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Edición 544
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Editorial
LA FRESCURA DE LONGUEIRA
Habla la Coordinadora Arauco-Malleco
Raúl de la Puente, presidente de la Anef:
“Enfrentamos una
dictadura partidaria”

17 mil hectáreas recuperadas por la Coordinadora Arauco-Malleco

Esta tierra es nuestra
Enap, hueso duro de roer
Argentina en tiempo de tango
Adiós muchachos,
compañeros de mi vida
Agustín Edwards
EL INTOCABLE
Los jóvenes toman la palabra
“Siempre hay
otro camino”

Julio Lira, presidente de la Fech:
Es hora de sumar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17 mil hectáreas recuperadas por la Coordinadora Arauco-Malleco

Esta tierra es nuestra

Poco se sabe del silencioso pero efectivo proceso de recuperación de espacios territoriales que ha venido impulsando desde su nacimiento, hace cinco años, la Coordinadora de Comunidades Mapuche en Conflicto Arauco-Malleco (CAM). Y eso es, sin duda, lo que ha hecho que la represión se concentre en esta organización que ha sido satanizada a través de los medios controlados por los grandes poderes económicos y políticos.

No hay que olvidar que alrededor de cuarenta de sus miembros están siendo procesados por “asociación ilícita terrorista”.

Sin pedirle permiso a nadie, comunidades mapuche de la VIII y IX Regiones han recuperado en los últimos cinco años nada menos que 17 mil hectáreas de tierras ocupadas por empresas forestales. Esa es la cuenta que saca la CAM, sumando hectáreas de uno y otro lado. La característica de estas recuperaciones de hecho, algunas de ellas impulsadas en forma directa por esta organización y otras gestadas espontáneamente por las comunidades, es que se mantienen en manos mapuche, que hacen producir la tierra para beneficio colectivo. Las experiencias son variadas. En ciertos casos, se trata de tierras recuperadas hace varios años y que han pasado por sucesivos desalojos y nuevas recuperaciones hasta llegar a una especie de estabilidad bajo control mapuche. En otras situaciones, las tierras están en permanente disputa y si bien la comunidad no ha logrado cultivar ni asentarse en ellas, tampoco la empresa ha conseguido materializar sus proyectos de inversión. Son distintas modalidades de un control territorial en construcción, que a la vez es punto de partida para la creación de autonomía. Control territorial y autonomía son los pilares centrales de la estrategia de lucha de la Coordinadora, que se plantea como meta avanzar en un proceso de liberación nacional mapuche.
De todo esto se habló durante un trewun (reunión) de dos días gestado por la CAM en Tranicura, localidad situada en el sur de la comuna de Tirúa, en la VIII Región, donde se reunieron cerca de cien personas. El encuentro, al que PF asistió como invitado, se realizó al aire libre siguiendo el estilo de los nguillatunes, a pocos metros de la carretera y bajo el libre vuelo de los pájaros. Poco a poco fueron llegando familias enteras en primitivas carretas hechas a mano. Otros grupos viajaron desde lugares apartados en micros de recorrido rural. Algunos cubrieron ciertos trechos a pie. Los más jóvenes hicieron “dedo”. Y sin duda fueron muchos los que no tuvieron plata para el pasaje ni medios de transporte para acudir a la cita.
Más que un encuentro político de la Coordinadora parecía una fiesta campesina de jóvenes y ancianos, niños y abuelas mapuche. Mientras los más pequeños jugaban sobre la tierra desnuda, los hombres conversaban o practicaban el deporte del palín y las mujeres, cocinaban en fogatas permanentemente alimentadas con leña “recuperada” (de algún fundo “de los ricos”, como ellos dicen). Una res, también “recuperada”, dio suficiente carne para todos. En los encuentros de la CAM no se permite el alcohol -utilizado desde la conquista como elemento de dominación-. Esta norma es parte de la recuperación de la cultura y dignidad indígena.
En distintos momentos del día y a avanzada hora de la noche -sin importar el frío- sonó el kulkul para convocar al trewun. Entonces, representantes de distintas comunidades se reunieron en círculo, de pie y junto a un canelo, para dar cuenta por turno de los últimos acontecimientos relacionados con sus luchas, el estado de ánimo de los peñis, cómo están enfrentando la represión y las constantes violaciones de sus derechos humanos. Fueron momentos solemnes, de invocación a los antepasados y a la nagmapu (madre tierra) para renovar las fuerzas que les permitan continuar una lucha que saben larga y difícil. Pero no tanto como los siglos transcurridos desde que sus ancestros asumieron la defensa de su tierra y libertad.

