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ARGENTINA

Elecciones en el país del Nomeacuerdo


“En el país del Nomeacuerdo/ doy tres pasitos y me pierdo”.
María Elena Walsh (canción infantil)


El próximo 27 de abril se realizarán elecciones presidenciales en Argentina. El anuncio, realizado por el presidente Duhalde inmediatamente después del asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki -piqueteros del Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, el 26 de junio del 2002- buscó frenar el clima de movilización creciente que exigía, desde el 19 y 20 de diciembre del 2001, “que se vayan todos”. Mucha gente se pregunta qué quedó de aquel movimiento de rebeldía que desbancó al gobierno de la Alianza, presidido por Fernando De la Rúa.
En los límites de las políticas de gobernabilidad, apelando cada vez más a la coerción y a la represión, el presidente Duhalde fuerza a toda costa el calendario electoral, intentando que las expectativas del acto nacional, y el desdoblamiento de las convocatorias locales en una cantidad de fechas diversas en las que se decidirá la elección de autoridades provinciales y municipales, logren, simultáneamente, varios objetivos:
1) distraer, por un tiempo, a una gran parte de las fuerzas políticas y de la sociedad de su activa participación en el conflicto social;
2) fracturar las posibles alianzas opositoras; y
3) relegitimar a un presidente que pueda conducir la nave perforada, con mano dura, unas millas más lejos.
Tres fórmulas de origen peronista y tres de origen radical, para las elecciones presidenciales de abril en Argentina, dan cuenta de la crisis del proyecto bipartidista con el que se reorganizó el país a la salida de la dictadura. Al mismo tiempo, la fractura del campo opositor en varias fórmulas de Izquierda y los llamados a la anulación del voto, son indicadores de la ausencia de alternativas que, en el plano electoral, expresen al poderoso movimiento popular que emergió en las jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001.

CANDIDATOS
DEL ESTABLISHMENT

Los candidatos que disputan con mayores posibilidades responden a la misma política llevada adelante en todos estos años. Los principales “concursantes” provienen de las fuerzas del bipartidismo, que gobiernan Argentina desde 1983 -año en que se retiró la dictadura-. La mayor parte intenta polarizar la elección con el ex presidente Carlos Menem, quien se encuentra con chance de quedar entre los dos primeros lugares en la primera vuelta, para ir al ballotage el 18 de mayo.
La “proyección cultural” del menemismo abarca a varias de las fórmulas presidenciales mencionadas. Consolidan coyunturalmente este fenómeno la debacle histórica del radicalismo (a partir de la caída de De la Rúa), y la carencia de alternativas comunes de los movimientos populares y de Izquierda.
Según los datos siempre controvertidos de las encuestas, la intención de voto a presidente sigue sin mostrar una tendencia determinante: ninguna fórmula alcanza el 20 por ciento de las preferencias. Kirchner (PJ) encabeza la tabla con 18,9 por ciento, seguido por Menem con 16,8 por ciento y Adolfo Rodríguez Saa con 15,6 por ciento. Estos tres candidatos provienen del peronismo, y han tenido importantes responsabilidades en la aplicación de las políticas que condujeron a la destrucción de Argentina: Kirchner como gobernador de Santa Cruz, y Rodríguez Saa, como gobernador de San Luis.
Siguen en la intención de voto dos candidatos provenientes del radicalismo: Elisa Carrió con 12,9 por ciento y Ricardo López Murphy con 9,8 por ciento y, más lejos, aparece Leopoldo Moreau (candidato oficial de la UCR) con 1,9 por ciento.

