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WikiLeaks y la guerra de la información

Autor: Paul Walder

WikiLeaks puede haber inaugurado una nueva etapa en el periodismo. Cuando observamos que los medios tradicionales, desde los diarios de circulación nacional a la televisión y la radio, han devenido en industrias de la comunicación controladas por grandes grupos económicos -que tienen a la vez intereses en otros sectores de la economía aparte de sus relaciones con el poder político-, el periodismo independiente ha de buscarse en otra parte. El impacto de WikiLeaks en la opinión pública mundial ha hecho emerger nuevamente el enorme potencial de las tecnologías de la información, las que han podido hasta ahora, no sin problemas y persecuciones, mantener su independencia.
La experiencia de WikiLeaks es puramente digital y sólo puede existir en la red. Puede ser concebida como un medio de información, como periodismo, pero tal vez estamos en presencia de un nuevo concepto de información. Algo así como el “periodismo científico”, expresión empleada por el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, que apunta a un periodismo observable, comprobable, que permite al lector el acceso directo a las fuentes. Esta facultad no es posible en los medios tradicionales, hoy más cercanos a entretener y comerciar que a informar.
En una interesante entrevista realizada por una revista estadounidense, el ex director del diario El País y consejero del grupo Prisa, Juan Luis Cebrián, reflexionó sobre el cambio en la forma de hacer y consumir información, lo que estaba afectando los negocios de su grupo, así como a otros grandes consorcios de la prensa de papel. Cebrián no hablaba de WikiLeaks, pero su reflexión se ajusta con precisión a esta experiencia: “El cambio fundamental está en que los diarios se sustentan en un sistema del siglo pasado: la economía de oferta; y la era digital trae una economía de demanda. Estamos en un momento en el que la intermediación, que es lo que caracteriza a la democracia representativa, está desapareciendo. Y los periodistas, que somos intermediarios entre lo que pasa y los que demandan información, estamos viendo cómo son los demás, los no periodistas, los que cuentan lo que les pasa sin ningún tipo de intermediario. Y como no sabemos qué hacer, le echamos la culpa al soporte, a ese viejo papel de periódico”. Podemos agregar que la culpa no sólo la tiene el papel, sino son los contenidos, cada vez más ligados a los grandes intereses comerciales y corporativos.
WikiLeaks va a las fuentes, a los insumos, a la materia prima, a la información, que ha devenido en una mercancía, un commodity moldeable por los grandes consorcios periodísticos a sus propios intereses y otros afines para convertirla finalmente en un producto de consumo de masas. Los medios tradicionales, como afirma Cebrián, ofrecen este producto, el que es cada vez menos apreciado por los consumidores, que demandan información más cruda, menos intermediada, más fiable.
Assange eligió una serie de grandes periódicos del mundo, entre ellos El País, para que hagan la digestión de los millares de kilos de información. Pese a las críticas por esta elección, y pese a la posibilidad de una manipulación de la materia prima, la información filtrada por las numerosas fuentes ha aparecido: gotea cada día y molesta. Esto ha llevado al gobierno de Estados Unidos a presionar a las empresas de Internet a suprimir sus servicios con WikiLeaks y a pedir, a través de oscuros pretextos, la cabeza de Assange.
El impacto político y periodístico de WikiLeaks ha transparentado el enorme poder de las corporaciones, no sólo en todas las áreas de la industria y los servicios, sino también, y de manera creciente, en Internet. Esas presiones de la Casa Blanca sobre el servidor estadounidense que alojaba al sitio de Assange, o aquellas sobre las empresas financieras para bloquear las donaciones mediante Pay Pal a través de las tarjetas Visa y Mastercard (las que probablemente canalizan casi la totalidad de las transacciones internaciones en la web), tuvieron efectos por la enorme concentración que sufren los flujos de información en Internet. Porque la diversidad inicial de la web hoy apunta también aquí a oligopolios, acaso monopolios. Una muestra puede verse en los buscadores. De los cientos que existen o subsisten, Google ha pasado a ser un estándar mundial: canaliza más del 90 por ciento, o tal vez el 99 por ciento de las consultas en la web. Hoy casi todas las búsquedas nacionales, locales, regionales, acotadas a una u otra lengua, están filtradas por Google. Esta concentración facilitaría que presiones políticas puedan bloquear, a la manera china, todos los contenidos relacionados con WikiLeaks.
Pero Internet tiene también en su esencia, en su tecnología, el concepto de la flexibilidad, de la viralidad, de la ubicuidad. Hoy WikiLeaks se ha mudado a un servidor en Suiza (wikileaks.ch) y podría replicarse en múltiples otros servidores y sitios. La guerra de la información está desatada.

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 725, 23 de diciembre, 2010)
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