Edición 539
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Mauricio Rosencof, ex tupamaro

El archivo del dolor

 

Margarita

La vi una mañana cuando iba al almacén;
la calle estaba llena de verano.
Llevaba un vestidito tan liviano
que el corazón se me fue para la sien.

Me sentí en el aire, sin sostén,
y un sudor tibio humedeció mi mano
cuando se fue con su pasito tan ufano
coqueteando la pollera en un vaivén.

Fue como si me hubiera dado cita;
desde entonces, a esa hora,la esperé.
Ella sin hablarme comprendió mis cuitas

y a veces me miraba con un no sé qué.
Me enteré que se llamaba Margarita
y sin deshojarla supe que la amé.

La otra vez que Mauricio Rosencof vino a Chile, en 1970, era "Leonel", dirigente del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) del Uruguay, y se entrevistó con el presidente Allende. También estuvo con Miguel Enríquez, secretario general del MIR, organización con la que el MLN mantenía estrechos lazos.
Ahora regresó como escritor, periodista y dramaturgo, con obras traducidas a varios idiomas y representadas en muchos escenarios del mundo. Ha recibido seis veces el premio "Bartolomé Hidalgo" en su país. Viajó a Chile para participar en el 17° Encuentro de Teatro Popular Latinoamericano y debatir con sus protagonistas, invitado por la Corporación Ayún y el teatro La Luciérnaga. Rosencof sobrevivió a trece años de prisión y tortura, en los que incubó gran parte de su extensa producción literaria. Sus creaciones han sido adaptadas al cine (El regreso del gran Tulequin), al teatro (Bataraz, interpretada en Chile por Peter Lehmann) o musicalizadas (La Margarita, con Jaime Roos).
De chispeante conversación, alegría en la mirada, y reacciones rápidas que hacen honor a su pasado, es capaz de conmover, seducir y asombrar, con un sentido del humor que parece bajarle el perfil a su propia historia para atender sin apuro a la de los demás. Rosencof, nacido en Florida en 1933, vive en el barrio de Malvín, en Montevideo. Antes de partir de Chile, quiso conocer Valparaíso, porque la otra vez "sólo vi salas de reunión", y buscar un poncho mapuche, ("que no sea de un centro comercial, sino de gente de las organizaciones de ese pueblo") para llevarle a su hija. Porque la foto de la niña que el prisionero vio durante trece años, la mostraba, precisamente, luciendo el poncho mapuche que su padre le había llevado de Chile.
Bataraz, el monólogo sobre tortura, resistencia y esperanza, otro hijo de Rosencof, se representó en el anfiteatro de Pudahuel, recibiendo la cerrada ovación de miles de espectadores, así como en locales y teatros universitarios de Valdivia y de la IX Región.
Al escribir "Mauricio Rosencof" en Google, el buscador de Internet, salieron 188 entradas acerca de su obra, su vida, entrevistas... Encuentros con famosos en diversos lugares del mundo, éxitos editoriales en Montevideo, Madrid, Barcelona y Buenos Aires, obras de teatro, musicales, reseñas de novelas. ¿Cómo reacciona un ex preso, y ex dirigente guerrillero ante la fama?
"No me siento relacionado con esa chica. Lo que siento es algo de otra naturaleza, que me hace sentir muy bien. En mi país, cuando salgo en bici a la rambla -que es cuando pienso lo que voy a escribir- escucho constantemente gritos como 'No te mueras nunca, Ruso'... o veo que un conductor me saluda con la mano, o un vendedor ambulante me regala una caja de sahumerios... Cuando voy a Buenos Aires, o a Madrid, donde presenté recientemente mi obra Las cartas que no llegaron, de editorial Alfaguara, la acogida es muy buena. Todo eso es lindo. Tengo una relación hermosa con la gente joven. En Uruguay soy 'varias actividades sobre las mismas piernas': un hombre político que tiene un programa de radio; un hombre de la cultura que anima un premiado programa de TV; un autor que figura en los textos educativos de Santillana... Todos los años edito algo".
En Chile asistió como invitado al 17° Encuentro de Teatro Popular Latinoamericano, vio representar "Bataraz", adhirió con su firma a la campaña de la Comisión Etica Contra la Tortura, y estuvo a cargo de la clausura del Congreso de Teatro Popular. ¿Qué le dijo a los jóvenes teatristas latinoamericanos en la Universidad Cardenal Raúl Silva Henríquez?
"Cuando te oigo decir eso, me resuena el nombre de Miguel, de Miguel Enríquez...
Bueno, yo les conté de cuando salí en libertad, el año 85, por una ley especial que decretaba que cada día de prisión se computaba por tres, con lo que la condena estaba cumplida. En realidad, sobraban días... Tengo años a favor, para el futuro. Recordé que desde afuera nos gritaban los jóvenes: 'Tupas, hermanos, aquí los esperamos'. La gente de teatro me había organizado una recepción y allí estaban todos, entre ellos una figura notable del teatro uruguayo, Atahualpa del Cioppo. Era un hombre que a pesar de su prestigio no se perdía un solo estreno. Se quedaba hasta el final para saludar a los actores. Cuando no le gustaba algo, le palmoteaba la espalda al director y le decía: 'Ha sido una experiencia muy interesante'. Atahualpa y yo nos dimos un gran abrazo... temblaban todos sus huesitos. Lo retiré un segundo para mirarlo y luego le dije: 'Don Ata, hemos vivido una experiencia muy interesante'".

