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Memoria
alerta
CUARENTA AÑOS
de historia en PF
En septiembre de 2005, Punto Final cumplirá cuarenta años.
Un tiempo largo, apasionante y doloroso, en el que hubo profundos cambios
en el mundo. El triunfo del imperialismo globalizador coronó a
Estados Unidos como cabeza del imperio; cataclismos sociales borraron
a los estados socialistas de Europa y a la misma Unión Soviética;
la ciencia escarbó en los más profundos secretos de la vida,
mientras la cibernética y la electrónica cambiaban los modos
de relación y abrían posibilidades insospechadas; la droga
se instaló en los países occidentales; y el mercado y la
especulación dominan la economía. Como nunca antes, el mundo
podría satisfacer en abundancias las necesidades de sus habitantes;
y como nunca antes, se ha polarizado la riqueza y la miseria afecta a
miles de millones de personas.
En Chile, en estos decenios, hubo regímenes muy distintos, incluyendo
una experiencia revolucionaria y una feroz dictadura militar que la aplastó
y duró diecisiete años. En este tiempo ha vivido Punto Final.
Siempre junto a los excluidos, los sectores populares y los revolucionarios,
especialmente latinoamericanos. Apoyamos sin vacilaciones a la revolución
cubana y hoy a la revolución venezolana. Es lo que nos interesa
mostrar en esta Memoria Alerta, que iremos publicando a lo largo de los
meses que nos separan del 40º aniversario.
Seguiremos el pulso de los acontecimientos a través de las antiguas
páginas de la revista con artículos de opinión, crónicas,
comentarios y entrevistas. Aportaremos así a la memoria popular,
sin ocultar situaciones que nos sobrepasaron por su complejidad. También
dejaremos constancia del esfuerzo por informar y dar opinión abierta
y cuestionadora, orientada por el compromiso revolucionario que siempre
nos ha guiado.
Los tormentosos
años sesenta
Hablamos de los años sesenta del siglo XX, que
nos cuesta llamar “siglo pasado”. Una década de rebeldía
en que todo parecía posible, especialmente en América Latina
galvanizada por el triunfo de la revolución cubana. En Chile, el
decenio debutó con un terremoto que asoló desde Concepción
a Chiloé, un cataclismo grado 9,5 escala Richter. Y terminó
con tres acontecimientos inusuales que mostraron la profundidad de la
crisis social que se vivía. En 1967, el mismo año en que
murió el Che en Bolivia, los estudiantes se tomaron la Universidad
Católica en Santiago, reclamando reformas profundas. El año
siguiente, se produjo la ocupación de la Catedral por un grupo
de sacerdotes y laicos -Iglesia Joven- que exigía mayor compromiso
con los pobres y en 1969, se produjo el acuartelamiento del general Roberto
Viaux en el regimiento Tacna, en un movimiento militar que anticipó
procesos y situaciones que entonces no se descifraron.
Eran tiempos confusos y también esperanzadores.
Quince años después de la segunda guerra mundial parecía
iniciarse una nueva fase. La guerra fría enfrentaba al capitalismo,
encabezado por Estados Unidos, con el socialismo liderado por la Unión
Soviética. Muchas colonias se convertían en estados independientes,
especialmente en Africa, donde Argelia conquistaba su independencia de
Francia luego de una cruenta guerra. América Latina no se quedaba
atrás: la revolución cubana triunfaba a comienzos de 1959.
La década del sesenta estaría recorrida por la guerra de
Vietnam. Las ciencias y la tecnología alcanzaban nuevas metas.
Se masificaba la computación y las aplicaciones cibernéticas,
apoyadas en el desarrollo de la electrónica, mientras se daban
los primeros pasos en biología molecular. Empezaba la carrera espacial
con ventaja para la Unión Soviética, que puso en 1961 a
Yuri Gagarin en el espacio. Con sus cohetes y el arsenal nuclear de que
disponía, la URSS impuso a Estados Unidos un equilibrio del terror
que evitó la tercera guerra mundial.
GRANDES HITOS
Si los años sesenta no fueron los más importantes
del siglo, les faltó poco para serlo. Pasaron cosas cuyas consecuencias
fueron enormes, como el cambio del papel de la mujer en la sociedad occidental,
ayudada por la píldora anticonceptiva y el feminismo. Los jóvenes
se colocaron en el centro del escenario. Cambiaron las relaciones entre
hombres y mujeres y la estructura misma de la familia patriarcal. Se generalizó
el uso de drogas como la marihuana y el LSD, y también irrumpieron
con inusitada energía nuevas formas artísticas y musicales,
con paradigmas como los Beatles y los Rolling Stones. Se produjo el boom
literario latinoamericano, y los iconos femeninos de Marilyn Monroe, Sofía
Loren, Catherine Deneuve y Elizabeth Taylor se imponían a escala
mundial. La aldea global de Marshall McLuhan se hacía realidad.
