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Edición 551
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Balance autocrítico de mi militancia revolucionaria
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Balance autocrítico de mi
militancia revolucionaria

El principal acierto político del MIR es haberse fundado con el objetivo de “derrocar el sistema capitalista y reemplazarlo por un gobierno de obreros y campesinos, dirigido por los órganos del poder proletario, cuya tarea será construir el socialismo y extinguir gradualmente el Estado hasta llegar a la sociedad sin clases”. Este gran objetivo se inserta en un período histórico de ascenso de la lucha revolucionaria y de avance del socialismo en la década del 60.

El segundo gran acierto del MIR es haber definido en sus primeros años, una estrategia de guerra popular que permitiera al proletariado y al pueblo, a través de un proceso prolongado, acumular la fuerza social, política y militar para “derrocar al sistema capitalista y reemplazarlo por un gobierno de obreros y campesinos”.

JOVENES militantes del MIR desfilando en el centro de Santiago en los años 70. En el ángulo derecho, Sergio Pérez Molina, detenido desparecido desde el 21 de septiembre de 1974. En primer plano: Milton Lee Guerrero, entonces dirigente del FER, hoy dirigente del Partido Socialista. Al centro Carlos Zarricueta Lagos, hoy profesor universitario. Detras de Milton Lee se ve a Alfonso Chanfreau Oyarce, detenido desaparecido desde el 30 de Julio de 1974.
Foto de Fernando Velo

