Edición 719 desde 1 al 14 de octubre de 2010
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Un ritual de complacencia

Las extensas celebraciones del Bicentenario de la República, que han oscilado entre la solemnidad y la pachanga, entre el rito y su teatralidad, entre el lenguaje y su retórica, entre la reflexión y la prosaica alegoría, se han reducido a una sencilla simbología que ha expresado en toda su extensión nuestra actualidad. La fiesta del Bicentenario, la celebración del Chile del siglo XXI ha devenido en una gran alegoría de las grandes corrientes de opinión que controlan la producción nacional, desde la cultura y la política, a la vida social y las relaciones económicas. Las bases conceptuales e ideológicas de un modelo de mercado ramificado hacia todos los aspectos de la vida nacional han sido el eje y corazón del ánimo festivo, del espectáculo bicentenario. La conmemoración derivó en desatada glorificación de la chilenidad, en apoteósica fiesta celebrada desde estrados oficiales a ramadas. Un ánimo apoyado en la complacencia, cierta soberbia y ceguera reflexiva. El Bicentenario ha sido sólo una fiesta. Y algunas fiestas sólo son para celebrarlas.
El Chile del Bicentenario ha sido la cristalización del país de los últimos veinte años. Un modelo político-económico desarrollado durante la última década del siglo pasado y la primera del actual no sólo para consolidarse, sino para pregonar sus bases. Pero sus raíces son más profundas: esta fiesta ha sido la refundación de un país sobre una basa que integra la economía de mercado y la institucionalidad heredada de la Constitución de 1980.
Esta afirmación halla su argumentación en el clima discursivo que ha cruzado los eventos bicentenarios. Un discurso que corta la historia y clausura la crítica. Porque si hay algo que criticar, algo para reflexionar, es el pasado más inmediato, mirado como dura prueba pero a la vez como examen exitoso. La historia oficial levanta el año 1973 como la gran valla política, cuya superación ha sido a partir de la política de los consensos, de los pactos políticos, de la transición. Porque a partir de esta cicatriz histórica, que la versión oficial insiste en ensanchar hasta los albores de los años setenta, el presente, según pudimos observar en declaraciones, comunicados y tribunas, tiene ya características sublimadas de final de ascenso, de meta, de un umbral cruzado por los triunfadores. A partir de aquí, el futuro es un territorio llano.
La gran fiesta parece hacerse construido sobre la amnesia y la propaganda. Se da una mirada sesgada a la historia con un barrido superficial que recoge los hitos más pesados dejados por la institucionalidad más tradicional, como pueden ser las efemérides presentadas cual panoplia de triunfos gloriosos “del ejército jamás vencido” celebradas por el aparato estatal, el gobierno y, por cierto, las fuerzas armadas. Del resto de nuestra historia, poco. Casi nada. Si esta visión se construye sobre la desmemoria y la propaganda, el reforzamiento de la actualidad tiene la misma inspiración. El presente tiene sus divinizados orígenes en algún borroso momento de la dictadura militar, se reproduce durante la larga transición, cruza el umbral bicentenario y se extiende, ya como parte de nuestro destino, hacia un futuro que aparece como revelado. ¡Chile, modelo de estabilidad y crecimiento económico! ¡Chile, a un paso del desarrollo!

