Los jóvenes toman la palabra
“Siempre hay
otro camino”
 |
DE izquierda a derecha: Pedro
Flores, Yasna Amarales y Mauricio Arévalo. |
Mientras el dorado crujir otoñal cae en cerros y quebradas,
la semioscuridad no parece opacar las ideas, sueños y esperanzas
de un grupo de jóvenes del cerro Cordillera, de Valparaíso.
Nacidos y criados en la centenaria Población Obrera del
puerto, están lejos del estigma que acompaña a la
generación post dictatorial, el “no estar ni ahí”.
Por el contrario, premunidos sólo de sus esfuerzos e iniciativa,
han asumido el desafío de entregar una mejor calidad de
vida a las familias que habitan “la pobla”.
La Población Obrera de la Unión data de fines del
siglo XIX. Es una edificación construida como un bloque
único de tres pisos con un espacio común en su interior.
Actualmente, alberga a 139 personas, dice Mauricio Arévalo,
más conocido como Janyo, miembro de la joven directiva
actual de la población. “Acá en la pobla hay
34 familias y personas que viven solas. Son 44 viviendas, sólo
30 funcionan legalmente. Las otras igual están habitadas.
En algunas no debería vivir gente por el estado en que
se encuentran. Pero la necesidad es grande y la gente vive ahí
no más. La mayoría viven acá de generación
en generación”.
Los otros miembros de la directiva son Christian y Yasna Amarales
y Pedro Flores. Como afirma este último, “siempre
hemos estado trabajando. Por ejemplo, para destapar el desagüe
teníamos que estar ahí metidos, o para hacer los
baños. Hicimos baños con ducha y todo”.
En vista del deterioro que sufría la población a
causa de los años, la humedad y el abandono, se propusieron
cambiar las condiciones de ese entorno. El derrotero elegido no
ha estado exento de dificultades: falta de recursos, recelo de
vecinos e, inclusive, deudas contraídas por la directiva
anterior. Estuvieron hasta seis meses sin agua. La población
cuenta con un medidor común; cada mes se daba una cuota
que servía para pagar a Esval -empresa de obras sanitarias
de Valparaíso- que exigía dos millones de pesos
para reponer el suministro de agua. Sin embargo, casi reunida
la cantidad exigida, el dinero “se perdió”,
agrega Pedro Flores. “Con el millón ocho se iba a
pagar el agua y después, se iban a hacer más actividades
para arreglar los pasillos. Cuando estábamos en eso, se
perdió la plata. Ahí quedó la embarrada.
Todos desconfiaban de todos. Nadie quería ser presidente,
nadie quería ser tesorero. Los que menos teníamos
que ver con el robo de la plata éramos nosotros, no éramos
parte de la directiva ni nada, puros cabros”.
En razón de esas circunstancias, se hicieron cargo de los
destinos de la población. Yasna Amarales dice: “fuimos
a Esval y asumimos la responsabilidad. Lo conversamos mucho, sabíamos
que era un cacho, pero asumimos. En Esval nos dijeron: con 200
lucas les damos el agua. Entonces vendimos empanadas, la gente
tuvo que poner tres lucas por casa, y llevamos la plata a Esval.
Como a las tres de la tarde nos dieron el agua. Ahí empezamos
legalmente a administrar el edificio”. La deuda de agua
fue repactada, descubriéndose que existía un remanente
anterior que también debía ser saldado. Debían
pagar durante dos años poco más de 200 mil pesos
mensuales, además del consumo del mes. Las cuentas por
vivienda llegaron a ser hasta de 15 mil pesos. “Pero -dice
Janyo- empezamos con restricciones. El lunes y martes el agua
se cortaba, nosotros la cortábamos para bajar el consumo.
Después, sólo el fin de semana se lavaba. Después
de un tiempo, salimos del problema. Ya pagamos la deuda con Esval,
la deuda de la directiva anterior y la que venía de antes.
Ahora la gente pagará como 4 mil pesos, el resto lo paga
un subsidio que conseguimos en la municipalidad”.
