Edición 702 - Desde el 8 al 21 de enero de 2010
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Economía chilena: desastre histórico

Un festín del consumo cerró el año para regocijo del comercio, importadores, algunos productores y los habituales comentaristas oficiales. Las ventas navideñas, que crecieron un diez por ciento en comparación con el año anterior, fueron interpretadas localmente como el fin de la crisis y el inicio de la reactivación. Pero se trata de un dato aislado, que probablemente tenderá a la dilución en breve plazo: para la economía chilena, 2009 ha terminado como el peor año en casi tres décadas. Con una caída del producto de 1,9 por ciento, esta contracción no tiene antecedentes desde la crisis de 1982, cuando el producto se hundió sobre el ocho por ciento.
Está claro que se ha tratado de una crisis mundial. Sin embargo, es razonable recordar los llamados a la tranquilidad levantados hace poco tiempo por autoridades como el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, en cuanto al blindaje, la solidez, robustez y otros calificativos exorbitados de la economía chilena. Hoy, sólo unos cuantos meses más tarde, podemos observar que aquel ministro, que misteriosamente tiene una alta valoración en las encuestas de la denominada “opinión pública”, no acertó en sus pronósticos, más cercanos a meras profecías. La economía chilena, tan publicitada como modelo regional, no sólo ha tenido un tremendo desplome, sino que ha tenido uno de los peores desempeños de Latinoamérica. Sin los altos precios del cobre, las cifras hubieran sido mucho peores.
Comparativamente con otros países latinoamericanos, Chile ha tenido muy malos resultados. México es el país que más ha sufrido -y probablemente seguirá sufriendo con una intensidad casi sin precedentes- los efectos de la crisis mundial desatada por su vecino del norte. Al ser el vagón de cola de ese malogrado proyecto neoliberal llamado Nafta o TLCAN, que le llevó a depender casi en su totalidad de la economía estadounidense, el PIB mexicano cayó en 2009 más de un siete por ciento. Si descartamos algunas de las pequeñas economías centroamericanas, la mayoría de ellas muy dependientes del imperio, el siguiente país en esta lista de los más golpeados por la crisis es Paraguay, con una contracción del tres por ciento, y luego Chile, cuyo PIB cayó 1,9 por ciento. En comparación, podemos ver que Brasil caerá sólo 0,8% pero Argentina crecerá 1,5 puntos; Perú, dos por ciento; Colombia, 0,8; Venezuela, 0,3; Ecuador y Cuba, uno por ciento. El país que tendrá el mejor desempeño económico este año será Bolivia, cuyo PIB aumentará, según la Cepal, 2,5 por ciento.
Uno de los motivos del fuerte deterioro de la economía chilena es su enorme dependencia del comportamiento de sus socios comerciales. La tan elogiada apertura comercial ha sido su lastre. Más de un 60 por ciento de las exportaciones se concentran en cuatro grandes mercados (Unión Europea, Estados Unidos, Japón y China), los que, con la excepción de China, que creció ocho por ciento en 2009, sufrieron fuertes contracciones. El producto de EE.UU. cayó 2,5 por ciento, el de la UE cuatro por ciento y Japón 5,3.

La soberbia de Hacienda

El último informe de política monetaria del Banco Central, publicado en diciembre, hace referencia al alto precio del cobre que evitó mayores caídas del producto, y aprovecha, de forma muy suave pero efectiva, de enviarle un mensaje a Velasco y a su soberbia: “No conviene olvidar que en 2009, el Fisco echó mano al 40 por ciento de los fondos provenientes del alto valor del cobre, y los resultados, lejos de la pretendida ‘inmunidad local’ al shock externo, demostraron que no se supo evitar la contracción económica -según se prevé- de 1,9 por ciento”.
El alto precio del cobre evitó mayores contracciones en exportaciones como el salmón y las manufacturas, las que cayeron tres por ciento promedio. Pero no logró precaver descalabros en otras áreas de la economía, principalmente el laboral. Durante el año la tasa de desempleo superó el diez por ciento, con más de 800 mil personas sin trabajo. Si este es el dato oficial que proporciona el INE, no pocos economistas, como Orlando Caputo, han estimado que el desempleo superó, en 2009, con creces el millón de personas. Pero nada es tan grave como la cesantía juvenil, que ha llegó a bordear el 28 por ciento: uno de cada cuatro jóvenes menores de 25 años con ganas de trabajar no ha conseguido un empleo.
Del mismo modo que en la contracción del PIB, la economía chilena tampoco puede compararse favorablemente en empleo con el resto de Latinoamérica. Las cifras de la Cepal son claras: la tasa de desempleo en Latinoamérica llegó a 8,5 por ciento hacia la mitad del año pasado, que es sensiblemente menor a la que registraba Chile entonces, con niveles superiores al diez por ciento. Si comparamos por país, vemos que sólo Colombia, con 12,8 por ciento, superaba a Chile en desempleo. El resto tuvo menores índices. Por citar algunos, vemos que Argentina tenía un 8,7; Brasil, 8,2; Ecuador, 8,7, México, 7,2; Perú, 8,4, y Venezuela, 7,7 por ciento.
No hubo ni hay en Chile suficientes puestos de trabajo y tampoco buenos salarios. Según el informe del Banco Central, los salarios reales, aun cuando han aumentado gracias a la reducción de la inflación -que a noviembre marcaba -2,3 por ciento-, al hacer una medición sin considerar los sectores ligados a recursos naturales, han descendido. Ha habido una pérdida de poder adquisitivo tanto por el alto desempleo como por la caída en los salarios.

