Edición 719 desde 1 al 14 de octubre de 2010
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Elecciones en Venezuela

Reconocer el desgaste para poder avanzar

 

Autor: TOBY VALDERRAMA
En Caracas

 

Pasada la tolvanera electoral, conocidos los resultados, es hora de la reflexión. Comencemos por ubicar los resultados en la evolución del proceso revolucionario venezolano, y tratemos así de percibir la nueva situación política. Veamos.
Intentemos un rápido recuento de los años de revolución para bosquejar el nuevo cuadro, comprender la evolución de las diferentes corrientes y poder vaticinar. La Revolución Bolivariana llega al poder en medio de un desierto político dominado por la mediocridad. De un lado, el desgaste de las opciones derechistas que habían perdido a sus líderes históricos y estaban en manos de mercachifles rancios, sin talento. Y frente a esta mediocridad, una Izquierda desteñida, soñolienta, con arrestos sólo para tocar la puerta del status y pedir aceptación. Y unos revolucionarios que, acorralados por el desencanto de la Unión Soviética, la derrota del Che y de Allende, y sus trastadas en la lucha armada del setenta, se refugiaron en la irresponsabilidad del anarquismo tropicalizado, es decir, sólo retórico, pirotécnico, o se fueron a las catacumbas de un mutismo honesto pero inoperante.
En esas condiciones, la Revolución Bolivariana llega al poder. Un aluvión electoral la acompaña. Allí había de todo, desde el oportunista de Izquierda hasta el revolucionario resucitado como Lázaro. La llegada al poder significó, en el interior de la revolución, la apertura de una feroz lucha de clases entre tendencias que se mantienen unidas bajo el manto del poderosísimo liderazgo de Chávez.
Al inicio, la derecha militar y civil se apropia la dirección de la revolución: Chávez declara en varias oportunidades que era un prisionero en Miraflores (el palacio de gobierno); hasta las llamadas telefónicas se las intervenían. Esta derecha, al percatarse que su control sobre el comandante era débil, que Chávez mantenía independencia, da el golpe de Estado de abril de 2002, que los llevó al gobierno por escasas 36 horas, retornando al poder la revolución. En abril hubo un cambio de hegemonías, la derecha que planteaba a lo sumo un buen gobierno -el remozamiento del sistema burgués de dominación-, es sustituida por la ideología de la pequeña burguesía, que planteaba con más estridencia, quizá con más afeites, de forma más laberíntica, lo mismo.
En este ambiente Chávez continúa su evolución, su búsqueda. Se declara antiimperialista, luego anticapitalista, después socialista. Se construye un nuevo paisaje político: un comandante que evoluciona hacia formas cada vez más revolucionarias, contando con un gran apoyo popular todavía intuitivo, sentimental, al tiempo que en el seno de la revolución se profundiza la lucha entre la posibilidad socialista, que asomaba incipiente, y el capitalismo que buscaba mecanismos de defensa, formas de secuestrar la posibilidad de cambio, anestesiarla.
La oposición tradicional sigue conspirando, presentando un proyecto de país capitalista atado al capitalismo gringo.
Se produce en el seno de la Revolución Bolivariana un fenómeno que ha sido común a muchas otras revoluciones: de su seno brota la contrarrevolución, la que con ropaje revolucionario conduce el proceso al patíbulo. La pequeña burguesía plantea una suerte de social-capitalismo, un híbrido que permitiera mantener la esencia del capitalismo y cierto barniz socialista, que no vaya al fondo en las modificaciones de la estructura, que no altere ni la conciencia, ni las relaciones de propiedad burguesas. En lo económico, propugna formas de propiedad no social, en lo social unidades organizativas aisladas, en lo político el espontaneísmo popular, con organización sólo para lo electoral, o unidades aisladas generadoras de egoísmo e individualismo, que ya sabemos es la base síquica del capitalismo. Ese es el centro de la pugna: capitalismo franco, enfrentado a una versión ingenua del capitalismo. Todavía no aparece una idea clara, definida de socialismo.