HISTORIAS SIN NOMBRE

Nada alteró la tranquilidad durante el desarrollo del encuentro. “Es que estamos en tierras bajo control mapuche”, comentaban. El único resguardo fue mantener en reserva los nombres de participantes y entrevistados, evidencia de que muchos de ellos se saben perseguidos o en la mira de las fuerzas represivas.
Así, un vocero sin nombre de una de las comunidades anfitrionas, Loncotripay, relató con sencillez su experiencia de control territorial. Era un hombre mayor, con una dignidad que contrastaba con su aspecto humilde y la pobreza de sus ropas. “Desde hace tres años tenemos alrededor de 500 hectáreas recuperadas, que estaban en poder de las forestales Mininco y Volterra. Los abusos de esas empresas hicieron despertar a la gente, que empezó a ver de qué manera podían sacarlas de aquí. Así empezaron a ocupar de nuevo los territorios que eran de los mapuche. Ahora, las nuevas generaciones dicen que no van a entregar esas tierras, ni a cañones”.
¿Cómo recuperaron las tierras? ¿Llegaron y se instalaron no más?
“Llegamos como 18 personas, con nuestras herramientas y aperos, y nos instalamos”.
¿No se encontraron con guardias?
“Sí, con uno, pero no lo atropellamos. Solamente le dijimos: ‘Tenemos derechos históricos sobre estas tierras indígenas... Y usted, hoy día, se retira de aquí’. El llamó a su patrón por teléfono celular y éste le dijo que se fuera, que él mismo iría a conversar con nosotros. Pero el patrón mandó a la policía, que llegó a corrernos con bombas lacrimógenas, balines y cuanta cosa encontró. Nosotros nos defendimos con armas antiguas, piedras y boleadoras. Volvieron como tres veces, hasta 100 y 200 policías. Pero cada vez han tenido que retirarse”.
¿Ahora están trabajando en esas tierras?
“Si no las trabajamos, ¿para qué queremos tierras? Las forestales habían plantado eucaliptos y pinos. Nosotros los cortamos e instalamos una pequeña agricultura para sustentar nuestra vida. Ahora tenemos más cosecha y mejores animales. La parte que no sirve para agricultura, la vamos a forestar. Vamos a plantar pinos, pero tendremos cuidado de no forestar arriba del nacimiento del agua, porque es un recurso muy importante para nosotros. Y el pino acaba con el agua”.
¿Por qué plantarán pinos y no árboles autóctonos?
“También autóctonos, pero menos hectáreas por la razón que es un recurso que recién daría plata en 100 ó 200 años. Con el pino, sabiéndolo explotar, podemos lograr recursos y comprar otro pedazo de tierra más adelante. Imagínese, yo tengo cuatro hectáreas y dos yuntas de bueyes -porque esa es la herramienta del pobre, sea mapuche o no-. Dentro de medio hectárea tengo mi casa y además tengo una vaca. No podía mantener mis animales dentro de las cuatro hectáreas. Pero al recuperar la tierra, cambió la cosa. Ahora podemos tener más animales. La idea es desarrollarnos un poco y no seguir siendo igual de pobres. Dicen que somos borrachos y flojos. Yo soy mapuche, pero no tomo ni fumo. Es cierto que hay mapuches borrachos y flojos, pero hasta por ahí no más”.
¿Se han dividido las 500 hectáreas recuperadas?
