17 mil hectáreas recuperadas por la Coordinadora Arauco-Malleco
Esta tierra es nuestra
 |
Poco se sabe del silencioso
pero efectivo proceso de recuperación de espacios
territoriales que ha venido impulsando desde su nacimiento,
hace cinco años, la Coordinadora de Comunidades Mapuche
en Conflicto Arauco-Malleco (CAM). Y eso es, sin duda, lo
que ha hecho que la represión se concentre en esta
organización que ha sido satanizada a través
de los medios controlados por los grandes poderes económicos
y políticos. |
No hay que olvidar que alrededor de cuarenta de sus miembros
están siendo procesados por “asociación ilícita
terrorista”.
Sin pedirle permiso a nadie, comunidades mapuche de la VIII y
IX Regiones han recuperado en los últimos cinco años
nada menos que 17 mil hectáreas de tierras ocupadas por
empresas forestales. Esa es la cuenta que saca la CAM, sumando
hectáreas de uno y otro lado. La característica
de estas recuperaciones de hecho, algunas de ellas impulsadas
en forma directa por esta organización y otras gestadas
espontáneamente por las comunidades, es que se mantienen
en manos mapuche, que hacen producir la tierra para beneficio
colectivo. Las experiencias son variadas. En ciertos casos, se
trata de tierras recuperadas hace varios años y que han
pasado por sucesivos desalojos y nuevas recuperaciones hasta llegar
a una especie de estabilidad bajo control mapuche. En otras situaciones,
las tierras están en permanente disputa y si bien la comunidad
no ha logrado cultivar ni asentarse en ellas, tampoco la empresa
ha conseguido materializar sus proyectos de inversión.
Son distintas modalidades de un control territorial en construcción,
que a la vez es punto de partida para la creación de autonomía.
Control territorial y autonomía son los pilares centrales
de la estrategia de lucha de la Coordinadora, que se plantea como
meta avanzar en un proceso de liberación nacional mapuche.
De todo esto se habló durante un trewun (reunión)
de dos días gestado por la CAM en Tranicura, localidad
situada en el sur de la comuna de Tirúa, en la VIII Región,
donde se reunieron cerca de cien personas. El encuentro, al que
PF asistió como invitado, se realizó al aire libre
siguiendo el estilo de los nguillatunes, a pocos metros de la
carretera y bajo el libre vuelo de los pájaros. Poco a
poco fueron llegando familias enteras en primitivas carretas hechas
a mano. Otros grupos viajaron desde lugares apartados en micros
de recorrido rural. Algunos cubrieron ciertos trechos a pie. Los
más jóvenes hicieron “dedo”. Y sin duda
fueron muchos los que no tuvieron plata para el pasaje ni medios
de transporte para acudir a la cita.
Más que un encuentro político de la Coordinadora
parecía una fiesta campesina de jóvenes y ancianos,
niños y abuelas mapuche. Mientras los más pequeños
jugaban sobre la tierra desnuda, los hombres conversaban o practicaban
el deporte del palín y las mujeres, cocinaban en fogatas
permanentemente alimentadas con leña “recuperada”
(de algún fundo “de los ricos”, como ellos
dicen). Una res, también “recuperada”, dio
suficiente carne para todos. En los encuentros de la CAM no se
permite el alcohol -utilizado desde la conquista como elemento
de dominación-. Esta norma es parte de la recuperación
de la cultura y dignidad indígena.
En distintos momentos del día y a avanzada hora de la noche
-sin importar el frío- sonó el kulkul para convocar
al trewun. Entonces, representantes de distintas comunidades se
reunieron en círculo, de pie y junto a un canelo, para
dar cuenta por turno de los últimos acontecimientos relacionados
con sus luchas, el estado de ánimo de los peñis,
cómo están enfrentando la represión y las
constantes violaciones de sus derechos humanos. Fueron momentos
solemnes, de invocación a los antepasados y a la nagmapu
(madre tierra) para renovar las fuerzas que les permitan continuar
una lucha que saben larga y difícil. Pero no tanto como
los siglos transcurridos desde que sus ancestros asumieron la
defensa de su tierra y libertad.
