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Edición 544
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Editorial
LA FRESCURA DE LONGUEIRA
Habla la Coordinadora Arauco-Malleco
Raúl de la Puente, presidente de la Anef:
“Enfrentamos una
dictadura partidaria”

17 mil hectáreas recuperadas por la Coordinadora Arauco-Malleco

Esta tierra es nuestra
Enap, hueso duro de roer
Argentina en tiempo de tango
Adiós muchachos,
compañeros de mi vida
Agustín Edwards
EL INTOCABLE
Los jóvenes toman la palabra
“Siempre hay
otro camino”

Julio Lira, presidente de la Fech:
Es hora de sumar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los jóvenes toman la palabra

“Siempre hay
otro camino”

DE izquierda a derecha: Pedro Flores, Yasna Amarales y Mauricio Arévalo.

Mientras el dorado crujir otoñal cae en cerros y quebradas, la semioscuridad no parece opacar las ideas, sueños y esperanzas de un grupo de jóvenes del cerro Cordillera, de Valparaíso. Nacidos y criados en la centenaria Población Obrera del puerto, están lejos del estigma que acompaña a la generación post dictatorial, el “no estar ni ahí”. Por el contrario, premunidos sólo de sus esfuerzos e iniciativa, han asumido el desafío de entregar una mejor calidad de vida a las familias que habitan “la pobla”.
La Población Obrera de la Unión data de fines del siglo XIX. Es una edificación construida como un bloque único de tres pisos con un espacio común en su interior. Actualmente, alberga a 139 personas, dice Mauricio Arévalo, más conocido como Janyo, miembro de la joven directiva actual de la población. “Acá en la pobla hay 34 familias y personas que viven solas. Son 44 viviendas, sólo 30 funcionan legalmente. Las otras igual están habitadas. En algunas no debería vivir gente por el estado en que se encuentran. Pero la necesidad es grande y la gente vive ahí no más. La mayoría viven acá de generación en generación”.
Los otros miembros de la directiva son Christian y Yasna Amarales y Pedro Flores. Como afirma este último, “siempre hemos estado trabajando. Por ejemplo, para destapar el desagüe teníamos que estar ahí metidos, o para hacer los baños. Hicimos baños con ducha y todo”.
En vista del deterioro que sufría la población a causa de los años, la humedad y el abandono, se propusieron cambiar las condiciones de ese entorno. El derrotero elegido no ha estado exento de dificultades: falta de recursos, recelo de vecinos e, inclusive, deudas contraídas por la directiva anterior. Estuvieron hasta seis meses sin agua. La población cuenta con un medidor común; cada mes se daba una cuota que servía para pagar a Esval -empresa de obras sanitarias de Valparaíso- que exigía dos millones de pesos para reponer el suministro de agua. Sin embargo, casi reunida la cantidad exigida, el dinero “se perdió”, agrega Pedro Flores. “Con el millón ocho se iba a pagar el agua y después, se iban a hacer más actividades para arreglar los pasillos. Cuando estábamos en eso, se perdió la plata. Ahí quedó la embarrada. Todos desconfiaban de todos. Nadie quería ser presidente, nadie quería ser tesorero. Los que menos teníamos que ver con el robo de la plata éramos nosotros, no éramos parte de la directiva ni nada, puros cabros”.
En razón de esas circunstancias, se hicieron cargo de los destinos de la población. Yasna Amarales dice: “fuimos a Esval y asumimos la responsabilidad. Lo conversamos mucho, sabíamos que era un cacho, pero asumimos. En Esval nos dijeron: con 200 lucas les damos el agua. Entonces vendimos empanadas, la gente tuvo que poner tres lucas por casa, y llevamos la plata a Esval. Como a las tres de la tarde nos dieron el agua. Ahí empezamos legalmente a administrar el edificio”. La deuda de agua fue repactada, descubriéndose que existía un remanente anterior que también debía ser saldado. Debían pagar durante dos años poco más de 200 mil pesos mensuales, además del consumo del mes. Las cuentas por vivienda llegaron a ser hasta de 15 mil pesos. “Pero -dice Janyo- empezamos con restricciones. El lunes y martes el agua se cortaba, nosotros la cortábamos para bajar el consumo. Después, sólo el fin de semana se lavaba. Después de un tiempo, salimos del problema. Ya pagamos la deuda con Esval, la deuda de la directiva anterior y la que venía de antes. Ahora la gente pagará como 4 mil pesos, el resto lo paga un subsidio que conseguimos en la municipalidad”.