Para esto, definió con claridad las alianzas que la clase obrera debería constituir con el propósito de conseguir la mayoría social que este proyecto requería. Los principales aliados de la clase obrera se definieron como los pobres de la ciudad y el campo (pobladores, pequeños campesinos de subsistencia, pequeña burguesía empobrecida, pequeños comerciantes y artesanos) y sectores de la pequeña burguesía profesional, estudiantil, funcionaria y de la pequeña burguesía industrial y agraria.
El gran error histórico del MIR, sin embargo, es que si bien logró constituirse como partido de vanguardia e iniciar un proceso de acumulación de fuerzas en los sectores sociales mencionados, en ninguno de los períodos en que le tocó intervenir pudo dar coherencia táctica a su estrategia de guerra popular.
En el período de ascenso de las luchas sociales y políticas que culmina con el triunfo de la Unidad Popular, el MIR logra conducir a sectores de la clase obrera y el pueblo, tanto en la ciudad como en el campo, pero su proceso de crecimiento y su capacidad de conducción no logra dar respuesta a los requerimientos del período. Con el propósito de revertir la conducción reformista, se vuelca hacia las masas (lo que es correcto en términos generales); se generan los frentes intermedios (para alentar la alianza de los revolucionarios por la base y potenciar la conducción hacia sectores más amplios de la clase obrera y el pueblo). Pero en este esfuerzo el partido se abre: sus militantes y dirigentes pierden su clandestinidad (que no es sinónimo de ilegalidad, pues era un período de amplias libertades democráticas). Los frentes intermedios que tenían como propósito ampliar la conducción de las masas, sólo logran conducir a los sectores más avanzados y radicalizados del movimiento de masas, perdiendo esa clandestinidad. Lo anterior se agudiza porque un aspecto central de la intervención táctica del MIR pasaba por el accionar directo de masas (toma de fundos y fábricas, tomas de terrenos, toma de cordones industriales y en algunos casos, de comunas) con el objetivo de irradiar mayor conducción revolucionaria, pensando erróneamente que con este esfuerzo se avanzaba en la constitución de poder popular. Aparentemente, se consiguió dar un salto en la acumulación de fuerzas, porque política e ideológicamente aparecía el MIR irrumpiendo con fuerza en la escena política, todo esto magnificado por la prensa contrarrevolucionaria y golpista que buscaba dar la impresión que el MIR sobrepasaba la conducción de la UP. Con esta táctica, el MIR no logró conducir ni tampoco ligarse a las amplias masas, sino sólo a sus sectores más radicalizados. A su vez éstos se desligan de las masas y muchos también pierden la clandestinidad: Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR), Movimiento Campesino Revolucionario (MCR), Movimiento de Pobladores Revolucionarios (MPR), Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), etc. Tampoco se prepararon las condiciones para enfrentar la contrarrevolución en curso: preparación del terreno suburbano y rural en zonas aptas para la lucha guerrillera permanente y semipermanente, acciones que permitieran anticipadamente dividir o al menos fracturar a las FF.AA. (a pesar que existía un relativo buen trabajo político a su interior), etc. La mayoría de los militantes y dirigentes del MIR, al perder la clandestinidad y al estar ligados a los sectores de masas más radicalizados, no estaban en condiciones de generar los resguardos necesarios para enfrentar con éxito la contrarrevolución en curso.
Al momento del golpe, la mayoría de los militantes y dirigentes locales y regionales no logran replegarse y organizar la resistencia en sus propias comunas y regiones. Quedó al descubierto que el poder popular no era más que una idea en nuestras cabezas y no una realidad que pudiera organizar la resistencia y ni siquiera proteger a la militancia revolucionaria. En ese momento empieza a gestarse el aislamiento de un porcentaje elevado de los militantes de sus frentes de masas. Al perder la clandestinidad, después del golpe el grueso de los militantes y dirigentes pasaron a ser ilegales y buscados por los servicios de inteligencia. Eran ilegales sin fuerza organizada de masas que pudieran protegerlos en sus propias localidades y regiones.
No consciente de esta situación, el MIR -como parte de su táctica para el nuevo período- levanta la política de no asilarse. ¿Qué sucede en la práctica? A partir del golpe no hay capacidad de respuesta, la represión se inicia sobre la Izquierda y el MIR. En los primeros meses han sido apresados o fusilados un número importante de dirigentes y militantes. Al no poder resistir y ni siquiera mantenerse en sus propias regiones, se inicia un “repliegue” de dirigentes locales, regionales y nacionales de provincia hacia Santiago, que se suman a los ilegales de la capital que en buena parte también habían sido obligados a abandonar sus localidades. Muy pocos lograron rehacer un apoyo de masas.
El movimiento de masas empieza a replegarse. Nos equivocamos al pensar que se iniciaba un proceso de resistencia, que íbamos a ser capaces de revertir la conducción dejada por el reformismo, y todo esto a pesar que no teníamos incidencia en procesos reales de resistencia.
Señalábamos que sería posible formar un amplio movimiento de resistencia y unir a toda la Izquierda, al menos por la base; que la derrota no era de los revolucionarios sino del proyecto reformista. El deseo primaba sobre una realidad distinta. Nuevamente no había coherencia táctica con la estrategia de guerra popular, que para que tenga éxito es fundamental que se desarrolle desde las masas y con las masas.
En los años 74 y 75 más que desarrollar la resistencia (imposible por las condiciones en que nos encontrábamos), lo que el MIR hace es tratar de proteger artificialmente a sus dirigentes, cuadros y militantes de la ofensiva de la Dina, Sifa y otros servicios de inteligencia, cuyo objetivo era desarticular y aniquilar al MIR. Esta “protección” artificial se realiza con medidas fundamentalmente conspirativas (documentación falsa, arriendo de casas con fachadas falsas, etc.), pero con muy poco apoyo de masas. Si hubiese existido un mínimo poder popular antes del golpe, la conspiración se habría realizado con las masas, no fuera de ellas. En lo personal, creo que fui un buen conspirador. Siempre lo hice apoyado en pequeños grupos de resistencia organizados. En gran medida esto fue decisivo para que pudiera permanecer en Chile prácticamente todo el período de la dictadura.