A comienzos de los sesenta, Chile tenía la mitad de los habitantes
que hoy. Esos siete millones y medio vivían en un país subdesarrollado,
pero en donde las diferencias entre los más ricos y los más
pobres no eran todavía aberrantes. Un poderoso movimiento de Izquierda
amenazaba a los sectores dominantes y al capital imperialista, sostenido
por las organizaciones de trabajadores de la ciudad, por sectores de campesinos
y por los partidos Socialista y Comunista. En 1958, Salvador Allende había
estado a treinta mil votos de alcanzar la Presidencia de la República.
Muchos creían que lo lograría en 1964, porque la Izquierda
seguía creciendo y la revolución cubana estaba demostrando
que el socialismo era posible en América Latina. En todas partes
surgían guerrillas.
La Iglesia Católica vivía un período trascendental
después de la muerte de Pío XII, un conservador cerradamente
anticomunista. Juan XXIII convoca al Concilio Vaticano II, la primera
reunión de todos los obispos católicos del mundo realizada
en el siglo XX. Se efectúa entre 1962 y 1965. El Concilio significó
un cambio sustantivo en la posición de la Iglesia frente al mundo
moderno. La puso al día y abrió las puertas al ecumenismo,
la aceptación de la democracia, la valoración del papel
del laicado, las modificaciones litúrgicas para acercar las celebraciones
sacramentales al pueblo. Grandes encíclicas, como Mater et Magistra
(1961) y Pacem in Terris (1963), dejaron la huella de Juan XXIII, conocido
también como el Papa Bueno. Lo sucedió Paulo VI, que continuó
su obra con atenuaciones, y proclamó otra importante encíclica,
Populorum Progressio (1967). El Concilio conmocionó a la Iglesia.
La Compañía de Jesús, dirigida por el padre Pedro
Arrupe, asumió la posición de vanguardia en los cambios.
LA GUERRA DE VIETNAM
Hecho central en el panorama internacional era la guerra
de Vietnam. Después de la derrota de los franceses, Estados Unidos
envió miles de “asesores militares” para sostener al
gobierno de Vietnam del Sur, amenazado por las fuerzas populares. La participación
norteamericana fue aumentando hasta llegar a más de 500 mil soldados.
A fines de la década, la guerra se encaminaba a la victoria vietnamita,
que se produjo definitivamente en 1975.
China consolidaba el socialismo y atravesaba la tormentosa “revolución
cultural” que enfrentaba a Mao Tse Tung y sus seguidores con las
estructuras anquilosadas del partido y del ejército. Simultáneamente,
se abría una áspera pugna con la Unión Soviética,
que dividiría el movimiento comunista y provocaría serios
daños a la causa revolucionaria, en un conflicto en que se cruzaban
problemas ideológicos, intereses de Estado y problemas históricos.
En Europa, dividida entre capitalismo y socialismo por los acuerdos de
Yalta, surgían problemas nuevos. En 1961, en Berlín el gobierno
de la RDA levantaba un muro fronterizo para impedir la sangría
de que era víctima por parte de Alemania Occidental, respaldada
por Estados Unidos, y cerrar un foco de provocaciones que podían
desencadenar un conflicto. En otros países del Este, como Polonia,
Rumania y Checoslovaquia, había inquietudes graves. Culminaron
en 1968 con la llamada “primavera de Praga”, encabezada por
Alexander Dubcek, y cancelada dramáticamente por tropas de los
países del Pacto de Varsovia, encabezadas por las fuerzas soviéticas.
Mayores eran las convulsiones en Europa occidental. No se trataba solamente
de la acción del movimiento obrero que desplegaba enormes manifestaciones,
especialmente en Francia e Italia. Ahora eran los jóvenes, casi
siempre estudiantes, que iban más allá de las reivindicaciones
habituales y se planteaban una transformación radical de un sistema
opresor y asfixiante. En mayo de 1968 los universitarios franceses se
tomaron las calles y los principales recintos e hicieron tambalear el
régimen del presidente Charles de Gaulle, pero en definitiva fracasaron
por no haber forjado una alianza sólida con los obreros. “Seamos
realistas, pidamos lo imposible”, fue uno de los más recordados
lemas escritos en los muros de París. El movimiento de rebeldía
juvenil se extendía por el mundo. En Estados Unidos se expresaba
en el movimiento hippie y también en la oposición a la guerra
de Vietnam, que se transformó en fenómeno multitudinario.
