Edición 710 - desde el 28 de mayo al 10 de junio de 2010
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La sinceridad
perseguida

 

Autor: HERNAN SOTO

Ahora casi exclusivamente lo citan los historiadores y no tiene lectores comunes. En su momento, hace cien años, Sinceridad. Chile íntimo en 1910 provocó conmoción. Muchos de los pocos que sabían leer lo leyeron, y casi todos lo comentaron, pero nunca públicamente. Fue una verdadera patada a la imagen sonriente y maquillada del Centenario. El libro, formado con veintiséis cartas al entonces presidente de la República, Ramón Barros Luco, tenía por objeto “estudiar las causas, el desarrollo y las consecuencias de la ruina económica y moral del país”, cuyos sectores dominantes marchaban resueltamente al abismo. Las primeras 16 cartas hacen un balance del Centenario que casi no deja títere en pie. Las 10 restantes contienen sugerencias para evitar la catástrofe.
Como autor aparecía un médico, Julio Valdés Canje, a quien nadie conocía. Como pronto se supo, era un seudónimo. Lo usaba el profesor Alejandro Venegas, vicerrector del Liceo de Talca. Estudioso y decidido, había viajado por el país y lo conocía a fondo, como también a su gente, de las más variadas condiciones sociales. Con Sinceridad se jugaba a fondo para hacer oír su voz, que se parecía a un grito de alarma. No tuvo éxito. Fue perseguido, tuvo que abandonar el magisterio y dedicarse a actividades de sobrevivencia. Doce años después, cuando tenía 51, murió de diabetes, en la pobreza y casi olvidado.
Venegas no fue, sin embargo, un revolucionario.
De él se ha dicho: “Representante ilustrado de la emergente clase media chilena, la conciencia crítica de la realidad se impone por sobre la conciencia de la utopía, y se manifiesta en una nueva formulacion del discurso. Ni conciencia de ser ni de querer ser, la crítica de la utopía es aquí conciencia de no haber sido. El sentimiento de carencia se confunde con un sentimiento de pérdida”. (Gabriel Castillo, Las estéticas nocturnas, 2003).
Venegas desconfiaba de las capacidades del pueblo. Creía más en las reformas impulsadas desde arriba por los sectores medios en contra de la oligarquía. Tenía atisbos racistas y autoritarios, ligados a una fuerte inclinación positivista y anticlerical. Se dio cuenta, sin embargo, de la profundidad de los problemas del país y percibió con agudeza los vicios y corruptelas de la sociedad. Sus críticas han sido consideradas exageradas y catastrofistas. No lo fueron en el momento en que las hizo y si no hubieran actuado los sectores medios a partir de los años 20, era posible un desenlace gravísimo. Con todo, sus críticas son interesantes. De ellas hemos seleccionado algunas que dan una idea de la vigencia de su pensamiento cien años después.

Centenario

Lo veía como una farsa grotesca, de utilería, pensada para el autoengaño: “…tan toscas son las bambalinas, tan desvencijados los bastidores, que los únicos que pueden engañarse son los farsantes y los tramoyistas que por haber tomado en serio sus papeles, acaso hayan llegado a creerlos reales”. Agregaba: “Con una petulancia rayana en la imbecilidad hemos ido a preguntar a los delegados extranjeros ¿qué les parece a ustedes nuestro ejército? ¿Y nuestra marina? ¿Y nuestros ferrocarriles? ¿Y nuestras industrias? ¿Y nuestra capital? ¿Y nuestra administración y nuestros políticos y nuestra instrucción publica?… ¿Y qué habrán podido contestar ellos que vienen con carácter diplomático y han podido aquilatar nuestra fatuidad sin límites? Nosotros, sin embargo, con gravedad cómica hemos estado publicando los imparciales y encomiásticos juicios que de nuestros huéspedes hemos merecido.
¿Y a quién hemos conseguido engañar con este desvergonzado sainete? ¿A los extranjeros? ¿Creéis, señor, que por muy copioso que haya sido el champaña de los banquetes habrá bastado a perturbar su cerebro al punto de que no se hayan dado cuenta de la podredumbre que nos ahoga? ¿Habrán ignorado que los ocho millones de pesos que el Congreso dedicó a celebrar el Centenario despertaron una sed de rapiña tan grande que cuando falleció el Excmo. señor Pedro Montt y algunos espíritus pundonorosos hablaron de la postergación de las fiestas, levantaron una verdadera tempestad los que ya contaban como propia buena parte de esos dineros?… Para vergüenza nuestra, señor, los delegados extranjeros han tenido que imponerse de todas nuestras miserias, han tenido que ver a nuestros magnates convertidos en mayordomos, en contratistas de banquetes que el Estado pagó a precios super fabulosos, han tenido que saber que esos arcos ridículos que se construyeron en la Avenida de las Delicias fueron contratados por 90.000 pesos y el negocio pasó de mano en mano hasta llegar a las del que los hizo, el cual recibió 14.000 y todavía tuvo una ganancia no despreciable; han debido imponerse de que muchas familias de las más aristocráticas se hicieron arreglar regiamente sus palacios por cuenta del Estado, so pretexto de prepararlos para recibir a alguna delegación extranjera y de muchas que exigieron todavía, por las dos semanas que fueron ocupados, alquileres de treinta, cuarenta y cincuenta mil pesos, fuera de que hubo alguna de muchos pergaminos que luego que vio su estancia transformada y embellecida por los dineros fiscales, se aprovechó de un pretexto fútil para no facilitarla y se quedó con las mejoras.
Todos los extranjeros han conocido por experiencia propia nuestro ruin espíritu logrero y nuestra inclinación increíble al alcohol y a la mentira… El Centenario ha sido una exposición de todos nuestros oropeles y de nuestros trapos sucios y las delegaciones extranjeras tendrán que ser, sin duda, los pregoneros que repartan a los cuatro vientos la noticia de nuestra creciente ruina económica y moral”.

