Punto Final, Nº 740 – Desde el 19 de agosto al 1 de septiembre de 2011.
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De anarcos y encapuchados

 

Autor: Juan Jorge Faundes

“…las ideas correctas de dirección sólo pueden elaborarse recogiendo y sintetizando las ideas de las masas y llevándolas luego a las masas para que perseveren en ellas”.
(Mao Tse Tung, Sobre los métodos de dirección).

Los anarquistas configuran su identidad como antagonistas del Estado y de sus símbolos. Ello explicaría que “los encapuchados” -si fuesen anarquistas y no lumpemproletariado furioso ni péndex idealistas (pero desorientados) ni provocadores infiltrados (que desde la época zarista los hay)- buscasen el enfrentamiento cuerpo a cuerpo con los carabineros, encendiendo neumáticos, lanzando piedras y bombas molotov a los carros lanzagases y lanzaagua. Aunque no explicaría los ataques a la “población civil”.
El proceso de búsqueda de identidad como “conciencia de sí mismo y del otro como personas diferentes”, como necesidad de autoestima y control de impulsos, y como capacidad de tomar decisiones en libertad, es propia, según Fromm, de la niñez y la adolescencia. El adulto es un yo que se posiciona en el mundo desde un paradigma, una visión de futuro y un plan personal para lograr ese mundo ideal. Por lo general, se ha insertado en grupos y redes que contribuyan a ello.
Un grupo anarco adulto tendrá sin duda un marco de acción, un programa, un plan estratégico, donde cada piedra, cada espray, cada molotov, en suma, cada acción directa tenga un sentido de futuro. Que no lo da el azar ni una catarsis. El grupo Bandera Negra, federación ibérica de juventudes anarquistas, en un artículo titulado “La Teoría de las cuerdas del sindicalismo” (Internet, 2011) hace una referencia a los llamados a huelga, pero que vale para todo tipo de convocatorias: “…cuando se convoca a una huelga se debe hacer con pleno convencimiento de que va a servir para algo, de que va a ser eficaz”. La clave del argumento es la eficacia, la utilidad política, el sentido de futuro.
Quien firma como “Tomás”, militante de Alternativa Libertaria, Chile, en su artículo “¿Poder popular anarquista?...” (Internet) plantea que hoy son dos las tareas del anarquismo: “reconstruir tejido social (…) de la mano del poder popular” y “la diferenciación con los partidos reformistas/electorales, puesto que la inserción debe ir de la mano con la comprensión de para qué trabajamos…”. Precisa que ese para qué es “la revolución social; que la clase explotada avance a paso firme con una dirección clara hacia su emancipación…”. Y el cómo, mediante “crear poder popular en conjunto con las organizaciones sociales (…) Las organizaciones políticas anarquistas están al servicio del pueblo y son el pueblo mismo en la medida en la que vayamos creando un programa entre todos”.
O sea, la diferenciación con los “reformistas/electorales” se logra ejerciendo al interior de las organizaciones sociales una democracia participativa (“entre todos”), fundamento del poder popular, y evitando decisiones de arrogancia vanguardista aisladas de “las masas”.
Sin tener la certeza de que hayan sido verdaderos anarquistas los autores (y no entes lumpenescos o catárquicos o infiltrados provocadores) podemos preguntarnos por el sentido de futuro de quemar indiscriminadamente un automóvil de un ingeniero agrónomo; destruir los vidrios de un edificio de personas de clase media-media y media-baja, o saquear una bodega, entre otros daños. No era un automóvil desde el que se hubiera disparado a los manifestantes, lo que justificaría una reacción en defensa propia. Ni el edificio ni la bodega eran tampoco blancos legítimos. Uso una metáfora bélica porque vi en la TV un jovencito jugando al guerrillero en una barricada con el rostro cubierto y empuñando un fusil de madera. Hasta en las guerras de verdad la “población civil” debe quedar al margen, según el derecho internacional humanitario.
El sentido de futuro de esas acciones que el movimiento estudiantil repudió por boca de sus máximos dirigentes, fue una imagen de violencia que no se condice con esa pacífica marcha del martes 9 en Santiago, de más de 150 mil jóvenes, profesores, padres, así como de diversas organizaciones sociales y “tejido social” en proceso de recomposición.
Mijaíl A. Bakunin (1814-1876), primer teórico anarquista que expuso en forma sistemática la teoría del anarquismo, levantó un “programa socialista” que entre otros objetivos postula: “La igualdad política, económica y social de todas las clases y todos los pueblos de la Tierra (…) La equiparación de los derechos políticos, económicos y sociales del hombre y de la mujer (…) La formación científica y técnica, en la que se incluyen los niveles más altos de formación, será igual y obligatoria para todos...”. Instituye como medio la “huelga general” (paro nacional). Ello implica congregar el máximo de trabajadores (obreros, campesinos, técnicos, empleados, profesionales, etc.) y no ahuyentarlos.
No soy Gandhi ni se trata de que las movilizaciones sociales se hagan enarbolando el manual de Carreño. Se trata de política y estrategia.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 740, 19 de agosto, 2011
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