La batalla de ideas

Debemos recordar que en toda revolución la batalla principal ocurre en su propio seno, es allí donde la ideología opera con más fuerza, porque surge de las barreras síquicas al cambio, de los miedos instalados en el inconsciente, de las costumbres. Estas fuerzas restauradoras son fuertes y difíciles de reconocer, por eso actúan con impunidad y cuando las revoluciones detectan su labor destructiva, suele ser muy tarde.
En esta situación llegamos a las elecciones para aprobar la propuesta de reforma constitucional de 2007, que pretendía adecuar la Constitución a los requerimientos de la vía hacia el socialismo. Allí, por primera vez, la revolución pierde una elección. Esta fue la señal política del fracaso de las tesis pequeño burguesas.
Las tesis económicas que se le propongan a una sociedad en turbulencia revolucionaria, tienen repercusión casi inmediata en la conciencia de esa sociedad, y por ende en su comportamiento político y electoral. La derrota de 2007 señalaba que algo andaba mal, que las modificaciones de la realidad no se estaban transformando en apoyo político, en conciencia. Esta situación debía ser corregida. (Ver artículo: “Quién ganó en Venezuela en el referéndum”, PF 653, diciembre 2007). Se va a la elección para aprobar una enmienda constitucional que permitiera la reelección de Chávez, y el triunfo aparece de nuevo en el radar de la revolución. Se demuestra que Chávez, su prestigio, su conexión con el pueblo, es el pilar que mantiene la revolución en el corazón de la sociedad.
Se evidencia una característica principal de esta revolución: el pueblo sigue a Chávez con el corazón, con el sentimiento, lo ama. Pero ese mismo amor no acompaña a la propuesta de sociedad de la revolución. Esa es la falla, la debilidad principal de este proceso.
La revolución se mantiene por el extraordinario liderazgo del comandante Chávez. La propuesta capital-socialismo, el híbrido pequeño burgués, por no ser diferente en esencia al capitalismo no consigue enamorar a las masas, sólo aferradas a la esperanza que significa Chávez. Podemos deducir que, de mantenerse esta situación, el debilitamiento, el desgaste de la revolución será progresivo e imparable. Las tensiones después de las elecciones, y ahora con más fuerza que nunca, serán entre las corrientes que proponen capitalismo cándido -el híbrido capital-socialismo-, y el capitalismo franco de la derecha oligarca, que clara en sus objetivos, enfila contra la esperanza socialista.

Las ataduras del capitalismo

La pelea principal de la revolución se escenifica en su seno, contra la corriente que aún no suelta las amarras del seguro puerto capitalista, de sus costumbres, sus reglas, pusilánime frente a la hora de proponer cambios radicales a la sociedad, que pretende hacer la revolución a gotas, con red de seguridad. Olvidándose que la revolución es un huracán, una conmoción, un rayo directo al alma colectiva: ésa es la única manera de ganar a la masa para la transformación radical de ella misma y de su mundo.
Ya aparece en el ambiente que las tesis pequeño burguesas nos conducen a una situación de debilidad, y en esas circunstancias el capital-socialismo, o capitalismo cándido, planteará una concertación con la derecha externa del proceso; razones económicas les sobran para esto. El único escollo para ese pacto es Chávez, que en varias oportunidades se ha declarado en contra de concertar con la oligarquía.
Puede ser que ante la debilidad del proceso el imperio ensaye una salida fascista. Ya en el ambiente existen muchos indicios de ese camino. La base de la derecha tiene sed de crueldad, de muerte, sus páginas en Internet y sus periódicos destilan sangre. Este puede ser el principal escollo de la concertación: que el imperio opte por borrar el ejemplo de Chávez, traumar de tal forma a esta población que el solo recuerdo de estos días sea motivo suficiente para desechar nuevas insurgencias.
Para solucionar la encrucijada de hoy a favor de la revolución es necesario correr el riesgo de proponer a las masas irredentas transformaciones éticas profundas, nuevas maneras de organizarse, de trabajar, de vivir, es importantísimo rescatar el sentido de sociedad, de conciencia del deber social, darle basamento material, propiedad social. Sólo de esta manera podremos transformarnos en una sociedad capaz de dirigir su destino, de construir el socialismo, de enfrentar al capitalismo que siempre acecha.

