La Armada se cree dueña de Puerto Natales

La noche austral, en invierno, es oscura, muy oscura. Navegar por los canales y en alta mar es una proeza. Lo saben bien los pescadores que, noche tras noche, trabajan silenciosamente, sin temor, pero con respeto al mar. Son hombres callados, acostumbrados a un entorno a menudo peligroso, hostil y, a ratos, lleno de misterio. Forman parte de la naturaleza, y asumen sus caprichos y sus gracias, sus desafíos y premios a través de los siglos. Algunos no vuelven, a veces las embarcaciones desaparecen sin dejar rastros. Y la vida sigue, no por indiferencia o resignación, sino más bien por un inexplicable vínculo con todo lo que allí acontece, cuando la espesa negrura revela secretos sólo a quienes son capaces de entenderlos.
Rebeca Godoy y Brisa Valenzuela, madre y hermana de Wilfredo Valenzuela, uno de los tres pescadores desaparecidos, conversan con PF.

Lo que ocurrió en la madrugada del 19 de julio, sin embargo, es otra cosa. Que un buque de guerra de la Armada choque contra una embarcación de pescadores artesanales es un horror diferente. A las cinco de la mañana de ese día, en el seno Unión, a 57 millas al oeste de Puerto Natales, el remolcador de la Marina “Leucotón”, de 53 metros de largo, impactó a la lancha pesquera “Sandy”, de 13 metros de eslora. Un gigante de acero contra una embarcación de madera. El buque estaba con sus luces apagadas y era parte de un grupo de cuatro naves de la marina que efectuaba ejercicios de guerra en una zona de tradicional tránsito de embarcaciones de pesca. El capitán de puerto, Yerko Cattarinich, quien debería haber alertado a los pescadores que esa noche se internaron en el mar, declaró posteriormente que no había sido informado de las maniobras navales.
En el accidente desaparecieron los trabajadores Alejandro Arévalo Reyes, de 39 años, con un hijo ciego y deficiente mental de 10 años; José Mauricio Avendaño Vladilo, de 28 años, padre de tres hijos pequeños, y Wilfredo Valenzuela Oyarzún, de 40 años, soltero. Sólo sobrevivió el patrón de la lancha, Carlos Ruiz Quedimán. Según él, para contar lo que pasó o, como él dice con palabras que reflejan su fe, ‘porque Dios me regaló la vida para que se sepa la verdad’ (ver recuadro).
No obstante, poco parece importarles la verdad a quienes deberían investigar y señalar responsabilidades si ésta compromete a una institución que actúa como dueña y señora de Puerto Natales. “La gente de esa ciudad dice que los marinos son Investigaciones, Carabineros, el Ejército, la ley... todo”, señala Brisa Valenzuela, hermana de Wilfredo.
Después de la tragedia se supo que algunos pescadores artesanales habían visto, el día anterior, dos buques de la Armada camuflados en el lugar del accidente, además de aviones sobrevolando el área. El dirigente de los pescadores de pequeña escala, Edgardo Garrido, declaró en el diario “La Prensa Austral” que “ellos (la Armada) necesitan ejercitarse, pero por lo menos deberían informarnos para que no ocurran estos accidentes”. Los sindicatos de pescadores artesanales fueron categóricos: “Estos métodos utilizados por la Armada atentan contra la seguridad de la vida humana en el mar”.
El sobreviviente Carlos Ruiz señaló que no vieron el buque y que apenas tuvieron tiempo de lanzarse al agua después de la embestida. “A mis compañeros los vi a unos dos metros de donde yo estaba, cuando una ola nos separó. Me gritaron que tenía que salvarme. No sé por qué (los funcionarios de la Armada) no lanzaron salvavidas circulares, que ellos deben tener por montones”, dijo.
Para los familiares de las víctimas, la Armada no sólo es responsable del accidente. Acusan a los tripulantes del “Leucotón” de no haberse preocupado mayormente por salvar a los naúfragos, y a la institución, de falta de acuciosidad por rescatar sus cuerpos. Ni siquiera les dieron condolencias y hasta hoy no se ha entregado una explicación oficial de lo sucedido.

