La demencia fascista de Leigh y sus generales

La Fach torturó a sus propios oficiales

Curiosamente el azar unió la publicación de "Disparen a la bandada" de Fernando Villagrán (Planeta) con las "turbulencias" en la Fach y las revelaciones sobre el Comando Conjunto. La aparición del libro estaba planificada desde marzo y corresponde a un trabajo iniciado en los primeros meses del 2001. Se refiere a lo ocurrido en la Fuerza Aérea antes y durante el golpe militar, en los días siguientes y hasta el proceso caratulado "Contra Bachelet y otros", hito en la represión.

Una explicación aclara la aparente coincidencia. Mucho de lo ocurrido en estos días tiene raíces antiguas. Desde antes de septiembre de 1973, se desarrolló en la Fach un fascismo sui generis, de extrema peligrosidad. El anticomunismo y la ambición de poder del general Gustavo Leigh y sus incondicionales fueron determinantes.

Se pretendió marcar camino al nuevo régimen con decisión y hegemonía doctrinaria, apoyada en una represión irrestricta tanto a los civiles como a los militares dudosos o claramente opuestos al golpe.Se proyectó realizar un gran proceso a los antiguos gobernantes, los llamados "jerarcas de la UP", presos en isla Dawson, para lo cual serviría de antecedente un Consejo de Guerra en la Fach para castigar supuesta infiltración de Izquierda y el mitológico Plan Z. De la Fach surgió después el Comando Conjunto, cuyas actividades clandestinas han dado que hablar en estos días. Criminales y torturadores ascendieron y ocuparon altas posiciones de mando, hasta hoy. Ninguna institución ha sido más renuente que la Fach a individualizar a los responsables de crímenes y a rehabilitar a uniformados torturados, encarcelados y exonerados deshonrosamente.

CAPITAN Jorge Silva Ortiz, poco antes del golpe del 73.

 

