“Subterra” de Baldomero Lillo
Clásico de la narrativa chilena
Cuando
se menciona a Baldomero Lillo surge de inmediato el recuerdo de
algunos de sus cuentos de ambiente minero, como “El chiflón
del diablo”, “La compuerta número doce”,
“El grisú” o “La paga”, que se
vienen leyendo de generación en generación desde
su edición en 1904, con el título de Subterra. La
publicación de este libro causó revuelo en el apocado
ambiente literario chileno de comienzos del siglo XX. Un medio
que hasta entonces seguía las aguas de los clásicos
españoles y recibía la influencia de la literatura
francesa sin alcanzar una estatura propia y, desde luego, alejado
de la realidad social de un país que se aprontaba a celebrar
el primer centenario de su independencia.
La primera edición se agotó en pocas semanas. El
nombre de Lillo pasó a ser un nombre valorado en los ateneos
literarios, y prácticamente todos los escritores relevantes
de la época alzaron sus voces para elogiar a un autor que
comenzaba a ser una referencia ineludible para lo que se escribiría
de ahí en adelante. El éxito se debió a que
Baldomero Lillo presentaba un mundo hasta entonces omitido, y
dentro de éste, a personajes que tenían la inconfundible
marca de lo auténtico: el mundo de los minerales carboníferos
de Lota, ciudad que cobijaba a una infinidad de mineros que laboraban
en condiciones de extrema miseria. Los cuentos de Baldomero Lillo
aportaron un lenguaje simple, acertados retratos humanos y un
acentuado sentimiento solidario. Como señalara Ernesto
Montenegro -escritor chileno contemporáneo de Lillo-: “Por
primera vez, la alpargata y la blusa hicieron la caminata hasta
las librerías del centro para volver al suburbio cargando
debajo del brazo una obra de un autor nacional. Es el primer autor
chileno con un público lector que abarca del taller y la
planta industrial a los cenáculos literarios”.
Baldomero Lillo nació en Lota el 6 de enero de 1867. Fue
un niño enfermizo al que sus largas convalecencias hicieron
un lector voraz de Verne, Dickens, Tolstoi, Balzac. A la muerte
de su padre, trabajó como empleado en una pulpería.
Ese trabajo y las experiencias de la niñez lo hacen relacionarse
estrechamente con la vida y sufrimientos de los mineros que a
diario ve pasar por las calles de Lota. La realidad con la que
convive durante casi veinte años impacta su ánimo
y conciencia. De ella emergen sus personajes estremecedores. Los
viejos mineros que se identifican con el agónico fin del
caballo que ha sido su compañero de faenas; el padre que
lleva a su hijo de ocho años a trabajar al fondo de la
mina, los obreros amenazados de despido, la dura faena que convierte
en viejos decrépitos a los más jóvenes y
vigorosos; los oscuros túneles a más de cuarenta
metros bajo el mar, las filtraciones de agua que acompañan
las faenas como una música tétrica que les advierte
de la presencia de la muerte, la brutalidad de los administradores
y capataces, y toda la amplia galería de personajes y anécdotas
que pueblan sus cuentos.
La obra de Baldomero Lillo se concentra en tres docenas de cuentos
y relatos que comienza a escribir cerca de los cuarenta años,
y que se publicaron con los títulos de Subterra, Subsole,
Relatos populares y Páginas del salitre. El año
1900, Lillo se traslada a Santiago, y en la capital, junto con
ganar un espacio en el medio literario de la época, debe
ganarse la vida como agente de seguros y escribiente en una notaría,
hasta que finalmente obtiene un cargo administrativo relacionado
con la educación, que le da tranquilidad para sobrellevar
una vida sencilla, de pocas pretensiones. En esa época
ya padecía la tuberculosis que le llevaría a la
muerte en 1923, cuando vivía en San Bernardo. Sus contemporáneos
lo describen como un hombre quitado de bulla, parco, introvertido,
humilde, que en las tertulias literarias prefería mantenerse
en silencio, sin llamar la atención.
Subterra de Baldomero Lillo aparece cuando en Chile recién
se comienza a hablar de la llamada “cuestión social”,
bajo la influencia de pensadores provenientes del positivismo
y el anarquismo. Aporta un paisaje humano inédito en la
literatura chilena, el de un puñado de obreros que, como
dice en uno de sus cuentos, sólo tienen por delante el
destino de “trabajar, padecer y morir”. La obra de
Lillo entra como un ventarrón en la literatura chilena
y genera una impronta que deja huella en escritores posteriores
y que tiene su mayor expresión en la llamada Generación
del 38. Con justicia entonces, Baldomero Lillo es considerado
el padre del realismo chileno, y desde luego, el primer gran exponente
del cuento.
Lillo es un poderoso observador de la realidad, y relata con sencillez,
certeza, honestidad. Tal vez se pueda criticar su fatalismo, el
destino trágico que impone a la mayoría de sus personajes,
pero al fin de cuentas eso no hace más que remarcar el
mundo desesperado y sórdido que recrea, su protesta contra
lo que considera una muestra palpable de explotación humana.
Los lectores de Subterra se enfrentan a historias y personajes
que cautivan y conmueven. Por eso, no se puede más que
coincidir con Ernesto Montenegro cuando dice que lo que da resonancia
y permanencia a la obra de Baldomero Lillo es que “nos hace
sentir la tragedia de esas vidas como algo que está muy
cerca de nosotros y habla a nuestra conciencia”. A casi
cien años de la publicación de Subterra, Lillo es
un narrador que conserva su vitalidad y obliga a tomar partido,
con palabras que apelan a profundos sentimientos humanitarios
RAMON DIAZ ETEROVIC