ivone Gebara, entre otras.
“Revolución en la plaza y en la casa”, cantábamos en el encuentro. Ahora que estamos recuperando las plazas, también podemos proponernos el debate sobre nuestros lugares en las casas, en la vida cotidiana, en la realidad del día a día. Discutir el lugar de la familia, los roles que sostiene, los autoritarismos que reproduce, como lugar de afirmación del patriarcado. Imaginar nuevas formas de vivir nuestras relaciones, en la casa, en la plaza, y también en las organizaciones populares que van naciendo o se van transformando atravesadas por este tiempo histórico insurgente. Pensar en estos espacios de encuentro para la resistencia, como en laboratorios en los que vayamos ensayando una nueva vida, un nuevo modo de relacionarnos, una nueva manera de compartir la aventura revolucionaria; como pasión y como desafío, como insurrección de nuestras conciencias.
Creo que es un desafío también para el feminismo, comprender que el cambio posible de la cultura de dominación, no se hará desde las instituciones creadas para sostener el sistema, sino desde los movimientos que lo combaten. Y que son precisamente las mujeres que salen a la calle a pelear, quiénes pueden comprender más rápidamente el lugar al que estaban o están condenadas si se quedan entre las cuatro paredes de la casa. Al salir a la plaza, es posible volver a discutir el lugar de la casa, desde nuevas perspectivas. Al cortar las rutas, es posible vivir el deseo de transformar, ya no sólo el hambre cotidiano, sino el conjunto de nuestras vidas. Al recuperar las fábricas y hacerlas producir, es posible que logremos el espacio subjetivo para imaginar que podremos recuperar todo lo perdido, o conquistar todo lo deseado


CLAUDIA KOROL
En Buenos Aires

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