¿Qué dicen los números del 26 de septiembre?

Si estudiamos los resultados generales de las elecciones parlamentarias, nos encontraremos con tres hechos claros:
Primero, perdimos la mayoría calificada, eso significa un inmenso obstáculo en la labor parlamentaria de la revolución.
Segundo, el sector oligarca obtuvo más votos que la revolución, eso cambia el cuadro de las fuerzas electorales, la moral de los actores políticos, la percepción de la población. Si recordamos que esta revolución tiene como uno de los principales campos de batalla las elecciones, nos daremos cuenta de la importancia de este dato.
Tercero, y más importante, se mantiene una tendencia de desgaste de la revolución, esto es, si hacemos una curva desde las elecciones de 2004 hasta ahora, encontraremos una tendencia decreciente en la fuerza bolivariana.
Los resultados que corroboran la carga de la propuesta de sociedad de la pequeña burguesía ha fracasado, y el desencanto que ella produce amenaza al liderazgo de Chávez y a la revolución. Lo que se impone es una rectificación profunda del rumbo, es necesario revertir la tendencia de desgaste de la revolución. Esto es posible ahora por la vigorosa conexión amorosa que mantiene Chávez con el pueblo. La forma para diseñar la corrección del rumbo está en manos del gobierno y del partido, pero esa forma debería señalar ya la rectificación, debe alejarse de formas anarcoides que han demostrado ineficacia.
Podemos concluir que el liderazgo de Chávez sigue muy fuerte, se mantiene sin parangón, no hay nada ni nadie que se le acerque. En consecuencia, la esperanza revolucionaria sigue también muy fuerte, su futuro dependerá de la capacidad de rectificación. Lo determinante en esta confrontación será la ideología; de la claridad y coherencia que acompañen la justeza de las ideas dependerá la suerte del combate. La revolución debe afinar su ideología, prestigiar el estudio, el rigor teórico.
Será necesario tocar el alma popular con la idea del socialismo, en toda su magnitud, como un sistema coherente, el único capaz de dar respuesta satisfactoria a todas las angustias de la existencia humana, y a todas las circunstancias del desequilibrio, de la desarmonía de la naturaleza. Esa acción tendrá como escenario principal, aunque no único, a los obreros, es allí donde las ideologías en pugna decidirán el destino de la revolución. Es así porque la revolución entró en una fase económica, en la que debe decidir qué hacer con la renta petrolera no ya en lo asistencial, sino en la organización de la producción.
De la manera como la revolución organice la producción, la economía, dependerá su rumbo; porque esa forma de organización se entrelazará con una conciencia y ese binomio decide el destino. Dos formas de organización se disputan la hegemonía. Una, la forma de organización fragmentadora, egoísta, antisocial, y por tanto, propia del capitalismo y sus aberraciones. Se presenta de varias formas, aunque todas tienen una visión parcial de la economía y de la sociedad. La otra forma de organización es la impulsada por la clase obrera, acorde con su ideología y su papel histórico, elevada a su función de rectora social. Esta forma de organización es integradora y es la base de la conciencia del deber social.
Estas son dos propuestas de organización social. La primera no puede resolver los problemas de la existencia humana, al contrario, es la esencia del sistema que los creó, del egoísmo que tiene su raíz en la propiedad no social de los medios de producción. Puede ser que aumente la producción de mercancías, puede ser que los obreros de una fábrica consigan mejoras materiales, pero serán conquistas efímeras, que necesariamente se diluirán en un sistema social diseñado para la explotación, y llevarán a la revolución a la derrota.
La otra opción entiende que la liberación del obrero sólo es posible con la liberación de toda la sociedad, esa es su meta: superar al sistema de explotación, por eso trasciende los mezquinos límites de su sitio de trabajo, y eleva la visión a la sociedad toda. Esta es la ideología que conduce al éxito.

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 719, 1º de octubre, 2010)
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