Otras tareas han sido la restauración de techos en los
espacios comunes, arreglo de pasillos y barandas, además
del cambio de los roídos pilares de madera por otros más
firmes de concreto. Este cambio no fue antojadizo, se vieron obligados
a realizarlo en vista del deterioro. Mediante distintas actividades
como rifas, peñas, venta de empanadas o presentaciones
teatrales, reunieron parte del dinero para el proyecto. Lo demás
lo financiaron mediante la solidaridad de gente cercana a la población,
empresas privadas y el aporte de Fosis, que comenzó como
un programa de absorción de cesantía que pretendía
utilizar a la misma gente de la población para arreglar
los pasillos. “Pero -agregan- esta idea funcionó
a medias. Resultó, pero hubo problemas: por el hecho de
ser de la población, a veces no trabajaban. El proyecto
era de dos etapas, terminó la primera y hasta ahí
quedó. A la misma gente que vivía acá le
pagaban por arreglar su casa. Pero hubo problemas, abusos, era
la papa: te están pagando para arreglar tu casa, si quiero
trabajo, si quiero no trabajo. Simplemente, no se dio”.
La necesidad de arreglar la Población Obrera surgió
no sólo para ofrecer una mejor calidad de vida, sino por
el profundo cariño que le han tomado a lo largo de los
años, pues, no obstante el estigma de delincuencia que
la caracterizó, han luchado por limpiar su imagen. La pobla
es más que un edificio. Dentro de sus paredes se ríe,
se juega, se llora, se ama y se muere; entre sus muros se tejen
distintas historias. Por ello, señala Yasna, “lo
rescatable, además del edificio que tiene no sé
cuántos años, es la historia que se vive dentro
del edificio, la gente es super especial. Por ejemplo, estar aquí
hablando y que los cabros chicos estén jugando abajo y
que sale una señora y grita: ‘oye, déjate
de huevera’; que se tienda la ropa, así es la vida
de la pobla”. Pedro, entusiasta, añade que “es
sociable acá adentro, desde siempre, desde niño
vai a estar siempre jugando allá abajo. Cada generación
hace su grupo. Antes estuvimos nosotros y ahora les toca a otros.
El patio es parte de tu casa, pero a la vez es super independiente”.
En definitiva, vivir y crecer en la pobla los ha hecho sentir
como “una gran familia. El núcleo lo tenís
en tu casa, pero cuando sales, es como vivir en una familia grande,
es vivir en comunidad”. El que dediquen esfuerzos al desarrollo
y mejoramiento de su población no quiere decir que estén
alienados o aislados de su entorno. Por el contrario, no olvidan
que están insertos en un colectivo social, que de disímiles
maneras influye directamente en sus vidas. Por esto trabajan con
distintas organizaciones del cerro Cordillera, como el Taller
de Acción Comunitaria y la parroquia, entre otras. De esta
manera se van tejiendo pequeñas redes en el cerro Cordillera
cuya clave es la organización. “A nivel de cerro,
el solo hecho de juntarse y hacer cosas te permite ir avanzando”,
agrega Janyo. “Estás haciendo una contribución
a tu ciudad y a tu país, lo que salga de aquí va
a ser un ejemplo para el resto”.
Como sucedió con ellos cuando eran niños, pretenden
ofrecer un ejemplo, una realidad distinta para los niños
de su cerro. “La idea es ir legando a los jóvenes
el trabajo con la comunidad y así se van integrando más
jóvenes. Nosotros creemos que siempre hay alternativas.
Siempre hay otro camino”.
Los jóvenes de la Población Obrera tienen muchos
proyectos. Con solidaridad, esfuerzo y entrega los llevarán
a efecto. Saben que la historia no solo tiene que ver con el edificio
en que viven, es la que están haciendo ellos mismos, a
mano y desde el cerro, como respuesta a la indiferencia e indolencia
TOKICHEN TRICOT
En Valparaíso
Si te gustó esta página... Recomiéndala
Los jóvenes toman la palabra
Julio Lira, presidente de la Fech:
Es hora de sumar

Julio Lira (26 años, ingeniero eléctrico y estudiante
de maestría) es el presidente de la Federación de
Estudiantes de la Universidad de Chile, la histórica Fech.
Delgado, pelo largo que le cae sobre los hombros y anteojos de
hippie, el presidente de la Fech es un joven amable y tranquilo.
Pero sus opiniones son firmes y resueltas cuando habla de defender
la educación pública y de abrir camino a una alternativa
social y política que atraiga a las grandes mayorías
del país.
Al igual que muchos jóvenes comunistas, Julio Lira heredó
una tradición familiar de vínculos con ese partido.
