Edición 728 desde el 4 al 17 de marzo de 2011
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ESCENA de la insurrección popular en Egipto.

En el lapso de un mes, dos grandes sublevaciones populares derribaron sendos gobiernos en Africa del Norte. La onda telúrica democrática parece haberse propagado y varios regímenes del Mahgreb y del Cercano y Medio Oriente son presa del descontento de la población. Sin embargo, no todas las revueltas populares tienen un carácter similar, aunque en todas aflora en primer lugar la reivindicación democrática.
En Bahrein, isla de cerca de 800 mil habitantes en el Golfo Pérsico, una monarquía suní -que cuenta con el apoyo de Arabia Saudita- enfrenta a parte de la población de origen chiíta que se ve discriminada y que tiene lazos con su vecino, Irán. Las reivindicaciones democráticas tienen en este caso un sesgo comunitario. Las monarquías petroleras del Golfo le han entregado su apoyo.
En cambio Yemen, con más de veinte millones de habitantes, reunificado en 1990, presidido desde entonces por Alí Abdallah Saleh, es uno de los países árabes más pobres, cuya juventud, siguiendo los ejemplos tunecino y egipcio, piden la partida de Abdallah Saleh.
Libia, vasto país presidido desde hace 42 años por el coronel Muammar Gaddafi, es teatro de violentas manifestaciones de protesta y de una no menor respuesta represiva. Libia goza de una importante renta petrolera y gasífera y dispone de medios para mantener el nivel de vida de su población en una situación más que aceptable. El Estado es el empleador y espina dorsal del sistema económico y político del país. El régimen tenía un importante apoyo del ejército. Sin embargo, el ejemplo tunecino y egipcio lo ha hecho trastabillar. Fidel Castro ha advertido una probable invasión de la Otan, mientras se producen deserciones en el régimen y fracturas en las FF.AA.
Caso aparte es Irán. En la mira de Occidente desde que osó encaminarse por una vía sui generis en 1979, lo que allí está en juego no es un simple conflicto interno. La República Islámica dista mucho de ser una democracia representativa a la manera occidental. Es efectivo que hay en Irán restricciones democráticas, pero ¿cómo andamos por casa? La ley electoral iraní impide con gran cantidad de trabas y exigencias la presentación de candidaturas anti establishment. Hace recordar el sistema binominal chileno. En las elecciones iraníes de 2009 ocurrieron cosas poco claras. Pero, ¿cuál fue la actitud de los catones que vociferan contra el presidente Ahmadinejad, cuando en la “más grande democracia del mundo” fue designado presidente, en 2000, el candidato con menos votos? ¿Qué decir de los paladines de los derechos humanos -los dirigentes franceses, en particular- que han pisoteado el voto claramente expresado por sus ciudadanos con ocasión del referéndum relativo a la Constitución europea, que han impuesto mediante una faramalla legislativa? ¿Qué decir de la “democracia” chilena, sustentada en una Constitución espúrea que permite a tirios y troyanos repartirse la torta electoral, repartija a la que ahora han sido invitadas algunas comparsas para engullir unas migajas?
Los sucesos en Irán muestran el descontento de una parte de la población. Pero en dicho país existe un régimen que no solo realiza elecciones periódicas, en las cuales participa el 85 por ciento de los electores, sino que además no se trata del país de demonios que hay que exterminar, como propugna Tel Aviv. La expresión de cólera de sectores medios cansados de vivir en una “ciudadela asediada” es comprensible. Muchos que conforman un abanico político quisieran atenuar el carácter demasiado rígido y austero del régimen iraní, e introducir espacios de expresión democrática en la sociedad civil. La base social de apoyo al régimen islámico la constituyen los desheredados de la ciudad y del campo, aquellos que a pesar de la crisis y las corruptelas e injusticias siguen siendo sus principales favorecidos.

