Edición 579 - Desde el 29 de Octubre al 11 de Noviembre de 2004
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Memoria
alerta

CUARENTA AÑOS
de historia en PF


En septiembre de 2005, Punto Final cumplirá cuarenta años. Un tiempo largo, apasionante y doloroso, en el que hubo profundos cambios en el mundo. El triunfo del imperialismo globalizador coronó a Estados Unidos como cabeza del imperio; cataclismos sociales borraron a los estados socialistas de Europa y a la misma Unión Soviética; la ciencia escarbó en los más profundos secretos de la vida, mientras la cibernética y la electrónica cambiaban los modos de relación y abrían posibilidades insospechadas; la droga se instaló en los países occidentales; y el mercado y la especulación dominan la economía. Como nunca antes, el mundo podría satisfacer en abundancias las necesidades de sus habitantes; y como nunca antes, se ha polarizado la riqueza y la miseria afecta a miles de millones de personas.
En Chile, en estos decenios, hubo regímenes muy distintos, incluyendo una experiencia revolucionaria y una feroz dictadura militar que la aplastó y duró diecisiete años. En este tiempo ha vivido Punto Final. Siempre junto a los excluidos, los sectores populares y los revolucionarios, especialmente latinoamericanos. Apoyamos sin vacilaciones a la revolución cubana y hoy a la revolución venezolana. Es lo que nos interesa mostrar en esta Memoria Alerta, que iremos publicando a lo largo de los meses que nos separan del 40º aniversario.
Seguiremos el pulso de los acontecimientos a través de las antiguas páginas de la revista con artículos de opinión, crónicas, comentarios y entrevistas. Aportaremos así a la memoria popular, sin ocultar situaciones que nos sobrepasaron por su complejidad. También dejaremos constancia del esfuerzo por informar y dar opinión abierta y cuestionadora, orientada por el compromiso revolucionario que siempre nos ha guiado.


Los tormentosos
años sesenta

Hablamos de los años sesenta del siglo XX, que nos cuesta llamar “siglo pasado”. Una década de rebeldía en que todo parecía posible, especialmente en América Latina galvanizada por el triunfo de la revolución cubana. En Chile, el decenio debutó con un terremoto que asoló desde Concepción a Chiloé, un cataclismo grado 9,5 escala Richter. Y terminó con tres acontecimientos inusuales que mostraron la profundidad de la crisis social que se vivía. En 1967, el mismo año en que murió el Che en Bolivia, los estudiantes se tomaron la Universidad Católica en Santiago, reclamando reformas profundas. El año siguiente, se produjo la ocupación de la Catedral por un grupo de sacerdotes y laicos -Iglesia Joven- que exigía mayor compromiso con los pobres y en 1969, se produjo el acuartelamiento del general Roberto Viaux en el regimiento Tacna, en un movimiento militar que anticipó procesos y situaciones que entonces no se descifraron.
Eran tiempos confusos y también esperanzadores.
Quince años después de la segunda guerra mundial parecía iniciarse una nueva fase. La guerra fría enfrentaba al capitalismo, encabezado por Estados Unidos, con el socialismo liderado por la Unión Soviética. Muchas colonias se convertían en estados independientes, especialmente en Africa, donde Argelia conquistaba su independencia de Francia luego de una cruenta guerra. América Latina no se quedaba atrás: la revolución cubana triunfaba a comienzos de 1959.
La década del sesenta estaría recorrida por la guerra de Vietnam. Las ciencias y la tecnología alcanzaban nuevas metas. Se masificaba la computación y las aplicaciones cibernéticas, apoyadas en el desarrollo de la electrónica, mientras se daban los primeros pasos en biología molecular. Empezaba la carrera espacial con ventaja para la Unión Soviética, que puso en 1961 a Yuri Gagarin en el espacio. Con sus cohetes y el arsenal nuclear de que disponía, la URSS impuso a Estados Unidos un equilibrio del terror que evitó la tercera guerra mundial.

