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Escuela Karelmapu
La cara oculta de
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Escuela Karelmapu

La cara oculta de la prueba Simce

A la Escuela Básica Karelmapu, ubicada en la población La Bandera -comuna de San Ramón- no le fue muy bien en la última prueba Simce, aplicada a los cuartos años de enseñanza básica. Por lo mismo, el profesorado está preocupado por mejorar el rendimiento de los alumnos. Sin embargo, hay razones de peso que explican ese resultado. Más del 20% de los alumnos que rindió la prueba tiene problemas de aprendizaje.
DURANTE la jornada completa en la escuela Karelmapu, los niños reciben desayuno y almuerzo.  

Y esto no es casual: no discriminar a esos alumnos -que otros establecimientos se niegan a admitir- es uno de los conceptos innovadores que se llevan a la práctica en esta escuela, gracias a la iniciativa y esfuerzo del equipo docente, y a la colaboración de los padres. Además, como en muchos colegios municipalizados, los cursos que dieron la prueba Simce, el año pasado tenían hasta 47 alumnos por aula. Pero aun con esas dificultades, la Escuela Karelmapu esta abriendo nuevas rutas en el plano educacional.
La escuela se ha adaptado a la realidad en que está inmersa, a la condición y situación de los niños que traspasan su puerta, sin imponerles un sistema único y rígido. Y lo más interesante es que se trata de una escuela municipalizada de escasos recursos. Cuando la directora del establecimiento, Rosa Llancaqueo Henríquez, cuenta cómo han logrado cada meta, da la impresión que la distancia entre querer y poder no es tan infranqueable. Al menos no en esta escuela municipalizada de 760 alumnos de kinder a octavo básico, la mayoría proveniente de hogares con grandes carencias.
Los profesores han conseguido que la atención a la diversidad sea parte del programa escolar y de las actividades diarias. Niños con diferentes problemas de discapacidad comparten la sala de clases con alumnos sin dificultades y, como muchos estudiantes proceden de familias mapuche, la enseñanza del mapudungún y de la cultura de ese pueblo está integrada a la malla curricular. Se llegó a esto después de aplicar por un tiempo un proyecto de educación intercultural bilingüe para los niños mapuche; así podían recibir una educación acorde con su cultura.
También son parte del aprendizaje el cuidado del medio ambiente, el contacto con la tierra y la computación que, poco a poco, se ha ido extendiendo a los padres y apoderados que han manifestado interés en continuar su educación.
La edificación de un piso, con muros de ladrillo pintados de blanco y ventanas con marcos metálicos no se diferencia de otras escuelas municipalizadas. La ventaja está en que Karelmapu está ubicada en un sitio amplio, con espacio suficiente para instalar una sala de computación con alrededor de veinte equipos; un comedor, donde toma desayuno y almuerza la totalidad de los alumnos -que asisten a jornada completa dado el alto nivel de vulnerabilidad socioeconómica-; una multicancha encementada bien protegida por una malla, y un extenso patio techado que está en proceso de hacer desaparecer la tierra, para quedar con un flamante piso de cerámica. Será un verdadero lujo, que desterrará el barro en el invierno y que la directora, Rosa Llancaqueo, muestra con emoción.
Al fondo, separado por una cerca, está el “parque”. Es un terreno de unos 10 metros de largo por alrededor de 5 de ancho donde hay árboles nativos y un óvalo construido con ladrillos -que sirve para sentarse- en torno a una araucaria. En el “óvalo”, donde caben más de veinte niños, se hacen algunas clases al aire libre durante el verano. También es el lugar donde se reúne a parlamentar el consejo de delegados, integrado por dos representantes de cada uno de los 18 cursos que tiene la escuela -de 45 alumnos cada uno-.
El consejo de delegados se hace cargo de que se cumplan las tareas de reciclaje, discute problemas detectados por los estudiantes y propone iniciativas para mejorar la marcha del establecimiento. Es una instancia de participación que equivale a lo que podría ser un centro de alumnos, en la enseñanza media. El “parque” es, además, el lugar de trabajo de los “forjadores ambientales”, que se encargan de sembrar y cuidar plantas, además de criar pollos y conejos.
A un costado del recinto está la “abonera”, donde se recicla materia orgánica. Y al otro extremo, protegida por una reja metálica, hay una piscina terapéutica, a punto de ser estrenada para atender a niños afectados por algún tipo de daño motor. Estará cubierta por un telón aislante y tendrá agua temperada. Es lo máximo. De este nuevo “lujo” gozarán los niños de otras cuatro escuelas de la comuna, donde también se desarrollan proyectos de integración para atender a niños con discapacidad.