En México, la masacre de Tlatelolco aplastó de manera implacable
el comienzo de una movilización universitaria.
En América Latina y más allá, en el amplio Tercer
Mundo, la revolución cubana lo conmocionaba todo. Abría
posibilidades impensadas a sólo 90 millas de Estados Unidos, con
un socialismo de formas novedosas y un quehacer estimulante y creativo
de fuerte contenido latinoamericano. El impacto también se sentía
en la cultura, con el trabajo de Casa de las Américas y sus concursos
anuales, y en las concepciones ideológicas con la revista Pensamiento
Crítico. En tanto, Estados Unidos intentaba aplastar a la revolución
mediante sabotajes y bandas contrarrevolucionarias y en 1961, con la invasión
derrotada en Playa Girón.
Luego, a través de la OEA, aisló a Cuba del continente y
le impuso el bloqueo que dura hasta hoy. En 1962 la instalación
de cohetes soviéticos en la isla provocó una grave crisis
internacional, que terminó cuando la URSS aceptó retirar
las armas estratégicas a cambio del compromiso norteamericano de
no invadir Cuba. Pero Estados Unidos no estaba dispuesto a ceder. Impulsó
la Alianza para el Progreso, destinada a evitar el contagio revolucionario
mediante apoyo económico a los países latinoamericanos,
a cambio de reformas tibias para evitar estallidos sociales. Al mismo
tiempo, incentivó las políticas militares de contrainsurgencia
y conflictos de baja intensidad. En 1966, generales gorilas derrocaron
al presidente argentino Arturo Illia y se mantuvieron en el poder hasta
1973. En 1964, el golpe de Estado en Brasil contra el presidente Joao
Goulart marcó un momento decisivo.
En Chile, en 1958 se inició el gobierno derechista del presidente
Jorge Alessandri, que intentó aplicar algunas recomendaciones de
la Alianza para el Progreso, incluso una incipiente reforma agraria, sin
mayor éxito. Alessandri gobernó para los grandes empresarios
e incluso intentó un sistema de ahorro forzoso para los trabajadores.
Comenzaba asimismo la preparación antisubversiva de los militares.
En 1963, en el Memorial del ejército de Chile el mayor Sergio Fernández
Rojas publicó un artículo titulado “Subversión,
propaganda y rebelión”. Concluía que la victoria en
la guerra antisubversiva “es equivalente a la captura o destrucción
de un ejército en la guerra clásica y no puede obtenerse
sino mediante la destrucción o captura de la totalidad de los medios
revolucionarios. Esto significa arrancar de raíz, en forma metódica,
lenta y costosa, las bases en que descansa la rebelión o bien la
deportación en masa de los habitantes”.
Por eso mismo, las elecciones presidenciales de septiembre de 1964 se
vieron como decisivas. Era el tercer intento de Salvador Allende y estaba
obligado a ganar. Con mayor razón, si el centro y la derecha levantaban
candidatos separados, Eduardo Frei Montalva, líder de la democracia
cristiana, y el senador Julio Durán, rabiosamente anticomunista.
La derecha y el embajador norteamericano olieron el peligro. La derecha
retiró su apoyo a Julio Durán y decidió apoyar a
Frei. En el hecho, la elección presidencial fue entre Allende y
Frei. En la campaña se utilizaron todos los medios, incluyendo
millones de dólares proporcionados por Estados Unidos. El miedo
saturó la prensa y radio. Carteles callejeros anunciaban el peligro
de tanques rusos que recorrerían las calles chilenas.
REVOLUCION EN LIBERTAD
Prometiendo una “revolución en libertad”,
Frei ganó las elecciones, con la más alta mayoría
alcanzada hasta hoy por un candidato presidencial en Chile, un 55,7 por
ciento. Meses más tarde, la democracia cristiana triunfó
nuevamente en forma arrolladora en las elecciones parlamentarias. Audaces
dirigentes de derecha fundaron un nuevo partido, el Partido Nacional,
con rasgos fascistoides que marcarían de manera creciente su trayectoria.
Sin embargo, el triunfo de Frei no podía explicarse solamente por
el anticomunismo. El mensaje de su candidatura era moderno y convincente.