HISTORIAS SIN NOMBRE
Nada alteró la tranquilidad durante el desarrollo del
encuentro. “Es que estamos en tierras bajo control mapuche”,
comentaban. El único resguardo fue mantener en reserva
los nombres de participantes y entrevistados, evidencia de que
muchos de ellos se saben perseguidos o en la mira de las fuerzas
represivas.
Así, un vocero sin nombre de una de las comunidades anfitrionas,
Loncotripay, relató con sencillez su experiencia de control
territorial. Era un hombre mayor, con una dignidad que contrastaba
con su aspecto humilde y la pobreza de sus ropas. “Desde
hace tres años tenemos alrededor de 500 hectáreas
recuperadas, que estaban en poder de las forestales Mininco y
Volterra. Los abusos de esas empresas hicieron despertar a la
gente, que empezó a ver de qué manera podían
sacarlas de aquí. Así empezaron a ocupar de nuevo
los territorios que eran de los mapuche. Ahora, las nuevas generaciones
dicen que no van a entregar esas tierras, ni a cañones”.
¿Cómo recuperaron las tierras? ¿Llegaron
y se instalaron no más?
“Llegamos como 18 personas, con nuestras herramientas y
aperos, y nos instalamos”.
¿No se encontraron con guardias?
“Sí, con uno, pero no lo atropellamos. Solamente
le dijimos: ‘Tenemos derechos históricos sobre estas
tierras indígenas... Y usted, hoy día, se retira
de aquí’. El llamó a su patrón por
teléfono celular y éste le dijo que se fuera, que
él mismo iría a conversar con nosotros. Pero el
patrón mandó a la policía, que llegó
a corrernos con bombas lacrimógenas, balines y cuanta cosa
encontró. Nosotros nos defendimos con armas antiguas, piedras
y boleadoras. Volvieron como tres veces, hasta 100 y 200 policías.
Pero cada vez han tenido que retirarse”.
¿Ahora están trabajando en esas tierras?
“Si no las trabajamos, ¿para qué queremos
tierras? Las forestales habían plantado eucaliptos y pinos.
Nosotros los cortamos e instalamos una pequeña agricultura
para sustentar nuestra vida. Ahora tenemos más cosecha
y mejores animales. La parte que no sirve para agricultura, la
vamos a forestar. Vamos a plantar pinos, pero tendremos cuidado
de no forestar arriba del nacimiento del agua, porque es un recurso
muy importante para nosotros. Y el pino acaba con el agua”.
¿Por qué plantarán pinos y no árboles
autóctonos?
“También autóctonos, pero menos hectáreas
por la razón que es un recurso que recién daría
plata en 100 ó 200 años. Con el pino, sabiéndolo
explotar, podemos lograr recursos y comprar otro pedazo de tierra
más adelante. Imagínese, yo tengo cuatro hectáreas
y dos yuntas de bueyes -porque esa es la herramienta del pobre,
sea mapuche o no-. Dentro de medio hectárea tengo mi casa
y además tengo una vaca. No podía mantener mis animales
dentro de las cuatro hectáreas. Pero al recuperar la tierra,
cambió la cosa. Ahora podemos tener más animales.
La idea es desarrollarnos un poco y no seguir siendo igual de
pobres. Dicen que somos borrachos y flojos. Yo soy mapuche, pero
no tomo ni fumo. Es cierto que hay mapuches borrachos y flojos,
pero hasta por ahí no más”.
¿Se han dividido las 500 hectáreas recuperadas?
“No, ni pensamos hacerlo. Todo es común. Pero si
yo me asocio con otro para sembrar, cerramos el pedazo para que
los animales no entren”.
¿No cree que podrían desalojarlos?
“A lo mejor podrían desalojarnos con 800 o mil policías.
Si llegan con cañones, a cañón hay que morir.
También pueden plantar y cercar. Lo lamentable para ellos
es que los policías no se van a quedar a vivir ahí
para siempre. Y los mapuches vamos a volver para recuperar la
tierra”.
¿Todas las tierras que recuperan estaban en manos de las
forestales o también de agricultores independientes?