GRANDES HITOS

Si los años sesenta no fueron los más importantes del siglo, les faltó poco para serlo. Pasaron cosas cuyas consecuencias fueron enormes, como el cambio del papel de la mujer en la sociedad occidental, ayudada por la píldora anticonceptiva y el feminismo. Los jóvenes se colocaron en el centro del escenario. Cambiaron las relaciones entre hombres y mujeres y la estructura misma de la familia patriarcal. Se generalizó el uso de drogas como la marihuana y el LSD, y también irrumpieron con inusitada energía nuevas formas artísticas y musicales, con paradigmas como los Beatles y los Rolling Stones. Se produjo el boom literario latinoamericano, y los iconos femeninos de Marilyn Monroe, Sofía Loren, Catherine Deneuve y Elizabeth Taylor se imponían a escala mundial. La aldea global de Marshall McLuhan se hacía realidad.
A comienzos de los sesenta, Chile tenía la mitad de los habitantes que hoy. Esos siete millones y medio vivían en un país subdesarrollado, pero en donde las diferencias entre los más ricos y los más pobres no eran todavía aberrantes. Un poderoso movimiento de Izquierda amenazaba a los sectores dominantes y al capital imperialista, sostenido por las organizaciones de trabajadores de la ciudad, por sectores de campesinos y por los partidos Socialista y Comunista. En 1958, Salvador Allende había estado a treinta mil votos de alcanzar la Presidencia de la República. Muchos creían que lo lograría en 1964, porque la Izquierda seguía creciendo y la revolución cubana estaba demostrando que el socialismo era posible en América Latina. En todas partes surgían guerrillas.
La Iglesia Católica vivía un período trascendental después de la muerte de Pío XII, un conservador cerradamente anticomunista. Juan XXIII convoca al Concilio Vaticano II, la primera reunión de todos los obispos católicos del mundo realizada en el siglo XX. Se efectúa entre 1962 y 1965. El Concilio significó un cambio sustantivo en la posición de la Iglesia frente al mundo moderno. La puso al día y abrió las puertas al ecumenismo, la aceptación de la democracia, la valoración del papel del laicado, las modificaciones litúrgicas para acercar las celebraciones sacramentales al pueblo. Grandes encíclicas, como Mater et Magistra (1961) y Pacem in Terris (1963), dejaron la huella de Juan XXIII, conocido también como el Papa Bueno. Lo sucedió Paulo VI, que continuó su obra con atenuaciones, y proclamó otra importante encíclica, Populorum Progressio (1967). El Concilio conmocionó a la Iglesia. La Compañía de Jesús, dirigida por el padre Pedro Arrupe, asumió la posición de vanguardia en los cambios.