Su padre fue exonerado del Servicio de Investigaciones por su
militancia en el PC. La familia permaneció en Chile durante
la dictadura y se dedicó a implementar en la comuna de
La Reina, donde vive, la política de “rebelión
popular” del PC.
El dirigente estudiantil -y varios ex presidentes y dirigentes
comunistas de la Fech- hacen noticia en los medios de prensa por
su adhesión a la Fuerza Social y Democrática (FSD),
desafiando así las órdenes de su partido.
“Estamos en un proceso lento y difícil -señala
Lira- de construcción de una fuerza en que confluyan estudiantes
y trabajadores. El malestar social no se refleja en Chile en la
forma como lo ha hecho en Argentina, donde la gente salió
a cortar carreteras y a saquear mercados. Tenemos cerca de un
millón de cesantes pero no salen ni cien mil personas a
las marchas del Primero de Mayo o del 11 de septiembre. Hay que
ir creando, por lo tanto, una organización social que nos
represente y nos convoque a todos”.
“La cultura dominante, aquella que mantiene a la gente en
la casa mirando el reality show de la TV -agrega Lira-, tenemos
que romperla. Pero no será con puros panfletos y consignas
contra el neoliberalismo. Se hará con trabajo social profundo
y con un proyecto político claro, convincente y creíble”.
Añade el presidente de la Fech: “Tenemos que sumar
organizaciones sociales de todo tipo y tamaño en un empeño
común de cambio social y cultural. No podemos evadir discusiones
necesarias, por ejemplo, la baja adhesión al sindicalismo
y la debilidad de la CUT. No hay que hacerle la cruz a la Central
Autónoma de Trabajadores, por ejemplo. Si existe es porque
hay trabajadores que quieren organizarse así. Nosotros,
la Izquierda, muchas veces caemos en un fundamentalismo que nos
empuja a buscar y ahondar diferencias, en vez de buscar poner
en primer plano las coincidencias. Si seguimos así, estamos
fritos. No vamos a salir de esta situación ni en veinte
años más. La Fuerza Social y Democrática
es un intento muy serio de cambiar las cosas y atraer a la lucha
contra el modelo económico y la Constitución del
80 a millones de chilenos”.
APOYO A LA FSD
¿Y cuáles son las razones para que participes en
la Fuerza Social y Democrática?
“Los espacios donde se pueda sumar son los que hay que potenciar.
Eso es la FSD. No nos vamos a inhibir de participar porque se
nos suspenda o expulse del PC. Hoy la construcción de Izquierda
-y lo digo sintiéndome muy comunista-, necesita sumar a
los actores sociales. El país tiene un montón de
problemas. Tenemos un país con un millón de cesantes,
una cultura neoliberal enraizada en la sociedad, una transición
pactada que desmovilizó a la gente. Son temas que hay que
tratar. Mientras esto pasa, yo veía a mi partido -el Comunista-
preocupado sólo por la ‘doble militancia’.
Eso es grave.
Nosotros no estamos en la FSD para atacar y destruir a un partido,
sino para construir y sumar. En la FSD existen fuerzas que no
se habían acercado a nosotros. Estar allí nos permite
acercarnos a ellos. Lo hacemos con mucha responsabilidad y si
es necesario bajar algunas banderas, lo hacemos. Al hacer eso,
logramos agrupar a más personas y construir en común.
Lamentablemente, este debate está inconcluso en el Partido
Comunista. Pero estoy seguro -por el bien del Partido Comunista-
que en algún momento se zanjará este debate. La
FSD es una muestra de que existe necesidad de crear una instancia
que agrupe fuerzas sociales. Quizás ni siquiera sea la
FSD la que termine haciéndolo. Tal vez sea un Partido de
los Trabajadores u otra forma de organización político-social”.
¿Hay voces nuevas que necesitan expresarse dentro de la
Izquierda?
“Cuando fui al Foro Social Mundial en Porto Alegre me di
cuenta que el brasileño medio valora a Lula por su alejamiento
del fundamentalismo izquierdista. A Lula le decían que
no sumara a algunos sindicatos y sí lo hizo, y aunque le
decían que no conversara con empresarios tuvo que hacerlo
para lograr su objetivo. Hoy, cuando se habla de progresismo normalmente
se acusa de reformismo. Sin embargo, se trata de unir a la Izquierda
buscando puntos comunes que permitan avanzar”.