HUMOR EN PRISION

¿El sentido del humor le sirvió también en prisión?
"En prisión claro que ayudó. El 'Ñato' (Eleuterio Ramírez, actual senador) que un tiempo estuvo en la celda del lado, también lo tenía. Hablábamos a través del muro. Mucha literatura quedó entre los ladrillos. Inventamos una clave morse especial. Una vez que nos llegó un envío de útiles de aseo él me dijo que chupara la barra de desodorante. Yo no entendía nada. Y entonces me explicó: '¡No ves que tiene alcohol!...' Y fue una buena curda aquella".
¿Qué le ocurre por dentro cuando ve representar "Bataraz"?
"Trece años estuve en prisión y diez meses en interrogatorio. Eramos nueve rehenes del MLN. Habían dicho los militares: 'Ya que no pudimos matarlos, los vamos a volver locos'. Dos de los nueve enloquecieron y uno murió en el calabozo. Nosotros vivimos en condiciones durísimas, en calabozos de menos de 2 m2. Por la sed, reciclábamos nuestra orina, comíamos insectos... Colgábamos un hilito en la celda para tener la ilusión, si se movía, de que había aire. Sin embargo, ver la representación de esa situación no me provoca ningún desquicio emocional. Las vivencias las puedo manejar como material de archivo y de lucha social. He trabajado mucho el tema de los desaparecidos, estos temas son parte de uno. Hubo en nuestros países una guerra, pero el botín de guerra incluyó la no devolución de los compañeros. Frente a lo que viví no tengo odio ni rencor, ni deseo de venganza, pero sigo siendo un militante político, social y un escritor.
Cuando salimos en libertad, aceptamos una invitación de un convento franciscano. Hay que recordar que muchos de los franciscanos, y otros curas y monjas, fueron parte del MLN. Allí me dieron una pieza. Luego me llevaron a ver a mis padres, a mis viejos, que después que les destrozaron su casa, debieron irse a un hogar de ancianos. Habían recibido amenazas de que lanzarían una bomba si íbamos allá. Entré, los vi, y parecía que yo había faltado de mi casa apenas un fin de semana. Mamá me mira y me dice lo que dicen todas las madres: '¿Comiste?' El viejo, medio sordo, 80 años, me hace una seña. En todo el tiempo que milité, nunca me dijo nada sobre mi opción política. Entonces me habla: 'Ahora que saliste me vas a contestar: ¿qué diferencia hay entre un comunista y un tupamaro?' Los tupamaros somos los comunistas, le contesté..."
Háblenos de su libro "Las cartas que no llegaron".
"Me di cuenta que no había hecho aún el descubrimiento de que uno es uno y todos los demás. Es su padre, hijos, compañeros, su patria y su perro. Entré a pensar a mi padre, que ya no está y lo tenía como desconocido. La historia comienza en la infancia. Se me reactualizan así elementos ya olvidados. Hay personajes de entonces que adquieren una significación, como el cartero. Yo era un niño de barrio, amigo del hijo de un italiano, Fito. Recuerdo haber visto a mi madre, Rosa, tejiendo calcetas para las Brigadas Internacionales. Mi viejo, Isaac, era un sastre bolche (comunista), venido desde Polonia, fue fundador del Sindicato de la Aguja. La llegada del cartero al inquilinato donde vivíamos era un acontecimiento. Recuerdo que papá lo hacía pasar al patio y le daba una copa de enguindado. Eran cartas trabajosamente escritas en un pueblito perdido de Polonia, que atravesando mares y confusiones geográficas lograban llegar a Montevideo. Por eso la carta podía esperar al domingo, para ser leída en la mesa familiar, como un rito. Pero de repente las cartas empezaron a dejar de llegar. Yo le decía a Fito: 'Mis tíos están en la guerra' y Fito, mi gran amigo hasta hoy, respondía 'Los míos también'.
Entonces los domingos se leían las cartas viejas. Las cartas que no llegaron más yo las escribí, de ahí en adelante, para contar su historia desde Auschwitz".

