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Apenas se había cumplido un mes -desde que el ministro de fuero Alejandro Solís se hizo cargo del proceso...
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Comenzó el proceso Prats

Apenas se había cumplido un mes -desde que el ministro de fuero Alejandro Solís se hizo cargo del proceso por el asesinato del ex comandante en jefe del ejército Carlos Prats y de su cónyuge Sofía Cuthbert en Buenos Aires, en 1974- cuando encargó reos por homicidio calificado y asociación ilícita a los integrantes del alto mando de la Dina, encabezados por el general (r) Manuel Contreras Sepúlveda. Fueron encausados, además, otro general en retiro, Raúl Iturriaga Neumann (jefe del aparato exterior) y dos brigadieres, Pedro Espinoza (segundo hombre de Contreras) y José Zara Holger. Un agente civil, Eduardo Iturriaga Neumann, fue encargado reo por los mismos delitos.

El ministro Solís, con experiencia en investigación de casos de derechos humanos y que recientemente sustituyó al ministro Juan Guzmán Tapia en la investigación de los crímenes cometidos en Villa Grimaldi, señaló que "el grupo planificó la eliminación física del general Carlos Prats González por estimarse peligroso para la permanencia del gobierno militar en Chile".
El año pasado, la jueza argentina que investiga el caso Prats, y que ya condenó a prisión perpetua a Enrique Arancibia Clavel, agente civil de la Dina, pidió la extradición de los ahora procesados. La sala penal de la Corte Suprema rechazó por 3 votos contra 2 la solicitud de extradición, pero indicó que la investigación del asesinato debía realizarse en Chile.
Habían pasado veinticinco años y solamente la familia Prats había llevado sobre sí el peso de conseguir justicia. Finalmente, había una señal en Chile, que justificó que Sofía Prats calificara de histórica la resolución del ministro Solís. Finalmente la justicia chilena comenzaría a dar validez a lo que se sabe desde hace mucho. La Dina, bajo dependencia directa de Pinochet, ordenó el asesinato de Prats, iniciando una trayectoria internacional sangrienta que se prolongó, después, en la Operación Cóndor, el atentado en Roma contra Bernardo Leighton y su esposa y el asesinato de Orlando Letelier y Ronnie Moffit en pleno centro de Washington, a fines de septiembre de 1976.

EL PROCESO
EN PERSPECTIVA

Aunque la investigación está comenzando, las cosas no se ven fáciles para el ex alto mando de la Dina. Pronto debería declarar Mariana Callejas, sindicada por Manuel Contreras como responsable directa del doble asesinato, por haber detonado la bomba que voló el automóvil de Prats en la madrugada del 30 de septiembre de 1974. Callejas siempre ha eludido el tema y su eventual participación. También comparecerá el brigadier (r) Christoph Willike, pieza clave del aparato represivo exterior de la dictadura.
Sobre Contreras y los demás encausados se acumulan antecedentes en tal forma, que es casi imposible imaginar la impunidad para los responsables. Hechos, indicios, pistas y presunciones se han ido uniendo a lo largo de años. Cuatro procesos se han llevado adelante con distinto grado de pertinencia respecto del crimen de Prats: el realizado en Argentina, que ha contado también con la colaboración de la justicia norteamericana y una declaración de Michael Townley, en que éste se responsabiliza de la autoría material del crimen, por instrucciones de la Dina; el proceso por el asesinato de Orlando Letelier que instruyó el ministro Adolfo Bañados y que terminó con la condena de Contreras y Espinoza, dejando al descubierto, como elemento significativo, las operaciones exteriores de la Dina. Como antecedente importante en torno al papel jugado por Mariana Callejas en la organización criminal, está el proceso instruido en 1979 por el presidente de la época de la Corte Suprema, Israel Bórquez, que rechazó la extradición de Contreras y Espinoza solicitada por la justicia norteamericana, pero dejó constancia de diversas contradicciones en que incurrieron los inculpados. También existe el proceso italiano que condenó en ausencia a Contreras y Espinoza por el atentado a Leighton, en el que también actuó Townley en relación con grupos fascistas italianos dirigidos por el terrorista Steffano Della Chiaie, que tenía vínculos operativos con la Dina.
No se trata solamente de hechos acreditados, de conclusiones que constituyen verdades judiciales. Hay factores nuevos, como las grietas existentes entre los acusados. Contreras y Espinoza se distanciaron hace tiempo. Espinoza se siente traicionado por Raúl Iturriaga y éste, no coincide plenamente con las versiones que da Contreras -sobre la exclusiva responsabilidad de la CIA a través de Townley-. Mariana Callejas rechaza las imputaciones de Contreras y, según se sabe, Willike desconfía de Raúl Iturriaga.
Lo más complicado para los acusados es que no cuentan con el respaldo incondicional del ejército. Saben que pueden ser sacrificados para acelerar el cumplimiento del objetivo superior de lograr la relegitimación institucional ante el país. Para ello es indispensable que la institución aparezca comprometida con la búsqueda de la justicia, sin perjuicio de bregar, en el mediano o largo plazo, por una amnistía para los militares condenados.
Finalmente, la impunidad por demencia de que disfruta Pinochet permitirá a los acusados hacer recaer sobre él la responsabilidad última. Algo de eso apareció en el proceso que se instruye en Chile por el asesinato, en Uruguay, del químico de la Dina Eugenio Berríos. Declarando como testigo, Contreras sostuvo que Berríos no fue sacado de Chile por su peligrosidad como testigo en el proceso Letelier. La verdadera razón, sostuvo, habrían sido sus vinculaciones con Marco Antonio Pinochet, en oscuros negocios relacionados con drogas. Sabiendo dónde dirigía los dardos, Contreras agregó que "un director de inteligencia no podía ordenar esta salida (la de Berríos a Uruguay, PF) especialmente porque se trataba de una operación internacional en que se involucraban instituciones extranjeras". Quiso decir, también, que para algo incomparablemente más grave, como por ejemplo el asesinato de un ex comandante en jefe, "un director de inteligencia" no podía actuar por su cuenta, bajo su exclusiva responsabilidad. Antes, en el recurso de revisión que interpuso ante la Corte Suprema por su condena en el proceso por el asesinato de Orlando Letelier, Manuel Contreras puso en evidencia su dependencia directa de Pinochet, incluyendo las calificaciones que éste como superior directo le hizo a partir de 1974 hasta su retiro en 1978, en que siempre lo evaluó con el máximo de distinciones.