“Los mapuche que estamos recuperando los territorios nos
cuidamos mucho de no irnos contra la gente pobre que está
viviendo en tierra mapuche. No tenemos corazón para decirles
que se vayan, porque son igual que nosotros. Viven de la pequeña
agricultura y de la crianza. Sería una maldad. La lucha
nuestra es contra los capitalistas, contra la empresa forestal,
porque no saben respetarnos. No queremos tenerlos como vecinos
inmediatos de nuestras comunidades. Violan nuestros derechos y
desmantelan salvajemente todo el patrimonio indígena cultural,
social y económico. Arriba (muestra un cerro) fumigaron
con avionetas sobre un nacimiento de agua y contaminaron todo.
Ahora, las señoras pueden tener hijos con defectos físicos
por beber agua contaminada. Los guardias no dejan pasar a nadie
y hasta balas le pueden correr a uno, como si fuera un león
o una persona mala. Así nos miran a nosotros las empresas”.
Se dice que el mapuche conserva la tradición guerrera de
sus ancestros. ¿Es así?
“Instituciones de gobierno, la gente de las empresas capitalistas
y también personas dicen eso, que en el pasado el mapuche
era bueno para la guerra. Pero no es así. El mapuche ha
sido bueno para defenderse cuando lo vienen a atropellar, a violentar,
a invadir. Eso sucedió en el pasado y ahora esta sucediendo
lo mismo. Otra tremenda falsedad es que seamos terroristas. Aunque
busquen por mar y tierra, nunca nos van a encontrar armas, solamente
piedras, boleadoras. En Ercilla y Collipulli han allanado más
de ocho veces las comunidades y nunca han encontrado armas. No
es terrorismo actuar para recuperar el territorio que nos han
quitado. Una vez, un funcionario de gobierno estuvo a punto de
hacernos un montaje de armas y drogas en Lleu-Lleu, pero los mapuche
alcanzaron a parar la oreja, y le falló el plan”.
¿Cómo se ponen de acuerdo para tomar un terreno,
hacen algún plan, se juntan personas de distintas comunidades?
“Cada comunidad lucha en su tierra, muchas veces no nos
conocemos unos a otros en esta lucha. Solamente nos vamos conociendo
en encuentros de palín”.
En otra comunidad de Comillahue, también ubicada en Tirúa
Sur, cerca de 300 personas comenzaron hace cuatro años
a recuperar progresivamente tres mil hectáreas de las forestales
Mininco y Volterra. “Estas empresas no tienen papeles legalizados
de esos campos, y saben que son tierras indígenas”,
señala un comunero. Han pasado por cuatro desalojos de
Carabineros, pero siguen ahí. “Nuestros animales
estaban flacos y ahora ni los conocemos de gordos que están.
Ahora podemos educar mejor a nuestros hijos”, agrega.
“TOMAR LO QUE
ES NUESTRO”
Un joven mapuche, perteneciente a una comunidad de Nahuelbuta,
explica que fue la propia experiencia la que les hizo dejar de
creer en las vías legales y judiciales. Su comunidad, que
agrupa a quince familias, fue una de las primeras en entrar en
conflicto con empresas forestales, hace siete años.
A comienzos de los 80, la comunidad inició un juicio para
reclamar 200 hectáreas de tierra en poder de un particular.
Pasaron doce años sin solución. Entretanto, el particular
vendió la tierra a una forestal en forma fraudulenta. “Nosotros
retomamos el juicio contra la forestal. Gastamos mucha plata,
hicimos infinidad de sacrificios. No pensábamos que nos
enfrentábamos a un enemigo tan grande. Después fuimos
aprendiendo que las forestales tienen mucho poder en el mundo,
como cualquier empresa transnacional. El juicio quedó en
nada. Los que mandan son los grandes poderes y el mapuche no tiene
mucho que hacer ahí. Nuestros antepasados estuvieron en
un juicio que duró veinte años, se murieron pensando
en su tierra. Nosotros no podíamos seguir esperando. Nos
fuimos enfrentando, levantamos la voz y nos tomamos el predio.
¡Qué ridículo, nuestro propio predio!”.
Fue una toma pacífica, simplemente cortaron los accesos
a la empresa forestal. Poco después los desalojaron por
la fuerza y más de la mitad de la gente de la comunidad
terminó en la cárcel. “Carabineros aterrorizó
a nuestra gente, se metió a las casas y pateó lo
que quiso. ¡Y lo único que estábamos haciendo
era hacer uso de nuestro derecho!”, dice el joven vocero.
