Elena Araneda, que trabajó con Allende
Recordando al compañero presidente
Elena Araneda nunca militó en partido y poco o nada sabía de la "vía chilena hacia el socialismo". Sin embargo, trabajó en forma abnegada y leal junto a un hombre a quien siempre percibió como excepcional. "Fui testigo de su honradez, integridad, solidaridad e inigualable calidad humana", señala. La falta de preparación ideológica y política no fueron un freno a la hora de resistir el ataque de los golpistas a Tomás Moro. A diferencia de conspicuos cuadros políticos que desertaron a temprana hora, en ella prevalecieron la lealtad y el decoro. Sin embargo, el golpe militar, la muerte de Salvador Allende y la desaparición de de sus compañeros del GAP, significaron su propia muerte. "La vida se detuvo y nunca volvió a ser igual", sostiene. Estuvo muchos años hundida en la más absoluta oscuridad, hasta que finalmente "logré derrotar mi propia derrota", confidenció a "Punto Final". CONOCER AL PRESIDENTE ¿Cómo conoció a Salvador Allende y cuál fue su impresión de él? "Lo conocí cuando ya era presidente electo. Mi madre trabajaba en la casa de calle Guardia Vieja. Yo tenía 26 años y me habían diagnosticado una enfermedad seria. Mi mamá, asustada, le contó al presidente y él pidió que me trajera al día siguiente. Llegamos a las siete de la mañana y ahí lo conocí. Me llevó al hospital San Borja. Cuando entré al hospital con el presidente de la República, nos atendieron inmediatamente. Como me dio vergüenza ingresar más allá de la recepción, entró él solo. Regresó y dijo a la recepcionista: 'la enferma es ella, no yo'. Luego me miró con una sonrisa y me dijo 'ya, pasa Nena'. Le manifestó su preocupación a la doctora. 'Esta es una cabra que yo quiero mucho, así que por favor necesito un buen diagnóstico, lo más pronto posible', le dijo. Afortunadamente, la enfermedad no era complicada". ¿Cómo llegó a trabajar con él y qué labores desempeñó? "Comencé en Guardia Vieja, ayudando a mi madre en la cocina. Cuando nos trasladamos a la casa de Tomás Moro pasé a trabajar como lavandera, a cargo de la ropa de los GAP. Con la humedad contraje neumonía y cuando don Salvador se enteró, me cambió a la planta telefónica. Posteriormente, debido a la enfermedad de la compañera encargada de atenderlo, tuve oportunidad de trabajar directamente con él". ¿En qué consistía esa labor? "Tenía a mi cargo aspectos como su desayuno, la ropa, cuidar que sus ternos estuvieran impecables. Él era un hombre muy elegante. Me encargaba de su dormitorio y de la sala de vestir". ¿Cómo era Allende en la intimidad y cómo fue su relación con él? "Con nosotros fue siempre muy cariñoso, alegre y extrovertido. Pero al mismo tiempo exigente y de una disciplina y capacidad de trabajo enorme. Tenía un gran sentido de la responsabilidad y la lealtad. A primera hora de la mañana hacía ejercicios con los compañeros del GAP, a pesar que siempre se acostaba en la madrugada. Mi relación con él fue muy buena. El era el apoderado de mi hija María Elena en un colegio de monjas que estaba cerca de la casa presidencial. Consiguió que allí estudiaran los hijos de quienes trabajaban en Tomás Moro. Se preocupó que nuestros niños estuvieran en un buen colegio cerca de nosotras". ¿Cuáles eran sus platos favoritos? "Uno de sus platos favoritos era la corvina a la pimienta. También le gustaba mucho la torta de lúcuma, el jugo de tuna y los caquis maduros. Quien lo abastecía de pescado, especialmente de corvina, era 'El Nene', mi marido, que tenía una empresa pesquera. Una vez le llevó una corvina de 1 metro 20 centímetros. Don Salvador salió a recibirla y le dio un tremendo abrazo a mi marido, que venía con delantal sucio y pasado a pescado. 'Qué cosa más maravillosa compañero -le dijo-. Venga, que esto hay que celebrarlo con un buen almuerzo'. Y entraron a la casa como grandes amigos. Don Salvador era un hombre muy alegre, bueno para la talla. En una oportunidad se estaba bañando en la piscina y me invitó a mí y a otro compañero para que nos bañáramos con él. Le dije que no podía abandonar la planta telefónica. 'Deje a otra persona en la planta, compañera, y venga a bañarse', me dijo. Cuando estábamos en el agua saltó a la piscina una pareja de gansos que le habían regalado. Él los quedó mirando y nos dijo: 'hasta aquí no más llegó el baño... ahora le toca a los gansos. Todos pa' fuera'. En otras oportunidades, me pedía que lo acompañara a pasear a 'Chahual', un perro regalón de la familia y a 'Aka', un pointier café que le regaló el comandante, Fidel Castro. Los llevábamos a la plaza que está en Tomás Moro con Apoquindo. No le gustaba que lo escoltaran los compañeros del GAP. 