Largo vuelo en picada
del general Ríos

En vísperas del regreso al país del presidente Ricardo Lagos, se daba como inminente la renuncia del general Patricio Ríos, comandante en jefe de la Fuerza Aérea. La crisis, que dura ya casi un mes, se agravó cuando el juez Mario Carroza, que investiga casos de detenidos desaparecidos víctimas del Comando Conjunto, decretó la prisión preventiva del general (r) Patricio Campos, hombre de confianza de Ríos hasta hace pocos días, por eventual obstrucción a la justicia. Campos, quinta antigüedad de la Fach y director de Aeronáutica Civil, debió abandonar las filas a raíz de las revelaciones sobre la rearticulación del Comando Conjunto para manipular la información entregada a la Mesa de Diálogo e impedir la acción de los tribunales.

La crisis se agudizó cuando el presidente Lagos criticó públicamente el segundo informe entregado por Ríos, calificándolo de “deplorable”. Señaló que la Fach no había estado a la “altura” de los compromisos asumidos en la Mesa de Diálogo y calificó de “inexplicable” que el comandante en jefe hubiera ordenado la recopilación de los antecedentes al general Patricio Campos, casado con la ex agente Viviana Ugarte (“La Pochi”) aduciendo haberlo designado, precisamente, por su cercanía a los integrantes del Comando Conjunto.
Constitucionalmente, el presidente de la República no puede exigir la renuncia de Ríos y no quiso recurrir al Consejo de Seguridad Nacional (Cosena). Arriesgaría un rechazo y daría legitimidad a una instancia que pretende cambiar mediante las reformas constitucionales. Por lo tanto, se decidió por el camino de la presión y la crítica pública.
Sin embargo, lo que anticipaba una decisión más o menos inmediata, después de las enérgicas declaraciones presidenciales pareció disminuir de presión. Se dijo que la renuncia de Ríos podría esperar hasta enero o febrero, meses antes del término de su mando. Se buscaba -según trascendió- una negociación que evitara a Ríos una humillación pública y, al mismo tiempo, facilitara la designación de un nuevo comandante en jefe de la Fach.
La detención del general (r) Campos cambió drásticamente el cuadro.
Aparentemente sin defensa institucional, el general Patricio Ríos mostró inicialmente cierta capacidad de recuperación. Se estructuró en torno a él una suerte de cadena de protección, aunque ésta fue débil en el caso de los otros comandantes en jefe y también de algunos generales de la Fach, más preocupados a estas alturas de su posicionamiento con un nuevo comandante en jefe que en apoyar al general Ríos, desprestigiado y sin salida. La derecha ha ido en su auxilio y ha contado especialmente con el respaldo público de los ex comandantes en jefe de la Armada, Jorge Martínez Bush, senador designado, y Jorge Arancibia, senador de la UDI.
En la Concertación se escucharon advertencias. El ex presidente Patricio Aylwin declaró la semana pasada que un mandatario “no debe correr el riesgo de pisarse la huasca”, recordando seguramente el “ejercicio de enlace” y el posterior “boinazo” de los militares, que debió afrontar en su gobierno.
Pero Ríos no es Pinochet y ni siquiera Stange, quien resistió con éxito la petición de renuncia que le hizo el presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle.
La presión sobre el comandante en jefe de la Fach pareció aflojar días después de la remoción del subsecretario de Aviación, Nelson Hadad, y su reemplazo por el abogado PRSD, Isidro Solís. En ese momento pareció que la renuncia de Ríos era cuestión de horas.
El gobierno se mostró lanzado en contra del comandante en jefe de la Fach. Este, aislado del resto del alto mando debido a su mala gestión institucional, aparecía comprometido en una situación inadmisible.
El senador Arancibia llegó a decir que el gobierno había desencadenado una “intifada” contra Ríos, pero la verdad es que se produjo prácticamente convicción unánime de que debe irse.
Poco a poco la derecha recompuso su planteamiento. El presidente de Renovación Nacional, Sebastián Piñera, dijo que RN estaba dispuesta a modificar la Constitución para que el presidente de la República pueda reemplazar derechamente a los comandantes en jefe. Algo parecido, aunque con menor énfasis, declaró la UDI. Piñera agregó que Lagos había actuado con ligereza, porque si había declarado que no tenía confianza en el comandante en jefe de la Fach no tenía sentido que le pidiera un informe para señalar, posteriormente, que éste le parecía malo. El argumento central se desplazó a otro eje: si el presidente tenía cargos graves y fundados contra Ríos debería pedir su renuncia al Consejo de Seguridad Nacional. El presidente debe demostrar que las instituciones funcionan, dijo Arancibia.
Mientras, Ricardo Lagos viajó a Rusia y a diversos países de Europa del Este. La ministra de Defensa, Michelle Bachelet, por su parte, partió a Estados Unidos para reunirse con altos funcionarios del Pentágono y preparar la visita del secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, quien vendría a Chile en noviembre a participar en la Conferencia de Ministros de Defensa.
La ministra Bachelet convocó a los comandantes en jefe al día siguiente que Ríos concurrió a la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, a esa sesión en la que sus respuestas resultaron “lamentables”, a juicio de varios diputados. Sin embargo, su presencia en la Cámara, donde tuvo que afrontar manifestaciones adversas, fue considerada positiva por el gobierno. El encuentro de la ministra con los comandantes fue largo, de casi cuatro horas. Los comandantes en jefe se comprometieron a revisar la información entregada a la Mesa de Diálogo, acotando -eso sí- que no tenían otra que agregar.