Otras tareas han sido la restauración de techos en los espacios comunes, arreglo de pasillos y barandas, además del cambio de los roídos pilares de madera por otros más firmes de concreto. Este cambio no fue antojadizo, se vieron obligados a realizarlo en vista del deterioro. Mediante distintas actividades como rifas, peñas, venta de empanadas o presentaciones teatrales, reunieron parte del dinero para el proyecto. Lo demás lo financiaron mediante la solidaridad de gente cercana a la población, empresas privadas y el aporte de Fosis, que comenzó como un programa de absorción de cesantía que pretendía utilizar a la misma gente de la población para arreglar los pasillos. “Pero -agregan- esta idea funcionó a medias. Resultó, pero hubo problemas: por el hecho de ser de la población, a veces no trabajaban. El proyecto era de dos etapas, terminó la primera y hasta ahí quedó. A la misma gente que vivía acá le pagaban por arreglar su casa. Pero hubo problemas, abusos, era la papa: te están pagando para arreglar tu casa, si quiero trabajo, si quiero no trabajo. Simplemente, no se dio”.
La necesidad de arreglar la Población Obrera surgió no sólo para ofrecer una mejor calidad de vida, sino por el profundo cariño que le han tomado a lo largo de los años, pues, no obstante el estigma de delincuencia que la caracterizó, han luchado por limpiar su imagen. La pobla es más que un edificio. Dentro de sus paredes se ríe, se juega, se llora, se ama y se muere; entre sus muros se tejen distintas historias. Por ello, señala Yasna, “lo rescatable, además del edificio que tiene no sé cuántos años, es la historia que se vive dentro del edificio, la gente es super especial. Por ejemplo, estar aquí hablando y que los cabros chicos estén jugando abajo y que sale una señora y grita: ‘oye, déjate de huevera’; que se tienda la ropa, así es la vida de la pobla”. Pedro, entusiasta, añade que “es sociable acá adentro, desde siempre, desde niño vai a estar siempre jugando allá abajo. Cada generación hace su grupo. Antes estuvimos nosotros y ahora les toca a otros. El patio es parte de tu casa, pero a la vez es super independiente”. En definitiva, vivir y crecer en la pobla los ha hecho sentir como “una gran familia. El núcleo lo tenís en tu casa, pero cuando sales, es como vivir en una familia grande, es vivir en comunidad”. El que dediquen esfuerzos al desarrollo y mejoramiento de su población no quiere decir que estén alienados o aislados de su entorno. Por el contrario, no olvidan que están insertos en un colectivo social, que de disímiles maneras influye directamente en sus vidas. Por esto trabajan con distintas organizaciones del cerro Cordillera, como el Taller de Acción Comunitaria y la parroquia, entre otras. De esta manera se van tejiendo pequeñas redes en el cerro Cordillera cuya clave es la organización. “A nivel de cerro, el solo hecho de juntarse y hacer cosas te permite ir avanzando”, agrega Janyo. “Estás haciendo una contribución a tu ciudad y a tu país, lo que salga de aquí va a ser un ejemplo para el resto”.
Como sucedió con ellos cuando eran niños, pretenden ofrecer un ejemplo, una realidad distinta para los niños de su cerro. “La idea es ir legando a los jóvenes el trabajo con la comunidad y así se van integrando más jóvenes. Nosotros creemos que siempre hay alternativas. Siempre hay otro camino”.
Los jóvenes de la Población Obrera tienen muchos proyectos. Con solidaridad, esfuerzo y entrega los llevarán a efecto. Saben que la historia no solo tiene que ver con el edificio en que viven, es la que están haciendo ellos mismos, a mano y desde el cerro, como respuesta a la indiferencia e indolencia

TOKICHEN TRICOT
En Valparaíso

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Los jóvenes toman la palabra
Julio Lira, presidente de la Fech:

Es hora de sumar


Julio Lira (26 años, ingeniero eléctrico y estudiante de maestría) es el presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, la histórica Fech. Delgado, pelo largo que le cae sobre los hombros y anteojos de hippie, el presidente de la Fech es un joven amable y tranquilo. Pero sus opiniones son firmes y resueltas cuando habla de defender la educación pública y de abrir camino a una alternativa social y política que atraiga a las grandes mayorías del país.
Al igual que muchos jóvenes comunistas, Julio Lira heredó una tradición familiar de vínculos con ese partido. Su padre fue exonerado del Servicio de Investigaciones por su militancia en el PC. La familia permaneció en Chile durante la dictadura y se dedicó a implementar en la comuna de La Reina, donde vive, la política de “rebelión popular” del PC.
El dirigente estudiantil -y varios ex presidentes y dirigentes comunistas de la Fech- hacen noticia en los medios de prensa por su adhesión a la Fuerza Social y Democrática (FSD), desafiando así las órdenes de su partido.
“Estamos en un proceso lento y difícil -señala Lira- de construcción de una fuerza en que confluyan estudiantes y trabajadores. El malestar social no se refleja en Chile en la forma como lo ha hecho en Argentina, donde la gente salió a cortar carreteras y a saquear mercados. Tenemos cerca de un millón de cesantes pero no salen ni cien mil personas a las marchas del Primero de Mayo o del 11 de septiembre. Hay que ir creando, por lo tanto, una organización social que nos represente y nos convoque a todos”.
“La cultura dominante, aquella que mantiene a la gente en la casa mirando el reality show de la TV -agrega Lira-, tenemos que romperla. Pero no será con puros panfletos y consignas contra el neoliberalismo. Se hará con trabajo social profundo y con un proyecto político claro, convincente y creíble”.
Añade el presidente de la Fech: “Tenemos que sumar organizaciones sociales de todo tipo y tamaño en un empeño común de cambio social y cultural. No podemos evadir discusiones necesarias, por ejemplo, la baja adhesión al sindicalismo y la debilidad de la CUT. No hay que hacerle la cruz a la Central Autónoma de Trabajadores, por ejemplo. Si existe es porque hay trabajadores que quieren organizarse así. Nosotros, la Izquierda, muchas veces caemos en un fundamentalismo que nos empuja a buscar y ahondar diferencias, en vez de buscar poner en primer plano las coincidencias. Si seguimos así, estamos fritos. No vamos a salir de esta situación ni en veinte años más. La Fuerza Social y Democrática es un intento muy serio de cambiar las cosas y atraer a la lucha contra el modelo económico y la Constitución del 80 a millones de chilenos”.

APOYO A LA FSD

¿Y cuáles son las razones para que participes en la Fuerza Social y Democrática?
“Los espacios donde se pueda sumar son los que hay que potenciar. Eso es la FSD. No nos vamos a inhibir de participar porque se nos suspenda o expulse del PC. Hoy la construcción de Izquierda -y lo digo sintiéndome muy comunista-, necesita sumar a los actores sociales. El país tiene un montón de problemas. Tenemos un país con un millón de cesantes, una cultura neoliberal enraizada en la sociedad, una transición pactada que desmovilizó a la gente. Son temas que hay que tratar. Mientras esto pasa, yo veía a mi partido -el Comunista- preocupado sólo por la ‘doble militancia’. Eso es grave.
Nosotros no estamos en la FSD para atacar y destruir a un partido, sino para construir y sumar. En la FSD existen fuerzas que no se habían acercado a nosotros. Estar allí nos permite acercarnos a ellos. Lo hacemos con mucha responsabilidad y si es necesario bajar algunas banderas, lo hacemos. Al hacer eso, logramos agrupar a más personas y construir en común. Lamentablemente, este debate está inconcluso en el Partido Comunista. Pero estoy seguro -por el bien del Partido Comunista- que en algún momento se zanjará este debate. La FSD es una muestra de que existe necesidad de crear una instancia que agrupe fuerzas sociales. Quizás ni siquiera sea la FSD la que termine haciéndolo. Tal vez sea un Partido de los Trabajadores u otra forma de organización político-social”.
¿Hay voces nuevas que necesitan expresarse dentro de la Izquierda?
“Cuando fui al Foro Social Mundial en Porto Alegre me di cuenta que el brasileño medio valora a Lula por su alejamiento del fundamentalismo izquierdista. A Lula le decían que no sumara a algunos sindicatos y sí lo hizo, y aunque le decían que no conversara con empresarios tuvo que hacerlo para lograr su objetivo. Hoy, cuando se habla de progresismo normalmente se acusa de reformismo. Sin embargo, se trata de unir a la Izquierda buscando puntos comunes que permitan avanzar”.
¿Acaso dirigentes de la Juventud Comunista que adhieren a la FSD representan un quiebre generacional en el PC?
“En la Juventud Comunista existen visiones diversas. Hay un debate que no está terminado. Si hubiera sido zanjado en el 22º congreso, hoy el Partido Comunista estaría produciendo política de alto nivel. Yo no creo que el debate político se cierre diciendo cobrémosle más impuestos a los grandes capitales y tengamos menos gasto militar. Aunque comparto esa idea, que se transmite como slogan en las campañas presidenciales, esto aparece para la gente común como frases descabelladas. La gente entiende que si le cobran mucho a los grandes capitales éstos huyen, y queda la cagá. Y por otro lado, entiende que si le quitan presupuesto a las Fuerzas Armadas se crea inestabilidad política, que puede terminar en golpe de Estado. Por eso, hay que aterrizar las propuestas. En esto hay una diferencia generacional de apreciaciones. Es heavy; es un debate que tiene que concluir en algún momento. No se trata de ser más o menos comunista o más o menos revolucionario. Significa adaptarse a la realidad, y ver cómo se construye política de Izquierda desde allí”.