EL FUSIL DE ALLENDE

¿Cuál es su obra más reciente y cual será la próxima?
"Ahora va a salir Cajón de sastre, una selección de artículos publicada por Aguilar.
El último libro, Diálogos con el general Seregni, lo hicimos hace unos tres meses, sobre lo que ambos vivimos, incorporando mucha evaluación, con nivel y altura de miras. Seregni es una figura emblemática de la Izquierda, fundador del Frente Amplio, un referente de integridad y democracia para todos los sectores. La idea del libro salió en una cena en la que coincidimos con Elena Poniatowska. Nos pusimos a hablar y a evocar el pasado, olvidándonos casi del resto de los invitados, y cuando salimos a la calle tomados del brazo, la editora de Alfaguara dijo: 'Ahí va un libro caminando'. Entonces buscamos un tercero, Fernando Butazzoni, un compañero también, para que editara nuestras conversaciones. En ese libro hay una parte referida a Chile, a nuestra entrevista con el presidente Salvador Allende. Allende nos mostró con orgullo el fusil Aka que le regaló Fidel, con la dedicatoria. Tuve en mis manos esa arma, que es la que Allende tenía en La Moneda. Recuerdo que Allende me preguntaba, sorprendido, cómo se había logrado crear un frente con socialistas, demócrata-cristianos, comunistas y cristianos. Le dije que era una proeza de Seregni haber introducido esa visión nacional de unidad. Porque un movimiento guerrillero como éramos nosotros, está preparado para tomar el poder, pero no para gobernar. Al hablar de esto pienso cómo se habrá sentido el Che cuando debió asumir el Banco Nacional de Cuba... Bueno, Allende puso en contacto a Seregni con los militares democráticos. Prats estaba en el sur. Seregni dice en el libro que en la reunión había uno que hablaba mucho de democracia e institucionalidad... Se llamaba Augusto Pinochet".
¿Hay algo en su obra sobre los jóvenes?
"Piedritas bajo la almohada está referida a los hijos de los que estábamos en prisión. En el calabozo me llegaba una carta 'cada muerte de obispo'. Una carta de mi hija Alejandra, era capaz de iluminar la celda por días y días. Piedritas está dedicada a ella, que ahora tiene una hijita, Inés, de la edad que ella tenía cuando yo la dejé de ver. Por cierto, con Inés tenemos un idilio... El libro tiene que ver con todos nuestros hijos, a quienes los presos vimos crecer de lejos. No podíamos hacer con ellos sus tareas escolares ni escribirles algo, y una niña dijo 'el papá no tiene manos', porque en la visita teníamos las manos esposadas debajo de la mesa y no podíamos tocarlas. Pero el calabozo tenía una pared revocada con arena de río y yo arranqué de allí un canto rodado, una piedrita blanca, y la pulí con la lengua pacientemente hasta dejarlo brillante. Le pedí al oficial que le entregara eso a mi hija. Y se lo dio. Ella tenía seis o siete años. Entonces le escribí que recuerde el cuento de Pulgarcito, que dejaba migas de pan para no perderse en el camino de retorno y después descubrió que era mejor dejar piedritas. Le cuento que de esas piedritas, dos se conservan en museos de Europa y la tercera es la que yo le envío. Y ella la puso bajo la almohada y le dijo a su madre que esa piedrita estaba allí 'para que papá encuentre el camino de regreso a casa'".
¿Pudo realmente escribir en prisión, a pesar de la incomunicación?
"Escribí, y mucho, en la cárcel. En el cráneo primero, porque no había lápiz ni papel. En Paso de los Toros, uno de los lugares de reclusión por los cuales pasamos, estábamos bajo tierra. La alimentación obligada era mondongo (guatitas) de una partida de exportación devuelta. Esa era toda la comida. Había guardia arriba y abajo, pero abajo nadie quería estar, sólo las ratas. Del calabozo se salía en cuatro patas. Pero un día un guardia me pregunta si yo soy el escritor. Y me dice que el sargento ordena que le escriba una carta a su novia. De allí en adelante todos pidieron lo mismo, y me especialicé en hacer acrósticos solicitados por ellos como 'acrílicos'... El valor de cambio de una carta era altísimo: un cigarrillo, un huevo duro... Pude entonces escribir con una mina de bolígrafo en las hojitas para armar cigarros, hacía un tubito y lo envolvía con un nylon para enviarlo después escondido en la ropa que llevaba mi familia para lavar. Así salió La Margarita, una saga de sonetos de amor que después musicalizó con gran éxito Jaime Roos".

