Edición 710 - desde el 28 de mayo al 10 de junio de 2010
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Cultura de
la derrota

 

Cuando perder una y otra vez, cuando los decenios pasan sin lograr una victoria de cierta trascendencia, cuando triunfos parciales no hacen sino más elocuente el destino inmodificable de la derrota mayor y cuando, a pesar de todo, no hay un asomo de espanto, de bronca o por lo menos de asombro, es que perder pasó a ser parte de una forma de cultura.
Desde hace mucho que la Izquierda perdió el derrotero atrapada en la incomprensión del mundo que se dice llamada a transformar. Innumerables veces, la Izquierda, toda esa nebulosa, ha hecho esfuerzos que no cunden porque, al final, la suma de esas fuerzas es cero, si se mide por el daño que le hace al adversario. Muchos de sus militantes, simpatizantes y adherentes nostálgicos sueñan con que se repitan esas proezas que alguna vez vivieron, con el convencimiento de que ahora sí la cosa sería distinta. Práctica que, si se mira bien, es otra forma que adquiere la derrota.
La cultura de la derrota se instaló a machote en la sicología de la Izquierda el día en que desapareció la indignación ante los espacios perdidos, ya sea por las zancadillas propias, por las torpezas que hicieron derivar potenciales triunfos en sonadas y vergonzosas derrotas, o por el trabajo paciente, efectivo y muchas veces inadvertido del enemigo.
Cuando la certeza de un destino aciago sustituye al optimismo revolucionario, la cultura de la derrota se entroniza. Como cuando la gente sube cual animal insensible al Transantiago y reclama, patea y putea con la certeza de que no sirve de nada y consciente que esas máquinas Volvo, que en Estocolmo no habrían rodado un día, aquí, en Santiago de Chile, tienen para rato. Y hay que acostumbrarse.
En el ínterin, la derecha secuestró el lenguaje más preciado de la Izquierda y lo hizo suyo. El cambio, sinónimo de revolución, es hoy de propiedad indiscutida de la derecha más de derecha. Lo popular, es el apellido de esta misma derecha, que arrebató la palabra a sus dueños como si nada. Y curiosamente, la palabra pueblo, desapareció del léxico zurdo. Y nadie dijo esta boca es mía. Hasta las palabras nos han sido quitadas de la boca, o abandonadas ex profeso. Esas que formaban las consignas más unitarias y combativas, las canciones gallardas y guerreras, y los discursos más rebeldes y revolucionarios.
Los escasos triunfos que la Izquierda de pronto obtiene, caen, se truncan, más temprano que tarde, por la convicción que es imposible ganar si no es en forma transitoria. Y se lee como victoria indiscutible, soberbia, fastuosa, lo que en rigor no es más que una dádiva calculada de los dueños de todo, que serán lo que usted quiera, pero tontos ni por asomo. Un par de alcaldes, concejales, diputados, si se miran bien, son más triunfo del sistema que con ellos se legitima que de la gente que se dice representan. La buena fe de muchos que creen que esa gradualidad llevará a la victoria final, resulta enternecedora.
La Izquierda chilena se ha acostumbrado a perder. Ha aceptado la derrota como estado natural. Cuando se hace un recuento de la historia reciente y las derrotas se comparan con los triunfos, no hay donde perderse. El pesimismo que alienta a los perdedores informa que por delante sólo queda adecuar la vida de tal manera que las sucesivas derrotas no nos compliquen demasiado. Para los efectos de mitigar tantos dolores, se vive en la tibieza de la nostalgia, recordando batallas que tal vez fueron, y que no sumaron mucho a la victoria final. Tal vez cuentos para sobrinos y nietos futuros.
¿Cuándo sería la última victoria de la Izquierda?
Quizás una de las más grande fue la nacionalización del cobre y vemos en qué se ha transformado esa reforma que pudo cambiar la historia de nuestro país.
Alguien se propuso derrotar estratégicamente a la Izquierda, y lo hizo. Borró los vestigios de la ambición por la victoria, tantas veces cantada. Desdibujó, mediante discursos atravesados, el motor que fue capaz de proezas significativas: la mística, esa fuerza capaz de todo. De tanto invocar la potente fuerza del pueblo organizado, el pueblo cambió de barrio y sus organizaciones se diluyeron repartidas en varios administradores de derrotas.
El sistema se reorganiza cada día para entronizar mil años de dominio derechista. Ante esa expectativa, la Izquierda no tiene un plan, una idea, una palabra. La imposición de laberintos discursivos propios de teologías y chamullos profesionales, se toma las tribunas que de vez en cuando se levantan. Y deja todo donde mismo.
¿Cómo se corta de una vez el círculo del vicio infinito de la derrota y se sepulta esa cultura de perder?
¿Y si se tanteara la generosidad de bajar las banderas de la Izquierda, esas pocas que quedan, y democratizarla buscando aquello que articula, más que lo que une, y dando paso a nuevos dirigentes que esperan su turno a la sombra, en alguna parte?
Cómo saber.

RICARDO CANDIA

(Publicado en Punto Final, edición Nº 710, 28 de mayo, 2010)
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