Menos plata y más endeudados

La consecuencia de esta carencia de ingresos debería ser una fuerte caída en el consumo. Pero no ha sido así. Según el Banco Central, “el consumo ha sido uno de los componentes de la demanda menos golpeados”. El organismo destaca el comercio minorista, “con ventas de bienes de consumo habitual y durable que ya superan los niveles máximos de 2008, en tanto las ventas de automóviles también registran una recuperación notoria y, aunque no alcanzan los máximos de 2008, se ubican en niveles similares a los de principios de 2007”.
La única respuesta al aumento del consumo está en el endeudamiento, que tras haberse frenado levemente durante el año habría comenzado a expandirse nuevamente. Según diversos estudios, los mayores niveles de endeudamiento de las familias chilenas se registraron en 2008 -subieron, en relación con el ingreso, desde un 40 por ciento en 2003 a un 69 por ciento en 2008- los que se estabilizaron durante el año pasado. El desempleo, el riesgo de perder el trabajo y el estancamiento de los salarios explican el estancamiento, el que se mantiene, por cierto, en niveles peligrosos.
Las proyecciones para el año en curso consideran el fin de la crisis. La economía chilena, dice el Banco Central, crecerá más de un cuatro por ciento, proceso estimulado por la reactivación de la economía mundial y de los principales socios comerciales chilenos. El aumento de la producción industrial en diciembre, por primera vez en más de doce meses, reforzaría estas estimaciones.
Pero se trata de estimaciones sobre los actuales y recién pasados hechos. El mismo y tan cauteloso Banco Central advierte en su informe sobre posibles recaídas o turbulencias. “Por un lado, persisten las dudas respecto de la fortaleza de la recuperación económica global. Los últimos datos han sido mejores que lo previsto en varias economías”, pero “la situación del mercado laboral sigue compleja en diversas economías, lo que, sumado al proceso de desapalancamiento (apalancamiento es la relación entre capital y deuda en una operación financiera) todavía en marcha, agrega dudas de la capacidad de recuperación del consumo y la inversión en el mundo”.
Tal como ya han advertido numerosos economistas, el Banco Central chileno también recoge estos riesgos, los que surgen, especialmente, desde Estados Unidos, que, con una tasa de desempleo que ha superado el diez por ciento, mantiene niveles muy deprimidos de consumo e inversión. Tras los ingentes volúmenes de dinero inyectados por los sistemas públicos en las diferentes economías mundiales, la recuperación no ha llegado a las personas, en tanto los mercados, que mantuvieron durante el año pasado un repunte, no han conseguido tomar un rumbo propio. El auge vivido en 2009 responde más que nada a los estímulos fiscales de finales de 2008 y comienzos de 2009.
¿Hay riesgos de una nueva caída? Sí, y en el corazón del imperio. Allí también se habla de recuperación, pero no de su extrema debilidad, la que se expresa en el frágil consumo, el limitado acceso al crédito, que sigue cayendo, el estancamiento de los salarios. Y el enorme desempleo: en noviembre la tasa nacional de cesantía en Estados Unidos, aunque bajó levemente, se mantuvo en diez por ciento, la más alta en 26 años.
Y están las insolvencias bancarias. La cifra de bancos quebrados en Estados Unidos tras la crisis financiera suma y sigue. Durante la primera semana de septiembre cerraron tres nuevos bancos, sumando un total de 98 en la lista. Días más tarde, durante la reunión del FMI y el Banco Mundial en Estambul, Turquía, el inversionista y especulador mundial George Soros dijo con claridad que “Estados Unidos avanzará muy lentamente en la recuperación, porque tiene un largo camino por recorrer”. Uno de sus problemas son las compañías financieras “básicamente quebradas” y los consumidores altamente endeudados. Un obstáculo mayor en un país cuya economía se basa en el consumo de masas.
El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz tampoco confía en este aparente proceso de reactivación. Hay muchas señales que juegan en contra, ha dicho, como el disminuido consumo, el alto desempleo y las gigantescas deudas de las familias. Para Stiglitz las causas que llevaron a la crisis están presentes.
Es lo que ha anotado el sociólogo filipino y activista antiglobalización Walden Bello. Tras la crisis, no se ha aprobado ninguna medida regulatoria que impida a las compañías de Wall Street hacer todo tipo de juegos especulativos y caer en un futuro en un colapso similar. “Al contrario: se han inventado nuevos instrumentos especulativos, como los derivados, que permitirían a los inversores hacer dinero con la venta de planes de seguros de vida contratados por personas mayores que no pueden ya seguir pagándolos”.
Hacia finales de noviembre un nuevo colapso hizo temblar a los mercados financieros mundiales. La solicitud de moratoria de pagos de Dubai, un paraíso artificial inmobiliario, recordó al mundo de los inversionistas y especuladores la fragilidad de las bases del capitalismo. Un trance que se repitió semanas más tarde con una violenta caída de los mercados griegos, que expresaron los temores por la insolvencia de esta economía de la UE. Un colapso de la República Helénica podría contaminar a otros países del bloque y amenazar la estabilidad del euro.
Entramos a 2010 con una economía mundial extremadamente frágil, fenómeno que se reproduce en la economía nacional, que ha mantenido un equilibrio precario sobre bases espurias: la institucionalidad económica apoyada en el libre mercado, la alta concentración de la propiedad, la explotación indiscriminada de los recursos naturales y de la fuerza laboral y el endeudamiento masivo que engorda a las grandes corporaciones financieras. Si hay algo que 2009 ha dejado claro es la enorme crisis de un modelo económico insostenible no sólo para los trabajadores y la ciudadanía, sino también para la gran mayoría de los pequeños y medianos productores. El modelo neoliberal, que tanta riqueza ha logrado transferir desde las pymes, consumidores y trabajadores hacia la gran empresa, transparentó toda su inequidad y perversidad.

PAUL WALDER

(Publicado en Punto Final, edición Nº 702, 8 de enero, 2010. Suscríbase a PF)
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