Desde los primeros días, la Fach fue implacable. Cerca de 700 militares y civiles, casi un 10% de la dotación institucional, fueron investigados, bajo tortura y detención en condiciones terribles. Generales, coroneles, comandantes, capitanes, tenientes, suboficiales y clases fueron sometidos a Consejo de Guerra. Un general, Alberto Bachelet, murió a consecuencia de la tortura. Dos soldados fueron asesinados y otro enloqueció. También fueron procesados varios civiles, entre ellos Carlos Lazo, presidente del Banco del Estado y el senador socialista Erich Schnacke, acusados de infiltración y actividades subversivas. El origen de "Disparen a la bandada" se relaciona con la polémica que se produjo cuando el cientista político Felipe Agüero denunció como torturador al académico Emilio Meneses, de la Universidad Católica. Agüero reconoció a Meneses como uno de los oficiales reservistas de la Armada que lo torturaron en el Estadio Nacional. En ese lugar también estaba preso, Fernando Villagrán, amigo de Agüero y, como él, militante del Mapu-OC. En medio del escándalo que siguió a la denuncia, Agüero recibió una comunicación de un ex oficial de la Fach residente en Inglaterra, en que éste hacía recuerdos de su destinatario y de Villagrán, a quienes había salvado la vida cuando estaban prisioneros. Era el capitán de bandada Jorge Silva, encausado en el proceso Fach luego de sufrir brutales torturas, y posteriormente expulsado del país. Silva había visto a los jóvenes en la Cárcel Pública, pero se había mostrado reticente, preocupado por su seguridad. El contacto con el capitán Silva hizo que Fernando Villagrán sintiera que se estaba cerrando una historia que debía contar. Se ligan de este modo dos relatos: uno, el de Villagrán y Agüero, y el otro que es múltiple, el de la gente de la Fach, en el cual el capitán Silva juega un rol vinculante. En los días que siguieron al golpe, Agüero y Villagrán fueron detenidos mientras realizaban actividades clandestinas para organizar alguna resistencia a la arremetida militar. "El golpe de Estado en Chile ha sido casi perfecto", escribió Patrick Ryan, agregado naval de Estados Unidos en Chile. Detenidos y golpeados en la calle, los jóvenes fueron llevados a la base aérea de El Bosque. Fueron objeto de torturas y tratamientos inhumanos. Después de algunos días aislados, fueron destinados a la muerte como supieron después. Compadecido, el capitán Jorge Silva dispuso para salvarlos que fueran llevados al Estadio Nacional. Allí sufrieron nuevos tormentos hasta ser enviados a la Cárcel Pública. En ese lugar vieron llegar al capitán Silva, desde la Academia de Guerra Aérea (AGA) Paso a paso, el autor, con la colaboración de Marcelo Mendoza, reconstruye la historia. Documentos, prensa, libros, entrevistas y la memoria del proceso Fach fueron las fuentes. Con meses de anticipación, pequeños grupos de oficiales y suboficiales de la Fach advirtieron las maniobras conspirativas del alto mando. El golpe estaba en marcha. Los grupos eran diversos: había constitucionalistas, otros eran hombres de Izquierda que se ligaron al MIR y a otros partidos, no faltaban los profesionales ciento por ciento. Todos alertaron una y otra vez al gobierno. Sus avisos no fueron escuchados. Hubo uniformados que tomaron conciencia de lo ocurrido el mismo día del golpe y se negaron a colaborar. Víctimas y torturadores son personas de carne y hueso, no simples nombres. El general Sergio Poblete, los coroneles Carlos Ominami Daza y Rolando Miranda, los comandantes Alamiro Castillo, que se asiló a los pocos días facilitando que los detenidos lo "cargaran" con responsabilidades imaginarias, y Ernesto Galaz, los capitanes Silva, Donoso, Carbacho, Aycinena, los suboficiales Constanzo, Figueroa, González y muchos otros aparecen sometidos a extrema presión y casi siempre resisten. Casi todos fueron dignos y consecuentes entonces, y siguen siéndolo. Destacan también las figuras de Angela Jeria viuda de Bachelet y de su hija Michelle, colaborando con la resistencia, detenidas y recluidas en Villa Grimaldi meses después de la muerte del general. Aunque no son caricaturas, los verdugos -Gustavo Leigh, Orlando Gutiérrez, Edgar Ceballos, Cáceres, Otaiza, Jahn, Lavín, Cruzat. Lizazoaín y los demás- aparecen como personas coherentes en su ideología, crueldad y falta de escrúpulos. En el libro hay hechos poco conocidos como la participación de Mario Jahn, oficial de inteligencia, en una conspiración para matar a Salvador Allende, o la verdadera situación de Leigh dentro de la Fach, donde era resistido por muchos oficiales a pesar de lo cual fue nombrado comandante en jefe. Aparecen también las reuniones clandestinas en que se planificó el golpe y el bombardeo a La Moneda (denunciadas sin mayor eco). Es importante la relación del proceso público, "el proceso de la Fach", que terminó en sonado fracaso. Se realizó en la Academia de Guerra Aérea en los primeros meses de 1974 y estuvo plagado de aberraciones jurídicas. Entre otras, la violación de la irretroactividad de la ley penal, las confesiones autoinculpatorias obtenidas bajo tortura, la falta de garantías para los abogados defensores y otras infracciones a las normas del "debido proceso". El juicio se vio como una farsa, e indudablemente lo fue. Los abogados defensores fueron amenazados directamente. Roberto Garretón fue notificado por Jaime Cruzat, abogado de la Fach que participó directamente en torturas: "Tengo orden de denunciarte a la Fiscalía de Aviación por haber dicho que aquí se ha tortuado". También los testigos fueron intimidados y hasta detenidos, como ocurrió al periodista Sergio Campos, por negarse a testimoniar contra Erich Schnacke. Incomunicado en los subterráneos de la AGA, estuvo vendado y amarrado un par de días antes de ser llevado al Ministerio de Defensa. La maquinaria montada por los generales Gustavo Leigh, Orlando Gutiérrez, el coronel Horacio Otaíza y el abogado Julio Tapia Falk, terminó volviéndose contra ellos. El impacto del "proceso Fach" fue tan negativo para la Junta Militar que no hubo otros juicios y mucho menos proceso público contra los ex ministros del presidente Salvador Allende. Las sentencias del proceso Fach fueron muy duras. Las suavizó el general José Berdichevsky que actuó como juez de Aviación. Conmutó las condenas a muerte, pero la gran mayoría de los condenados estuvo mucho tiempo en la cárcel. Los últimos salieron al exilio en 1978. "Disparen a la bandada" es un libro escrito sin grandilocuencia, como "desde adentro", desde las vicisitudes y vivencias personales que se van entrelazando para entregar una apasionante visión panorámica. En esta obra notable, Fernando Villagrán muestra habilidad narrativa y rigor conceptual. Al mismo tiempo, un neto compromiso con una verdad abrumadora negada hasta hoy HERNAN SOTO