¿Acaso dirigentes de la Juventud Comunista que adhieren
a la FSD representan un quiebre generacional en el PC?
“En la Juventud Comunista existen visiones diversas. Hay
un debate que no está terminado. Si hubiera sido zanjado
en el 22º congreso, hoy el Partido Comunista estaría
produciendo política de alto nivel. Yo no creo que el debate
político se cierre diciendo cobrémosle más
impuestos a los grandes capitales y tengamos menos gasto militar.
Aunque comparto esa idea, que se transmite como slogan en las
campañas presidenciales, esto aparece para la gente común
como frases descabelladas. La gente entiende que si le cobran
mucho a los grandes capitales éstos huyen, y queda la cagá.
Y por otro lado, entiende que si le quitan presupuesto a las Fuerzas
Armadas se crea inestabilidad política, que puede terminar
en golpe de Estado. Por eso, hay que aterrizar las propuestas.
En esto hay una diferencia generacional de apreciaciones. Es heavy;
es un debate que tiene que concluir en algún momento. No
se trata de ser más o menos comunista o más o menos
revolucionario. Significa adaptarse a la realidad, y ver cómo
se construye política de Izquierda desde allí”.
LA DERECHA QUIERE DESTRUIR LA “U”
Sobre las denuncias de corrupción en la Universidad de
Chile, Julio Lira dice:
“Hay que denunciar la crisis y si existen irregularidades
hay que ser contundentes en los castigos administrativos y penales.
Pero está claro que la derecha saca beneficios políticos
de todo esto. No sé qué busca la derecha a nivel
nacional. Pero es claro que existen sectores duros que plantean
crear ingobernabilidad. Es peligroso, porque puede hacer caer
a un gobierno en esta endeble democracia.
Vilipendiar a la Universidad de Chile se viene haciendo desde
la dictadura. La idea es destruirla rompiendo la relación
histórica que tiene con la sociedad. El objetivo es anular
un espacio en que las políticas del sistema neoliberal
tienen frenos y en que se aplican transformaciones democráticas,
por ejemplo, el funcionamiento del Senado Universitario. Una institución
que en sus estatutos se define como pública y como espíritu
crítico de la nación, como institución del
Estado destruye íconos del sistema neoliberal.
El ataque a la Universidad de Chile es un avance de la mercantilización
de la educación superior. Aunque es difícil privatizar
la Universidad de Chile porque tiene un gran patrimonio, pueden
cambiar sus visiones y orientaciones. Hoy, por ejemplo, están
más enfocadas hacia el mercado. Nosotros hemos sido muy
críticos respecto al alza de aranceles, al sistema de autofinanciamiento,
a la venta de servicios. En definitiva, hemos estado en contra
de acciones que hagan incomprensible la misión de una universidad
pública”.
La Fech plantea materializar la defensa de la educación
pública mediante firmas, ¿cómo va eso?
“La sociedad ha perdido la noción de defensa de la
educación pública, en parte a causa de las denuncias
del caso MOP-Universidad de Chile. Esas denuncias han sido utilizadas
para destruir la idea de educación pública. Estamos
recolectando firmas como una cuestión instrumental. Se
trata de tensar esfuerzos, para que la sociedad entienda nuestras
demandas, las comparta y haga cumplir la promesa de duplicar el
gasto en educación que hizo el presidente Lagos”.
¿Pero cómo se reencanta a una sociedad que ve los
conflictos de estudiantes y trabajadores por separado?
“Hay que hacerle ver el crecimiento inorgánico que
ha tenido la educación superior. Existen 500 mil estudiantes
y la mitad está en instituciones privadas, sin control
de calidad. De los egresados, el 70% no logra trabajar en lo que
estudió. Esto habla muy mal de la regulación del
sistema. En diez años más tendremos miles de profesionales
que no fueron formados para realizar un aporte al país,
sino para el mercado. No es necesario esperar una crisis de universidades
quebradas y compradas por bancos. Es imposible tener un país
desarrollado sin una educación desarrollada. La universidad
pública es la única que puede afrontar los problemas
que interesan al país y no al mercado.