'Déjenme tranquilo que voy a salir a pasear con la Nena', decía. Corría y jugaba con los perros, se tiraba al suelo con ellos. Era su manera de relajarse de las tensiones". Usted compartió con los GAP durante esos años, ¿cómo fue esa relación? "Mi mamá y yo éramos las únicas personas que nunca usábamos 'chapa' y a diferencia de los compañeros del GAP, no militábamos en ningún partido. Ella atendía a la señora Tencha y yo a don Salvador, lo que significó un acercamiento mayor a los GAP". PRESENTIR EL GOLPE El período de la Unidad Popular fue muy difícil e intenso para el presidente Allende. ¿Cómo vivía él en la intimidad las tensiones que debió enfrentar? "Recuerdo una oportunidad en que estaba preparando su ropa y él salió del baño muy agitado. Me percaté que no se sentía bien. Como siempre, me dijo que no era nada, jamás lo vimos quejarse. De todas maneras, preferí llamar al doctor Danilo Bartulín, que llegó rápidamente. Habían llegado también Augusto Olivares y Verónica Ahumada, secretaria de prensa. Bartulín lo obligó a recostarse y le tomó un electrocardiograma. Fue en ese momento cuando don Salvador me miró sonriendo y me pasó el fonendoscopio para que escuchara sus latidos. Me dijo: 'ya pues compañera, para que sea la primera mujer de Tomás Moro, que escucha los latidos de mi corazón', y soltó una carcajada. Su corazón se escuchaba muy fuerte y acelerado y el doctor Bartulín le dio reposo. Era en junio de 1973 y la situación era muy difícil. Augusto Olivares, que era muy amigo del presidente, le pidió que descansara aunque fuera unos días. Don Salvador le dijo algo que me quedó grabado: 'hubo una vez una mujer que confió en mí y miles de jóvenes y hombres que también lo hicieron. Yo no dejo esto hasta el día que me saquen muerto de La Moneda'. Pasaron apenas tres meses para comprobar la honestidad y consecuencia de sus palabras". Al parecer él tenía conciencia de lo que vendría. ¿Lo sintió así usted? "Yo creo que el presidente tenía absoluta conciencia que venían momentos difíciles. En una oportunidad, mientras le ayudaba a ponerse la chaqueta, me comentó que la situación era complicada: 'Nena, esto está tan difícil... me siento acorralado', me dijo. 'Qué le puedo decir yo, presidente, si soy una humilde empleada', le respondí. Se quedó callado un momento y me dijo: 'yo los quiero mucho a ustedes y espero que el día de mañana me recuerden con cariño'. Yo sentí un dolor tremendo y no pude contener el llanto. Era el sábado 8 de septiembre de 1973 y me tocaba salida. Recuerdo que me pasó algo de dinero: 'toma Nena, para que lo pases bien con tus cabros'. Luego, me abrazó fuerte y me hizo cariño en la cabeza. Fue su despedida porque era la última vez que lo vería. De mi mamá también se despidió y agradeció su lealtad. Don Salvador presentía el golpe y había tomado una decisión, que cumpliría en forma cabal". ¿Dónde estaba usted el 11 de septiembre? ¿Cómo vivió ese día? "Estaba en mi casa y me despertó el teléfono alrededor de las seis de la mañana. Era mi madre que llamaba desde Tomás Moro para avisarme que había comenzado el golpe militar y que fuera a buscar a mi hija María Elena, que estaba con ella. Partimos con mi marido. Los autos de la comitiva ya habían salido rumbo a La Moneda. Entré a mi dormitorio y mi madre tenía mi ropa sobre la cama. 'Nena, llévate rápido tus cosas, porque la situación está muy mala'. Yo, con ingenuidad, le dije que no era para tanto, que se trataba de un tancazo más. Entonces, le pedí a mi marido que se llevara a nuestra hija. Alrededor de las 10 de la mañana, se fueron los maestros de cocina, que eran de las Fuerzas Armadas. Después supimos que ellos entregaron información sobre los GAP y facilitaron el bombardeo de la casa de Tomás Moro. Así, me encontré sola en medio de las ollas humeantes, cuidando los porotos con riendas, la ensalada de lechuga con chancho chino, esa comida que nunca nadie llegó a comer. Me di cuenta que no había nada que hacer y subí al segundo piso, para ver a la señora Tencha. Ella caminaba nerviosa, de un lado a otro, mientras intentaba comunicarse con La Moneda. Fui hasta la planta telefónica, donde estaba la compañera Ana María para ver la posibilidad de comunicarla con don Salvador. Era imposible establecer contacto. Luego regresé a la cocina y estaban Max Roppert, hijo de la señora Payita, y uno de los GAP, el Flaco Rubén. Me pidieron que les sirviera café y nos quedamos los tres escuchando la radio. Fue en ese momento cuando anunciaron que bombardearían La Moneda. Ellos partieron hacia el centro, sin embargo, no lograron atravesar el cerco militar, regresando a Tomás Moro. Rato después llegó