DEMASIADAS DUDAS

Wilfredo Valenzuela era el séptimo de los nueve hijos que tuvo Rebeca Godoy, quien con un marido alcohólico ya fallecido debió trabajar toda su vida para sacar adelante a la familia. Hoy tiene 73 años y nada puede consolarla de haber perdido a su hijo regalón. La familia es de Santiago, pero el carácter aventurero de Wilfredo lo llevó hace 10 años a Magallanes, primero a Puerto Williams y después a Puerto Natales, donde trabajaba como motorista en una lancha de acarreo, encargada de llevar a tierra el producto extraído por los pescadores en alta mar. No se veían hacía siete años, pero Wilfredo la llamaba por teléfono todas las semanas y mantenían una excelente comunicación. “Tenía programado venir a Santiago por un mes en los primeros días de septiembre y lo esperábamos con ansias. Pero ese fue su último viaje”, se lamenta Rebeca.
Apenas les informaron de la desgracia, en la tarde del 19 de julio, ella y su hija Brisa partieron a Puerto Natales. “Willy siempre me contaba que los marinos los hostilizaban -recuerda su madre-. El era muy ordenado y se indignaba cuando llegaban a revisarles los víveres que llevaban en el bote, por si llevaban trago, y les tiraban todo al suelo. Nadie tiene derecho a impedirme que pelee por mi hijo, era todo para mí. ¿Por qué no salvaron a esos tres hombres jóvenes que se estaban ahogando? A veces pienso que no quisieron hacerlo. Carlos Ruiz se salvó porque fue a dar a la orilla del buque y se encontró con una soga que colgaba del barco, porque ni siquiera está comprobado que la hayan tirado los marinos”. Sus dudas no tienen fin.
Brisa Valenzuela, por su parte, reclama por la falta de cuidados que tuvieron con Carlos Ruiz tras ser rescatado. “Desde el remolcador lo mandaron en un zodiac, con dos marinos, a una embarcación guardiapatrulla que lo llevó a Puerto Natales. Iba amarrado a una camilla y sin salvavidas. Cuando estaban por llegar a la nave, se les cayó al mar de nuevo y se volvió a mojar en esas aguas heladas. Por eso, cuando lo bajaron a tierra todavía estaba con sus ropas empapadas”.
A la viuda de José Mauricio Avendaño le dijeron que había un sobreviviente y que estaba quemado, porque la lancha se había incendiado. “Imagínese, es una joven de 22 años que salió corriendo desesperada hacia el hospital, con sus familiares, y se encontró con Carlitos, que no tenía ninguna quemadura”, comenta Rebeca Godoy.
Los marinos cerraron el muelle el mismo día e impidieron el ingreso de los periodistas. Se dedicaron a limpiar el área durante tres días, con un control absoluto de la situación. Esto se presta para alimentar dolorosas sospechas. “Pensamos que sacaron todas las evidencias. Pudieron sacar partes del bote, incluso los cuerpos, y no quisieron entregarlos”, comenta Rebeca.
El 21 de julio comenzó lo que se llama “rebúsqueda”, con la participación de cuatro naves de la Armada y botes de pescadores artesanales, para lo cual les entregaron mil litros de combustible. Los familiares no pudieron conseguir un helicóptero, a pesar que se los habían prometido. “En la Intendencia les dije que si en Santiago se cae un ‘pelado’ que saca a pasear a su bebé en avioneta, salen a buscarlo cinco, seis o siete helicópteros de Carabineros -dice la madre de Wilfredo-. Pero aquí eran tres pescadores, los mismos que se sacrifican para que los demás saboreen la centolla y los erizos que ellos sacan del mar. ¡No tienen ni un poco de respeto por la gente trabajadora!”.
Cuando terminó la rebúsqueda, la Armada señaló en un comunicado que aunque el período legal de búsqueda era de siete días, ésta se había prolongado durante 21 días. Brisa Valenzuela lo desmiente: “Es falso que estuvieron 21 días. Según mi hermano menor, que se fue a Puerto Natales y todavía está allá, después de los 7 días lo único que hicieron fue entorpecer la búsqueda de los pescadores. Les tomaban fotos y pasaban con sus lanchas a toda velocidad junto a los botes, para desestabilizarlos con el oleaje. Hay fotos que muestran eso, y que los pescadores tomaron a escondidas, porque trataron de requisarles las máquinas fotográficas”. La municipalidad de Puerto Natales arrendó una especie de robots a la Universidad de Puerto Montt, pero se desarmaron apenas los tiraron al mar. Eran artesanales y los probaban por primera vez. “Fue como una burla, porque la Armada tiene sonares y los mejores equipos de búsqueda, pero no los usaron. Lo que queremos es que nos entreguen los cuerpos y reconozcan su responsabilidad. Según ellos, la lancha en que venía mi hijo estaba sin luces, es decir, tratan de echarle la culpa a ellos”, agrega Rebeca.
Lo único que recuperaron fueron las zapatillas de Wilfredo Valenzuela y el ancla de la “Sandy”.