Sergio Bitar es un político que se maneja bien en el mundo
político. Pero como ministro de Educación sigue
la misma política de mercado. Por eso, luego de algunas
reuniones informales, hemos llegado a la conclusión de
que no nos conviene seguir juntándonos en mesas de trabajo
con él, mientras las universidades públicas están
quebrando. El ministro dice que el Estado no es un saco roto,
entonces que vaya él a explicarle a los estudiantes las
razones de por qué cierran sus carreras y se tienen que
ir a su casa en la mitad de los estudios. ¡Que se lo diga
a un estudiante que tiene 40 mil pesos para vivir y paga 100 mil
mensuales en la universidad! ¡Que no sean patudos al preguntarnos
a nosotros de dónde sacan recursos! Nosotros podemos aportar,
pero no se trata de que les hagamos la pega. Si no han hecho una
reforma tributaria es por falta de voluntad política”
LUIS KLENER HERNANDEZ
Si te gustó esta página... Recomiéndala
Los jóvenes toman la palabra
“Preguntando caminamos”

“Hemos perdido toda certeza, pero la apertura de la incertidumbre
es central para la revolución. Preguntando caminamos, dicen
los zapatistas. No sólo preguntamos porque no sabemos el
camino, sino también porque preguntar por el camino es
parte del proceso revolucionario mismo”.(1)
El momento político chileno parece bastante complejo. Como
nunca, las apariencias engañan. Las frases de los políticos,
vacías de todo significado, tratan de ocultar más
que ofrecer alguna pista de lo que acontece.
Por una parte, dirigentes como Guido Girardi critican ácidamente
y tratan de distanciarse de un gobierno que supuestamente personifica
sus proyectos de toda la vida. Por otro lado, Pablo Longueira
no escatima adjetivos para manifestar su apoyo al presidente Lagos,
ofreciendo su lealtad irrestricta e incondicional. Los dirigentes
sociales del PS, como Raúl de la Puente y Arturo Martínez,
no ahorran epítetos a la hora de enfrentar a un presidente
que milita en su mismo partido. Mientras tanto, Lagos nomina a
Vittorio Corbo, el mismísimo “gurú”
económico de la derecha, como nuevo presidente del Banco
Central. ¿Quién entiende? O mejor dicho, ¿a
quién le interesa que no entendamos nada?
Esta Babel política es el reflejo del agotamiento de la
Concertación como proyecto político. Un agotamiento
definitivo, terminal. Lo que no significa que los partidos que
conforman esta alianza vayan a desaparecer. Pero la ilusión
del arcoiris, la alegría fácil de conseguir cheques
en blanco de representatividad por parte de una ciudadanía
confiada y complaciente, ya terminaron.
Por más de una década, las dos alianzas que han
dominado en forma absoluta el sistema político han competido
entre ellas por triunfar una sobre la otra, y al mismo tiempo,
se han convulsionado por las disputas internas de sus miembros,
que lucharon por la hegemonía dentro de sus coaliciones.
En el caso de la derecha, esta disputa parece ya definitivamente
saldada, con la UDI como socio mayoritario, accionista principal
y gerente general del proyecto “Lavín 2005”.
En cambio, la Concertación no sólo no ha podido
resolver sus disputas, que no parecen tener un claro ganador,
sino que se percibe cada día más lejos de encontrar
un nuevo sentido a su existencia.
Sin duda, el poder es el más fuerte de los adhesivos, pero
una vez que este elemento desaparece no hay nada que pueda sostener
una convivencia forzada.
La ciudadanía ya no soporta más el sopor de una
transición eterna. Los escándalos de corrupción
que se han destapado en el último año han sido la
gota final de un vaso que se ha llenado por años de promesas
incumplidas, programas abandonados, frustraciones generacionales,
volteretas ideológicas y renuncias éticas inocultables.
El olor a podredumbre política no se soporta.
Mientras tanto, el “partido transversal” del concertacionismo
neoliberal sigue vociferando, imperturbable, su credo ultraortodoxo
alimentado por pasión de conversos y penitentes, discípulos
de Friedmann y Von Hayek.
En este escenario, es evidente que más temprano que tarde
al menos la mitad de la ciudadanía entrará en la
orfandad política, en la medida en que el desplome del
“proyecto arcoiris” entre en su recta final. Sin embargo,
el fin de la Concertación no supone el fin de los actores
políticos que han sostenido esta alianza. Al contrario,
el afán cada vez más evidente de los partidos concertacionistas
por separarse del gobierno, marcar autonomía e identidad,
revela este intento por lograr una sobrevida, luego de esta muerte
lenta y anunciada.