ANTICIPANDO JUGADAS

Patricio Ríos debía encabezar la próxima Junta Calificadora de la Fach y asegurar una sucesión aceptable para el gobierno, lo que significaría comprometerse a no llamar a retiro a los oficiales que le interesan al gobierno. Si el general Ríos persistía, el gobierno bloquearía su gestión dejando de cursar decretos para el funcionamiento de la institución y, eventualmente, podría designar un comandante en jefe que quedaría a la espera que Ríos se retire. Esto, sin duda, sería un factor de humillación y deterioro de su mando.
Algunos diputados barajaron también la posibilidad de una acusación constitucional contra Ríos, pero el gobierno no se interesó en esa alternativa.
Las cosas no pasarán a mayores, según se estima. También está en juego la reforma constitucional en torno a las facultades del presidente para remover a los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas. Es un tema importante que podría frustrarse si el gobierno maneja el caso Ríos en forma irritante para la derecha.
Si Ríos ha sido un problema y, en cierto modo, también la Fach, que a lo largo de doce años de gobiernos democráticos ha presentado dificultades y protagonizado situaciones escandalosas que han deteriorado la disciplina -muebles de ratán, caso Gabrielli, renuncias de Topali y Concha, compra de aviones F-16, helicópteros-, al gobierno le preocupan las repercusiones que esto pueda tener en otras ramas de las Fuerzas Armadas, donde podrían producirse situaciones similares.
En el ejército, aunque todo marcha bien a juicio del Ejecutivo, es posible que exista una red de protección de los agentes de la Dina. Es un hecho, además, que diversos torturadores y criminales continúan en la institución. El caso de Miguel Krassnoff es representativo, así como el de otros oficiales o personal de menor grado contratados como empleados civiles. En la institución se sigue descontando el 1/2 ó 1% por planilla para pagar a los abogados que defienden a los militares acusados por delitos contra los derechos humanos.
Además, todavía siguen en actividad elementos vinculados a violaciones de los derechos humanos. Así lo demostró el caso Tucapel Jiménez y, previsiblemente, ocurrirá algo parecido en el proceso por la llamada Operación Albania.