LA DERECHA QUIERE DESTRUIR LA “U”

Sobre las denuncias de corrupción en la Universidad de Chile, Julio Lira dice:
“Hay que denunciar la crisis y si existen irregularidades hay que ser contundentes en los castigos administrativos y penales. Pero está claro que la derecha saca beneficios políticos de todo esto. No sé qué busca la derecha a nivel nacional. Pero es claro que existen sectores duros que plantean crear ingobernabilidad. Es peligroso, porque puede hacer caer a un gobierno en esta endeble democracia.
Vilipendiar a la Universidad de Chile se viene haciendo desde la dictadura. La idea es destruirla rompiendo la relación histórica que tiene con la sociedad. El objetivo es anular un espacio en que las políticas del sistema neoliberal tienen frenos y en que se aplican transformaciones democráticas, por ejemplo, el funcionamiento del Senado Universitario. Una institución que en sus estatutos se define como pública y como espíritu crítico de la nación, como institución del Estado destruye íconos del sistema neoliberal.
El ataque a la Universidad de Chile es un avance de la mercantilización de la educación superior. Aunque es difícil privatizar la Universidad de Chile porque tiene un gran patrimonio, pueden cambiar sus visiones y orientaciones. Hoy, por ejemplo, están más enfocadas hacia el mercado. Nosotros hemos sido muy críticos respecto al alza de aranceles, al sistema de autofinanciamiento, a la venta de servicios. En definitiva, hemos estado en contra de acciones que hagan incomprensible la misión de una universidad pública”.
La Fech plantea materializar la defensa de la educación pública mediante firmas, ¿cómo va eso?
“La sociedad ha perdido la noción de defensa de la educación pública, en parte a causa de las denuncias del caso MOP-Universidad de Chile. Esas denuncias han sido utilizadas para destruir la idea de educación pública. Estamos recolectando firmas como una cuestión instrumental. Se trata de tensar esfuerzos, para que la sociedad entienda nuestras demandas, las comparta y haga cumplir la promesa de duplicar el gasto en educación que hizo el presidente Lagos”.
¿Pero cómo se reencanta a una sociedad que ve los conflictos de estudiantes y trabajadores por separado?
“Hay que hacerle ver el crecimiento inorgánico que ha tenido la educación superior. Existen 500 mil estudiantes y la mitad está en instituciones privadas, sin control de calidad. De los egresados, el 70% no logra trabajar en lo que estudió. Esto habla muy mal de la regulación del sistema. En diez años más tendremos miles de profesionales que no fueron formados para realizar un aporte al país, sino para el mercado. No es necesario esperar una crisis de universidades quebradas y compradas por bancos. Es imposible tener un país desarrollado sin una educación desarrollada. La universidad pública es la única que puede afrontar los problemas que interesan al país y no al mercado.
Sergio Bitar es un político que se maneja bien en el mundo político. Pero como ministro de Educación sigue la misma política de mercado. Por eso, luego de algunas reuniones informales, hemos llegado a la conclusión de que no nos conviene seguir juntándonos en mesas de trabajo con él, mientras las universidades públicas están quebrando. El ministro dice que el Estado no es un saco roto, entonces que vaya él a explicarle a los estudiantes las razones de por qué cierran sus carreras y se tienen que ir a su casa en la mitad de los estudios. ¡Que se lo diga a un estudiante que tiene 40 mil pesos para vivir y paga 100 mil mensuales en la universidad! ¡Que no sean patudos al preguntarnos a nosotros de dónde sacan recursos! Nosotros podemos aportar, pero no se trata de que les hagamos la pega. Si no han hecho una reforma tributaria es por falta de voluntad política”