PANICO A LAS FF.AA.

A poco de ocurrir la desgracia, la Armada inició un sumario a cargo de la Fiscalía Naval de Magallanes. Este se cerró hace pocos días, pero hasta el cierre de la presente edición se desconocían sus resultados.
En tanto, los familiares afectados, el senador José Ruiz de Giorgio; el alcalde de Puerto Natales, Tolentino Soto, y Cosme Caracciolo, presidente de la Confederación Nacional de Pescadores Artesanales (Conapach) solicitaron a la Corte de Apelaciones la designación de un ministro en visita para efectuar una investigación paralela, considerando que la Armada no puede actuar con imparcialidad si es juez y parte al mismo tiempo. La petición fue rechazada. Una de las argumentaciones fue que ésta era improcedente en la medida en que no existía ninguna causa por la desaparición de los pescadores en los tribunales de la justicia civil. Para el abogado Edgardo Reinoso, esa omisión es inexplicable. Dijo que la propia Armada debía haber oficiado una acción de esa naturaleza. Los solicitantes apelaron a la Corte Suprema y el senador Ruiz de Giorgio presentó una petición en el mismo sentido al Ministerio de Defensa. “Ha faltado coraje y valentía de parte de la Armada para reconocer que se cometió un error y pagar las consecuencias”, declaró el parlamentario en “La Prensa Austral”.
Mientras, los familiares presentaron una querella por cuasi delito de homicidio en Puerto Natales contra quienes resulten responsables.
La familia Valenzuela ha pulsado todos los resortes posibles sin ningún resultado. La madre de Wilfredo le escribió una carta al presidente Ricardo Lagos y sólo recibó una respuesta de su secretaria para transmitirle “las sentidas condolencias del Señor Presidente”, desearle que “con el transcurso del tiempo encuentre el consuelo necesario” y derivarla hacia la ministra de Defensa. La señora Rebeca Godoy ya le había escrito al comandante en jefe de la Armada, almirante Miguel Vergara, y a la ministra Michelle Bachelet, sin obtener respuesta alguna. Cada vez que ha intentado una comunicación telefónica con la titular de Defensa, apenas logra llegar... hasta el asistente de la secretaria. “La señora Bachelet ni siquiera se ha pronunciado. Como ministra de Defensa, le bastaría mover un dedo para que saquen del mar a mi hijo y a sus dos compañeros. No pierdo las esperanzas de encontrarme con ella para decírselo”, afirma Rebeca.
Brisa Valenzuela se cansó de intentar que los medios de comunicación abordaran el tema. Sólo la prensa regional ha estado informando. “En Megavisión -después de una entrevista que nunca salió al aire- y en Canal 13 me dijeron abiertamente que ellos no se metían con las Fuerzas Armadas. Yo les dije que solamente pedimos que se dé una noticia. Este es un caso de derechos humanos, por el cual hay tres familias sufriendo. He pasado tardes enteras tratando de conseguir algo en ‘El Mercurio’, pero no les interesa”. Tampoco le fue mejor a Rebeca con Ely de Caso, conductora del programa “Aló, Ely”.
“La televisión y los diarios le dieron duro a la geisha, al violador de La Dehesa y a cuanto escándalo se les pasa por delante, pero el dolor de nosotros no cuenta -señala con amargura-. Todos le tienen pánico a las Fuerzas Armadas. Yo tengo 73 años, y no le tengo miedo a nada. Eso les dije a los mismos marinos en Puerto Natales. No estoy pidiendo plata. Lo único que me interesa es que Chile entero sepa lo que hacen los marinos en esa zona, donde muchas veces se han perdido lanchas con toda la tripulación y nunca las han buscado. A algunas familias les han dicho que a sus parientes ‘se los llevaron los ovnis’ o ‘El Caleuche’. Para ellos, los pescadores artesanales no valen nada -los consideran ignorantes y alcohólicos-, y es normal que desaparezcan. En Puerto Williams, donde hay una base naval, los tratan como si fueran perros sarnosos. Si ahora ha pasado algo es porque llegamos nosotros desde Santiago. La gente de Puerto Natales es muy humilde, no conoce sus derechos y tampoco reclama, porque la capitanía de puerto tiene que darles el permiso de zarpe. Y puede tenerlos hasta un año castigados, sin permiso”

