Edición 539
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A 30 años del golpe y al inicio del fin de la Concertación
La hora de una alternativa
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A 30 años del golpe y al inicio del fin de la Concertación

La hora de una alternativa

Salvador Allende, curtido en una larga lucha por la unidad de la Izquierda, se sentiría decepcionado -pero de ninguna manera sorprendido- si viera la fragmentación y extrema debilidad que afecta a las fuerzas del pueblo. (Ni siquiera la palabra "pueblo" ya se usa, desplazada por "la gente", la "sociedad civil" y otros eufemismos que desnaturalizan una palabra magna del lenguaje político y del propio sistema democrático).

¿Qué haría Salvador Allende en estas circunstancias? Sin duda, reiniciar la larga marcha por la unidad del pueblo.

 

Sin embargo, ahora no se trata sólo de alcanzar la unidad de la Izquierda, que orgánicamente casi no existe (y lo que existe tampoco daría para un proyecto alternativo dotado de una propuesta de gobernabilidad viable). Lo que está planteado es más ambicioso y más difícil. Se trata de la unidad del pueblo, de reinventar la Izquierda -cuyos dogmas y modelos, en buena hora, hicieron crisis- y de articular un nuevo sistema de ideas emancipadoras del ser humano.
Si para Allende unir a la Izquierda fue una tarea fatigosa, prolongada y muchas veces incomprendida -objetivo que, por lo demás, nunca se logró del todo- mucho más difícil y complicado es levantar una alternativa liberadora sin una Izquierda orgánica importante que sirva de andamiaje a un proyecto de cambio social. Las diferencias ideológicas y políticas en la época de Allende tenían unos pocos protagonistas. Hoy los islotes ideológicos son centenares y quizás miles. Cada grupo, por pequeño que sea, se considera dueño de la verdad absoluta e irrefutable. Los partidos de Izquierda de los años 60 y 70 eran "apenas" media docena (¡y lo que costó ponerlos de acuerdo!). El centro de gravedad lo constituían dos interlocutores decisivos: socialistas y comunistas. A pesar de sus disputas -que a veces llegaron a las vías de hecho-, esos partidos mantenían contactos, canales de comunicación y, sobre todo, experiencias comunes de lucha en defensa de los derechos del pueblo. Representaban, efectivamente, a las masas organizadas del movimiento sindical, poblacional y estudiantil, al proletariado y a las capas medias, a los intelectuales y profesionales, a los pequeños y medianos empresarios e incluso, a los grandes empresarios que defendían la industria nacional, protegidos por el Estado. Además, reforzaban esos vínculos con una política clientelar desde el Parlamento y desde sus enclaves en la administración pública. Los demás partidos de la Izquierda eran asteroides que giraban en la órbita de esos grandes planetas, salvo el MIR que pretendió, en forma tardía y sin éxito, desquiciar el sistema solar de la Izquierda chilena.
La situación de hoy es diferente. De la vieja Izquierda chilena apenas queda en pie el Partido Comunista, cuya ilustre historia nadie puede desconocer. Pero tampoco nadie puede vivir de su pasado, por glorioso que sea, y menos un partido revolucionario.
El Partido Socialista abandonó la Izquierda hace rato, a pesar del descontento de sus bases que han emigrado o permanecen inactivas. Hasta su nombre -Socialista- es un contrasentido para un partido defensor a ultranza del capitalismo en su versión más extrema.
En cuanto al PPD y PR, mejor ahorrar palabras.
En la llamada Izquierda extraparlamentaria -la condenada a no participar en el Parlamento-, hay una diversidad de partidos y grupos. Algunos se muestran creativos y con futuro, si lo saben cuidar, como La Surda. Otros, más antiguos, sobreviven representando con dignidad valores éticos en la acción política, como la Izquierda Cristiana.
Hablando en términos generales, intentar unir a los partidos, movimientos y grupos de la Izquierda extraparlamentaria, muchos cegados por el dogmatismo, equivale al tormento de Sísifo. Por lo demás, empujar esa pesada roca hasta la cima, tampoco significaría un avance notable en la unidad del pueblo. Lo decisivo del proceso real de unidad no comienza con ellos aunque no los excluye.
