Punto Final, Nº 740 – Desde el 19 de agosto al 1 de septiembre de 2011.
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Autor: Ricardo Pinto Neira

El ciudadano medio tiende a subirse al carrusel de información que se forja intencionalmente en los laboratorios de canales de televisión, radios y prensa escrita. Aunque lo asumamos, los tiempos se están carcomiendo al periodismo cómodo, complaciente, simplón y hasta lo ponen en evidencia ante un movimiento ciudadano que sabe que su opinión supera a la mera encuesta.
Hace algunos años molestaba que los medios tradicionales limitaran los contenidos a lo que se les imponía desde un sillón superior. Hoy deben competir, incluir y muchas veces sucumbir, ante herramientas de integración apiladas en la oferta tecnológica que llega desde el exterior. Y sirven. Porque algunos fenómenos como el bullying entre los escolares, los abusos de las empresas o los movimientos sociales, están encontrando un nicho para proyectarse hacia los oídos y ojos del nuevo observador ávido de imperiosa realidad. Y los que antes coartaban los hechos reales ya se están viendo superados y abofeteados por un simple celular o la minicámara de video, atestiguando sucesos que a veces se esconden. O que simplemente no encontraban una vía de exposición necesaria y democrática, esa que los profesionales de la información juraron defender en un aula para olvidarla en sus puestos y con sus sueldos, fusionados con mediocridad.
Yo soy de aquellos profesionales que siempre miró con recelo a los seudoperiodistas, a los improvisados, que muchas veces deforman y juegan con el real sentido de la noticia. No obstante, con el tiempo les he ido tomando cierto apego y hasta los uso para nutrir y contrarrestar esa atmósfera de censura que voy encontrando a medida que recorro los distintos caminos de elaboración y exposición de nuestras propias manufacturas.
Los blogs, las plataformas de videos y sobre todo las redes sociales, le están ganando la batalla a quienes hasta ayer eran la tribuna oficial. Y es un deleite ver cómo los propios estamentos de la información del día a día se deben plegar a este nuevo protagonista del negocio, incluyéndolos en sus programaciones como un actor cada vez más presente y activo. Un actor que muchas veces les exige ampliar su propio material para no verse sobrepasados por el instinto del usuario común, ese individuo que ya entendió que siempre habrá una tribuna disponible para dar a conocer visiones oportunas, distintas y muchas veces vedadas sobre lo que ocurre en la calle.
De cualquier forma, el periodismo debe poner más atención a estos nuevos tiempos. Hoy es más fácil meterse a Twitter y Facebook para entender la real dimensión de una protesta o alguna marcha popular que acudir incluso a servidores oficiales, los que se empeñarán en bajar de nivel a tan respetables reuniones masivas en vías de un objetivo común. Muchas de las atribuciones de la autoridad están siendo observadas y canalizadas por el usuario común de Internet, para ser expuestas luego de la manera más descarnada y directa posible.
Suena impresentable que esta marea de sitios y canalizadores de voces esté bajo la lupa insidiosa de personeros con poco sentido de la objetividad y atribulados ante la democracia de las opiniones. Hasta parece ridículo. Los grandes errores del presente gobierno, los abusos de sus señores de cuello y corbata que mandan a inundar tierras vírgenes o en su defecto a golpear estudiantes pidiendo derechos básicos, les están costando un duro revés del que no quieren darse por entereados.
Cuando la Subsecretaría de Gobierno comienza a telefonear a personas naturales o lisa y llanamente suspende su derecho a usar sus cuentas de redes, incurre flagrantemente en lo que los expertos en tenis llamarían “un error no forzado”. Dejan de manifiesto que la censura -que en esta columna hemos ido desnudando con el tiempo- existe, es tan detestable como innecesaria y se está convirtiendo en una autozancadilla de enormes proporciones.
Lo que hasta ayer era un juego de nerds y holgazanes, se está convirtiendo en un arma de enormes alcances. La perspectiva del personaje común abre la vista y amplía la perspectiva de las cosas. Son estos testigos mudos y a veces anónimos quienes increíblemente sirven de verdadero filtro de la verdad. Pueden parar la construcción de una planta contaminante o liquidar a un funcionario de confianza sorprendido cometiendo fallas inaceptables. Es más, frenan el sesgo de los medios tradicionales, los condicionan y muchas veces dejan de manifiesto la mentira o la omisión inútil de aquellos que nos quieren inmiscuir en su “corralito de la moral”.
Les están ganando la pelea y no hay control que surta efecto. Es mejor que los victimarios que quieran aparecer como víctimas de la injusticia social, empiecen a observar de manera más sincera el país dónde están viviendo. Los puntos en la encuesta del desencanto o las protestas multitudinarias tienen un hogar seguro dónde emancipar su grito ahogado. Ya no hay miedo como antes. Ni menos se oculta la realidad debajo de apiladores de superficialidad. El nuevo ciudadano de a pie está entendiendo que tiene más voz que antes. Y esa es la gracia. La cámara indiscreta cambió de dueño. Mejor sonrían, muchachos. Porque siempre habrá alguien que los estará grabando...

Se publicó completo en “Punto Final”, edición Nº 740, 19 de agosto, 2011
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