Reguero de revueltas

El reguero de revueltas se inició en Túnez y luego prendió en Egipto. La gran figura independentista tunecina fue Habib Bourguiba (1903-2000). En Egipto la inmensa aureola de Gamal Abdel Nasser (1918-1970) sobrepasó las fronteras del país de los faraones. El derrocamiento de la monarquía en 1952, el combate contra la invasión anglo-franco-israelí en 1956 y su participación en el Movimiento de los Países No Alineados, le otorgaron prestigio internacional.
Bourguiba había iniciado la lucha por la independencia de Túnez en los años veinte y fundó el partido Neo Destourien en 1934, que le valió carcelazos en su patria y también en prisiones francesas. Fue dejado en libertad en Túnez por los franceses y aliados, cuando recuperaron el norte de Africa en la segunda guerra mundial. Las promesas de independencia no se cumplieron y en 1952 estalló la rebelión armada. Confinado en el sur de Túnez, la derrota francesa de Dien Bien Phu en Vietnam (1954) forzó la decisión de París de otorgar en 1956 la independencia a Marruecos y Túnez. Túnez es un país fundado sobre la base del reconocimiento del islam como religión oficial, pero con plena libertad para otras confesiones. El estatuto de la mujer, desde la independencia, no tuvo parangón en el mundo árabe y los religiosos fueron controlados por el Estado. Bourguiba, y Nasser con mayor intensidad, tomaron medidas progresistas en pos de la modernización del país y la socialización parcial del sistema de tenencia de la tierra.
La nacionalización del Canal de Suez, decidida por Nasser en 1956, provocó la intervención anglo-franco-israelí en Egipto. Nasser fue el impulsor del nacionalismo árabe -teorizado por el sirio Michel Aflak, fundador del partido Baas- y fundó la efímera República Arabe Unida (Siria y Egipto) de 1958-1961.
Bourguiba fue nombrado presidente vitalicio de Túnez en 1975 y a fines de esa década debió enfrentar una fuerte oposición sindical y estudiantil. En 1988 Ben Alí lo desplazó del poder y fundó el Partido Socialista Neodesturien, miembro de la Internacional Socialista hasta su expulsión, el 17 de enero de 2011. Ben Alí se presentó como campéon de la lucha contra el islam radical. En los años 90, temiendo el contagio argelino, donde el Frente Islámico de Salud había ganado la primera vuelta de las elecciones legislativas y se aprestaba a ganar la mayoría en la segunda, un oportuno golpe de Estado, alentado por las potencias europeas y EE.UU., convirtió a Argelia en una fortaleza contra el islam radical. Ello explica en muchos casos la connivencia de los occidentales con los déspotas norafricanos y de otras regiones. Tanto en Túnez como en Egipto, las potencias occidentales disponen, en convivencia con las élites nativas, de intereses en la industria textil, del vestuario, mecánica, eléctrica y electrónica, en los servicios (turismo), entidades bancarias, seguros y grandes empresas de distribución. Tanto en Túnez como en Egipto el turismo representa un importante ingreso de divisas.

Los jóvenes en
la vanguardia

Abundan las similitudes entre Túnez y Egipto. Una de ellas es la proporción de jóvenes en la estructura de la sociedad. Cerca del 40 por ciento de la población tiene menos de treinta años. Otra similitud es el papel preeminente jugado por el ejército. En ambos casos los propios manifestantes lo han disociado de la policía. Pero por su posición geoestratégica particular, su peso demográfico, su historia, el papel jugado frente al enemigo sionista, la esperanza surgida del panarabismo encarnado por Nasser, Egipto se coloca en un lugar privilegiado.
Aun cuando dinastías, regímenes y gobiernos han cambiado a lo largo de su milenaria historia, Egipto ha sido una entidad unida, regida por un gobierno central, muchas veces en manos de extranjeros: en 1922, Fuad fue entronizado como rey de Egipto bajo tutela inglesa. Cuando los oficiales libres  encabezados por Nasser derrocaron a su hijo, Faruk, en 1952, declararon con razón ser los primeros egipcios que gobernaban el país desde hacía muchos años.
El nuevo poder revolucionario redujo el poder de los terratenientes y disminuyó su influencia política, encaminándose hacia una incipiente industrialización del país. Desde 1948, Egipto ha estado en la línea del frente contra el Estado sionista en cuatro oportunidades y se mantuvo en esa posición de apoyo a los pueblos árabes hasta los años 70.
La colaboración de Egipto con los países del Tercer Mundo, con la URSS y China, terminó luego de la muerte de Nasser. El cambio en el sistema de alianzas había sido precedido durante los años 70 por transformaciones económicas y la política progresista de Nasser fue reemplazada por la Infitah de Anwar Sadat: la apertura del país al capital privado y extranjero. Ello tuvo como corolario la firma, en 1978, del acuerdo de paz unilateral firmado con Israel, que valió a Egipto su aislamiento y exclusión del mundo árabe, amén del asesinato de Sadat, en 1981, por militantes islámicos.

Los Hermanos Musulmanes

La presencia de corrientes islámistas en Egipto es antigua. En 1928 fue fundada la cofradía de los Hermanos Musulmanes, por Hassan El Banna, prohibida y reprimida por Nasser. El Banna fue asesinado en 1949, luego que miembros de organismos islámicos ultimaran, en 1948, al primer ministro de la época. El primer presidente post monarquía fue reemplazado por Nasser en 1954, debido a sus simpatías pro musulmanas. Aun cuando existía un sistema de partidos, nunca le hicieron el peso al régimen presidencialista centralizado.
Durante el período de Anwar Sadat (1970-1981), la Unión Socialista Arabe reemplazó a la Unión Nacional y al Reagrupamiento por la Liberación Nacional, fundados en los años 50. El Partido Socialista Arabe devino en partido oficial y luego en el Partido Democrático Nacional, cuya sede fue incendiada en los primeros días de la revuelta egipcia. Todos los partidos organizados sobre la base de la religión, o que propugnaran la lucha de clases, fueron prohibidos. Sin embargo, los Hermanos Musulmanes siguieron disponiendo hasta nuestros días de gran prestigio entre las masas árabes. La mayoría de los egipcios son musulmanes y un nueve por ciento son cristianos (coptos).
Desde la época del nasserismo el motor principal estuvo constituido por la burguesía burocrática ligada al ejército y al aparato del Estado. Con los cambios posteriores introducidos por Sadat, fue posible hablar de un régimen autoritario dependiente, dado el cambio de alianzas operado tanto al interior como en la política exterior de Egipto. Ello se acentuó durante el largo gobierno de Mubarak, quien prosiguió la línea de Sadat reforzando la alianza con Estados Unidos y cumpliendo fielmente su compromiso con Tel Aviv, al punto de colaborar activamente en el intento de asfixia que el Estado sionista ha impuesto desde hace años a la población de Gaza.