Una iniciativa consistente de unidad, que levante un proyecto alternativo de sociedad, debe partir de las propias organizaciones sociales. Ellas están obligadas -ante la crisis de representación de los partidos- a asumir la dimensión política necesaria para alcanzar sus objetivos globales. En caso contrario, también están condenadas a ser trituradas por las mandíbulas del modelo neoliberal y estranguladas por una Constitución antidemocrática. Más de ochenta y dos mil organizaciones sociales -buena parte con un quehacer político antineoliberal- desde instancias sindicales, gremiales, poblacionales, culturales y juveniles, dan cuenta de un pueblo atomizado pero que no está completamente desorganizado.
Existen condiciones cada vez más favorables para iniciar, por fin, el proceso de reagrupamiento y unidad del pueblo y de construcción de una alternativa al capitalismo desaforado y a la paulatina anexión de Chile al imperio norteamericano. El agotamiento del modelo mercantilista exportador y el derrumbe de la Concertación, que se deshace en medio de bochornosos actos de corrupción, luego de traicionar su programa democratizador y de "crecimiento con equidad", contribuyen a abrir nuevos espacios. Desde luego, están erosionados por el desengaño y dominados por el escepticismo. Buena parte de los desilusionados de la Concertación están en vías de ser capturados por el populismo de la UDI. O de ir a incrementar el vasto sector que se ha hecho a un lado de toda participación política y electoral, para no seguir sufriendo esa periódica humillación que se hace a la soberanía popular. Esto obliga a actuar con agilidad y audacia para contrarrestar al oportunismo inescrupuloso de la derecha y reconquistar para la actividad política honesta y de principios al enorme sector abstencionista.
Tomar la iniciativa de presentar un proyecto alternativo y esbozar un instrumento político -a perfeccionarse en el curso del propio proceso de construcción-, es responsabilidad de las organizaciones que han madurado más la concepción de "hacer política desde lo social". Un ejemplo -aunque quizás no único- es la Fuerza Social y Democrática. La FSD, creada hace dos años, está en condiciones de preparar, junto con otras organizaciones sociales y políticas, el debate amplio, pluralista y responsable de una alternativa real de gobernabilidad. Desde lo institucional -una Constitución democrática- hasta las medidas de justicia social que el pueblo sigue esperando; hay muchas ideas, estudios y proposiciones dignas de un programa de gobierno. En ese proceso de discusión democrática se forjará la Izquierda chilena del siglo XXI, pluralista, democrática y respetuosa de la libertad y los derechos humanos, para construir una sociedad que garantice educación y salud para todos y una distribución justa del fruto de la actividad económica.
Este año se cumplen 30 años del golpe militar-empresarial que entregó a Chile a la dictadura de rapiña de una oligarquía arrogante que, por desgracia, encuentra en el gobierno y el Parlamento a unos tristes mamarrachos que la imitan.
La mejor manera de rendir homenaje este año a los héroes y mártires del pueblo, comenzando por el heroico presidente Salvador Allende, es construir una nueva alternativa: superior a la de los años 70, más fuerte y lúcida, inserta en la realidad de este siglo.
No hagamos de este año-aniversario una conmemoración fúnebre. No sigamos anclados en el dolor. Nuestros muertos tienen derecho a revivir en un nuevo proyecto histórico para un ser humano liberado.
Se trata de una tarea de creación social que necesita inteligencia, alegría y fortaleza moral. Estos son los instrumentos que hacen posible la maravillosa experiencia de un pueblo que se propone modelar su futuro con sus propias manos

MANUEL CABIESES DONOSO


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