DUDAS INQUIETANTES

Más allá de la superficie, para el gobierno hay una situación complicada. Esta pone en tela de juicio a ex ministros de Defensa y subsecretarios de Aviación, como también a la Dirección de Seguridad Pública e Informaciones, que actualmente dirige -paradojalmente- un abogado de derechos humanos, Gustavo Villalobos. El hecho que el general Patricio Campos haya ido ascendiendo sin problemas y asumiendo cargos de creciente responsabilidad, sin que se hubiera aclarado la situación de su esposa, la ex agente de seguridad Viviana Ugarte Sandoval, alias “La Pochi”, configura una situación casi inverosímil. Más aún cuando Campos habría sido agregado aéreo en la embajada de Chile en Brasil, cuando estuvo a cargo del actual ministro Heraldo Muñoz. La actuación de los ministros de Defensa, Edmundo Pérez Zujovic y Mario Fernández, ambos DC, queda bajo signo de interrogación. Igualmente, la de Nelson Hadad, hasta hace pocos días subsecretario de Aviación.
La historia de Viviana Ugarte era conocida en la Fuerza Aérea. Fue un secreto a voces mencionado al momento de decidir los ascensos de su marido. Era, además, de dominio público. “La Pochi” fue procesada por el ministro Carlos Cerda, durante la dictadura, como integrante del Comando Conjunto. Debió responder a acusaciones de torturadora, luego de ser reconocida por algunas de las víctimas. Apareció muchas veces en la prensa y en el libro escrito por la periodista Mónica González.
Se ha dicho, asimismo, que la situación de Viviana Ugarte fue expresamente informada por un abogado ligado a la Fach que actualmente trabaja cerca de la ministra de Defensa.
El comandante en jefe, general Patricio Ríos, selló su suerte cuando declaró que el caso del general Campos y de su esposa era conocido por autoridades de gobierno.
De confirmarse que el gobierno conocía la relación Campos-Ugarte se crearía una situación grave. Querría decir que las cosas no se habrían dado por sabidas ni corregido, si no se hubieran producido las revelaciones de Otto Trujillo al periodista Víctor Gutiérrez, del diario “La Nación”.