LUIS KLENER HERNANDEZ

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Los jóvenes toman la palabra

“Preguntando caminamos”

“Hemos perdido toda certeza, pero la apertura de la incertidumbre es central para la revolución. Preguntando caminamos, dicen los zapatistas. No sólo preguntamos porque no sabemos el camino, sino también porque preguntar por el camino es parte del proceso revolucionario mismo”.(1)


El momento político chileno parece bastante complejo. Como nunca, las apariencias engañan. Las frases de los políticos, vacías de todo significado, tratan de ocultar más que ofrecer alguna pista de lo que acontece.
Por una parte, dirigentes como Guido Girardi critican ácidamente y tratan de distanciarse de un gobierno que supuestamente personifica sus proyectos de toda la vida. Por otro lado, Pablo Longueira no escatima adjetivos para manifestar su apoyo al presidente Lagos, ofreciendo su lealtad irrestricta e incondicional. Los dirigentes sociales del PS, como Raúl de la Puente y Arturo Martínez, no ahorran epítetos a la hora de enfrentar a un presidente que milita en su mismo partido. Mientras tanto, Lagos nomina a Vittorio Corbo, el mismísimo “gurú” económico de la derecha, como nuevo presidente del Banco Central. ¿Quién entiende? O mejor dicho, ¿a quién le interesa que no entendamos nada?
Esta Babel política es el reflejo del agotamiento de la Concertación como proyecto político. Un agotamiento definitivo, terminal. Lo que no significa que los partidos que conforman esta alianza vayan a desaparecer. Pero la ilusión del arcoiris, la alegría fácil de conseguir cheques en blanco de representatividad por parte de una ciudadanía confiada y complaciente, ya terminaron.
Por más de una década, las dos alianzas que han dominado en forma absoluta el sistema político han competido entre ellas por triunfar una sobre la otra, y al mismo tiempo, se han convulsionado por las disputas internas de sus miembros, que lucharon por la hegemonía dentro de sus coaliciones.
En el caso de la derecha, esta disputa parece ya definitivamente saldada, con la UDI como socio mayoritario, accionista principal y gerente general del proyecto “Lavín 2005”.
En cambio, la Concertación no sólo no ha podido resolver sus disputas, que no parecen tener un claro ganador, sino que se percibe cada día más lejos de encontrar un nuevo sentido a su existencia.
Sin duda, el poder es el más fuerte de los adhesivos, pero una vez que este elemento desaparece no hay nada que pueda sostener una convivencia forzada.
La ciudadanía ya no soporta más el sopor de una transición eterna. Los escándalos de corrupción que se han destapado en el último año han sido la gota final de un vaso que se ha llenado por años de promesas incumplidas, programas abandonados, frustraciones generacionales, volteretas ideológicas y renuncias éticas inocultables. El olor a podredumbre política no se soporta.
Mientras tanto, el “partido transversal” del concertacionismo neoliberal sigue vociferando, imperturbable, su credo ultraortodoxo alimentado por pasión de conversos y penitentes, discípulos de Friedmann y Von Hayek.
En este escenario, es evidente que más temprano que tarde al menos la mitad de la ciudadanía entrará en la orfandad política, en la medida en que el desplome del “proyecto arcoiris” entre en su recta final. Sin embargo, el fin de la Concertación no supone el fin de los actores políticos que han sostenido esta alianza. Al contrario, el afán cada vez más evidente de los partidos concertacionistas por separarse del gobierno, marcar autonomía e identidad, revela este intento por lograr una sobrevida, luego de esta muerte lenta y anunciada.