PF


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Ominami: el japonés

Así titula Villagrán el capítulo dedicado al coronel Carlos Ominami Daza, víctima de la represión en la Fach. Descendiente de japonés, el coronel Ominami era un oficial respetado y con prestigio institucional. Inicialmente piloto de combate, derivó a la Artillería Antiaérea, después de un accidente. Más tarde fue comandante del Ala de Abastecimiento y al momento del golpe desempeñaba funciones en la Escuela Técnica Aeronáutica.

Ominami Daza se sentía orgulloso de su carrera. "Haber tenido mando en la institución era algo muy honorífico para El Chino como lo llamaban sus amigos y camaradas de armas", dice el libro.

Casado con Edith Pascual era padre de dos hijos, Carlos, actual senador y en 1973 militante del MIR, y Marisol. Amigo del general Alberto Bachelet también integraba la Masonería. Se consideraba a sí mismo un oficial constitucionalista, celoso de la disciplina y el honor militar.

Fernando Villagrán relata la detención y tortura sufrida por el coronel Carlos Ominami: "El coronel Ominami trabajó, como lo hacía habitualmente, en la Escuela Técnica Aeronáutica hasta la mañana del 19 de octubre de 1973.

LA familia Ominami Pascual en los años 60. El coronel Carlos Ominami Daza, su esposa Edith y sus hijos Carlos (hoy senador del PS) y Marisol.  

No daban todavía las 12 cuando se presentaron en su oficina los oficiales Edgar Ceballos y Ramón Cáceres, quienes lo detuvieron para llevarlo a la Fiscalía de Aviación.

El mensaje de su partida lo recibió por teléfono la empleada de la casa. Edith, alarmada, se dirigió a la mañana siguiente al Ministerio de Defensa. La acompañó hasta la puerta el comandante en retiro Roberto Manríquez. La inquieta esposa pudo bajar al subterráneo, donde se encontraban gran cantidad de detenidos. Su impresión fue grande cuando vio a decenas de personas tendidas en el suelo, maniatadas de pies y manos y con la vista vendada con pañuelos. Sobre ellos caminaban soldados con fusiles en tenida de combate. Nada supo allí de su marido.

Subió a los pisos superiores y terminó en la oficina del general Gabriel von Schouwen. El general de la Fach le indicó que estuviera tranquila porque no se estaban persiguiendo ideas sino conductas terroristas. Le agregó que él mismo tenía dos sobrinos en problemas y nada podía hacer.

Yo sé que El Chino es un buen gallo -le dijo el general. Y agregó, no sin cierta malicia: Quizás le están cargando algo por la mala fama que tú tienes.

El coronel había sido vendado por sus captores y llevado en un vehículo al recinto de la Academia de Guerra Aérea. Pasarían veinte días sin noticias del paradero del coronel Ominami Daza.

En el lugar soportó crueles torturas en largas sesiones donde le preguntaban por una fotocopia del Plan Lanceta, elaborado por la Fach el 31 de agosto de 1970 para prevenir eventuales actos de grupos violentistas. Una copia del ejemplar No 13, que había recibido el coronel como jefe de las fuerzas antisubversivas del Departamento Pedro Aguirre Cerda, fue encontrado en un allanamiento realizado en un departamento de la remodelación de las Torres de San Borja.

Obviamente, el coronel reconocía que ese ejemplar No 13 era el que él tuvo en su poder, pues incluso había anotaciones suyas al margen. Pero negaba haber hecho copias ni haberlo entregado a persona alguna.

