Rastafari y luchador
Una llama que flamea
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El cuerpo de su madre -Lumi Videla Moya- fue
arrojado a la embajada de Italia en noviembre de 1974 y el
de su padre -Sergio Pérez Molina- aún está
desaparecido. Hoy, Dago Pérez tiene 32 años
y dos hijos. Se define como rasta y es parte de un movimiento
de luchas radicales y complejas por las diferencias y también
por el respeto a las creencias. Con un alto gorro de lana
que cubre cientos de dredloocks o mechones de cabellos apelotonados,
dice que es difícil explicar qué significa ser
rastafari. |
Le preocupa que se entienda bien, porque sabe que el público
lector de PF es de Izquierda y muchos lo conocen a él desde
pequeño. Por eso, y porque sabe la importancia de la palabra,
pide revisar la entrevista. “Los mapuches hablan de la importancia
de la palabra y los que sabemos de la fe sabemos que la palabra
es sonido y poder. He aprendido que la palabra hace. Por lo tanto,
si tú dices algo tienes que hacerte responsable de lo que
dices”, afirma en tono de advertencia. Este joven barbudo
estudió Pedagogía en Castellano y luego estuvo en
dos universidades privadas. En la más “cuica”,
una secretaria lo reconoció como el hijo de Lumi Videla
y le dijo con complicidad que admiraba a sus padres. En otra oportunidad,
la hija de un almirante retirado le confesó que siempre
había visto las cosas de un solo lado y, así, escuchó
en silencio los horrores de la dictadura. Dago vive junto a una
decena de rastafaris en la comuna de Estación Central,
en una casa adornada con murales, afiches de recitales, citas
de la Biblia y pintada con los tradicionales verde, amarillo y
rojo. Las imágenes de leones africanos dorados, de Haile
Selassie y Marcus Garvey, dan misticismo a las habitaciones. “Acá
han venido hermanos rastas de Arica, Antofagasta, La Serena, Valparaíso
y Concepción, como también Las Leonas de Temuco,
Puerto Montt y Punta Arenas”, cuenta Dago. Es muy difícil
entender el rastafarianismo para alguien que no cree, pero Dago
se ayuda con la letra de una canción para tratar de explicarse:
“no queremos más religión, no queremos más
explotación” canta en voz baja para luego reafirmar
la idea. “Rastafari no es una institución religiosa,
sino una fe viviente, una cultura, una música, una manera
de vivir y de alimentarnos. Es una conexión entre el ser
humano y la creación del Señor”. En los 80,
Dago, como la mayoría de hijos de víctimas de la
violencia pinochetista, participó con los secundarios en
la calle y de eso se siente orgulloso. “Creo que el combate
callejero fue una escuela importante en tiempos de dictadura,
pero entonces todos los jóvenes estábamos en ésa.
No es que yo haya hecho algo particularmente grande, sino más
bien era mi deber”, sentencia. En 1992 ingresó al
grupo musical Godwanna. “Nos juntamos porque teníamos
el mismo sentimiento y el reggae nos fue concientizando, descontaminando,
abriendo el corazón y agudizando el sentimiento y el pensamiento”,
recuerda. Hace más o menos un año se salió
de Gondwanna y se dedicó a grabar, algo que tenía
pendiente desde que fue a mezclar un disco a Washington. “Creo
que en Chile hay muy buena música reggae y es importante
producir música en un espacio no controlado por grandes
compañías”, dice este productor musical e
intérprete de música dub.
¿Cómo funciona esta casa rastafari, como un club
o una comunidad?
“El pilar fundamental fue la música y lo que se podía
desarrollar con ella. Tenemos una sala de ensayo, una de grabación
y una oficina del sello independiente de reggae, Visión
Discos. Además, tenemos una sala donde funcionan las hermanas
y hacen sus sesiones espirituales, bailan y realizan cursos. Hemos
hecho talleres de voz, reciclaje de desechos y percusión.
También desarrollamos la parte culinaria, hacemos panqueques
y pan sin huevo, sin leche ni levadura. En esta casa nos reunimos
para progresar material y espiritualmente. Esa fe nos guía
y nos hace tener una lucha, una vida, un sentimiento y una perspectiva
común. Creemos en la autogestión, y no en las normas
de esta sociedad porque todo lo que hemos logrado lo hemos hecho
sin pedirle nada a nadie y a la manera que encontramos correcta”.
¿Hay algún líder espiritual entre ustedes?
“En Chile no hay un antiguo o sabio que nos pueda guiar.
Entonces, con mucho respeto, hemos ido aprendiendo nosotros mismos.
En rasta podemos hacerlo, porque rasta es una vibración
natural que fluye en la creación. La fe rastafariana puede
llegar a cualquier persona. Rastafari es una fe viviente, y es
también una iglesia en Etiopía. Esa iglesia africana
es muy distinta a la católica. Por ejemplo, nosotros decimos
que el Papa católico es el rey de los muertos vivientes.
No se puede parar ni caminar solo. Balbucea, es una masa de carne
rosada que se arrastra. En cambio, nuestros líderes se
pueden parar y mirar a los ojos”.
Tú fuiste uno de los que hablaste en el funeral de Luciano
Carrasco. ¿Qué mensaje quisiste enviar?