BLINDAR LA
MESA DE DIALOGO

Para el gobierno, la situación del general Ríos ha revestido peligrosidad. Y no porque se encuentre amenazada la estabilidad institucional ni porque se haya producido una reacción corporativa militar. Ninguna de las dos cosas ha sucedido ni ocurrirá. Lo fundamental para el presidente Ricardo Lagos es mantener la intangibilidad de la Mesa de Diálogo, considerada uno de los logros claves de la Concertación. Así lo hizo ver la ministra Michelle Bachelet cuando, al día siguiente de la comparescencia del general Ríos ante la Cámara de Diputados, convocó a los cuatro comandantes en jefe a una reunión en que, según dijo, se revalorizó la Mesa de Diálogo, llegando a acuerdo para depurar la información ya entregada.
La Mesa de Diálogo fue convocada en agosto de 1999 por el ministro de Defensa Edmundo Pérez Zujovic, durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, en pleno desarrollo del caso Pinochet. Participaron en ésta abogados de derechos humanos, representantes de las Fuerzas Armadas, de las iglesias, de la masonería y del gobierno. Terminó sus funciones a mediados del año siguiente. La Mesa fue rechazada por las agrupaciones de víctimas y familiares, como también por otros sectores. A pocas horas de firmado el acuerdo, el presidente Lagos declaró: “Resolver este problema (el conocimiento de lo ocurrido con los detenidos desaparecidos, N. de PF), que es la herida más profunda que afecta el alma del pueblo de Chile, nos va a permitir retomar el hilo de nuestra historia, empinándonos por encima de los bandos en que nos dividimos como nación. Es allí donde está lo esencial de esta mesa, y por eso, en el nombre de Chile quiero dar las gracias por lo alcanzado”.
La Mesa de Diálogo marcó, para la Concertación, la oficialización ritual de la relegitimación de las Fuerzas Armadas y Carabineros en la sociedad democrática, que reconocieron torturas y violaciones a los derechos humanos pero sin asumir por eso responsabilidad institucional. Militares y civiles se estrecharon las manos en un momento estelar del camino hacia la reconciliación definitiva. Entendieron -según se dijo- que todos éramos responsables de lo sucedido, lo que para los críticos de la Mesa de Diálogo significó la inaceptable igualación de víctimas y victimarios. Y asumieron el compromiso de aprobar un proyecto de ley para que en el plazo de seis meses las Fuerzas Armadas, las iglesias y la masonería entregaran al presidente de la República información circunstanciada del destino final de los detenidos desaparecidos.
Eso ocurrió en enero del año 2001, en medio de gran expectación. La entrega solemne de la lista no pudo ocultar sus magros resultados, aunque las Fuerzas Armadas y Carabineros dijeron estar “convencidas de haber dado cabal e íntegro cumplimiento al compromiso asumido”.
Entregaron datos relativos a 200 personas. De ellas, 151 habrían sido lanzadas al mar, a ríos y a lagos, de manera que se trataba de restos inencontrables. Respecto de los 49 restantes, se entregó información que supuestamente permitiría ubicar los restos.
El informe no cubrió todos los casos de detenidos desaparecidos. Dejó fuera, por ejemplo, 356 desapariciones atribuidas a la Dina.
En cuanto a los casos considerados, las dudas surgieron de inmediato. Había inconsistencia notoria entre fechas de detención y probables datas de muerte. Lo más grave fue que los restos de uno de los detenidos que aparecían como lanzados al mar fueron encontrados en tierra. Y en definitiva, casi todos los lugares de sepultación indicados en los 49 casos resultaron erróneos. En muchas situaciones se demostró que los restos habían sido removidos por efectivos militares algunos años más tarde, después del descubrimiento de los cuerpos sepultados en Lonquén. Esa información, que necesariamente debe estar en poder de militares y carabineros, no fue aportada.
Debilitada y todo, la Mesa de Diálogo sigue siendo enaltecida como un logro de alta significación ética y política.
¿Y qué sucedería si se comprobara que la información fue deliberadamente manipulada para engañar al gobierno? ¿En qué quedaría la reconciliación y el restablecimiento de la legitimidad de las Fuerzas Armadas si se demostrara que éstas mintieron calculadamente?
Además, hay algo que no se dice. ¿Y si el Comando Conjunto -con otro nombre- no fuera una exclusividad de la Fach? ¿No habrá habido en el ejército, en Carabineros o en la Armada un encubrimiento y una distorsión análogos? De partida, porque el ejército negó todo lo que podría proporcionar la Dina. Y, además, se dijo que Carabineros, bajo el mando del general Manuel Ugarte, había recopilado información significativa que, en definitiva, no fue entregada al presidente de la República

FEDERICO LOPEZ


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Comando Conjunto,
herencia de Leigh