Lo que es necesario preguntar desde la sociedad civil es qué posibilidad hay de intervenir en este proceso, para evitar que la experiencia de estos trece últimos años se vuelva a repetir. Dicho en otros términos: cómo evitar que luego de esta crisis de representatividad política la Izquierda social vuelva a quemar sus naves, confiando ciegamente en la Izquierda política, pensando que desde el poder gubernamental y parlamentario realizará los cambios que se anhelan.
Todos sabemos que en política los pueblos suelen tropezar con la misma piedra. Por ello, no podemos volver a hipotecar la autonomía de los movimientos sociales, de las organizaciones sindicales, de las búsquedas colectivas que con tantas dificultades han tratado de sobrevivir en medio de la diáspora de la postdictadura. Para ello se hace necesario potenciar movimientos que articulen la Izquierda social y que se fijen como objetivo primario, más que la auto-representación política, el control de lo político. Es necesario pensar en lo que John Holloway llama el “anti-poder”, es decir, en las fuerzas de resistencia y dignidad que están dispersas más allá no sólo de los militantes partidarios, sino incluso más allá de los miembros de las organizaciones sociales en las que participamos: “ Es necesario ir más allá de la militancia abierta y preguntar por la fuerza de todos aquellos que rehusan subordinarse, por la fuerza de aquellos que rechazan convertirse en máquinas capitalistas”.(2)
Es la fuerza de todos aquellos que sin poder afirmar una nueva posibilidad se atreven a lanzar un grito: un No absoluto, un No a la guerra, No a la destrucción de la tierra y de la especie. Esta es la fuerza del nuevo anticapitalismo que propone, sin muchas claridades, pero sin la carga y el peso de los dogmas, una alter-globalización. Es el grito de las multitudes indignadas ante la nueva era de guerra imperial.
En el plano nacional este grito, este antipoder, evidentemente está presente en forma creciente en miles de formas dispersas y discontinuas. Sin embargo, sólo en la medida en que ese No, ese intento de fuga del sistema, se canalice en un poder-hacer colectivo, se podrá soñar no sólo con tener nuevamente a la Izquierda en el poder, sino también con un poder diferente para la Izquierda, que no repita las tragedias y desilusiones que nos ha tocado en suerte padecer.
Este es el valor de iniciativas como Fuerza Social y Democrática, que como Attac y muchas más, serán capaces de contribuir efectivamente en esta tarea de construir un anti-poder capaz de articular las energías que intentan con creciente fuerza lanzar su grito de dignidad y resistencia.
Es el sueño de hacer del acto mismo de protesta una propuesta, un proyecto, una alternativa, que nace del interior de la negación más radical de las formas clientelares y decadentes que la Izquierda política, en todas sus formas y partidos, ha colaborado más a sustentar: la lógica alienante de dividir el pensar y el hacer, el representar y ser representado, el dirigir y ser dirigido, etc.
Es necesaria una organización que se sustente en el “hacer”, en la “práxis” y no sobre un “ser metafísico” que lucha por la supervivencia ontológica y abstracta de cáscaras partidarias, vaciadas de todo sentido.
O nos atrevemos a hacer de nuestro No una propuesta o nos resignamos a seguir esperando que un “otro”, iluminado y supuestamente “profesional” de la política, nos traicione una vez más

ALVARO RAMIS O. (*)

(*) Ex presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, profesor de Teología.
(1) Holloway, John. Cambiar el mundo sin tomar el poder. Revista Herramienta, Argentina, 2002. Pág. 293.
(2) Holloway, John. Op. Cit. Pág. 240.

