Carlos Camus, centinela de los derechos humanos
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Con el alejamiento de Carlos
Camus Larenas del obispado de Linares, entra en fase terminal
toda una generación de pastores de la Iglesia Católica
que contó, al menos, con tres características:
lucidez, humanidad y valentía. La lucidez le valió
a esos obispos para ubicarse en el momento histórico
que les tocó vivir y asumir sus tareas; la humanidad,
para revertir una imagen de jerarquía lejana del
pueblo y solemnemente celestial en sus actuaciones; y la
valentía, para enfrentar los problemas más
urgentes y acuciantes. |
El hecho que puso a los obispos chilenos en primera línea
durante las décadas de los 70 y los 80 fue, sin duda, la
revolución social iniciada en 1970 con el triunfo de Salvador
Allende en las elecciones presidenciales y posteriormente su derrocamiento
por la acción combinada de la derecha económica,
el Departamento de Estado de Estados Unidos, las grandes compañías
transnacionales del cobre y de las comunicaciones, la insurrección
civil del comercio, algunos colegios profesionales y los gremios,
pagada a buen precio, según se va comprobando a medida
que se desclasifican los archivos de la CIA y del gobierno de
Estados Unidos.
Desde luego que a lo anterior hay que agregar los propios errores
históricos del gobierno de Allende y los partidos de la
Unidad Popular. Todo culminó con el brutal golpe militar
del 11 de septiembre de 1973, en que se inaugura la dictadura
militar que permaneció por eternos 17 años.
Quizá una de las grandes sorpresas de los militares en
el poder fue que la Iglesia Católica no los aplaudiera.
Al contrario: que se convirtiera desde el inicio en un severo
crítico del nuevo régimen y se comprometiera con
la defensa de los derrotados.
La dictadura sorprendió a los obispos. El golpe lo veían
venir como inevitable, pero lo que en un principio no tenían
contemplado, ni su estructura mental podía aceptar como
realidad, fue el hecho de una dictadura militar.
Le escuché en varias ocasiones al cardenal Silva, al arzobispo
José Manuel Santos y a algún otro pastor, que jamás
imaginaron que las FF.AA. se iban a quedar instaladas en el poder.
Tampoco podían creer que el país estaba bajo una
dictadura sangrienta. ¿Cómo iba a imaginarlo, por
ejemplo, el arzobispo Santos, que había sido profesor en
la Academia Naval y había tenido por alumnos a la mayoría
de los altos oficiales a los que se empezó a señalar
como sanguinarios? Todos los obispos habían departido en
actos oficiales e incluso tenían cierta amistad (cuando
no parentesco) con almirantes, generales y comodoros a los que
conocían como gente caballerosa y que de la noche a la
mañana se habían convertido en lobos. Cuando la
sorpresa se empezó a disipar en base a las denuncias constantes
y a la comprobación de casos, la indignación les
ganó la partida. Ahí se pusieron con todo de parte
de los caídos.
Les costó su tiempo. El mismo cardenal Silva creyó
por demasiados años que el cura Juan Alsina había
muerto en un enfrentamiento armado. Le costó asumir que
había sido fusilado a traición. Las informaciones
que les proporcionaban los organismos del gobierno militar tenían
por finalidad confundirlos. Y se logró el objetivo. Muy
lentamente los pastores debieron convencerse del engaño.
Algunos no lo lograron superar.
El mismo Carlos Camus declaró años más tarde:
“por fin pudimos reunirnos todos los obispos, casi un mes
después del golpe; cada uno llegó preocupado por
algún caso de atropello de la dignidad humana, creyendo
que eran situaciones aisladas. Cuando fuimos escuchando los relatos
de unos y de otros, y especialmente de Santiago, donde fue necesario
organizar rápidamente el Comité Pro Paz, nos dimos
cuenta que el problema era mucho mayor”.
De todos modos, casi todos ellos, incluso los que aparecieron
como más proclives al gobierno militar, tuvieron actitudes
nobles en defensa de los perseguidos. ¿Quién más
marcado a favor del régimen militar que el obispo Orozimbo
Fuenzalida? Pues bien don Orozimbo escondió por muchos
días, en su propia casa, siendo obispo de Los Angeles,
al senador socialista Jaime Suárez Bastidas, ex ministro
del Interior y ex secretario general del gobierno de Allende,
y a toda su familia. Otros casos: el arzobispo José Manuel
Santos, que se reconocía a sí mismo como estructuralmente
“anticomunista”, se convirtió en un gran adalid
en la defensa de los perseguidos, sin renunciar a sus principios,
pero empleando una lógica maciza que pulverizó al
general Ibáñez Tillería, amo de la Octava
Región. Igualmente, el obispo auxiliar de Santiago, don
Sergio Valech, quien reía autodefiniéndose como
“momio progresista “, fue el hombre que se enfrentó
el aparataje del poder dictatorial negándose a entregar
información en el caso de las “fichas de la Vicaría”.
CAMUS, SECRETARIO GENERAL
DEL EPISCOPADO
Pero hubo determinados pastores que se pusieron en primera línea
en la defensa de los derechos humanos.