“No, ni pensamos hacerlo. Todo es común. Pero si yo me asocio con otro para sembrar, cerramos el pedazo para que los animales no entren”.
¿No cree que podrían desalojarlos?
“A lo mejor podrían desalojarnos con 800 o mil policías. Si llegan con cañones, a cañón hay que morir. También pueden plantar y cercar. Lo lamentable para ellos es que los policías no se van a quedar a vivir ahí para siempre. Y los mapuches vamos a volver para recuperar la tierra”.
¿Todas las tierras que recuperan estaban en manos de las forestales o también de agricultores independientes?
“Los mapuche que estamos recuperando los territorios nos cuidamos mucho de no irnos contra la gente pobre que está viviendo en tierra mapuche. No tenemos corazón para decirles que se vayan, porque son igual que nosotros. Viven de la pequeña agricultura y de la crianza. Sería una maldad. La lucha nuestra es contra los capitalistas, contra la empresa forestal, porque no saben respetarnos. No queremos tenerlos como vecinos inmediatos de nuestras comunidades. Violan nuestros derechos y desmantelan salvajemente todo el patrimonio indígena cultural, social y económico. Arriba (muestra un cerro) fumigaron con avionetas sobre un nacimiento de agua y contaminaron todo. Ahora, las señoras pueden tener hijos con defectos físicos por beber agua contaminada. Los guardias no dejan pasar a nadie y hasta balas le pueden correr a uno, como si fuera un león o una persona mala. Así nos miran a nosotros las empresas”.
Se dice que el mapuche conserva la tradición guerrera de sus ancestros. ¿Es así?
“Instituciones de gobierno, la gente de las empresas capitalistas y también personas dicen eso, que en el pasado el mapuche era bueno para la guerra. Pero no es así. El mapuche ha sido bueno para defenderse cuando lo vienen a atropellar, a violentar, a invadir. Eso sucedió en el pasado y ahora esta sucediendo lo mismo. Otra tremenda falsedad es que seamos terroristas. Aunque busquen por mar y tierra, nunca nos van a encontrar armas, solamente piedras, boleadoras. En Ercilla y Collipulli han allanado más de ocho veces las comunidades y nunca han encontrado armas. No es terrorismo actuar para recuperar el territorio que nos han quitado. Una vez, un funcionario de gobierno estuvo a punto de hacernos un montaje de armas y drogas en Lleu-Lleu, pero los mapuche alcanzaron a parar la oreja, y le falló el plan”.
¿Cómo se ponen de acuerdo para tomar un terreno, hacen algún plan, se juntan personas de distintas comunidades?
“Cada comunidad lucha en su tierra, muchas veces no nos conocemos unos a otros en esta lucha. Solamente nos vamos conociendo en encuentros de palín”.
En otra comunidad de Comillahue, también ubicada en Tirúa Sur, cerca de 300 personas comenzaron hace cuatro años a recuperar progresivamente tres mil hectáreas de las forestales Mininco y Volterra. “Estas empresas no tienen papeles legalizados de esos campos, y saben que son tierras indígenas”, señala un comunero. Han pasado por cuatro desalojos de Carabineros, pero siguen ahí. “Nuestros animales estaban flacos y ahora ni los conocemos de gordos que están. Ahora podemos educar mejor a nuestros hijos”, agrega.