Tradición y mercado

Un editorial de El Mercurio publicado el 18 de septiembre nos da claridad sobre esta pasión por el presente después de la feliz superación del obstáculo histórico de 1973. “Luego de las gravísimas fracturas políticas y de la convivencia en el extinto Estado de derecho de los años 70, hoy podemos felizmente enorgullecernos de variadas evidencias de modernización. En cierto sentido, el país marcha a la vanguardia de aspectos renovadores clave que urgen en toda la región latinoamericana, y el ojo de los extranjeros, en general, es más elogioso que nuestro espíritu autocrítico”.
Aquel mismo delirio complaciente también surtía aquel día las tribunas desde las páginas de La Tercera. “Chile entra hoy en su tercer siglo de vida con esperanza y optimismo sobre su futuro, lo que hace de esta fecha un hito en su historia y un motivo de justa celebración a lo largo de todo el territorio nacional”. Esta afirmación, que cierra un texto editorial, está previamente argumentada con dos ejes discursivos. Uno es la fuerza y templanza del chileno, que sabe superar las adversidades, tanto las naturales como las políticas. El otro, es la unidad, el consenso en torno a una institucionalidad, lo que ha creado las bases de este mítico presente. De este modo, se puede leer: “En las últimas décadas, nuestra sociedad ha logrado construir instituciones y aplicar políticas económicas y sociales que le permiten hoy gozar de estabilidad política y de condiciones de desarrollo económico como pocas veces conoció, recuperando una porción de la ventaja que cedió frente a las naciones más desarrolladas durante el transcurso del siglo XX”.
Una nueva utopía del mercado que sin embargo, admite La Tercera, tiene discontinuidades y agujeros, lo que no la niega, sino la refuerza. Porque “estos avances colocan a Chile en una posición expectante ante el futuro y de cara a la posibilidad de alcanzar definitivamente el desarrollo. Sin embargo, el país tiene problemas que debe enfrentar con decisión para no perder esta oportunidad, tal como ocurrió en otros momentos de nuestra historia. Que exista todavía una gran cantidad de chilenos que vive en la miseria o en situación de pobreza es una realidad que debe ser superada, no sólo a través de políticas que los asistan, sino generando oportunidades que les permitan salir de ella y no depender de la ayuda estatal”. Una afirmación que no se aleja de las promesas gubernamentales, que busca llevar al país al desarrollo antes del final de esta década mediante la aplicación del libre mercado. ¡Chile, país de emprendedores!
El discurso del presidente Sebastián Piñera de aquella misma jornada parecía haber sido pergeñado por la misma mano: “Porque nos corresponderá a nosotros, a quienes tendremos el honor, pero también la enorme responsabilidad de cumplir finalmente con aquel sueño que nuestros padres, abuelos y bisabuelos siempre acariciaron, pero nunca alcanzaron: hacer de Chile un país sin pobreza, un país desarrollado, un país con verdaderas oportunidades de desarrollo material y espiritual para todos y cada uno de sus hijos, como nuestra patria no lo ha conocido jamás”.