TODOS LOS NIÑOS
PUEDEN APRENDER

Optar por los programas especiales no fue un capricho de la dirección de la escuela. “Son iniciativas que han surgido al ver las necesidades de los niños. En los alumnos más pequeños que llegan a la escuela uno va detectando algunas dificultades y problemas -sobre todo relacionados con necesidades educativas especiales- que muchas veces van más allá de lo que un profesor común puede hacer. Los enviamos a consultar especialistas y, a menudo, nos confirman que tienen más necesidades que las que nosotros podríamos atender”, dice la directora. Por eso, en 1999, en vez de derivar a esos alumnos a establecimientos especializados -como sucede en otras escuelas- presentaron un proyecto al Ministerio de Educación para crear condiciones en la propia escuela, que les permitieran proporcionar la atención que requieren esos niños.
El proyecto se empezó a aplicar hace tres años e implica, entre otras cosas, que el establecimiento educacional recibe una subvención triple por cada alumno con necesidades educativas especiales, lo que ha permitido mejorar la infraestructura y la capacidad profesional para ocuparse del niño. Para tomar esa decisión sin duda influyó que la directora de Karelmapu es una profesora de educación diferencial, especializada en trastornos del aprendizaje, con un postítulo en integración. “Convencí a otras profesoras de nuestra escuela para que hicieran también el postítulo de integración y ahora, estamos encargadas de coordinar a todas las docentes de educación diferencial de la comuna, que trabajan en distintos establecimientos. En conjunto, empezamos a insistir en la necesidad de desarrollar un proyecto comunal, que podría traer muchos beneficios a los niños con requerimientos especiales. Así, logramos incorporar a cinco escuelas. La base del proyecto es esta escuela, donde tenemos 36 niñitos integrados, el máximo que puede recibir una escuela en relación con la cantidad de cursos que tiene”, dice Rosa Llancaqueo. Según la normativa educacional, cada curso no puede tener más de dos niños con necesidades educativas especiales.
En la Escuela Karelmapu trabajan con alumnos que padecen cuatro tipo de problemas: daño motor, déficit auditivo, problemas severos de lenguaje y deficiencia mental. “Nosotros partimos de la base que todos los niños pueden aprender, cualquiera sea su condición. Y para eso, tenemos que hacer esfuerzos. El proyecto de integración contempla un equipo multiprofesional que trabaja aquí, integrado por una kinesióloga, un sicólogo y profesores especializados en lenguaje y deficiencia mental”, señala la directora del plantel. Durante algunas horas, los especialistas trabajan con los niños en una sala de rehabilitación dotada de todo lo necesario para hacer diferentes ejercicios. Pero también apoyan a los profesores en relación con la actividad que los niños integrados desarrollan en la sala de clases, junto con sus compañeros. Aceptar tener un niño integrado en el aula significa que el profesor de ese curso está dispuesto a hacerse responsable de él, con todas las dificultades que eso pueda generar. “Tenemos una chiquita en segundo año básico afectada de mielomeningocele (daño cerebral), a quien la profesora tiene que mudar cada dos horas. Y mientras tanto, una inspectora u otro profesor se queda con el curso”, explica la señora Rosa.
¿Cómo evalúan los resultados de este proyecto, a tres años de haberse iniciado?
“Vemos una mayor integración social de los niños. Todos participan en los talleres -hay obligatorios, que se intercalan con las horas de clase, y extraprogramáticos-. Niños paralizados de la cintura para abajo participan en danza, y bailan de acuerdo con lo que ellos pueden hacer. ¡La Karina baila cueca en su silla de ruedas! Hay niños con deficiencia mental que han ido elevando su coeficiente intelectual. Por eso, pensamos que no hay nada imposible. Varios niños han egresado y están haciendo su primero medio en el liceo, sin ningún apoyo especial.
En cuanto a los apoderados, se vencieron recelos iniciales y la diversidad es aceptada con naturalidad. Lo mismo pasa con los alumnos, que no hacen diferencias. Se divierten y pelean con ellos, como con cualquier otro”.