Lo que es necesario preguntar desde la sociedad civil es qué
posibilidad hay de intervenir en este proceso, para evitar que
la experiencia de estos trece últimos años se vuelva
a repetir. Dicho en otros términos: cómo evitar
que luego de esta crisis de representatividad política
la Izquierda social vuelva a quemar sus naves, confiando ciegamente
en la Izquierda política, pensando que desde el poder gubernamental
y parlamentario realizará los cambios que se anhelan.
Todos sabemos que en política los pueblos suelen tropezar
con la misma piedra. Por ello, no podemos volver a hipotecar la
autonomía de los movimientos sociales, de las organizaciones
sindicales, de las búsquedas colectivas que con tantas
dificultades han tratado de sobrevivir en medio de la diáspora
de la postdictadura. Para ello se hace necesario potenciar movimientos
que articulen la Izquierda social y que se fijen como objetivo
primario, más que la auto-representación política,
el control de lo político. Es necesario pensar en lo que
John Holloway llama el “anti-poder”, es decir, en
las fuerzas de resistencia y dignidad que están dispersas
más allá no sólo de los militantes partidarios,
sino incluso más allá de los miembros de las organizaciones
sociales en las que participamos: “ Es necesario ir más
allá de la militancia abierta y preguntar por la fuerza
de todos aquellos que rehusan subordinarse, por la fuerza de aquellos
que rechazan convertirse en máquinas capitalistas”.(2)
Es la fuerza de todos aquellos que sin poder afirmar una nueva
posibilidad se atreven a lanzar un grito: un No absoluto, un No
a la guerra, No a la destrucción de la tierra y de la especie.
Esta es la fuerza del nuevo anticapitalismo que propone, sin muchas
claridades, pero sin la carga y el peso de los dogmas, una alter-globalización.
Es el grito de las multitudes indignadas ante la nueva era de
guerra imperial.
En el plano nacional este grito, este antipoder, evidentemente
está presente en forma creciente en miles de formas dispersas
y discontinuas. Sin embargo, sólo en la medida en que ese
No, ese intento de fuga del sistema, se canalice en un poder-hacer
colectivo, se podrá soñar no sólo con tener
nuevamente a la Izquierda en el poder, sino también con
un poder diferente para la Izquierda, que no repita las tragedias
y desilusiones que nos ha tocado en suerte padecer.
Este es el valor de iniciativas como Fuerza Social y Democrática,
que como Attac y muchas más, serán capaces de contribuir
efectivamente en esta tarea de construir un anti-poder capaz de
articular las energías que intentan con creciente fuerza
lanzar su grito de dignidad y resistencia.
Es el sueño de hacer del acto mismo de protesta una propuesta,
un proyecto, una alternativa, que nace del interior de la negación
más radical de las formas clientelares y decadentes que
la Izquierda política, en todas sus formas y partidos,
ha colaborado más a sustentar: la lógica alienante
de dividir el pensar y el hacer, el representar y ser representado,
el dirigir y ser dirigido, etc.
Es necesaria una organización que se sustente en el “hacer”,
en la “práxis” y no sobre un “ser metafísico”
que lucha por la supervivencia ontológica y abstracta de
cáscaras partidarias, vaciadas de todo sentido.
O nos atrevemos a hacer de nuestro No una propuesta o nos resignamos
a seguir esperando que un “otro”, iluminado y supuestamente
“profesional” de la política, nos traicione
una vez más
ALVARO RAMIS O. (*)
(*) Ex presidente de la Federación de Estudiantes de la
Universidad Católica, profesor de Teología.
(1) Holloway, John. Cambiar el mundo sin tomar el poder. Revista
Herramienta, Argentina, 2002. Pág. 293.
(2) Holloway, John. Op. Cit. Pág. 240.
Si te gustó esta página... Recomiéndala
Los jóvenes toman la palabra
Superar el ámbito
de la Izquierda

Hay tiempos en los que, por el agotamiento y la presión
del reajuste que se cierne sobre los que habitan el poder, es
preciso apurarse en aunar fuerzas y voluntades, en prepararse
para las posibilidades que abre este tipo de situación
política. Eso es urgencia y deber, sobre todo si se produce
tras más de una década de cerrada dominación
en la cual los poderosos, gracias a su bien soldado pacto de transición,
lograron no sólo prolongar la situación de derrota,
marginación y confusión en la Izquierda, sino también
-a menudo subvalorado en los análisis de ésta última-
ahondar la desarticulación del campo popular, una de las
herencias dictatoriales básicas para el proyecto de gobernabilidad
concertacionista.