LEO WETLI y
PATRICIA BRAVO

 


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¿Por qué sobreviví yo?

Todavía con cierta dificultad y haciendo un gran esfuerzo, Carlos Ruiz relata con frases entrecortadas una experiencia que jamás olvidará.

“En la noche del 18 de julio zarpamos desde Puerto Natales. Sacamos la documentación del zarpe, llevamos la balsa, los salvavidas e hicimos todo en regla. Nuestra embarcación, ‘Sandy’, estaba lista para ir al encuentro de las lanchas que traen erizos, hacer el trasbordo y acarrearlos a Puerto Natales.

Carlos Ruiz Quedimán, patrón de la lancha pesquera “Sandy” que naufragó al chocar con el remolcador “Leucotón”, de la Armada.

Cuando navegábamos por el canal Unión nos encontramos con un buque de la Armada que iba con las luces apagadas. Nos chocó, y al instante encendió las luces. Nosotros sabíamos que en esta zona se realizan frecuentemente ejercicios navales, siempre nos avisaban de una u otra manera. Pero esa noche no hubo aviso.
Antes que nuestra lancha se hundiera, nos lanzamos al agua. Lo natural es empezar a nadar. Pero yo les grité a mis compañeros que no nadaran, para no cansarnos. No pasaron dos minutos y la lancha se hundió. Escuché una voz: ‘Patrón, usted no puede morir, tiene que hablar de esto’. Nos perdimos de vista. Las olas nos tiraron para arriba, para abajo. Me encontré solo. Se me iban las fuerzas. Me cansé, traté de no nadar, de quedarme quieto. La ropa se me llenaba de agua. Yo llevaba una parca larga con un cuello muy alto, la cerré hasta arriba, agarré el borde del cuello con los dientes y se formó una especie de bolsa que me tiró para arriba. Recuerdo haber dicho algo como una oración: ‘Dios, si me das vida, dame entendimiento’. Estaba agotado, aturdido. En medio de la luz que alumbraba vi algo como una sombra, estiré la mano y me encontré con una soga. Me amarré. Logré hacer un nudo rápido, la agarré fuerte con mi mano derecha y me fui para abajo otra vez. Dije: ‘Gracias a Dios, estoy amarrado, aunque muera’. La fuerza se me iba, pero logré gritar ‘¡tiren la soga!’. Y sentí una voz: ‘Hay uno en la soga’. Entonces me tiraron. Sentí que mi mano tocaba un bote de goma. Eso me alivió al instante. Tenía la certeza que todos nos habíamos salvado”.
A don Carlos lo subieron al buque. “Me apreté el estómago y salió agua, sentía mucho frío. Me pareció que todo lo que hacían era muy lento. Me subieron a una camilla y entramos a un pasillo, a una cocina, a un baño. Me sentaron bajo una ducha. El agua caliente me relajó, pero también sentí mucho dolor. Como que no sentía mis piernas, en un momento pensé que estaba inválido. Me bajó una tristeza muy grande, me sentí completamente desvanecido. Un hombre, a mi lado, trató de tranquilizarme. Me paré, pero caí al piso. Las piernas no me respondían. Me levantaron entre varios y me dieron otra ducha más caliente. Me dolían las rodillas, pero igual me paré, traté de saltar, de hacer ejercicios. Ahí me sacaron del baño y me llevaron a una cocina para darme café. Todo mi cuerpo temblaba. Me sirvieron dos tazas de café y me llevaron a una especie de living. Llegó un practicante y me colocó suero. Me preguntó si tenía frío y me trajo tres frazadas.