DIVERSIDAD ETNICA

“Yo soy mapuche”, puntualiza Rosa Llancaqueo. Pero el interés por desarrollar un programa especial no nació de esa condición suya, sino del hecho que el 12% del alumnado de Karelmapu es de esa etnia. En 1998, se inició un taller de cultura mapuche, por iniciativa del orientador de la escuela, para los niños que se interesaran. Poco después, empezaron a llegar mamás con ganas de conocer algo más de su cultura para transmitírsela a sus hijos pequeños. “Y se fueron reconociendo como mapuche, porque al principio algunas de ellas, que tienen el segundo apellido mapuche, nunca lo decían. Fuimos avanzando poco a poco, hasta que el año pasado constituimos una agrupación cultural mapuche integrada por los apoderados, lo que nos dio la oportunidad de postular a proyectos interculturales bilingües”, explica. Eso les ha permitido realizar algunos eventos en forma regular y contratar una profesora de mapudungún que enseña a niños y padres -incluida la propia directora, que no es hablante de esta lengua-. El año pasado hicieron un taller de lengua mapuche fuera del horario de clases, pero el 2003 se convirtió en una asignatura más que se incorporó al currículo de séptimo y octavo, dentro de las horas destinadas a lenguaje.
La mayoría de los padres colabora con entusiasmo. En conjunto con el cuerpo docente han logrado instituir la celebración del Año Nuevo Mapuche (wetripantu), que se efectúa el último viernes de junio. A la ceremonia, que se desarrolla de noche, han asistido hasta 300 personas de la comunidad e, incluso, alumnos de otras escuelas. También han organizado dos encuentros escolares de palín en el Parque La Bandera, con la participación de seis escuelas de distintas comunas. En estas ocasiones, los apoderados preparan alimentos típicos que se comparten con los asistentes.
Hay otras importantes vías de participación para padres y apoderados en la Escuela Karelmapu. Por ejemplo, están incorporados a actividades de prevención, lo que comprende problemas de aprendizaje, embarazo adolescente, violencia intrafamiliar, alcohol y drogas, entre otros. Y no sólo apoderados, sino también vecinos de la comunidad se han integrado al taller de computación -obligatorio para los alumnos de primero a octavo-, lo que les ha permitido plegarse al programa Enlace y Comunidad, impulsado por el Ministerio de Educación. Este programa consiste, por un lado, en la realización de cursos de computación para padres, intensivos y gratuitos. Y por otro, mantener abierta a la comunidad la sala de computación durante una cantidad de horas a la semana, para que la gente pueda acceder a internet, incluso para hacer trámites personales a través de la red.
En general, el propósito de la Escuela Karelmapu no es sólo conseguir que los niños mejoren su rendimiento escolar, sino que tengan una formación integral. “Más que el resultado de la prueba Simce, un indicador claro de que los niños aprenden lo da el índice de repitencia y la continuidad de los estudios. El año pasado tuvimos sólo cuatro repitentes y hace tres años que todos los alumnos de octavo ingresan a la enseñanza media. Nuestra idea es que sean niños alegres, con capacidad y valores que les permitan incorporarse a las tareas de la sociedad y, a la vez, que tengan conocimientos suficientes para desempeñarse bien en la enseñanza media. Para nosotros es importante que sean solidarios y se preocupen del medio ambiente”, dice la directora.
El cuidado del ambiente comienza por aprender a deshacerse de la basura. La escuela estableció un convenio con una empresa dedicada a reciclar papel, y también se recolectan botellas con la misma finalidad. Además, el “parque” es un espacio que brinda a los niños la posibilidad de conectarse con la tierra y aprender a respetarla y amarla, algo primordial según la cosmovisión mapuche.
Esta relación también se refuerza con campamentos de tres días, en los que toman parte los niños de séptimo básico una vez al año. Son Escuelas en la Naturaleza, que se efectúan en diferentes localidades rurales cercanas a Santiago. Se trata, en lo posible, que reúnan características interesantes desde el punto de vista educativo. Los niños duermen en carpas y tienen sus clases habituales al aire libre, combinadas con otras sobre comprensión de la naturaleza, conocimiento del medio y hasta de natación, cuando hay una piscina. Estas escuelas se han realizado en localidades como Pirque y Paine, en este último caso en una escuela que ocupa un edificio declarado monumento nacional. Para financiar esta aventura en la que participan alumnos, profesores y apoderados, la Escuela Karelmapu organiza una cena con show artístico en los días previos a las fiestas patrias. Los profesores se las ingenian para conseguir lugares a bajo costo para instalar el campamento y, generalmente, los padres, antes que sus hijos lleguen a séptimo año, juntan plata para comprarles un saco de dormir como regalo de fin de curso. La experiencia bien vale tantos esfuerzos.
“En la segunda noche de campamento se hace una fogata donde primero hay diversión, presentaciones artísticas y después, se produce un momento emotivo en el que nos concentramos en valorar la importancia de la familia -dice Rosa Llancaqueo-. Hay que considerar que para muchos niños esa es la primera salida importante fuera de su casa. Con anterioridad, le pedimos a los padres que escriban una carta a sus hijos, y se las entregamos esa noche. Se produce una cosa muy fuerte. Para muchos niños, ha sido la experiencia de su vida, entre otras cosas porque padres e hijos expresan cosas que no se dicen a menudo”