Hoy, el impulso de rumbos que puedan proyectar el festín
de los de arriba más allá de su raíz pinochetista
y de su interregno concertacionista, atraviesa a los distintos
actores de la trama del poder. A las filas de los herederos más
directos -la UDI- así como al resto de la derecha de vieja
tradición; al empresariado e inclusive, a las propias fuerzas
armadas, les soplan estas urgencias de mudanza. A lo que se suma
el harto comentado agotamiento de la Concertación. En el
desorden que cunde en esta última, aparecen los más
dispares grupos y con eso, las más diversas direcciones
de búsqueda de nuevas fórmulas de articulación.
Considerar la articulación con los sectores más
íntegros y apropiados para la instalación de un
proyecto popular que pueda desprenderse de esa crisis, implica
asumir todos sus riesgos. Es el dilema de sumar y no ser sumados.
Pero, ante esos riesgos, la opción de resguardarse en la
supuesta pureza que permite quedarse al margen, no entraña
consecuencia alguna.
Alarma despierta en algunos círculos de Izquierda la posibilidad
de articularse con sectores desgajados de la Concertación.
Pero hay que asumir, de una vez por todas, la prolongada debilidad
e insuficiencia de la Izquierda, y con ello, el hecho que sin
alterar en alguna medida las adversas condiciones de lucha imperantes
en todos estos años, no se alcanzará una fuerza
capaz de encumbrar un proyecto popular por sobre el límite
de las victorias episódicas. Sin vueltas, ello remite a
buscar las formas de avanzar en este objetivo -la forja de condiciones
más favorables al avance popular- a partir de las posibilidades
y las herramientas que tenemos hoy. En su acomodo, el defensismo
ignora que por la solidez de la dominación y la desarticulación
del pueblo -anverso y reverso de la misma moneda- hoy no se puede
pasar al desafío abierto y frontal por un cambio radical.
Ello implica, con anterioridad, construir la crisis política
de este orden de dominación, para -a partir de allí-
poder plantear materialmente -y no sólo en el discurso
ideológico- la posibilidad de una transformación
más profunda. Ante la adversidad de las condiciones de
lucha tejidas por la iniciativa dominante, esa “radicalidad”
sólo prolonga hasta el hartazgo la crisis de incidencia
política de las embrionarias fuerzas populares, y su refugio
en un ritualismo ideológico que apenas oculta la esterilidad
de su condición de mero aullido testimonial.
Por el contrario, hoy tenemos el deber y la urgencia de acelerar
los empeños actuales de articulación, preliminares
e ineludibles para articulaciones mayores. La fuerza y solidez
que con ello logremos alcanzar desde ahora serán decisivas
para superar el desafío de sumar y no ser sumados, cuando
se acelere la descomposición concertacionista que ya se
atisba clara en el horizonte, y que no hará más
que agudizarse en los años que siguen. De esos esfuerzos,
la posibilidad de constituir una alternativa social, tal como
la que convoca a discutir y protagonizar Fuerza Social y Democrática,
aparece hoy como una valiosa oportunidad de proyectar la práctica
de organización y de lucha de variadas experiencias sociales
y políticas más recientes.
Con una amplitud mayor a la que ha mostrado la Izquierda en estos
años, es preciso hacer confluir variadas expresiones y
experiencias, lo que exige superar el riesgo de quedar entrampados
en la discusión intestina de la Izquierda, condición
especialmente importante para llegar a los sectores juveniles.