alguien que no recuerdo a buscar a la señora Tencha en un auto blanco. Pasaron unos minutos y comenzó el bombardeo. Era una balacera ensordecedora que nos obligó a refugiarnos con otras compañeras en la cocina. En un momento, me asomé al patio y cayó un rocket en un palto. El estruendo me dejó sorda. De pronto vi a alguien tambaleando entre el humo. Era Luisito, Félix Vargas, un GAP que resistía el ataque en el exterior de la casa. Recuerdo que tenía la cabeza y cara llenas de sangre. Las esquirlas del rocket lo hirieron en la cabeza y una mano. Con Luisito éramos compadres, yo era madrina de su hijo, salí al patio y lo ayudé. Con Francia, una compañera que había permanecido en el lugar, lo llevamos hasta la enfermería, donde le dimos primeros auxilios, para estancarle la sangre. En ese momento llegaron varios compañeros heridos con esquirlas en piernas y brazos. Incluso a mí me llegó una en el pómulo izquierdo, cuando salí a buscar a mi compadre. Fueron momentos muy difíciles para todos pero había que resistir. Tomé un fusil M-1 y comencé a disparar junto a mis compañeros a los aviones y helicópteros que sobrevolaban la casa. 'Que sea lo que Dios quiera', repetía una y otra vez, mientras disparaba. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta que había que salir de ese lugar. Nos agrupamos y cargamos unas camionetas y un auto con las armas. Luego partimos rumbo a Sumar. Yo manejé el auto y tuve que aplicar las enseñanzas que me había dado Manuel Cortés Iturrieta, uno de los choferes del GAP. Fue una verdadera odisea sortear las patrullas de militares y carabineros, en el trayecto. Finalmente llegamos y las compañeras que estaban en ese lugar tenían listos implementos médicos para atender a Luisito. Mientras, con otra compañera, comenzamos a distribuir las armas. La situación era tensa. Incluso, con el nerviosismo, a un compañero que recibió un fusil, se le escapó un tiro mientras manipulaba el arma. La verdad es que había poco que hacer. La situación la tenían controlada los militares y el cerco se estrechaba. De pronto, sentí la voz de mi compadre, tenía la cabeza y el brazo vendado y podía caminar: 'Vámonos de aquí o no saldremos vivos', me dijo. Partimos esta vez rumbo a Mademsa. Cuando llegamos me dijo: 'hasta aquí no más llega usted, comadre. Devuélvase con las demás compañeras'. Lo dejé allí y manejé otra vez a toda velocidad. Me sentía aturdida, sin sopesar la profundidad de la tragedia que estábamos viviendo. Fue así como llegamos a una parcela en La Reina, donde permanecimos varios días". HUIR DE LA REALIDAD ¿Qué pasó con su marido y sus hijos? "Yo no podía volver a mi casa, porque querían apresarme. Caminamos mucho esos días, no teníamos dinero ni para la micro. Tuvimos que recurrir a personas que no veíamos hace mucho tiempo, pedir dinero e incluso comida. Finalmente, nos separamos y me fui donde una prima que no veía hacía años. Ana María, la compañera de la planta telefónica, regresó a su casa y la detuvieron, la estaban esperando. Mi marido y mis hijos, tuvieron que soportar los allanamientos en mi casa. Pasé largo tiempo, sola sin ver a mi familia. La primera vez que llamé a mi marido, me contestó mi hija María Elena. Lo primero que me dijo fue "mamá, mi hermano me está pegando". Fue tan normal, su reacción, como si yo no hubiese estado separada de ellos. Mi marido no estaba, les dije que me encontraba bien y colgué. Así seguí un tiempo, cambiándome de casa en casa. Caminaba como fantasma por la ciudad". ¿En qué momento vuelve a su casa? "Mi marido me ubicó en casa de mi prima y me convenció que me entregara en la Escuela Militar. Me aseguró que había salido llamada en una lista para presentarme en ese lugar. Como él era proveedor de pescado y mariscos de las Fuerzas Armadas, habló con un militar para que intercediera por mí. Cuando fui a presentarme, él estaba en la puerta con mis hijos. En ese momento me dijo que no era verdad que hubiera salido llamada. Yo me enfurecí y lo insulté, porque creí que me había entregado. El me respondió que no quería que yo siguiera arrancando. Llegó el militar que intercedió por mí y me pidió que me tranquilizara. Mi experiencia no fue la mejor, sobretodo cuando se enteraron que había sido empleada de don Salvador. Me golpearon y trataron muy mal. Querían que les diera nombres de los GAP. Afortunadamente, en ese tiempo yo los conocía sólo por sus chapas, era imposible que entregara nada. Me preguntaban sobre las 'fiestas' en Tomás Moro. Querían que yo confirmara las mentiras que se inventaron sobre el presidente Allende en los días posteriores al golpe" MANUEL HOLZAPFEL G.
Si te gustó esta página... Recomiéndala |