LA GUERRA DE VIETNAM

Hecho central en el panorama internacional era la guerra de Vietnam. Después de la derrota de los franceses, Estados Unidos envió miles de “asesores militares” para sostener al gobierno de Vietnam del Sur, amenazado por las fuerzas populares. La participación norteamericana fue aumentando hasta llegar a más de 500 mil soldados. A fines de la década, la guerra se encaminaba a la victoria vietnamita, que se produjo definitivamente en 1975.
China consolidaba el socialismo y atravesaba la tormentosa “revolución cultural” que enfrentaba a Mao Tse Tung y sus seguidores con las estructuras anquilosadas del partido y del ejército. Simultáneamente, se abría una áspera pugna con la Unión Soviética, que dividiría el movimiento comunista y provocaría serios daños a la causa revolucionaria, en un conflicto en que se cruzaban problemas ideológicos, intereses de Estado y problemas históricos.
En Europa, dividida entre capitalismo y socialismo por los acuerdos de Yalta, surgían problemas nuevos. En 1961, en Berlín el gobierno de la RDA levantaba un muro fronterizo para impedir la sangría de que era víctima por parte de Alemania Occidental, respaldada por Estados Unidos, y cerrar un foco de provocaciones que podían desencadenar un conflicto. En otros países del Este, como Polonia, Rumania y Checoslovaquia, había inquietudes graves. Culminaron en 1968 con la llamada “primavera de Praga”, encabezada por Alexander Dubcek, y cancelada dramáticamente por tropas de los países del Pacto de Varsovia, encabezadas por las fuerzas soviéticas.
Mayores eran las convulsiones en Europa occidental. No se trataba solamente de la acción del movimiento obrero que desplegaba enormes manifestaciones, especialmente en Francia e Italia. Ahora eran los jóvenes, casi siempre estudiantes, que iban más allá de las reivindicaciones habituales y se planteaban una transformación radical de un sistema opresor y asfixiante. En mayo de 1968 los universitarios franceses se tomaron las calles y los principales recintos e hicieron tambalear el régimen del presidente Charles de Gaulle, pero en definitiva fracasaron por no haber forjado una alianza sólida con los obreros. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, fue uno de los más recordados lemas escritos en los muros de París. El movimiento de rebeldía juvenil se extendía por el mundo. En Estados Unidos se expresaba en el movimiento hippie y también en la oposición a la guerra de Vietnam, que se transformó en fenómeno multitudinario. En México, la masacre de Tlatelolco aplastó de manera implacable el comienzo de una movilización universitaria.
En América Latina y más allá, en el amplio Tercer Mundo, la revolución cubana lo conmocionaba todo. Abría posibilidades impensadas a sólo 90 millas de Estados Unidos, con un socialismo de formas novedosas y un quehacer estimulante y creativo de fuerte contenido latinoamericano. El impacto también se sentía en la cultura, con el trabajo de Casa de las Américas y sus concursos anuales, y en las concepciones ideológicas con la revista Pensamiento Crítico. En tanto, Estados Unidos intentaba aplastar a la revolución mediante sabotajes y bandas contrarrevolucionarias y en 1961, con la invasión derrotada en Playa Girón.
Luego, a través de la OEA, aisló a Cuba del continente y le impuso el bloqueo que dura hasta hoy. En 1962 la instalación de cohetes soviéticos en la isla provocó una grave crisis internacional, que terminó cuando la URSS aceptó retirar las armas estratégicas a cambio del compromiso norteamericano de no invadir Cuba. Pero Estados Unidos no estaba dispuesto a ceder. Impulsó la Alianza para el Progreso, destinada a evitar el contagio revolucionario mediante apoyo económico a los países latinoamericanos, a cambio de reformas tibias para evitar estallidos sociales. Al mismo tiempo, incentivó las políticas militares de contrainsurgencia y conflictos de baja intensidad. En 1966, generales gorilas derrocaron al presidente argentino Arturo Illia y se mantuvieron en el poder hasta 1973. En 1964, el golpe de Estado en Brasil contra el presidente Joao Goulart marcó un momento decisivo.
En Chile, en 1958 se inició el gobierno derechista del presidente Jorge Alessandri, que intentó aplicar algunas recomendaciones de la Alianza para el Progreso, incluso una incipiente reforma agraria, sin mayor éxito. Alessandri gobernó para los grandes empresarios e incluso intentó un sistema de ahorro forzoso para los trabajadores. Comenzaba asimismo la preparación antisubversiva de los militares.
En 1963, en el Memorial del ejército de Chile el mayor Sergio Fernández Rojas publicó un artículo titulado “Subversión, propaganda y rebelión”. Concluía que la victoria en la guerra antisubversiva “es equivalente a la captura o destrucción de un ejército en la guerra clásica y no puede obtenerse sino mediante la destrucción o captura de la totalidad de los medios revolucionarios. Esto significa arrancar de raíz, en forma metódica, lenta y costosa, las bases en que descansa la rebelión o bien la deportación en masa de los habitantes”.
Por eso mismo, las elecciones presidenciales de septiembre de 1964 se vieron como decisivas. Era el tercer intento de Salvador Allende y estaba obligado a ganar. Con mayor razón, si el centro y la derecha levantaban candidatos separados, Eduardo Frei Montalva, líder de la democracia cristiana, y el senador Julio Durán, rabiosamente anticomunista. La derecha y el embajador norteamericano olieron el peligro. La derecha retiró su apoyo a Julio Durán y decidió apoyar a Frei. En el hecho, la elección presidencial fue entre Allende y Frei. En la campaña se utilizaron todos los medios, incluyendo millones de dólares proporcionados por Estados Unidos. El miedo saturó la prensa y radio. Carteles callejeros anunciaban el peligro de tanques rusos que recorrerían las calles chilenas.