EL PROCESO Y EL EJERCITO

Con normalidad asumió el ejército la resolución del ministro Solís. Pocos días después habló el comandante en jefe, general Emilio Cheyre, señalando que la institución quería "como nadie" que se hiciera justicia. Calificó de "alevoso" el crimen de Prats y agregó que el Consejo de Defensa del Estado, en representación del ejército, debía hacerse parte en el proceso "como corresponde".
Sus palabras fueron acogidas por la presidenta del CDE, Clara Sczaranski, y después por el Consejo que se hizo parte.
Las declaraciones de Cheyre fueron consideradas un avance. Consolidan la "nueva actitud" de los militares, dijeron diversos personeros. Hubo, sin embargo, opiniones discrepantes. Destacaron que Cheyre habló después que el ministro Alejandro Solís puso en marcha un proceso judicial que debería terminar en condenas. Pasó casi un año de mando institucional sin que Cheyre nada dijera, ni hiciera, en torno al caso Prats, cuya investigación fue provocada no por decisión del gobierno, ni menos por petición del ejército, sino por voluntad de la Corte Suprema, enfrentada a la petición de la justicia argentina.
Nunca el ejército ha dado, en estos años, el primer paso en la investigación de crímenes de la dictadura. Casi siempre han sido los familiares los que han puesto en marcha los engranajes de la justicia.
El ejército ha mantenido una deliberada inactividad, que contrasta con el hecho de que sigue pagando la defensa de los inculpados y asegurando a éstos protección, cárceles privilegiadas y otros beneficios. En el caso Prats, que es especialmente simbólico desde un punto de vista institucional, ni siquiera se ha dispuesto una investigación interna, que, sin duda, habría resultado fructífera porque necesariamente en los archivos castrenses se ocultan órdenes, informes y cuentas de gastos relacionados con el crimen, que contó con el apoyo de militares destacados en la embajada chilena en Buenos Aires y de agentes que dependían de ellos.
La resolución del ministro Solís obligaba a hablar. Cheyre lo hizo porque guardar silencio era mucho peor. Los críticos recuerdan que su actitud es congruente con declaraciones que hizo al comienzo de su mando institucional. Los procesos de derechos humanos -ha sostenido- deben apurarse al máximo, para tener, cuanto antes, condenas, absoluciones y sobreseimientos definitivos. En el caso de las condenas, es objetivo institucional lograr, sin un plazo preciso, una "solución definitiva", del tipo amnistía general. Permitiría decir internamente que el ejército no abandona a sus hombres y, externamente, que respeta la justicia y se encuadra en las normas de la democracia. Permitiría, además, mantener la ficción de que para el ejército de Chile hombres como Schneider y Prats son tan respetables como Pinochet y Contreras, que se funden en una memoria respetuosa sometida al "juicio histórico".
La perspectiva que espera al general Juan Emilio Cheyre no podría ser considerada cómoda para sus planes. Proseguirán en las próximas semanas los procesos por el asesinato de Tucapel Jiménez, a la espera de sentencia de término, en que están involucrados altos oficiales, y se acerca el fallo por la Operación Albania, nombre en clave militar del múltiple asesinato de jóvenes militantes del FPMR, en el que tuviera participación destacada el general (r) Hugo Salas Wenzel, segundo hombre de la CNI, y el entonces jefe operativo, Alvaro Corbalán Castilla

FEDERICO LOPEZ

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