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Los jóvenes toman la palabra

Superar el ámbito
de la Izquierda

Hay tiempos en los que, por el agotamiento y la presión del reajuste que se cierne sobre los que habitan el poder, es preciso apurarse en aunar fuerzas y voluntades, en prepararse para las posibilidades que abre este tipo de situación política. Eso es urgencia y deber, sobre todo si se produce tras más de una década de cerrada dominación en la cual los poderosos, gracias a su bien soldado pacto de transición, lograron no sólo prolongar la situación de derrota, marginación y confusión en la Izquierda, sino también -a menudo subvalorado en los análisis de ésta última- ahondar la desarticulación del campo popular, una de las herencias dictatoriales básicas para el proyecto de gobernabilidad concertacionista.
Hoy, el impulso de rumbos que puedan proyectar el festín de los de arriba más allá de su raíz pinochetista y de su interregno concertacionista, atraviesa a los distintos actores de la trama del poder. A las filas de los herederos más directos -la UDI- así como al resto de la derecha de vieja tradición; al empresariado e inclusive, a las propias fuerzas armadas, les soplan estas urgencias de mudanza. A lo que se suma el harto comentado agotamiento de la Concertación. En el desorden que cunde en esta última, aparecen los más dispares grupos y con eso, las más diversas direcciones de búsqueda de nuevas fórmulas de articulación.
Considerar la articulación con los sectores más íntegros y apropiados para la instalación de un proyecto popular que pueda desprenderse de esa crisis, implica asumir todos sus riesgos. Es el dilema de sumar y no ser sumados. Pero, ante esos riesgos, la opción de resguardarse en la supuesta pureza que permite quedarse al margen, no entraña consecuencia alguna.
Alarma despierta en algunos círculos de Izquierda la posibilidad de articularse con sectores desgajados de la Concertación. Pero hay que asumir, de una vez por todas, la prolongada debilidad e insuficiencia de la Izquierda, y con ello, el hecho que sin alterar en alguna medida las adversas condiciones de lucha imperantes en todos estos años, no se alcanzará una fuerza capaz de encumbrar un proyecto popular por sobre el límite de las victorias episódicas. Sin vueltas, ello remite a buscar las formas de avanzar en este objetivo -la forja de condiciones más favorables al avance popular- a partir de las posibilidades y las herramientas que tenemos hoy. En su acomodo, el defensismo ignora que por la solidez de la dominación y la desarticulación del pueblo -anverso y reverso de la misma moneda- hoy no se puede pasar al desafío abierto y frontal por un cambio radical. Ello implica, con anterioridad, construir la crisis política de este orden de dominación, para -a partir de allí- poder plantear materialmente -y no sólo en el discurso ideológico- la posibilidad de una transformación más profunda. Ante la adversidad de las condiciones de lucha tejidas por la iniciativa dominante, esa “radicalidad” sólo prolonga hasta el hartazgo la crisis de incidencia política de las embrionarias fuerzas populares, y su refugio en un ritualismo ideológico que apenas oculta la esterilidad de su condición de mero aullido testimonial.
Por el contrario, hoy tenemos el deber y la urgencia de acelerar los empeños actuales de articulación, preliminares e ineludibles para articulaciones mayores. La fuerza y solidez que con ello logremos alcanzar desde ahora serán decisivas para superar el desafío de sumar y no ser sumados, cuando se acelere la descomposición concertacionista que ya se atisba clara en el horizonte, y que no hará más que agudizarse en los años que siguen. De esos esfuerzos, la posibilidad de constituir una alternativa social, tal como la que convoca a discutir y protagonizar Fuerza Social y Democrática, aparece hoy como una valiosa oportunidad de proyectar la práctica de organización y de lucha de variadas experiencias sociales y políticas más recientes.
Con una amplitud mayor a la que ha mostrado la Izquierda en estos años, es preciso hacer confluir variadas expresiones y experiencias, lo que exige superar el riesgo de quedar entrampados en la discusión intestina de la Izquierda, condición especialmente importante para llegar a los sectores juveniles.

