Edición 728 desde el 4 al 17 de marzo de 2011
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Autor: Paul Walder

Los rugidos del fascismo aparecen por todas partes. En Europa y América Latina pero en los últimos meses, con especial intensidad, en Estados Unidos. La incubación y posterior germinación del odio político cobró nuevas víctimas inocentes en Arizona, cuando un joven pistolero descargó una ráfaga contra la congresista demócrata Gabrielle Giffords, un juez federal y numerosos acompañantes. Seis personas murieron, entre ellas el juez y una niña, y 15 quedaron heridas de gravedad. Giffords, con un tiro en la cabeza, lucha por su vida en un hospital de Tucson.
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, calificó el violento acto de “tragedia incalificable, insensato y  terrible, como algo que no tiene cabida en una sociedad libre”, todas expresiones que fueron criticadas por su vaguedad. Porque la violencia y el asesinato estaban anunciados. Porque las explicaciones estaban a la vista. Porque tras el fanático perturbado mental que gatilló el arma, el responsable directo ha sido la campaña del terror, el discurso alarmista sembrado desde hace meses por la extrema derecha republicana y el movimiento conocido como Tea Party, que lidera la ex candidata a vicepresidente de EE.UU., Sarah Palin.
Días antes de esta tragedia la revista de Izquierda estadounidense The Nation publicó una serie de artículos que analizaban la conformación del nuevo Congreso, con una mayoría republicana que ha prometido desarmar la reforma de salud realizada por Obama. Tras la desastrosa era Bush, que provocó nuevas guerras y una crisis económica de características históricas, The Nation se preguntaba por qué los estadounidenses han vuelto a apoyar a la extrema derecha republicana. La columnista experta en medios, Melissa Harris-Perry, tenía su respuesta. “Los medios, en especial la reality TV, nos alientan a pensar menos y comprar más” como condición y objetivo de vida. Para los estadounidenses, la felicidad está en el mall, en la fruición por el consumo. “Los medios capturan nuestras emociones y silencian nuestra capacidad de crítica”. Los medios de comunicación corporativos -que han amplificado una supuesta relación entre la reforma de la salud pública y una disminución de los empleos- han promovido, en sintonía con la extrema derecha, este clima de polarización y creciente odio.
La profesora Harris-Perry cita a la feminista Jennifer Pozner en una reciente investigación sobre la fuerte derechización de la sociedad estadounidense. El estudio apunta -como respuesta al poder de los medios de comunicación como agentes cada vez más privilegiados de socialización y opinión-, que los ciudadanos prefieren la producida “realidad” de la reality TV que la confusa complejidad de sus propias vidas. Para lograrlo, aquella televisión-espectáculo refuerza normas, que no son otra cosa que “prejuicios profundamente arraigados en las bases sociales respecto de los roles de los hombres y mujeres, de la relación entre amor y belleza, clase y raza, consumo y felicidad en Estados Unidos”. Para Pozner, los medios son más un “mecanismo de diseminación para la persuasión ideológica que medios para entretenimiento”. Bajo el entretenimiento, la liviandad y la estulticia, se esconde una sofisticada máquina ideológica. Nada más rígido y sesgado que una pauta o un guión de la reality TV. Bajo el rostro seductor de la publicidad, la diversión y el consumo, está también el castigo y la represión.
Sarah Palin, dice Pozner, es un producto de esta época y estos medios de comunicación. “Encarna nuestro momento cultural: una candidata presidencial modelada por la televisión desde las más básicas emociones, con una limitada capacidad de análisis, que sólo necesita 140 caracteres para explicar su programa, que nos atrae aun cuando nos causa repulsión”. Una candidata cuyas limitaciones encajan a la perfección con aquella básica simpleza de la televisión.
En el mundo actual este análisis es también global. Es local y global. La ubicuidad de los medios de comunicación corporativos, la concentración de la propiedad y su vinculación con las grandes empresas los convierten en piezas clave para el reforzamiento del statu quo. Los medios de comunicación son una herramienta poderosa para la cristalización del poder económico y político. Por ello, como afirma Pozner, aun cuando parezcan medios de entretención, aun cuando su frivolidad sea impúdica y su liviandad simule ser inocua, son medios de permanente persuasión ideológica. Son la piedra angular que canaliza las presiones e intereses de un Estado corporativo.
Y cuando los intereses corporativos están en riesgo, cualquier recurso para recuperarlos parece ser viable. Desde campañas del terror, a la desestabilización del Estado. De la mentira al asesinato. La historia reciente -y no tan reciente- está llena de esas experiencias.

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 728, 4 de marzo, 2011)
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