Poesía desde la cárcel

La nave del olvido

“No quiero más nunca volver a navegar
En la nave del olvido, es que cuesta tanto
Volver a desembarcar”

Nelda Jara González
Módulo 209

NELDA Jara, sonriente, se dirige a recibir su premio por su poema “La Nave del Olvido”. Detrás, presos y visitantes, en la premiación del concurso literario organizado por el Boletín Pablo de Rokha.  

En lo alto del cerro Playa Ancha, literalmente en los extramuros de Valparaíso, se alzan los gruesos muros del centro de reclusión penal del puerto. La cana, el chucho, la casa del jabonero. La cárcel, en definitiva, sin eufemismos. Segregados en módulos, de acuerdo a las características del delito y su historial, viven su vida penal los reclusos. Y no deja de ser fuerte que tras esos muros, metáfora de nuestra sociedad, que aleja el problema para no verlo, existan núcleos de personas que han constituido una tenaz propuesta cultural, con altibajos y diverso apoyo de Gendarmería. Allí campean la literatura, el teatro y la música. El mensaje es claro: son herramientas de expresión, emotiva y a veces desesperada, hechas por presos y presas. La mayoría de los presos de la cárcel de Valparaíso son menores de 40 años y no acabó su enseñanza formal. No es novedad: la mayoría son pobres, procedentes de las poblas y sectores periféricos.
El fenómeno de la poesía tampoco es nuevo. A principios de los 90, varios poetas iniciaron talleres literarios en penales del país. Entre ellos, Mauricio Redolés, quien escribió ilustradoras palabras al prologar el libro “Al interior del templo” de Patricio Krempell Badilla, preso en la ex penitenciaría de Santiago, en 1995. “Un taller literario se hace para que ese tipo escribiendo se conecte con su vida con tal fuerza, de manera que se dé cuenta que el robo o el narcotráfico son destinos demasiado pobres para quien tiene suficiente imaginación y corazón como para construir un puente de palabras a alguien ignorado y lejano. A alguien invisible. Para tí, lector”.
Han pasado los años y Redolés continúa vinculado a diversos talleres y grupos literarios carcelarios. Entre ellos, algunos de Valparaíso, como “Los Invasores”, “Torbellino” y “Puertas”, aún vigentes. Son estos, en su pequeña orgánica, los que han continuado la siembra y la cosecha. Los nombres de los presos gestores se acumulan. Mario Tello, Jorge Saavedra, autor del poemario “A pesar de todo”, editado el 2000 por la Universidad Arturo Prat, Emilio Villarroel, el grupo de teatro Ecos, una banda de rock carcelaria, o los ganadores del concurso literario realizado por el Boletín Literario Pablo de Rokha, órgano de “Puertas”. Uno de ellos es Julio Cardoso, de Villa Alemana, quien cumple condena por robo con intimidación. Es autor de “La noche”, poema que ganó el concurso. Dice por ahí: “¡Oh Dioses! En las noches serenas/ yo he escuchado, lleno de ansias el ruido/ que nos llega de los cielos, desde donde/ sin cesar/ baja la canción de las estrellas/ tan dulcemente, que confundimos/ sus voces con el silencio”.

LA HUELLA DE
PABLO DE ROKHA

“Soy la culpa
De quienes no protegieron
la vida
soy el dolor
de sus familiares
el sufrir de una ciudad,
soy una garganta
desgarrada por la pena
y los gritos de dolor
26 ataúdes
con la misma dirección,
la oscuridad y el olvido
26 culpas sin castigo”
“Creando conciencia”
(En homenaje a los 26 caídos en el incendio del penal de Iquique).
Carlos Pozo, Módulo 102