Mi preocupación constante era qué había pasado con mis tres compañeros. Los hombres me dijeron que ya los habían encontrado. Les dije que quería ir a verlos, pero no me dejaron. Sabían que ellos habían desaparecido, pero me hicieron creer que aún estaban con vida porque me vieron muy mal. Después entró el comandante, me tocó el hombro y me dijo: ‘Señor Ruiz, estas cosas pasan’. Yo logré contestar: ‘Pero, señor, como pescador artesanal, me parece vergonzoso que un buque de la Armada, que tiene todo tipo de equipamiento, nos choque’. Se dio vuelta y se fue”.
El enfermero le dijo que ya estaba recuperado y que se iría con una patrulla a Puerto Natales. “No sentí fuerzas ni para decirle que no estaba en condiciones”, señala Carlos Ruiz. Así, fue trasladado a Puerto Natales en un viaje de alrededor de 20 minutos.
“Una y otra vez me pasa por la memoria todo lo ocurrido, como una película. En Puerto Natales me llevaron al hospital y el médico dijo que no tenía nada, que me fuera a la casa. Me sentía mal. Cuando nos acercamos a la casa, salió mi mamá, y toda la familia llorando. Ellos habían escuchado en la radio, como a las ocho y media de la mañana, que nuestra embarcación se había incendiado y que los cuatro habíamos muerto. Nos abrazamos, lloramos. Sentí una gran alegría de estar con vida, y también una tremenda tristeza por los compañeros. Ahí me enteré que habían muerto. Todos eran más jóvenes que yo, dos tenían hijos, ¿por qué sobreviví yo? No me salían las palabras”.
Su madre lo abrigó en la cama, porque estaba evidentemente mal, sentía fuertes dolores en la espalda y en la cabeza. Poco después llegó a buscarlo el capitán de puerto para que fuera a declarar. Don Carlos le dijo que no podía, que volviera más tarde. Regresó en dos oportunidades y finalmente lo amenazó con enviar la fuerza pública. Se levantó y fue declarar ante un hombre que se presentó como fiscal de Valparaíso. Luego le hicieron firmar un documento. “Afuera me esperaba el señor Roberto Muñoz, dueño de nuestra embarcación. El me llevó a una clínica y la doctora se indignó de que me hicieran pasear en esas condiciones. Me diagnosticó una bronconeumonia, tenía el pulmón izquierdo dañado. Me recetó inyecciones y Roberto Muñoz me llevó de vuelta a la casa. Empecé a recuperarme lentamente, pero todavía estoy con problemas. De repente la memoria se me va, y vuelve, me cuesta acordarme de nombres. No estoy bien”.
No sólo está choqueado física y sicológicamente por la tragedia que vivió, sino también por lo que ha ocurrido después. “Es doloroso sentir que hay gente que desconfía de lo que cuento. Me quieren hacer sentir culpable, como si lo sucedido fuera responsabilidad mía, por falta de atención o de experiencia. Pero nunca tuve un accidente. Además, me presionan para que cambie la versión de los hechos. Pero todos los que conocen algo del reglamento de navegación pueden darse cuenta fácilmente que los efectos del choque muestran con claridad que la colisión no fue causada por falta nuestra. Soy un hombre de fe. Los hermanos de la comunidad me apoyan, oran conmigo, me alientan. Dios me regaló la vida para que yo diga lo que sé, lo que tengo que decir, para que se sepa la verdad”


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