Esa causa superó los naturales temores, dudas y resistencias
mentales que ciertamente tenían en relación al mundo
marxista. En declaraciones oficiales, en homilías, en conversaciones,
los obispos se manifestaban con la clásica ambigüedad
de los que están entre dos aguas. No querían por
nada la imposición de una filosofía marxista. Tampoco
querían que se impusiera un modelo de sociedad basada en
el egoísmo materialista del mundo liberal, y, mucho menos,
sostenida por la fuerza bruta de las armas. Tampoco podían
manifestar sus secretas simpatías, ya en declinación,
por la Democracia Cristiana tras el fracaso de la administración
de Frei Montalva que había entregado el poder a la Unidad
Popular. No querían de ningún modo justificar la
dictadura militar, aunque casi todos ellos justificaron el golpe.
El elemento que unió a los pastores fue la causa de los
DD.HH. En eso no podían titubear ni equivocarse. Coincidiendo
con esa realidad, supieron elegir las directivas adecuadas para
la Cech (Conferencia Episcopal de Chile): el arzobispo Santos,
el cardenal Silva, el obispo Carlos Camus. Camus, como secretario
general de la Cech, se convirtió en el rostro y voz del
episcopado. “En esos años de secretario de los obispos,
en la época más dura, conocí el drama de
la tortura y de los desaparecidos” (Carta a los jóvenes,
p. 125).
El 1 de marzo de 1974 los obispos eligieron por unanimidad a Camus
como secretario de la Cech y un mes después, en la asamblea
plenaria, emitieron un documento en el que denunciaban la situación
de los derechos humanos, las injusticias económicas y sociales,
la falta de libertad, especialmente de los sindicatos y universidades
y los asesinatos y desaparecimiento de personas.
Fue en esa época cuando el cardenal Silva detuvo un documento
condenatorio a la dictadura chilena que traía la firma
del mismísimo Papa Pablo VI. El cardenal se arrepintió
de ello hasta el fin de sus días.
La creación del organismo pro paz y después de la
Vicaría de la Solidaridad fue la respuesta más llamativa
a las amenazas en esos años. El obispo Camus habló
sin que le temblara la voz. Su pensamiento, representativo de
la mayoría episcopal, quedó plasmado en entrevistas,
conferencias, artículos, homilías, y, especialmente,
en declaraciones a la prensa. Una de estas conversaciones con
los periodistas, siendo off de record por expreso acuerdo, fue
difundida por la imprudencia de uno de los religiosos organizadores
de la reunión quien trasmitió las palabras de Camus
a la prensa alemana. De ahí salió al mundo y causó
revuelo. El obispo reconocía que muchos presbíteros
así como organismos de Iglesia estaban salvando vidas de
los perseguidos por el régimen, y trabajaban codo a codo
con personeros marxistas sumergidos necesariamente por la situación
que se vivía.
Camus ya no fue reelegido como secretario de la Cech, siendo sustituido
por Bernardino Piñera, hombre de gran carisma personal,
igualmente crítico del régimen, pero con mayor destreza
diplomática.
OBISPO DE LINARES
A fines de 1976 Carlos Camus fue nominado obispo de San Ambrosio
de Linares. Allí, en materia de DD.HH. tuvo que enfrentar,
sin lograr victoria completa tras 25 años de lucha, lo
del misterioso reducto de Colonia Dignidad.
La labor de Camus como pastor en Linares se concentró en
“construir iglesia”, es decir, organizar la comunidad
cristiana en todos sus niveles. Los sectores rurales vieron, al
mismo tiempo, levantarse sedes comunitarias y capillas en un número
tal que cubría todo el mapa diocesano. La formación
de líderes y catequistas, la pastoral juvenil, la creación
de una red de comunicaciones que empleaba la radio y el periódico,
la creación de Fundaciones de ayuda social, la organización
del obispado mediante un Sínodo permanente que entregaba
voz al pueblo mediante el diálogo y la consulta anual,
la confianza en los laicos, la promoción vocacional...
Camus resultó ser un obispo popular, aclamado y discutido.
Su visión del acontecer nacional lo llevaba a no callar
las injusticias. Cuando en 1985 pidió públicamente
a Pinochet que tuviera un gesto de grandeza, como el de O’Higgins,
y renunciara al poder, se volvió a encender la rabia de
sus acusadores.
Carlos Camus pasa a un merecido retiro. Deja una huella de nobleza,
de claridad, de servicio pastoral dedicado a los más humildes,
de dignidad humana y, por lo tanto cristiana.
Se va con él toda una generación de pastores que
ayudó a que el país fuera menos tenebroso y volviera
a respirar. Este ligero recuento de su actividad con resonancia
nacional es un homenaje sencillo que me parece hacía falta.
He leído y releído la carta que el Papa Juan Pablo
II le dirigió a Camus al cumplir sus 25 años episcopales,
en 1993. Carta escrita por los asesores vaticanos, entre los que
descollaba Angel Sodano, ex nuncio en Chile. En ese documento
no hay una sola letra que recuerde y agradezca la difícil,
áspera y muchas veces incomprendida labor del obispo Camus
en defensa de los derechos humanos de sus conciudadanos
AGUSTIN CABRE RUFATT
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