El aliado de Israel

Desde que Hamas, influenciado en su origen por los Hermanos Musulmanes, triunfó en las elecciones legislativas palestinas de 2006, el líder egipcio Hosni Mubarak adhirió al coro integrado por Tel Aviv y el cuarteto EE.UU., Unión Europea, ONU y Rusia afirmando, con la complacencia del ilegítimo presidente Mahmud Abbas, que la mayoría libremente expresada en las urnas por el pueblo palestino no era aceptable. Mubarak fue el más firme apoyo de la camarilla encabezada por Abbas.
Para Israel, EE.UU. y el mundo occidental el régimen de Mubarak era el bastión que garantizaba la estabilidad y la pax norteamericana-israelí en la región. La consolidación de una oligarquía nativa, ligada al aparato burocrático estatal, mantuvo dicho statu quo durante casi treinta años.
En el curso de la última década, Egipto siguió los consejos del FMI y realizó ajustes monetarios, fiscales y estructurales, logrando reducir la inflación y atrajo la inversión extranjera. Pero la crisis económica comenzó a golpear a Europa y EE.UU. y los capitales invertidos en Egipto fueron invertidos en países con menos riesgos, acentuándose la cesantía, los salarios de hambre, la corrupción y el clientelismo. El descontento encontró eco en sectores de capas medias educadas y cautivadas por las nuevas tecnologías. Treinta millones de teléfonos celulares e Internet difundieron una información que coaligó a los jóvenes de las principales ciudades.
El movimiento revolucionario ha sido fundamentalmente un fenómeno de las grandes ciudades situadas a orillas del Nilo y su delta, particularmente de El Cairo, con 18 millones de habitantes. La población rural, mayoritaria en Egipto (56 por ciento), tuvo una participación menor. La existencia de sectores sociales medios no sólo ansiosos de consumir como los occidentales sino también de gozar de libertades públicas, el rechazo de los egipcios a la connivencia con Tel Aviv, la brutalidad de las fuerzas represivas, el restringido espacio político tolerado, la corrupción en todas las esferas, y la exclusión de un actor importante del juego político -la nebulosa representada por los Hermanos Musulmanes-, amén del ejemplo tunecino, lograron el cambio.

Rol del ejército

Los acontecimientos en Túnez y en Egipto tienen otro punto común: el papel jugado por el ejército. Fue la institución que decidió en parte la suerte de la sublevación, plegándose al sentir popular expresado en las calles. Podría pensarse que el ejército ha sacrificado a Mubarak y al presidente Ben Alí, de Túnez, para conservar lo esencial. O que tal vez en su interior hay corrientes que aspiran a una verdadera liberalización. La suspensión de la Constitución y la promesa de elecciones libres abogan en ese sentido. Pero el mantenimiento del estado de emergencia en Egipto lo desdice. Por otra parte, EE.UU., que considera a Egipto como pieza esencial en el tablero del Cercano Oriente, aspira a que se efectúe la conocida movida lampedusiana supervisada por ellos.
En Estados Unidos, la UE e Israel han surgido voces preocupadas por el papel que pueden jugar en Egipto los Hermanos Musulmanes. Detrás de este gran movimiento popular están por cierto sus militantes, pero también hay miles de laicos, coptos y nacionalistas egipcios. Lo ocurrido en Túnez y Egipto demuestra que son innumerables los sin nombre que han sido capaces de mover las pesadas ruedas de la historia. No han necesitado intermediarios y han actuado en el marco de una democracia directa de hecho. Esto pone en entredicho una vez más a doña democracia representativa, incapaz de representar los intereses de la mayoría del pueblo.
Otra conclusión necesaria es que la ausencia de un régimen democrático sirve al sionismo y a las potencias occidentales interesadas en mantener el statu quo. Los sublevados no se equivocaban cuando durante 18 días gritaban en la plaza Tahrir: ¡Mubarak al infierno o a Tel Aviv!

PACO PEÑA
En París

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 728, 4 de marzo, 2011)
punto@tutopia.com
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