Los orígenes del Comando Conjunto son de difícil precisión, pero no fueron ajenos a la pugna entre los generales Augusto Pinochet y Gustavo Leigh -es decir, entre el ejército y la Fach- por el control y la orientación de la dictadura en los años siguientes al golpe militar. Pocos días después del 11 de septiembre, empezó a funcionar un aparato integrado de inteligencia -llamado después Comisión Dina- bajo el mando del entonces coronel de ingenieros Manuel Contreras y con control directo de Pinochet. Solamente en junio de 1974 el Decreto Ley 521 formalizó la existencia de la Dina (Dirección de Inteligencia Nacional). En ésta hubo participación de elementos de otras ramas de las fuerzas armadas y carabineros. Su sello fue la dependencia exclusiva de Pinochet. Los otros servicios de inteligencia siguieron activos, coordinando actividades con el organismo recién creado que, además, efectuaba operaciones directas.
La Fach desarrolló notable autonomía en materia de inteligencia y represión. Estas funciones estuvieron en manos del Servicio de Inteligencia de la Fach (Sifa), dependiente de la Fiscalía de Aviación encabezada por el coronel Horacio Otaíza, muerto en 1975 en un extraño accidente. Otaíza llevaba adelante los procesos contra oficiales y suboficiales comprometidos en la defensa del gobierno del presidente Salvador Allende. El comandante en jefe, Gustavo Leigh, buscaba el desarrollo de su propio aparato de inteligencia, obsesionado con la idea de destruir a los partidos y organizaciones de Izquierda. Leigh había prometido “extirpar el cáncer marxista”. Fortaleció la Sifa, a cargo del coronel Edgar Ceballos Jones, quien concentró la represión en el MIR, mientras simultáneamente buscaba un compromiso para que éste dejara las armas a cambio del término de la persecución, lo que fue rechazado por la dirección clandestina de Miguel Enríquez.
Leigh sufrió una derrota seria cuando la Junta Militar designó a Pinochet jefe supremo de la Nación, en junio de 1974. El comandante en jefe de la Fach no se atrevió a oponerse públicamente ante el mayor peso y la voluntad férrea de Pinochet.
No parece casual que a fines de 1974 la Sifa haya sido reestructurada para darle mayor jerarquía y poder. Se trataba de competir con la Dina. Surgió así la Dirección de Inteligencia de la Fach (Difa) al mando del general Enrique Ruiz Bunger, quien había sido agregado aéreo en Washington, donde estableció contactos con la CIA.
La Difa generó el Comando Conjunto. Formado exclusivamente por miembros de la Fuerza Aérea, reclutó militantes de Patria y Libertad, entre los cuales alcanzó notoriedad Roberto Fuentes Morrison, el “Wally”. Su objetivo principal, definido a mediados de 1975, fue la desarticulación y destrucción de las estructuras clandestinas del Partido Comunista, que hasta ese momento habían eludido la represión. Así lo reconoció el Informe Rettig. Este documento señala que el Comando Conjunto se organizó probablemente a través de una brigada o agrupación especial de la Difa, “en la cual participaba también personal civil proveniente de grupos nacionalistas o de extrema derecha”. Esta formación inicial recibió apoyo de otros servicios de inteligencia a mediados de 1975, incluyendo el del ejército durante un lapso breve. Agrega el Informe Rettig: “Más adelante, hacia fines de 1975, se sumaron efectivos de otros servicios, sin perjuicio de un constante predominio de los de la Fuerza Aérea, lo que permitía hablar más propiamente de un Comando Conjunto”.
Los métodos represivos del Comando Conjunto se caracterizaron por una especial brutalidad. Torturas, asesinatos y desapariciones fueron la regla general. Hubo abierta rivalidad con la Dina, posiblemente heredada de una enemistad que venía de los tiempos de la Sifa. En 1976, Leigh retiró los efectivos de la Fach que participaban en la Dina y, supuestamente, ese año también terminó la acción del Comando Conjunto.
No hubo disolución completa. Esporádicamente sus efectivos siguieron participando en ciertas operaciones. Una de las más conocidas fue el intento de defensa del general Leigh cuando fue destituido de la Junta de Gobierno en 1978.
También siguió actuando de hecho en operaciones de protección para antiguos efectivos. Lealtades y secretos daban solidez a la organización clandestina, tolerada por los jefes de la Fach. De vez en cuando salía a la luz pública. Así ocurrió en la investigación del contrabando de armas a Croacia. Entonces fue descubierta la red de protección dirigida por el ex general de la Fach, Vicente Rodríguez, quien daba seguridad además de apoyo monetario y material a ex agentes, como Miguel Estay Reyno (“El Fanta”), refugiado en Paraguay.
Ahora ha aparecido nuevamente para organizar la defensa de sus asesinos y torturadores. Y ya nadie duda de su existen-cia

 

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