PATRICIA BRAVO


Un espacio entretenido

Aunque las apreciaciones de niñas y niños de la Escuela Karelmapu no siempre coinciden con lo que desearían sus profesores, la mayoría reconoce que lo pasa bien en el establecimiento. No hay timideces, a la hora de dar opiniones, en un grupo de alumnas de octavo año que conversa animadamente en el patio. Recuerdan con entusiasmo el campamento del año anterior, en Las Vizcachas. “¡Súper entretenido!”, exclama Karen, de 14 años.
PF se dirigió al grupo:
¿Han aprendido algo de mapudungún?
“Algo, pero no tanto. Igual es medio difícil”, comenta una alumna.
“Mari mari, peñi” (buenos días, hermano-a), dice otra.
¿Alguna de ustedes es mapuche?
“Yo tengo un solo apellido”, se atreve a decir Jocelyn Quilapán, mientras el resto niega con la cabeza.
¿Y te interesa conocer más la cultura mapuche, Jocelyn?
“La verdad, la verdad... no. No me llama la atención”.
¿Y las demás, qué prefieren estudiar: inglés o mapudungún?
“Inglés”, dice la mayoría. “Es más entretenido”. “Es menos difícil que el mapudungún”. “Son muy complicadas las palabras en mapuche”, comentan algunas de ellas.
En otro grupo de octavo, Carlos, de 13 años, también reconoce la complejidad del mapudungún. Se ve que, en este caso, la valoración de la diversidad y abrirse a otras formas de conocimiento es un proceso que puede ser largo, pero que mientras antes se inicie... mejor

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