“Yo hago lo que el Señor me dice, y esa vez habló
mi corazón. Los hermanos que nos reunimos hace años
y tenemos a nuestro padre o madre desaparecida me pidieron que
hablara a nombre de H.I.J.O.S. Yo tenía que hablarle a
la gente del MIR que no ha asumido sus responsabilidades políticas
y morales respecto de lo que dijeron y por lo que lucharon. No
creemos que nadie haya sido derrotado ni que nuestros padres lucharan
en vano. Quería decirles que sentía profundamente
que mis padres habían tenido una gran victoria, porque
me hicieron libre a mí y a mis hijos. Me dieron el ejemplo
para hacer lo que tengo que hacer y no ser esclavo de nadie. Hay
gente de Izquierda que piensa que la lucha fue en vano, sin ver
que el sentimiento y el amor que hubo fue correcto, real, verdadero
e invencible. El amor que sintieron los amigos de mis padres tiene
frutos, nos dio la libertad para no ‘comprarle’ al
sistema”.
¿Y eso no lo entienden las viejas generaciones de Izquierda?
“Lo que pasa es que es una práctica de libertad que
se debe mantener hacia adelante. Una vez entré a La Moneda
por el caso de mi viejo, y justo venía saliendo un antiguo
dirigente del MIR que trabaja como asesor de gobierno. Yo le dije
‘mira, aquí estoy por mi viejo’ y le pregunté
cómo estaba. El me miraba sin decir nada. En cambio, otra
vez me encontré con dos viejos miristas de los más
‘cuáticos’ (radicales) y con ellos fue increíble.
Hubo pocas palabras, pero unos abrazos espectaculares en los que
se notaba todavía esa llama encendida y mucha vibración.
Eso pasa. Yo, para muchas personas, puedo ‘estar en otra’
pero lo que sucede es que tengo una llama que flamea”.
En el lugar que habitas hay pinturas con citas de la Biblia. ¿Qué
significa?
“Es un tema de fe, no de religión. No se puede definir
en términos sociológicos. No podría explicar
en una entrevista qué significa ser rastafari, porque tiene
que sentirlo. Si no, usted va a tener una visión superficial.
Lo que me hizo llegar a esta fe es que desde niño me dijeron
que debía tener una capacidad crítica, que viera
más allá y no me hiciera el ‘huevón’
con la realidad y con la historia. Me dijeron que llegara a la
verdad y que la conciencia se debía educar y entregársela
a los que no la tenían. Me dijeron que este mundo era malo
y que había que ser radical para cambiarlo. Yo era de Izquierda
marxista-leninista y hoy soy un revolucionario. Antes había
cosas que no entendía. Por ejemplo, me molestaba la inconsecuencia
-y no es que yo hubiera sido un ejemplo de consecuencia-, pero
veía a compañeros que eran de una manera y que de
la casa para adentro eran de otra. No lo entendía, porque
yo cachaba que había que ser igual siempre. Se decía
que había que luchar por la igualdad, pero éramos
bien machistas. En mi familia había gente que hacía
buenos discursos revolucionarios, pero en su casa no pasaba nada.
Hubo cosas que podrían no tener importancia, pero que demostraban
una conciencia limitada. Además, empecé a tener
diferencias filosóficas. Aunque yo no era anarquista ni
nada parecido, veía que el Estado, la industrialización
y la concentración demográfica en las ciudades no
eran soluciones, sino más bien herramientas capitalistas
para seguir destruyendo la tierra. Vi que los elementos que causan
mal a las personas simplemente no deberían ser usados.
Al principio no entendía esas cosas, pero de a poco me
fui diciendo que la dictadura del proletariado, el Estado y la
democracia, al final, solo esclavizan”.
¿Este tipo de democracia?
“Siempre me molestó esa palabra, porque yo estaba
por la revolución y en algún momento la democracia
me pareció reformista. Con el tiempo me cuestioné
la lucha por la democracia popular u otra democracia con apellido.
Me di cuenta que estaba mal ponerle apellido a una democracia,
que incluso el concepto estaba mal porque la democracia nunca
había sido practicada. Eso me hizo cuestionar el fundamento
y sentimiento de algunas luchas. Mi sentimiento era que es uno
quien debe cambiar, porque la Izquierda, como estaba, no podía
enseñar nada más. Ni principios, ni nada. Había
malas ondas, se ponían en marcha máquinas y otros
se ofrecían balazos. Tampoco entendía por qué
eran tan importantes la escuela y la universidad si yo veía
que más bien servían para echarle a perder la cabeza
a los cabros. Por ejemplo, yo no voy a mandar a mis hijos al colegio.
¿Por qué me voy a arriesgar a que le enseñen
mentiras a mi hijo? Creo que tengo que construir una forma rastafariana
de estar feliz, de ser consciente y luchar, porque mis papás
y mis abuelos no murieron para que yo les entregue mis hijos a
esta sociedad. Sería irresponsable, porque esta sociedad
es mala. A mis hijos les voy a pasar libros del viejo Vitale,
que estoy seguro no se los van a pasar en el colegio”
LUIS KLENER HERNANDEZ
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