Al tiempo, volvieron a recuperar la tierra. Ya no los desalojaron.
Llegó personal de la empresa, con custodia policial, a
retirar la madera, maquinarias y recursos de la forestal. “Nosotros
empezamos a sembrar hace seis años, cosechamos papas, trigo,
arvejas. Llevamos nuestros animales a pastorear y sacamos leña.
Nos han llegado a reprimir varias veces, pero ahora nos defendemos
muy bien. Practicamos una mini autonomía. Ya no entran
ni los carabineros ni la gente de las forestales. Ahora estamos
haciendo casas. La gente vive mejor. Hay más pan para todos
y nos sentimos bien”.
La mayor satisfacción es sentir que están construyendo
algo propio y, como ellos dicen, volviendo a las raíces.
“Los gobiernos en el mundo siempre amparan la riqueza de
los capitalistas y nunca a los pobres. Nunca ha habido justicia
para el mapuche. Y ahora menos. Por eso estamos construyendo nuestra
justicia con control territorial en pequeños espacios,
donde nos guiamos por nuestras autoridades tradicionales, que
son los lonkos. Estamos practicando nuestra religiosidad, volvemos
a hablar en nuestro idioma y nos alimentamos sin que el gobierno
nos dé una migaja. Y todo ha pasado por el espacio que
hemos recuperado”, enfatiza el comunero de Nahuelbuta.
No siempre logran asentarse en las tierras recuperadas. En la
ribera norte del lago Lleu-Lleu, que se dice es el único
libre de contaminación en América Latina, hay zonas
en permanente disputa. A pesar que el gobierno la declaró
área de desarrollo indígena, el 50% del contorno
del lago está en poder de las forestales que contaminan
con plantaciones de pino que llegan hasta el borde del agua. El
nivel del lago está bajando y los peces se mueren. Además,
el gobierno autorizó hace varios años al empresario
Osvaldo Carvajal para que instalara un megaproyecto turístico
por 45 millones de dólares en tierras que los mapuche reclaman
como suyas. Sin embargo, cada vez que intenta iniciar las obras,
éstas son destruidas. Si bien las comunidades no han recuperado
ese territorio, tampoco Carvajal logra materializar su proyecto.
Para los mapuche, es otra forma de control.
“SI ATACAN A UN PEÑI, ATACAN NUESTRA SANGRE”
Un claro ejemplo de invasión territorial es el desarrollado
por Bosques Arauco S.A. en Cuyinco. En 1977, la empresa -entonces,
Forestal Arauco- compró un terreno aledaño a la
comunidad Pablo Quintriqueo Huenumán, integrada por 17
familias. Pero extendieron su dominio a 1.650 hectáreas
pertenecientes a esa comunidad, a pesar que no lograron acreditar
título de propiedad en un largo juicio que ganaron las
familias mapuche. “Pero resulta que siguen ahí. Tienen
guardias y módulos. Aún así, nuestros animales
pastan en las 1.650 hectáreas y cortamos los pinos que
plantan en nuestro territorio”, dice un vocero de la comunidad.
Desde que comenzó la disputa, algunos comuneros han acumulado
200 acusaciones judiciales de la forestal por hurtos, robos y
otros supuestos delitos. Todo el mundo los saluda en el juzgado
y hasta el juez los reconoce como dueños. La empresa le
ofreció al lonko un “arreglo” individual de
veinte hectáreas de suelo agrícola donde él
quisiera, con tal que abandonara la zona. Obviamente, no aceptó.
También han recurrido a otros métodos: guardias
de la forestal han hecho incursiones nocturnas, derribado rucas
con motosierras e incendiado la casa de un dirigente. En uno de
los muchos enfrentamientos con guardias de la empresa, una mujer
de la comunidad recibió una feroz golpiza que le trituró
un hueso de un hombro. Tuvieron que operarla en el hospital y
estuvo un año en recuperación. “Somos mapuche,
y donde atacan a un peñi atacan nuestra sangre de pueblo-nación
mapuche -señala el comunero-. Una vez llegaron más
de 200 peñis a respaldarnos. Nuestro pueblo es solidario
cuando se trata de defenderse de una agresión. Eso es autodefensa”.
