| Poesía desde la cárcel La nave del olvido
En lo alto del cerro Playa Ancha, literalmente en los extramuros de Valparaíso,
se alzan los gruesos muros del centro de reclusión penal del puerto.
La cana, el chucho, la casa del jabonero. La cárcel, en definitiva,
sin eufemismos. Segregados en módulos, de acuerdo a las características
del delito y su historial, viven su vida penal los reclusos. Y no deja
de ser fuerte que tras esos muros, metáfora de nuestra sociedad,
que aleja el problema para no verlo, existan núcleos de personas
que han constituido una tenaz propuesta cultural, con altibajos y diverso
apoyo de Gendarmería. Allí campean la literatura, el teatro
y la música. El mensaje es claro: son herramientas de expresión,
emotiva y a veces desesperada, hechas por presos y presas. La mayoría
de los presos de la cárcel de Valparaíso son menores de
40 años y no acabó su enseñanza formal. No es novedad:
la mayoría son pobres, procedentes de las poblas y sectores periféricos.
LA HUELLA DE “Soy la culpa Surgido en el módulo 115, el colectivo/boletín “Pablo
de Rokha” se debe a los afanes de Jorge Saavedra, hoy a punto de
salir en libertad en su tierra natal, Iquique, tras doce años preso.
Desde su traslado a Valparaíso, a mediados de la década
pasada, este hombre no dejó puerta canera sin tocar para organizar
talleres, grupos de teatro, revistas literarias, programas de radio o
lo que fuera, para “devolver la dignidad y los derechos, que quizás
ellos (los presos más jóvenes) desconocían”,
según nos contó. En sus años de cautiverio le ha
tocado constatar cómo la cana se llena cada vez de muchachos más
jóvenes, más avezados y más desesperanzados. Consecuencia
del sistema que condena “a sus hijos a la delincuencia, a la drogadicción,
al suicidio, a la prostitución y al desencanto”, sentenció
este hombre de cuarentaitantos, admirador de Pablo de Rokha, de las bandas
de punk rock Ocho Bolas y Los Miserables y de los libertarios de todo
el mundo. Un poema suyo es “Hipnotismo”, dedicado al día
de las madres. Dice: “En el otoño, madre/ vomitando hielo-mayo/
quinto mes/con sus árboles desnudos/ con sus calles mojadas/con
la miseria en las esquinas/ con las mentiras de la TV/ con políticos
mentirosos/con liquidaciones de día de la madre/ la televisión-embaucando-engañando/
y todos hipnotizados van/ corriendo, corriendo con sonrisas/ anchas/ envueltos
en serpentina/ cintas de colores/ tarjetas village/ corren entre globos
y piñatas/ en busca de un beso celofán/ con doce meses plazo”.
Y ALLI FUERA... “... saco el pañuelo, seco mis lágrimas De acuerdo. Existe una larguísima historia de la literatura hecha
por presos, en Chile y el mundo. Los nombres se agolpan: Jean Genet, Oscar
Wilde, Alfredo Gómez Morel, entre cientos. Vale, vale. Pero quizás
lo que importa esta (y cada) vez es el descubrimiento de este arte, entre
quienes lo conocían (y a los nombres de más arriba) apenas
de oídas, cuando estaban allá, fuera. Y este arte sirve.
Un ejemplo es Nelda Jara González, porteña, casada, tres
hijos, quien conoció la poesía y los libros en la cárcel.
Está haciendo el tercero medio y espera dar la PAA. Logró
una mención honrosa en el concurso realizado por el boletín
“Pablo de Rokha”. “Yo escribo esto porque me aflorece,
es innato. Pero no tengo la escuela para escribir mejor. No tengo las
palabras precisas, uno es pobre de vocabulario. Pero esto es como liberarse
un poco”, dice de entrada. FELIPE MONTALVA
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