LAS LECCIONES
DE LA HISTORIA
Empero, si el tiempo apura articulaciones, no es menos cierto
que, si éstas van a sustentarse en una reiteración
mecánica de los fallidos intentos que pulularon en la década
pasada, no vamos a llegar muy lejos. Al contrario, lo más
seguro es que se repitan -ahora a guisa de comedia- los frustrados
desenlaces ya conocidos. Evitarlo exige ir más allá
de constatar las ambiciones menores de esta o aquella colectividad
de la Izquierda, de la veleidad de este o aquel personaje. De
fondo, hay lecciones a las que la Izquierda chilena se ha negado
todo este tiempo. Prueba de ello es su reticencia a inaugurar
caminos de búsqueda más novedosos, en un tiempo
en que éstos se han multiplicado, por cierto en forma inacabada
y diversa -¿puede ser de otro modo?- en Venezuela, Bolivia,
Brasil, México, Ecuador y otros lares de nuestro continente,
dejando atrás los dilemas que marcaran a la Izquierda latinoamericana
de hace tres y cuatro décadas, como el entuerto entre foquismo
y electoralismo o sobre la fisonomía de las vanguardias
políticas, acaso válidos ante los cursos vividos
entonces, pero que hoy han perdido vigencia bajo las transformaciones
del capitalismo y de sus modos de dominio.
Para llegar más lejos, hay que enfrentar inevitablemente
cuestiones del pasado -al menos del pasado inmediato- de la Izquierda
chilena. Las derrotas de los esfuerzos populares tanto de la Unidad
Popular como aquel protagonizado en los años ochenta del
siglo recién pasado, no sólo no se asumen, sino
que pretenden explicarse a manos de la dureza de la reacción
de las clases dominantes ante los ascensos populares. Pero ya
en nuestra historia la ferocidad con que en Chile los poderosos
defienden y se aferran a lo que consideran suyo, tiene que ser
un dato para las fuerzas populares. Carísima, la lección
no ha podido ser más clara. La propia realidad actual,
con todas sus miserias materiales y espirituales para las mayorías,
no es sino expresión y consecuencia de eso. Es más,
tal es la fuerza de las clases dominantes locales, que alcanzan
una preparación y maduración política como
no es fácil atisbarla en otros tierras latinoamericanas.
Pero esa capacidad hostil no puede sino ser un dato de la realidad
para las fuerzas que apuestan resueltamente a cambiar las cosas,
lo que remite a urgar en las limitaciones propias. Pues si la
ferocidad reaccionaria es la única responsable de nuestras
derrotas, eso equivale -contrario a lo que se profesa- a sostener
que un mundo mejor es imposible de conquistar.
Hay cuestiones muy profundas y complejas que revisar y, por cierto,
los empeños de articulación no pueden esperar -no
lo permiten los tiempos políticos que se avecinan- a tenerlas
todas resueltas. Valga al menos hilar un par. La necesidad de
repensar la organización política de una manera
coherente con un tiempo de desarticulación popular, lo
que implica empujar experiencias sociales embrionarias alternando
con otras esferas más articuladas, superando con ello una
concepción de partido propia de realidades populares largamente
constituidas y maduras, sin que ello signifique renegar de la
necesidad de los dominados de articularse para la acción
política y la incidencia en la correlaciones de poder,
y evitando por eso mismo hacerle el juego a la despolitización
impulsada por la dominación a través de utopías
basistas.
Junto a ello, repensar y superar los límites de la dinámica
política dominante y su carácter representativo,
no participativo sino delegativo, cuya reproducción en
la Izquierda resulta nefasta para el desarrollo de las organizaciones
sociales, y como tal, tensionadora de la relación entre
los espacios y dinámicas políticas y sociales propiamente
tales, en donde la figura del activista político ha de
pasar de las viejas artes del agitador a las de un genuino constructor
social.
Sin embargo, hay otras cuestiones que, por básicas, es
preciso tenerlas claras desde un principio. De lo contrario, no
se andará muy lejos. Una de ellas es la determinación
de superar el ámbito al cual ha quedado reducida la Izquierda.
Eso implica sobreponerse al discurso para los convencidos, y la
dinámica ceñida a los conflictos propios de este
pedazo limitado de la sociedad. Para ello, la discusión
de los rumbos por los cuales ensanchar estos horizontes de construcción
de fuerzas tiene que ser abierta y explícita. Esto último
exige, desde un principio, terminar resueltamente con las formas
más viciadas -y con razón desprestigiadas- de la
política tradicional que, además de su debilidad
por la producción de “hechos políticos”
muchas veces carentes de fuerza social real, resulta eminentemente
cupular, de conciliábulos y personalidades, ajena a las
organizaciones sociales y, en su lugar, sustituirla por una dinámica
abocada a la construcción de fuerza y organización
en diversos espacios abiertos de la sociedad
CARLOS RUIZ ENCINA (*)
(*) Coordinador nacional de la SurDA, 38 años, sociólogo
y profesor en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad
de Chile.