La gente que apoya el camino de lucha de la CAM atribuye las divisiones
que cruzan al pueblo mapuche a estrategias utilizadas por el Estado,
a través de instituciones como Conadi, Indap, Programa
Orígenes. “A los dóciles les dan créditos,
escuelitas, casas, los incluyen en proyectos. Pero no se meten
en la tenencia de la tierra. La cantidad de tierra comprada por
la Conadi es mínima”, dice un comunero. Y otro agrega:
“Todas las comunidades incondicionales al gobierno tienen
beneficios. Les arreglan un camino -que servirá para robar
la madera que producen nuestras tierras- o les ponen escuelas
donde mantienen a los niños aislados y sin condiciones
para que puedan desarrollarse bien”.
Desconfían de todo lo que viene del Estado, incluso de
lo que aparentemente es positivo como combinar la medicina occidental
con la mapuche, o comenzar a enseñar el mapudungún
en algunas escuelas. Según ellos, son “calmantes”
para apaciguarlos. “Muchos peñis no están
conscientes de que somos un pueblo sometido por el Estado. Desde
que este país nació como república, en 1810,
se creó un aparataje para ir quitándonos en forma
legal nuestro patrimonio, que es la nagmapu. O sea, la madre tierra,
que es la fuente de toda riqueza. Tratan de que nos conformemos
con calmantes, pero el gobierno no se atreve a meterse en el problema
de fondo, que es la tenencia de la tierra, porque ahí es
donde están haciendo fortuna los grupos económicos
que han llegado a invadir el país. Y a nosotros, nos tiran
a un lado”, acusa el vocero de una comunidad.
A través de los hechos -y no con discursos- pretenden mostrarle
a sus hermanos el camino que consideran correcto. “Somos
un pueblo digno, hay valores que el humano no puede vender. ¿Usted
podría vender a su madre? No, ¿verdad? Ella -muestra
la tierra- es nuestra madre y no puede pasar por un puñado
de billetes, que es el dios del mundo occidental. Los señores
del dinero han encontrado luz verde en este gobierno, y en los
anteriores, para hacer y deshacer con el patrimonio de los pueblos
originarios”. Sienten que con la opción que han tomado
han ido ganando el respeto no sólo de otros mapuche, sino
también de muchos chilenos y de sectores de la comunidad
internacional. Un comunero reflexiona: “Nuestro gran pecado
es reclamar nuestro derecho, y por hacerlo nos han encarcelado,
nos persiguen, nos balean. Nos llaman delincuentes y terroristas.
¿De dónde viene el terrorismo? ¿Acaso no
viene del Estado contra quienes cuidamos la naturaleza, que esta
tierra no se contamine, que el agua y el aire sean puros? ¿Qué
les importa a los señores dueños del dinero infectar
la nagmapu con sus químicos? Lo hacen para que el bosque
crezca más rápido y puedan ganar plata más
pronto. Esa es la mentalidad que hay en los grupos económicos”
PATRICIA BRAVO
Postura frente al diálogo
La Coordinadora Arauco-Malleco es prácticamente
la única organización mapuche que ha optado
por una estrategia que se basa casi en forma exclusiva en
la acción directa de las comunidades. El resto, de
una u otra manera, busca acuerdos con el gobierno y los
empresarios para ir logrando conquistas parciales que impliquen
algún grado de avance. Sin embargo, también
actúan, como lo demostró la toma concertada
de 26 fundos de las regiones IX y X que el Consejo de Todas
las Tierras impulsó a fines de abril. Fue una forma
de presión para que el Senado diera el pase -luego
de más de diez años de gestión- al
reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas
y se formara una mesa de diálogo multisectorial para
buscar solución a la demanda de recuperación
de tierras. Aunque nada de eso se consiguió, las
tomas -de carácter temporal y simbólico- generaron
un hecho político importante.
Si bien mira con respeto este tipo de iniciativas, la CAM
sigue adelante su camino propio. “En algún
momento nos encontraremos”, dicen. Tampoco se niegan
por principio al diálogo y a acuerdos con la contraparte.
Pero las condiciones las ponen ellos |
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