La Dina y otros servicios de inteligencia cercaron al MIR y lograron cumplir gran parte de su objetivo. Pero hay que reiterar: lo pudieron hacer porque nuestros propios errores táctico-estratégicos, anteriores y posteriores al golpe, lo permitieron. El MIR desde su nacimiento tenía conciencia que para desarrollar una estrategia de poder de la clase obrera y el pueblo, debería enfrentar la política de contrainsurgencia de las clases dominantes.
Después de la muerte en combate de Miguel Enríquez, producto de las derrotas anteriores, se definió que la estrategia de guerra popular tendría tres fases: defensiva estratégica, equilibrio estratégico y ofensiva estratégica. En ese momento estábamos en la fase defensiva estratégica y dentro de ella, en una etapa inferior de reconstrucción del partido en los frentes de masas y de desarrollo menor de formas de resistencia, fundamentalmente propaganda y organización.
Esta etapa se desarrolló bajo el cerco de los servicios de inteligencia, con una carga de militantes y dirigentes que en alto porcentaje eran conocidos, lo que obligó a seguir aplicando formas artificiales de conspiración, paralelamente a la organización de nuevos núcleos de resistencia y bases del partido. Fue un proceso lento, que empieza principalmente en Santiago. Posteriormente irá extendiéndose a Valparaíso, Concepción y otras ciudades. En los años 78-79, había poco más de un centenar de militantes organizados en el país. Alrededor de esta militancia se organizaban comités de resistencia clandestinos, con los cuales se realizan las primeras acciones de propaganda, de milicias y de organización social (participación en algunos sindicatos, organizaciones de estudiantes, pobladores, etc.). A fines del 77 y principios del 78 se realizan las primeras acciones de propaganda armada, efectuadas por grupos operativos del MIR. Se estaba en esta tarea de reconstrucción, cuando se inicia un proceso de reactivación del movimiento de masas.
El MIR define entonces el Plan del 78, con el cuál estuve de acuerdo. Ese plan tenía dos objetivos básicos: reforzar el proceso de reconstrucción del partido con cuadros y militantes que regresaran del exterior para fortalecer el proceso de resistencia que mostraba mayores signos de reactivación; simultáneamente se buscaba preparar las condiciones para el desarrollo de los frentes guerrilleros y el fortalecimiento de los grupos operativos urbanos y suburbanos, a fin de extender las acciones de resistencia armada.
Sin embargo, a partir del 79-80, cometimos el mismo error que en el período de la UP y en los años 74-75. En nuestro afán por intervenir (en general correcto cuando hay condiciones mínimas de construcción de partido y, sobre todo, de ligazón natural con el movimiento de masas que se está reactivando), por tratar de revertir rápidamente la correlación de fuerzas, se compulsionó nuevamente al partido en todos los planos, sobre todo en la intervención armada y en el proceso de constitución de fuerza guerrillera. Nuevamente, no hubo concordancia entre la táctica y la estrategia de la guerra popular. Pero lo peor es que se hizo habiendo definido las tres fases de desarrollo de esa estrategia y dentro de la primera, en una etapa de reconstrucción de fuerzas que a esas alturas, si bien permitía (por lo reconstruido y porque se iniciaba la reactivación de las masas) acelerar un poco, debería haberse hecho de una forma más natural, con el movimiento que se organizaba en resistencia y con el proceso de reconstrucción del partido.
La expresión más clara de este voluntarismo es el inicio del ingreso al país y la subida inmediata de los compañeros a la zona montañosa de Neltume, sin que el partido tuviera un desarrollo mínimo en la zona y sin una logística y redes mínimas que permitieran su abastecimiento y apoyo. Esta situación obligó a desarrollar apoyos y redes artificiales, con un alto porcentaje de compañeros ilegales y muy poca resistencia legal organizada en la zona. La sobrevaloración de las condiciones objetivas (la reanimación del movimiento de masas), el no tener en cuenta las condiciones reales de construcción del partido y de la resistencia, y el menosprecio por la capacidad de reacción de la contrainsurgencia, nos llevó a impulsar ese proyecto antes de tiempo.
Paralelo a lo anterior, toman más fuerza al interior del MIR y de su dirección los sectores que no estaban por una salida democrática, popular y revolucionaria para derrocar a la dictadura. Esto hace perder aún más coherencia al accionar táctico. Ese sector del partido empieza a desarrollar su política en función de una salida subordinada a la estrategia de lo que posteriormente sería la Alianza Democrática. Varios de esos dirigentes y militantes impulsaron (desde el exterior por supuesto) la constitución de los frentes guerrilleros, haciendo caso omiso de la situación del partido y la resistencia en Chile. Esto demuestra, como en otras tantas experiencias históricas, que ser radical y militarista en el discurso no es sinónimo de consecuencia popular y revolucionaria.
Si bien el MIR entre los años 79-83 logra tener presencia política, social y armada de relativa importancia, no logra dar continuidad táctico-estratégica a su intervención. Nuevamente no es capaz de darle coherencia táctica a su estrategia de guerra popular. Nuevos golpes represivos agudizan las contradicciones al interior del partido y tres derrotas táctico-estratégicas (73, 74-75, 80-83), generan condiciones para su división. Prácticamente dividido, su participación política y armada es marginal en el proceso de las protestas nacionales de los años siguientes. A partir del año 85, el MIR no fue capaz de superar su crisis y terminó dividiéndose. Lo anterior se vio favorecido por el derrumbe del campo socialista.
La nueva situación obliga a replantearse la institucionalidad de los proyectos proletarios, para asegurar que quien detente el poder sea la clase obrera y sus aliados, que exista posibilidad de alternancia en el poder de distintos proyectos proletarios y sistemas de fiscalización efectivos de los funcionarios del Estado, etc. También obliga a replantearse cómo se organizan las vanguardias, porque el centralismo democrático -tal como se ha implementado- no ha sido un instrumento efectivo y democrático de discusión interna. A la vez obliga a replantearse la relación de los partidos con el Estado una vez que se conquista el poder: la práctica del socialismo real demostró que esto fue caldo de cultivo para la burocracia y el stalinismo, e incluso, para la generación de procesos contrarrevolucionarios

HERNAN AGUILO MARTINEZ (*)

(*) El autor fue dirigente nacional del MIR y desempeñó la secretaría general de ese partido en la clandestinidad, subrogando a Andrés Pascal Allende.

 

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