“TOMAR LO QUE
ES NUESTRO”

Un joven mapuche, perteneciente a una comunidad de Nahuelbuta, explica que fue la propia experiencia la que les hizo dejar de creer en las vías legales y judiciales. Su comunidad, que agrupa a quince familias, fue una de las primeras en entrar en conflicto con empresas forestales, hace siete años.
A comienzos de los 80, la comunidad inició un juicio para reclamar 200 hectáreas de tierra en poder de un particular. Pasaron doce años sin solución. Entretanto, el particular vendió la tierra a una forestal en forma fraudulenta. “Nosotros retomamos el juicio contra la forestal. Gastamos mucha plata, hicimos infinidad de sacrificios. No pensábamos que nos enfrentábamos a un enemigo tan grande. Después fuimos aprendiendo que las forestales tienen mucho poder en el mundo, como cualquier empresa transnacional. El juicio quedó en nada. Los que mandan son los grandes poderes y el mapuche no tiene mucho que hacer ahí. Nuestros antepasados estuvieron en un juicio que duró veinte años, se murieron pensando en su tierra. Nosotros no podíamos seguir esperando. Nos fuimos enfrentando, levantamos la voz y nos tomamos el predio. ¡Qué ridículo, nuestro propio predio!”.
Fue una toma pacífica, simplemente cortaron los accesos a la empresa forestal. Poco después los desalojaron por la fuerza y más de la mitad de la gente de la comunidad terminó en la cárcel. “Carabineros aterrorizó a nuestra gente, se metió a las casas y pateó lo que quiso. ¡Y lo único que estábamos haciendo era hacer uso de nuestro derecho!”, dice el joven vocero.
Al tiempo, volvieron a recuperar la tierra. Ya no los desalojaron. Llegó personal de la empresa, con custodia policial, a retirar la madera, maquinarias y recursos de la forestal. “Nosotros empezamos a sembrar hace seis años, cosechamos papas, trigo, arvejas. Llevamos nuestros animales a pastorear y sacamos leña. Nos han llegado a reprimir varias veces, pero ahora nos defendemos muy bien. Practicamos una mini autonomía. Ya no entran ni los carabineros ni la gente de las forestales. Ahora estamos haciendo casas. La gente vive mejor. Hay más pan para todos y nos sentimos bien”.
La mayor satisfacción es sentir que están construyendo algo propio y, como ellos dicen, volviendo a las raíces. “Los gobiernos en el mundo siempre amparan la riqueza de los capitalistas y nunca a los pobres. Nunca ha habido justicia para el mapuche. Y ahora menos. Por eso estamos construyendo nuestra justicia con control territorial en pequeños espacios, donde nos guiamos por nuestras autoridades tradicionales, que son los lonkos. Estamos practicando nuestra religiosidad, volvemos a hablar en nuestro idioma y nos alimentamos sin que el gobierno nos dé una migaja. Y todo ha pasado por el espacio que hemos recuperado”, enfatiza el comunero de Nahuelbuta.
No siempre logran asentarse en las tierras recuperadas. En la ribera norte del lago Lleu-Lleu, que se dice es el único libre de contaminación en América Latina, hay zonas en permanente disputa. A pesar que el gobierno la declaró área de desarrollo indígena, el 50% del contorno del lago está en poder de las forestales que contaminan con plantaciones de pino que llegan hasta el borde del agua. El nivel del lago está bajando y los peces se mueren. Además, el gobierno autorizó hace varios años al empresario Osvaldo Carvajal para que instalara un megaproyecto turístico por 45 millones de dólares en tierras que los mapuche reclaman como suyas. Sin embargo, cada vez que intenta iniciar las obras, éstas son destruidas. Si bien las comunidades no han recuperado ese territorio, tampoco Carvajal logra materializar su proyecto. Para los mapuche, es otra forma de control.

“SI ATACAN A UN PEÑI, ATACAN NUESTRA SANGRE”