Una mitología de triunfadores

La alegoría de un presente que se reproduce hacia el futuro ha impregnado todos los aspectos de la vida nacional. Desde la intimidad hasta la política exterior, desde la economía a las relaciones sociales, desde el Estado mismo hasta nuestros genes. Porque la celebración desatada ha sido para enfatizar y multiplicar las virtudes de la chilenidad, las que se hallan, cual registro mítico proyectado hacia el futuro, en todas nuestras acciones, gestos e instintos. “Chile, el mejor país del mundo”. “Chile, el mejor país para vivir”, vimos y escuchamos desde la pantalla gigante instalada ante La Moneda. “Chile, país modelo para la región”, recordamos durante los gobiernos de la Concertación, como también, “Chile una isla de paz y tranquilidad”, durante los tardíos setenta y primeros ochenta. Esta mitología glorificante, devenida en leyenda desenfrenada y ciega, buscó cerrar filas en torno a la única mirada política-institucional que ha controlado el país desde hace ya más de treinta años. El férreo deleite y admiración del presente, levantado cual bandera nacional, es también un sello que busca imprimir este momento y esta política como hito gozoso proyectado hacia las generaciones futuras.
Es éste el discurso de las elites, de las grandes corporaciones, de los ganadores, que se canaliza a través de una clase política sesgada y poco representativa y unos medios de comunicación privados que viven del alimento empresarial. Como observadores, una ciudadanía, un electorado, que sólo se reconoce como pasivo y endeble espectador, acaso consumidor. Las elites, pero principalmente la gran empresa, ha coparticipado en este discurso complaciente. ¿No ha sido el Bicentenario una gran celebración del consumo de masas -aun con los supermercados y tiendas cerradas-, de las estadísticas macroeconómicas, de las ganancias corporativas? El derroche y el boato, demostrado desde las ramadas a los desfiles militares, ¿no ha sido una exhibición de las supuestas bondades de las políticas del libre mercado?
Mercado, pero también tradición, acotada ésta a las fuerzas armadas. Porque si hubo una revisión de nuestra historia, ésta se redujo a una glorificación amnésica del ejército. Así escribió El Mercurio el 19 de septiembre: “La naturaleza del ejército chileno no se agota en esas funciones propias de todos sus pares: a ellas se añade un carácter de institución nacional que no necesariamente presentan sus homólogos. Esto significa que, sin perjuicio de sus capacidades materiales, también está impregnado de un cúmulo de valores espirituales -rasgo que comparte con sus instituciones hermanas-. El país se refleja con orgullo en sus fuerzas armadas, en las que puede encontrar virtudes patrias ejercidas en grado vocacional”.
El 19 de septiembre, el presidente Piñera se saltó el protocolo con un discurso elogioso en la parada militar. Dijo: “Este es el ejército que ha estado y estará siempre dispuesto y preparado para defender nuestra patria y para ir en tu ayuda, cada vez que las circunstancias lo requieran o cada vez que la naturaleza nos golpee con sus fuerzas muchas veces incontrolables”. Un saludo, pero también la oportunidad de un reclamo. Porque desde El Mercurio, los oficiales, a través de un editorial, parecían hablarle al gobierno: “El mundo civil debe comprender que someterse al estatuto militar supone asumir costos considerables -comenzando por una vida profesional necesariamente más corta y de etapas prefijadas-. Esto tiene consecuencias salariales, previsionales y de opciones laborales tras el retiro, cuyos problemas no han sido cabalmente abordados, siendo urgente que lo sean de modo congruente con el grado de desarrollo de Chile. Si la dirigencia política del país no actúa al respecto, oportuna y razonablemente, estará creando obstáculos para que las indispensables fuerzas armadas continúen atrayendo a personas de la calidad que el país requiere”.

Un país “unido y reconciliado”

Una de las ideas más recurridas levantadas por las campañas publicitarias y los discursos ha sido la unidad. Chile, más unido que nunca, se extendía en los pendones municipales o, como dijo Piñera, “esta es la bandera de un Chile unido y reconciliado”. Un eslogan que un poco más lejos de las fondas y las ceremonias exhibió su artificialidad. Pero como pocas veces en la historia más reciente, Chile demostró en aquellos días de festejo su diversidad, su fragmentación, su discontinuidad. No sólo en las evidentes y cotidianas diferencias sociales, sino en la misma esencia de su Estado e institucionalidad. La huelga de hambre de los presos políticos mapuche, juzgados bajo la arbitrariedad de la Ley Antiterrorista, obligó a Piñera un par de días más tarde a cambiar radicalmente su discurso ante Naciones Unidas. En aquella oportunidad, y tal vez como otro eslogan ad-hoc, dijo que Chile es una nación multicultural. Sólo la superficialidad en el lenguaje y en el pensamiento permite esos giros retóricos. Una versión de país, una realidad diferente, para cada audiencia.
El ritual, la pachanga ni la propaganda bicentenaria han logrado aplacar la aparición, en esta complaciente actualidad, de una descompuesta y malograda historia. En estos días, el pasado ha asaltado el presente, no como un fantasma o un recuerdo, sino con la fuerza de la tragedia que hace la historia. Una fuerza incómoda para los conquistadores, triunfadores y corporaciones que manejan la actualidad, pero una impulso trágico, genético, que emerge y amenaza con alterar el futuro de la institucionalidad corporativa.

PAUL WALDER

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 719, 1º de octubre, 2010)
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