LAS LECCIONES
DE LA HISTORIA

Empero, si el tiempo apura articulaciones, no es menos cierto que, si éstas van a sustentarse en una reiteración mecánica de los fallidos intentos que pulularon en la década pasada, no vamos a llegar muy lejos. Al contrario, lo más seguro es que se repitan -ahora a guisa de comedia- los frustrados desenlaces ya conocidos. Evitarlo exige ir más allá de constatar las ambiciones menores de esta o aquella colectividad de la Izquierda, de la veleidad de este o aquel personaje. De fondo, hay lecciones a las que la Izquierda chilena se ha negado todo este tiempo. Prueba de ello es su reticencia a inaugurar caminos de búsqueda más novedosos, en un tiempo en que éstos se han multiplicado, por cierto en forma inacabada y diversa -¿puede ser de otro modo?- en Venezuela, Bolivia, Brasil, México, Ecuador y otros lares de nuestro continente, dejando atrás los dilemas que marcaran a la Izquierda latinoamericana de hace tres y cuatro décadas, como el entuerto entre foquismo y electoralismo o sobre la fisonomía de las vanguardias políticas, acaso válidos ante los cursos vividos entonces, pero que hoy han perdido vigencia bajo las transformaciones del capitalismo y de sus modos de dominio.
Para llegar más lejos, hay que enfrentar inevitablemente cuestiones del pasado -al menos del pasado inmediato- de la Izquierda chilena. Las derrotas de los esfuerzos populares tanto de la Unidad Popular como aquel protagonizado en los años ochenta del siglo recién pasado, no sólo no se asumen, sino que pretenden explicarse a manos de la dureza de la reacción de las clases dominantes ante los ascensos populares. Pero ya en nuestra historia la ferocidad con que en Chile los poderosos defienden y se aferran a lo que consideran suyo, tiene que ser un dato para las fuerzas populares. Carísima, la lección no ha podido ser más clara. La propia realidad actual, con todas sus miserias materiales y espirituales para las mayorías, no es sino expresión y consecuencia de eso. Es más, tal es la fuerza de las clases dominantes locales, que alcanzan una preparación y maduración política como no es fácil atisbarla en otros tierras latinoamericanas. Pero esa capacidad hostil no puede sino ser un dato de la realidad para las fuerzas que apuestan resueltamente a cambiar las cosas, lo que remite a urgar en las limitaciones propias. Pues si la ferocidad reaccionaria es la única responsable de nuestras derrotas, eso equivale -contrario a lo que se profesa- a sostener que un mundo mejor es imposible de conquistar.
Hay cuestiones muy profundas y complejas que revisar y, por cierto, los empeños de articulación no pueden esperar -no lo permiten los tiempos políticos que se avecinan- a tenerlas todas resueltas. Valga al menos hilar un par. La necesidad de repensar la organización política de una manera coherente con un tiempo de desarticulación popular, lo que implica empujar experiencias sociales embrionarias alternando con otras esferas más articuladas, superando con ello una concepción de partido propia de realidades populares largamente constituidas y maduras, sin que ello signifique renegar de la necesidad de los dominados de articularse para la acción política y la incidencia en la correlaciones de poder, y evitando por eso mismo hacerle el juego a la despolitización impulsada por la dominación a través de utopías basistas.
Junto a ello, repensar y superar los límites de la dinámica política dominante y su carácter representativo, no participativo sino delegativo, cuya reproducción en la Izquierda resulta nefasta para el desarrollo de las organizaciones sociales, y como tal, tensionadora de la relación entre los espacios y dinámicas políticas y sociales propiamente tales, en donde la figura del activista político ha de pasar de las viejas artes del agitador a las de un genuino constructor social.
Sin embargo, hay otras cuestiones que, por básicas, es preciso tenerlas claras desde un principio. De lo contrario, no se andará muy lejos. Una de ellas es la determinación de superar el ámbito al cual ha quedado reducida la Izquierda. Eso implica sobreponerse al discurso para los convencidos, y la dinámica ceñida a los conflictos propios de este pedazo limitado de la sociedad. Para ello, la discusión de los rumbos por los cuales ensanchar estos horizontes de construcción de fuerzas tiene que ser abierta y explícita. Esto último exige, desde un principio, terminar resueltamente con las formas más viciadas -y con razón desprestigiadas- de la política tradicional que, además de su debilidad por la producción de “hechos políticos” muchas veces carentes de fuerza social real, resulta eminentemente cupular, de conciliábulos y personalidades, ajena a las organizaciones sociales y, en su lugar, sustituirla por una dinámica abocada a la construcción de fuerza y organización en diversos espacios abiertos de la sociedad

CARLOS RUIZ ENCINA (*)

(*) Coordinador nacional de la SurDA, 38 años, sociólogo y profesor en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.