Surgido en el módulo 115, el colectivo/boletín “Pablo de Rokha” se debe a los afanes de Jorge Saavedra, hoy a punto de salir en libertad en su tierra natal, Iquique, tras doce años preso. Desde su traslado a Valparaíso, a mediados de la década pasada, este hombre no dejó puerta canera sin tocar para organizar talleres, grupos de teatro, revistas literarias, programas de radio o lo que fuera, para “devolver la dignidad y los derechos, que quizás ellos (los presos más jóvenes) desconocían”, según nos contó. En sus años de cautiverio le ha tocado constatar cómo la cana se llena cada vez de muchachos más jóvenes, más avezados y más desesperanzados. Consecuencia del sistema que condena “a sus hijos a la delincuencia, a la drogadicción, al suicidio, a la prostitución y al desencanto”, sentenció este hombre de cuarentaitantos, admirador de Pablo de Rokha, de las bandas de punk rock Ocho Bolas y Los Miserables y de los libertarios de todo el mundo. Un poema suyo es “Hipnotismo”, dedicado al día de las madres. Dice: “En el otoño, madre/ vomitando hielo-mayo/ quinto mes/con sus árboles desnudos/ con sus calles mojadas/con la miseria en las esquinas/ con las mentiras de la TV/ con políticos mentirosos/con liquidaciones de día de la madre/ la televisión-embaucando-engañando/ y todos hipnotizados van/ corriendo, corriendo con sonrisas/ anchas/ envueltos en serpentina/ cintas de colores/ tarjetas village/ corren entre globos y piñatas/ en busca de un beso celofán/ con doce meses plazo”.
En 1999 participó junto a otros presos en el taller “Entrerejas”, cuyos poemas vieron la luz en la antología “Entre sombras y barrotes” (Editorial Serie el Vaciadero, Valparaíso). De esa época data, también, la revista literaria “La balanza”, dirigida por Saavedra, y antecedente del actual “Pablo de Rokha”. Sospecho que el hombrón de Licantén habría apoyado gustoso todo este movimiento.

Y ALLI FUERA...

“... saco el pañuelo, seco mis lágrimas
me sueno los mocos y los alzo en paz
de despedida, escupiendo el pasado
Mi pasado”.
“Esperanza de un nuevo mañana”
Cristián Salazar Cortés
Módulo 105

De acuerdo. Existe una larguísima historia de la literatura hecha por presos, en Chile y el mundo. Los nombres se agolpan: Jean Genet, Oscar Wilde, Alfredo Gómez Morel, entre cientos. Vale, vale. Pero quizás lo que importa esta (y cada) vez es el descubrimiento de este arte, entre quienes lo conocían (y a los nombres de más arriba) apenas de oídas, cuando estaban allá, fuera. Y este arte sirve. Un ejemplo es Nelda Jara González, porteña, casada, tres hijos, quien conoció la poesía y los libros en la cárcel. Está haciendo el tercero medio y espera dar la PAA. Logró una mención honrosa en el concurso realizado por el boletín “Pablo de Rokha”. “Yo escribo esto porque me aflorece, es innato. Pero no tengo la escuela para escribir mejor. No tengo las palabras precisas, uno es pobre de vocabulario. Pero esto es como liberarse un poco”, dice de entrada.
Esta mujer escribe hoy un libro llamado “Reflexiones tras las rejas” (“hubo razones para llegar a este lugar que, como madre, sólo yo pude sentir. Cubrí las necesidades de mi familia de mala manera y ahora lo estoy pagando. Caí por tráfico y ahora cumplo una condena de siete años”). Además participa en la obra de teatro “Una noche en el barrio chino”, dirigida por la actriz Flor Palacios, que ha sido autorizada por Gendarmería para su presentación en diferentes cárceles y en el Teatro Municipal porteño. Nelda Jara es autora, además de una serie de pequeños ensayos que son emitidos por un programa sobre la cárcel de la radio Stella Maris, de la iglesia católica.
Al igual que muchos, espera una mejor perspectiva al momento de salir, pero reflexiona: “Yo le hice un poema a la sociedad. ¿Está preparada para recibirnos? ¿Ha perdonado la sociedad el daño que yo he causado? ¿Se encuentra satisfecha por lo que yo he pagado? Porque, quizás siete años de mi libertad no sea mucho para ellos. Es lo que yo me busqué, equivocadamente, pero para mi es una eternidad. Yo quiero que no sólo las puertas del penal nos sean abiertas sino las de la sociedad. Siempre voy a ser discriminada por haber pasado por la cárcel, aunque creo que no me va a afectar pues soy una persona fuerte y espiritual. Aquí he conocido el apoyo de mi familia, y voy a salir a enfrentar ese león rugiente que está ahí, y si me cierran las puertas tendré voz para decir: “esto está malo... porque yo ya pagué”

FELIPE MONTALVA


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