Arribismo

“…aquí todos, si no somos de la clase ínfima, la de los parias, queremos ser aristócratas, explotadores”.

Mapuches

“Da pena ver cómo se extingue víctima de la opresión, la miseria y el alcohol una raza vigorosa y sana que bien guiada, habría podido convertirse en sangre y músculo de nuestro pueblo con manifiestas ventajas étnicas para éste.
Y esa pena, señor, se trueca en indignación cuando uno trae a la memoria que muchas familias distinguidas, que hoy se pavonean en los salones aristocráticos de Santiago, conquistaron en la frontera, a expensas de la miseria y la muerte de centenares de estos infelices, las fortunas que los exaltan hasta los envidiados puestos que hoy ocupan, que muchos hombres prestigiosos se han sentado en los sillones del Congreso sólo gracias a haber garbeado en aquella desdichada región lo suficiente para comprar muchos miles de votos”.

Las ciudades

“Santiago misma, por más que ha gastado más de lo que tenía en afeites y se ha echado encima el concho del baúl para recibir dignamente el Centenario, no ha podido ocultar sus calles mal pavimentadas y cubiertas de polvo, sus acequias pestilentes, sus horrorosos conventillos que en vano trata de disfrazar con el nombre modernísimo de cité, sus interminables y desaseados barrios pobres y en fin, su aspecto de aldea grande y sencillota. Y esto que todos los extranjeros tienen que censurar en nuestra capital se repite de una manera más desfavorable en las demás ciudades. Todas, muy extensas, monstruosamente extensas, porque en Chile se mide lo grande de una ciudad por el área que ocupa. Visitad, señor, un poblacho de cualquier provincia… y veréis como poblaciones que no pasan de diez mil habitantes ocupan 300 ó 400 y más hectáreas, extensión que en los países europeos no alcanzan muchas veces ciudades de cien mil habitantes. Aquí la población de nuestros pueblos aumenta muy poco, pero no así la superficie que ocupan, porque un magnatillo cualquiera que posee en los suburbios de una ciudad una chacra de unas 15 a 20 cuadras improductivas, o porque los terrenos son malos o porque es incapaz de cultivarlos de un modo conveniente, se saca el clavo dividiéndolas en manzanas y en sitios que con el cebo del pago a largo plazo, vende a precios fabulosos, y ofreciendo luego al municipio respectivo el presente griego de cincuenta o cien mil metros cuadrados que él deberá pavimentar y alumbrar sin que los vecinos contribuyan con nada, pues los sitios y casuchines que se edifican no alcanzan a valer la suma suficiente para que paguen contribuciones. Así han brotado alrededor de Santiago veinte o treinta poblaciones que serán la causa de que ni en cien años más nuestra capital deje de ser un inmenso caserío sin comodidad, sin belleza y sin higiene”.

Gobierno de los ricos

“Los que nos gobiernan, nacidos por lo común en la opulencia, educados lejos del pueblo, en establecimientos en los que se rinde pleito y homenaje a su fortuna y al nombre de su familia, dedicados después a la tarea no muy difícil de acrecentar su patrimonio con sudor ajeno, han manejado la cosa pública en la misma forma y con los mismos fines que su propia hacienda, dictando las leyes para su propio exclusivo provecho”.

La masacre de la
Escuela Santa María

Bien conocido es el relato que hace Alejandro Venegas al presidente Barros Luco de su visita a la Escuela Santa María, en Iquique, tres años después de la masacre:
“…no resisto el deseo de manifestarle la dolorosa impresión que (…)
 

 

(Este artículo se publicó completo en Punto Final, edición Nº 710, 28 de mayo, 2010)
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