Ominami Daza sufrió la odiosidad de quienes creía sus amigos. El general Orlando Gutiérrez, con quien la familia Ominami Pascual compartió numerosos días de piscina y fútbol, y al que Carlos hijo llamaba tío y su padre Negro, torturó personalmente al coronel. En una oportunidad, colgado de las muñecas en una barra, ante lo absurdo de las preguntas, Ominami le dijo al general:

¡Si yo no sé, Negro! ¡Tú sabes que no sé...!

Pero se encontró con la furiosa respuesta de su ex amigo:

¡¿Cómo que Negro?! ¡Llámame Mi-ge-ne-ral, Mi-ge-ne-ral...! ¡Chino, concha de tu madre!

El objetivo de la pesquisa pasó a ser Carlos Ominami hijo, a quien vinculaban con el hallazgo de la copia del Plan Lanceta.

Edith tomó los servicios del abogado Nurieldin Hermosilla. Este se comunicó con el abogado y oficial de la Fach Enrique Montero Marx, al que conocía desde los tiempos de universidad, y le señaló que tenía ante su vista a la señora del coronel Ominami, de cuya suerte quería saber. La respuesta de Montero a Hermosilla hizo deducir a la mujer que lo que les interesaba era el hijo del coronel. El abogado le consultó entonces qué garantías tendría el joven si se presentaba. El abogado de la Fach respondió que no podía dar ninguna porque él no interrogaba.

No había nada que hacer. El consejo fue que Carlos hijo se asilara.

Lo que vio Edith en la primera visita a su marido fue horroso.

La camiseta de manga larga que usaba el coronel no lograba ocultar las huellas de los colgamientos en las muñecas. Después pudo verificar las horribles marcas en las rodillas y tobillos. Sin embargo, lo que parecía haber sufrido más tormento era el honor del coronel. De estrictos parámetros militares, no podía aceptar haber sufrido la vejación extrema de manos de sus amigos y subordinados. En su caso, el concepto del honor transmitido por su padre japonés era más que una anécdota.

El coronel tendría que enfrentar la acusación de su ex amigo, y ahora torturador, el general Orlando Gutiérrez, ante el Consejo de Guerra.

Al poco tiempo, a Carlos Ominami Daza se le manifestó una grave enfermedad síquica -una afección bipolar-, que lo llevaba a pasar de estados de gran euforia a otros de profunda depresión. Ningún tratamiento conseguiría éxito".

Condenado a 541 días de prisión por el Consejo de Guerra, el coronel Ominami salió al exilio a Bélgica a comienzos de 1975. Volvió a Chile en 1979, con secuelas psicológicas de las que no se recuperó. Murió en junio de 1992. Caso excepcional entre los acusados en el proceso Fach, fue sepultado con honores militares. A sus funerales asistió el entonces comandante en jefe de la Fach, general Ramón Vega. En ese tiempo, Carlos Ominami Pascual, era ministro de Economía del presidente Aylwin

 


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Belarmino Constanzo, y su intento frustrado

Cuando se produjo el golpe, Belarmino Constanzo era sargento primero de la Fach, calificado siempre en lista 1. Distinguido por sus superiores fue enviado a la Escuela de las Américas en la Zona del Canal de Panamá, el año 1967. El 71 participó en un curso de fuerzas especiales dictado por boinas negras para oficiales y clases seleccionados de la Fach

De ideas de Izquierda, Belarmino Constanzo tomó contacto con el MIR a fines de 1970. Estaba convencido que en algún momento habría un golpe militar. Poco tiempo después, comenzó a comprobar sus temores: eran notorios los trajines conspirativos que empezaban a conmocionar a la Fuerza Aérea.

"El golpe se acercaba a pasos agigantados.

Constanzo veía cada día nuevas señales, pero ignoraba la fecha y forma en que la conspiración cristalizaría. De esas circunstancias conversaban en las reuniones del grupo y especulaban con la capacidad de resistencia interna que, en todo caso, dependería de lo que pasara con el conjunto de las Fuerzas Armadas. Sabía, por su larga trayectoria en la institución, que no era cosa de pararse ante la tropa como prestigiado suboficial de guardia y llamar a resistir las órdenes superiores, y que plantearse como objetivo la toma de alguna unidad, como la Escuela de Aviación, era una locura que sólo podían percibir quienes no conocían a la Fuerza Aérea.