URUGUAY EN CRISIS

¿Cuál es su visión del Uruguay de hoy?
"El país padece una situación difícil. La crisis argentina nos golpeó mucho, lo de Brasil también. El 70% de nuestras exportaciones van para allá. Los argentinos llenaban nuestras playas, el turismo era muy importante. La cesantía llega hoy a un 20% en la construcción, los textiles y otros. Los únicos que tienen trabajo son los empleados públicos. Por eso la muchachada emigra. La conducción del gobierno es responsable de falta de propuestas y carece de audacia para promover ideas de reactivación. Tenemos la segunda reserva pesquera más importante del mundo. Pero el gobierno sólo se dedica a hacer buena letra para el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Eso le interesa más que la reactivación.
Hace muchos años escribí sobre los cañeros, sector social del que nació el MLN. Allí hablaba de que en el norte hay amatistas, piedras semipreciosas que los dueños de grandes extensiones de tierra exportaban como si fuera lastre, sin pagar nada. Hoy todo sigue igual. Una geoda de 14.000 kg. se manda a Brasil en bruto, no hay lapidación. Eso es un ejemplo de que no todo tiene que ver con la crisis. También hay incapacidad de imaginar otras formas de producir. El Frente Amplio, en el gobierno de Montevideo, tiene en las encuestas un 54% de aceptación. Podría llegar al gobierno en el 2004. Pero claro, eso es solo una fotografía del momento".
¿Cómo ve el impacto de la globalización en nuestra cultura?
"La cultura siempre ha tenido ese dilema. Hay cosas que se integran o se rechazan. En Chile hay una fuerza musical y cultural muy fuerte. Los Parra seguirán sonando, y los mapuche están produciendo poesía de calidad. Por más que nos metan McDonald's, creo que eso seguirá.
La TV se mete con la contracultura. Es responsable de un vaciamiento cerebral, en shows del tipo 'Gran hermano'. En Uruguay hay experiencias nuevas, como el trueque y cultivar la tierra haciendo huertos en las casas. Pero los medios no ayudan a entregar técnicas para que eso se haga de la mejor manera, y ni siquiera se informa sobre ello. La TV lo ignora".
¿Cómo ve el momento que vive América Latina?
"Es muy distinta, muy heterogénea, hay diversos mundos. La corrupción argentina es proverbial y viene de antiguo. Con la asunción a la presidencia en Brasil de Lula alentamos esperanzas. Hay gran expectativa. Pero estamos sentados sobre un polvorín. Ese hombre, Bush, con cara de poca cosa, tiene una enorme facilidad para declarar la guerra a quien sea, y ostenta torpeza, brutalidad, incultura, se negó a firmar el Protocolo de Kyoto sobre cambio climático... Por otra parte, Europa invierte un millón de dólares diarios en subsidios al agro y eso imposibilita la competencia con los países latinoamericanos. Sin embargo, hablan de libre mercado... Frente a todo esto, no puedo sino recordar a José Artigas, que pedía que la tierra sea repartida para que los más infelices sean los más privilegiados en el reparto, y que agregaba que nada debemos esperar que no sea de nosotros mismos"

LUCIA SEPULVEDA RUIZ

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