Interpretaba a nuevos sectores de la burguesía y a importantes
segmentos de trabajadores. Su tarea central se orientaba a realizar cambios
que no fueran traumáticos y, sobre todo, que no significaran un
choque con los intereses norteamericanos. Levantó también
la consigna de la Patria Joven, como símbolo de renovación
y cambio, que concitó la participación multitudinaria de
estudiantes y trabajadores. Todas las universidades fueron ganadas por
la Juventud Demócratacristiana. La Iglesia, encabezada por el cardenal
Raúl Silva Henríquez, se jugó a fondo por el éxito
del gobierno de Eduardo Frei Montalva. El jesuita Roger Vekemans encabezó
la organización de los sectores marginados, a través de
la Promoción Popular, mientras Cáritas, organización
de beneficencia de la Iglesia, distribuyó decenas de millones de
dólares en alimentos y otras ayudas a los sectores de extrema pobreza.
Una forma disimulada de proselitismo para derrotar a la Izquierda.
La derrota de Allende fue un verdadero terremoto para sus partidarios.
Muchos pensaron que se había perdido la última oportunidad
de llegar al gobierno mediante elecciones. No tenía sentido aspirar
a metas imposibles.
Entre los jóvenes cundió el desaliento y surgieron nuevos
movimientos orientados a la acción directa. El Partido Socialista,
en su Congreso en Chillán, aprobó la “vía insurreccional”.
Algunos de sus dirigentes declararon que negarían la sal y el agua
al gobierno de Eduardo Frei. Solamente Allende se mantuvo firme e hizo
grandes esfuerzos por reconstituir el movimiento popular, con la ayuda
del Partido Comunista, que postulaba una “vía no insurreccional”
para conquistar el gobierno y también el poder.
LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA
En 1965 se funda el Movimiento de Izquierda Revolucionaria
(MIR), fusión de pequeños grupos de ex socialistas, trotskistas,
ex comunistas, anarquistas y pekinistas. En su Declaración de Principios
rechazó la “teoría de la vía pacífica”,
concluyendo: “Reafirmamos el principio marxista leninista de que
el único camino para derrocar el régimen capitalista es
la insurreción popular armada”.
Comenzó entonces una polémica ideológica que se mantiene:
la vía para conquistar el poder y construir el socialismo. Para
algunos, el camino necesariamente debe recorrerse con armas. Otros sostienen
que es factible la vía no insurreccional, con una amplia política
de alianzas, que no excluye la utilización de la violencia. La
polémica no solamente se daba en Chile. Un folleto de Régis
Debray, Revolución en la revolución, tuvo enorme difusión
e impacto. También se asoció al debate la pugna chino-soviética.
Mientras los chinos sostenían que sólo era posible conquistar
el poder por las armas (“el poder brota de la boca del fusil”
decía Mao), los soviéticos aceptaban la posibilidad de un
tránsito no insurreccional en determinadas condiciones. La discusión
no se ha cerrado hasta hoy.
El gobierno de Frei aplicó una nueva política hacia las
compañías norteamericanas del cobre. Primero, buscó
las sociedades mixtas y después la nacionalización pactada.
Ambas modalidades fueron vistas como formas encubiertas de evitar la nacionalización.
Impulsó una nueva ley de reforma agraria que, sin embargo, aplicó
en forma gradual, y estableció un impuesto patrimonial. En el campo
estableció la sindicalización campesina, sobre la base de
sindicatos comunales y dictó normas laborales más beneficiosas
para los trabajadores y una valiosa ley sobre accidentes del trabajo y
enfermedades profesionales. También promovió la organización
popular en barrios y poblaciones.
Fue un gobierno reformista, relativamente avanzado. Pero no abordó
los problemas de fondo del país y antes de tres años la
frustración era de nuevo el sentimiento mayoritario de los chilenos.
Estados Unidos, entretanto, seguía atentamente la situación.
Veía a Chile como un eslabón débil, en permanente
peligro de ser copado por la Izquierda. En 1964 impulsó una encuesta,
el “Plan Camelot”, entre los oficiales del ejército
para detectar su eventual disponibilidad a tomar control del país
en caso de triunfo de la Izquierda. Simultáneamente, se dedicó
a ganar posiciones dentro de la oficialidad de las tres ramas de las fuerzas
armadas.
El gobierno de Frei chocó con la oposición de Izquierda
en la aplicación de sus políticas reformistas en materia
de gran minería del cobre y promoción popular. La derecha,
por su parte, lo enfrentó a propósito de la reforma agraria
y del impuesto patrimonial.
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