Un claro ejemplo de invasión territorial es el desarrollado por Bosques Arauco S.A. en Cuyinco. En 1977, la empresa -entonces, Forestal Arauco- compró un terreno aledaño a la comunidad Pablo Quintriqueo Huenumán, integrada por 17 familias. Pero extendieron su dominio a 1.650 hectáreas pertenecientes a esa comunidad, a pesar que no lograron acreditar título de propiedad en un largo juicio que ganaron las familias mapuche. “Pero resulta que siguen ahí. Tienen guardias y módulos. Aún así, nuestros animales pastan en las 1.650 hectáreas y cortamos los pinos que plantan en nuestro territorio”, dice un vocero de la comunidad. Desde que comenzó la disputa, algunos comuneros han acumulado 200 acusaciones judiciales de la forestal por hurtos, robos y otros supuestos delitos. Todo el mundo los saluda en el juzgado y hasta el juez los reconoce como dueños. La empresa le ofreció al lonko un “arreglo” individual de veinte hectáreas de suelo agrícola donde él quisiera, con tal que abandonara la zona. Obviamente, no aceptó. También han recurrido a otros métodos: guardias de la forestal han hecho incursiones nocturnas, derribado rucas con motosierras e incendiado la casa de un dirigente. En uno de los muchos enfrentamientos con guardias de la empresa, una mujer de la comunidad recibió una feroz golpiza que le trituró un hueso de un hombro. Tuvieron que operarla en el hospital y estuvo un año en recuperación. “Somos mapuche, y donde atacan a un peñi atacan nuestra sangre de pueblo-nación mapuche -señala el comunero-. Una vez llegaron más de 200 peñis a respaldarnos. Nuestro pueblo es solidario cuando se trata de defenderse de una agresión. Eso es autodefensa”.
La gente que apoya el camino de lucha de la CAM atribuye las divisiones que cruzan al pueblo mapuche a estrategias utilizadas por el Estado, a través de instituciones como Conadi, Indap, Programa Orígenes. “A los dóciles les dan créditos, escuelitas, casas, los incluyen en proyectos. Pero no se meten en la tenencia de la tierra. La cantidad de tierra comprada por la Conadi es mínima”, dice un comunero. Y otro agrega: “Todas las comunidades incondicionales al gobierno tienen beneficios. Les arreglan un camino -que servirá para robar la madera que producen nuestras tierras- o les ponen escuelas donde mantienen a los niños aislados y sin condiciones para que puedan desarrollarse bien”.
Desconfían de todo lo que viene del Estado, incluso de lo que aparentemente es positivo como combinar la medicina occidental con la mapuche, o comenzar a enseñar el mapudungún en algunas escuelas. Según ellos, son “calmantes” para apaciguarlos. “Muchos peñis no están conscientes de que somos un pueblo sometido por el Estado. Desde que este país nació como república, en 1810, se creó un aparataje para ir quitándonos en forma legal nuestro patrimonio, que es la nagmapu. O sea, la madre tierra, que es la fuente de toda riqueza. Tratan de que nos conformemos con calmantes, pero el gobierno no se atreve a meterse en el problema de fondo, que es la tenencia de la tierra, porque ahí es donde están haciendo fortuna los grupos económicos que han llegado a invadir el país. Y a nosotros, nos tiran a un lado”, acusa el vocero de una comunidad.
A través de los hechos -y no con discursos- pretenden mostrarle a sus hermanos el camino que consideran correcto. “Somos un pueblo digno, hay valores que el humano no puede vender. ¿Usted podría vender a su madre? No, ¿verdad? Ella -muestra la tierra- es nuestra madre y no puede pasar por un puñado de billetes, que es el dios del mundo occidental. Los señores del dinero han encontrado luz verde en este gobierno, y en los anteriores, para hacer y deshacer con el patrimonio de los pueblos originarios”. Sienten que con la opción que han tomado han ido ganando el respeto no sólo de otros mapuche, sino también de muchos chilenos y de sectores de la comunidad internacional. Un comunero reflexiona: “Nuestro gran pecado es reclamar nuestro derecho, y por hacerlo nos han encarcelado, nos persiguen, nos balean. Nos llaman delincuentes y terroristas. ¿De dónde viene el terrorismo? ¿Acaso no viene del Estado contra quienes cuidamos la naturaleza, que esta tierra no se contamine, que el agua y el aire sean puros? ¿Qué les importa a los señores dueños del dinero infectar la nagmapu con sus químicos? Lo hacen para que el bosque crezca más rápido y puedan ganar plata más pronto. Esa es la mentalidad que hay en los grupos económicos”

PATRICIA BRAVO

Postura frente al diálogo

La Coordinadora Arauco-Malleco es prácticamente la única organización mapuche que ha optado por una estrategia que se basa casi en forma exclusiva en la acción directa de las comunidades. El resto, de una u otra manera, busca acuerdos con el gobierno y los empresarios para ir logrando conquistas parciales que impliquen algún grado de avance. Sin embargo, también actúan, como lo demostró la toma concertada de 26 fundos de las regiones IX y X que el Consejo de Todas las Tierras impulsó a fines de abril. Fue una forma de presión para que el Senado diera el pase -luego de más de diez años de gestión- al reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas y se formara una mesa de diálogo multisectorial para buscar solución a la demanda de recuperación de tierras. Aunque nada de eso se consiguió, las tomas -de carácter temporal y simbólico- generaron un hecho político importante.
Si bien mira con respeto este tipo de iniciativas, la CAM sigue adelante su camino propio. “En algún momento nos encontraremos”, dicen. Tampoco se niegan por principio al diálogo y a acuerdos con la contraparte. Pero las condiciones las ponen ellos

 

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