ELECCIONES
SIN ESPERANZAS

En 1983, a la salida de la dictadura, la “esperanza” ciudadana estaba centrada en el ascenso del radicalismo encarnado en la figura de Raúl Alfonsín. Pronto defraudó a quienes veían en él al paladín de la democracia, aprobando las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que abrieron camino a la impunidad de los genocidas. Tampoco cumplió las promesas de “con la democracia se come, se cura, se educa”. Por el contrario, durante su gobierno se continuaron aplicando las políticas neoliberales de privatizaciones, pago de la deuda y caída del salario y el empleo.
Al inicio de 1989 el gobierno radical estaba envuelto en una profunda crisis política y una fuerte desestabilización social. En ese contexto, se llevaron a cabo las elecciones presidenciales en que se impuso la fórmula Carlos Menem-Eduardo Duhalde con 49% de los votos, contra un 30% de la fórmula radical. Entre mayo y junio, en medio de la hiperinflación, se produjeron saqueos en supermercados del Gran Buenos Aires y Rosario principalmente, que fueron reprimidos con resultado de catorce muertos. Alfonsín adelantó la entrega del poder para el 8 de julio de 1989.
El menemismo inauguraba lo que resultó una década de gobierno ininterrumpido, al que accedió generando una nueva “esperanza”, en lo que denominó “revolución productiva” y “salariazo”. En 1993, los dos grandes partidos políticos nacionales, a través de Alfonsín y Menem, acordaron hacer una reforma a la Constitución. El Pacto de Olivos fue el acuerdo que destrabó el tratamiento de la reforma constitucional en el parlamento, favoreciendo la reelección de Menem, y la construcción de una institucionalidad en el plano político, jurídico y legal que posibilitaba el dominio bipartidista y la gobernabilidad para la aplicación de las políticas neoliberales.
La defraudación del menemismo a las promesas de justicia social, y una década de impunidad y corrupción, generaron un fuerte rechazo en la sociedad. Éste fue capitalizado por la Alianza, realizada entre el Frepaso y la Unión Cívica Radical. Luego de diez años de dominio menemista, la “esperanza” se concentró en la alianza antimenemista.
Sin embargo, radicales, peronistas, y luego la Alianza, sostuvieron, en lo esencial, el mismo rumbo dictado por las políticas fondomonetaristas que se conocieron como neoliberalismo. Dos años después, estallaban todas las “esperanzas”, en las jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001.
En las próximas elecciones presidenciales, la fractura del bloque electoral peronista y del bloque radical, dan cuenta de la crisis de la institucionalidad emergente del Pacto de Olivos, deslegitimada en diciembre del 2001. El sistema dominante no ha podido regenerar una “esperanza” que dé solidez a la hegemonía política resultante de esta coyuntura.

LAS IZQUIERDAS Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES

Varios debates atraviesan a las fuerzas de Izquierda y a los movimientos populares. El tema esencial es cómo traducir el “que se vayan todos”, en una política que agrupe al bloque popular, en términos políticos y sociales. Un bloque de fuerzas optó por la denuncia de la trampa electoral que significa este llamado anticipado a elecciones y el desdoblamiento de las fechas en elecciones nacionales, provinciales, municipales, etc.; otros sectores optaron por participar en esta batalla, con un perfil de Izquierda. Entre estos últimos, las gestiones desarrolladas por los partidos que integran Izquierda Unida (fundamentalmente el PC y el Movimiento Socialista de los Trabajadores) y el Partido Obrero para llegar a una fórmula común, no obtuvieron resultados positivos. Una vez más, en Argentina se frustraron las oportunidades de articulación de una fuerza electoral significativa.
La Izquierda Unida intenta superar el mal trago con un buen resultado en las elecciones para diputados nacionales en la Capital Federal y Provincia de Buenos Aires, y llamaron al diputado Luis Zamora a “realizar una alianza para ganar la Capital Federal”.
Varias organizaciones de Izquierda y centroizquierda, como Autodeterminación y Libertad (encabezada por el diputado Luis Zamora), Patria Libre, el Partido de los Trabajadores por el Socialismo, el Partido Comunista Revolucionario, organizaciones piqueteras, los trabajadores de Zanon, y diferentes asambleas populares, llaman a votar en blanco o a impugnar el voto en las elecciones presidenciales de abril, poniendo en la urna una boleta con el QSVT (Que se Vayan Todos) o, directamente, no yendo votar. Los movimientos piqueteros que se oponen a participar en las elecciones anunciaron que ese domingo estarán cortando las rutas; mientras que las asambleas populares realizarán asambleas en los barrios y luego, una asamblea de asambleas en la Plaza de Mayo.
La fragmentación del espacio del “que se vayan todos” es una señal de las dificultades históricas que han tenido la Izquierda y los movimientos populares en Argentina para articular sus fuerzas, deponer hegemonismos y avanzar en acciones comunes. La fragmentación parece acompañar a la Izquierda como la sombra al cuerpo, y esto resulta multiplicador de desconfianzas y de desmemoria.
Las elecciones de abril serán indicadoras, principalmente, de una ausencia: la falta de una propuesta alternativa del movimiento popular que pueda proyectar la rebelión del 19 y 20 en su energía cuestionadora, en su diversidad de proyectos.
Sin embargo, en tiempos en que se pretende apaciguar y adormecer la rebelión, recreando expectativas en las variantes electorales del sistema, la falta de esperanzas en estas elecciones no es necesariamente un indicador de desmovilización, sino expresión de un nivel de conciencia que actúa en el tiempo y el espacio, en el que lo viejo no termina de morir, y lo nuevo no alcanza a ocupar el imaginario colectivo con fuerza de propuesta política liberadora

CLAUDIA KOROL
En Buenos Aires

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