REVOLUCION EN LIBERTAD

Prometiendo una “revolución en libertad”, Frei ganó las elecciones, con la más alta mayoría alcanzada hasta hoy por un candidato presidencial en Chile, un 55,7 por ciento. Meses más tarde, la democracia cristiana triunfó nuevamente en forma arrolladora en las elecciones parlamentarias. Audaces dirigentes de derecha fundaron un nuevo partido, el Partido Nacional, con rasgos fascistoides que marcarían de manera creciente su trayectoria.
Sin embargo, el triunfo de Frei no podía explicarse solamente por el anticomunismo. El mensaje de su candidatura era moderno y convincente. Interpretaba a nuevos sectores de la burguesía y a importantes segmentos de trabajadores. Su tarea central se orientaba a realizar cambios que no fueran traumáticos y, sobre todo, que no significaran un choque con los intereses norteamericanos. Levantó también la consigna de la Patria Joven, como símbolo de renovación y cambio, que concitó la participación multitudinaria de estudiantes y trabajadores. Todas las universidades fueron ganadas por la Juventud Demócratacristiana. La Iglesia, encabezada por el cardenal Raúl Silva Henríquez, se jugó a fondo por el éxito del gobierno de Eduardo Frei Montalva. El jesuita Roger Vekemans encabezó la organización de los sectores marginados, a través de la Promoción Popular, mientras Cáritas, organización de beneficencia de la Iglesia, distribuyó decenas de millones de dólares en alimentos y otras ayudas a los sectores de extrema pobreza. Una forma disimulada de proselitismo para derrotar a la Izquierda.
La derrota de Allende fue un verdadero terremoto para sus partidarios. Muchos pensaron que se había perdido la última oportunidad de llegar al gobierno mediante elecciones. No tenía sentido aspirar a metas imposibles.
Entre los jóvenes cundió el desaliento y surgieron nuevos movimientos orientados a la acción directa. El Partido Socialista, en su Congreso en Chillán, aprobó la “vía insurreccional”. Algunos de sus dirigentes declararon que negarían la sal y el agua al gobierno de Eduardo Frei. Solamente Allende se mantuvo firme e hizo grandes esfuerzos por reconstituir el movimiento popular, con la ayuda del Partido Comunista, que postulaba una “vía no insurreccional” para conquistar el gobierno y también el poder.

LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA

En 1965 se funda el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), fusión de pequeños grupos de ex socialistas, trotskistas, ex comunistas, anarquistas y pekinistas. En su Declaración de Principios rechazó la “teoría de la vía pacífica”, concluyendo: “Reafirmamos el principio marxista leninista de que el único camino para derrocar el régimen capitalista es la insurreción popular armada”.
Comenzó entonces una polémica ideológica que se mantiene: la vía para conquistar el poder y construir el socialismo. Para algunos, el camino necesariamente debe recorrerse con armas. Otros sostienen que es factible la vía no insurreccional, con una amplia política de alianzas, que no excluye la utilización de la violencia. La polémica no solamente se daba en Chile. Un folleto de Régis Debray, Revolución en la revolución, tuvo enorme difusión e impacto. También se asoció al debate la pugna chino-soviética. Mientras los chinos sostenían que sólo era posible conquistar el poder por las armas (“el poder brota de la boca del fusil” decía Mao), los soviéticos aceptaban la posibilidad de un tránsito no insurreccional en determinadas condiciones. La discusión no se ha cerrado hasta hoy.
El gobierno de Frei aplicó una nueva política hacia las compañías norteamericanas del cobre. Primero, buscó las sociedades mixtas y después la nacionalización pactada. Ambas modalidades fueron vistas como formas encubiertas de evitar la nacionalización. Impulsó una nueva ley de reforma agraria que, sin embargo, aplicó en forma gradual, y estableció un impuesto patrimonial. En el campo estableció la sindicalización campesina, sobre la base de sindicatos comunales y dictó normas laborales más beneficiosas para los trabajadores y una valiosa ley sobre accidentes del trabajo y enfermedades profesionales. También promovió la organización popular en barrios y poblaciones.
Fue un gobierno reformista, relativamente avanzado. Pero no abordó los problemas de fondo del país y antes de tres años la frustración era de nuevo el sentimiento mayoritario de los chilenos. Estados Unidos, entretanto, seguía atentamente la situación. Veía a Chile como un eslabón débil, en permanente peligro de ser copado por la Izquierda. En 1964 impulsó una encuesta, el “Plan Camelot”, entre los oficiales del ejército para detectar su eventual disponibilidad a tomar control del país en caso de triunfo de la Izquierda. Simultáneamente, se dedicó a ganar posiciones dentro de la oficialidad de las tres ramas de las fuerzas armadas.
El gobierno de Frei chocó con la oposición de Izquierda en la aplicación de sus políticas reformistas en materia de gran minería del cobre y promoción popular. La derecha, por su parte, lo enfrentó a propósito de la reforma agraria y del impuesto patrimonial.

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