Las poderosas señales golpistas abundaban. Constanzo vio cómo los aviones de Lan Chile, coincidiendo con la huelga de pilotos de esa línea aérea, se estacionaron en el Ala de Abastecimiento de la Base El Bosque y lo interpretó como parte de un plan de fuga para los cabecillas del golpe si fracasaban en el intento.

Así llegó el 11 con toda su fuerza bélica.

El sargento Constanzo estaba como suboficial de servicio en la guardia y se percató a los pocos minutos, con el acuartelamiento general ya decretado, que lo único que tenía a su mano era cumplir con el acuerdo contraído con sus contactos del MIR en caso de golpe: salir con algún armamento y esperar que los que organizarían la resistencia lo pasaran a buscar a un lugar previamente convenido (situado en Gran Avenida, a unos cien metros más al sur de la Base El Bosque).

El 12 de septiembre, junto a dos de sus compañeros, salió camuflado en una ronda hacia la Gran Avenida tomada por efectivos de la Fach. Llegaron al punto convenido con sus contactos y, obviamente, no hubo ningún vehículo esperando.

El golpe estaba consumado y el sargento, en sus tareas cotidianas en la Escuela de Aviación, estaba convencido de no haber sido detectado en sus contactos previos al 11. Sin embargo, el 27 de septiembre fue llamado por el subdirector de la Escuela, Hans Bostelmann, quien lo envió en calidad de arrestado a un dormitorio donde un grupo de cadetes se hizo cargo de su custodia. Constanzo ya estaba en conocimiento de que otros oficiales y suboficiales habían sido detenidos y supuso que de esos interrogatorios había salido la mención de su nombre.

Su traslado al AGA se produjo en una camioneta a las tres de la mañana del día 28. Fue recibido con los honores correspondientes. Despojado de las jinetas de las que se sentía orgulloso, encapuchado y amarrado, golpeado con manos, puños, culatas de fusil, llegó a su primera sesión de tortura en lo que le pareció una especie de teatro donde presenciaban el espectáculo varios oficiales.

Conoció la corriente eléctrica, las quemaduras con cigarros y los repetidos golpes en las plantas de los pies. Las preguntas apuntaban a informar sobre el armamento de los grupos de Izquierda. Cuando contestó que las únicas armas que conocía eran las de la Fach, le introdujeron alfileres en las uñas e intentaron hacerlo beber un líquido blanco oscuro. El macizo sargento forcejeó con cuatro torturadores hasta que el brebaje se derramó desatando sus iras, encono que le valió una nueva paliza.

Como forma de ablandarlo, lo tuvieron seis días con sus noches frente a un potente foco de luz. Sin agua ni comida, con los pies absolutamente hinchados, terminó delirando. Cuando, producto del cansancio, caía de espaldas al suelo, lo levantaban a culatazos y no cesaban de gritarle que era un traidor a la patria y a la Fach.

Un día lo llevaron hasta las calderas de la calefacción de la AGA, y le leyeron un supuesto decreto firmado por los cuatro miembros de la Junta Militar en que se le condenaba a morir quemado. Abrieron la puerta de la caldera y lo acercaron al fuego. Desesperado y agotado de tanta tortura, el sargento les gritó que se lanzaría a la caldera. Entonces ellos lo sujetaron y la misma voz le señaló que se había salvado porque habían recibido una contraorden.

El comandante Edgar Ceballos fue uno de sus torturadores más alevosos. A él lo había conocido en la Ala de Mantenimiento. Lo sabía muy bruto. Otros de sus torturadores fueron El Pico Cáceres y León Duffey, un tipo alto, fornido, de manos grandes, a quien llamaban El Huaso".

El Consejo de Guerra condenó a muerte a Belarmino Constanzo, pena reducida luego por el juez de Aviación a 30 años y un día. Sufrió una grave afección renal como consecuencia de las torturas. Fue el último de los procesados de la Fach que salió de la cárcel a fines de abril de 1978, tras la dictación del decreto-ley de amnistía. Regresó a Chile en 1993


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