Punto Final, Nº 742 – Desde el 16 al 29 de septiembre de 2011.
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Los herederos de Salvador Allende

Ricardo Candia Cares

Salvador Allende será sepultado otra vez. Y, cosa curiosa e inexplicable, aún no recibe el homenaje del pueblo por el que tanto luchó. No contentos con haberle dado la espalda, mucho de los que hoy hablan de Allende con una soltura de cuerpo envidiable, han hecho esfuerzos por sacar del alcance del populacho allendista ese cuerpo traqueteado, pero digno.
Suena distinto el nombre del presidente cuando es evocado por sus compañeros a los que tanto quiso, la gente del pueblo, los desamparados, los perdedores de todo y de siempre. Los verdaderos allendistas, que depositaron su fe en la gesta que encabezó este hombre de honor para posibilitar un país mejor, una vida más humana, no han podido rendirle el homenaje que merece recibir y ellos dedicar. Ni los de entonces ni los miles de nuevos allendistas, jóvenes, incluso niños, que han venido descubriendo a ese político socialista tan distinto a muchos de los actuales.
No ha habido en la historia de este país tres años más intensos que los que mediaron entre el 4 de septiembre de 1970 y el 10 de septiembre de 1973. Nunca la gente pobre alcanzó tan altos grados de respeto y consideración. Circuló en ese tiempo la extraña fascinación que produjo la posibilidad real de asentar en nuestro territorio una sociedad distinta a la que dominó durante ciento cincuenta años. Los más pobres esta vez tenían una gran dosis de esperanza y los sacrificios propios de una nueva manera de entender el poder, hacían que el sufrimiento de tantas carencias valiera la pena. Era la revancha de los que ansían pan. Hubo en esos tres años una avalancha permanente de energía que hacía que cada día pareciera el primero, pero también el último. Los pueblos del mundo observaron cada una de estas jornadas con admiración, y grandes y entrañables muestras de solidaridad se conocieron desde el primer día. Salvador Allende, el compañero presidente, encarnaba la posibilidad inédita de conquistar el poder para ponerlo al servicio de los marginados de siempre.
Pero también hubo muchos que malgastaron lo poco que había, que intentaron acomodarse pasando por encima de la justeza que hay en toda repartición equitativa. De éstos hoy existen versiones mejoradas. Abusadores de corcho que han tenido la extraña facultad flotar a pesar de lo encrespado del mar. Vivos que siempre han logrado estar donde menos pesa la derrota y donde brilla con mayor lucimiento la victoria. Cobardes que dejaron a sus subordinados a cargo del fracaso y se fueron con sus discursos con olor a pólvora a latitudes menos peligrosas. Reptiles profesionales en deslizarse a ras de suelo, cambiar de color según sea necesario y prestos a morder a quien se les acerque demasiado.
Allende habrá sentido la pena de saberse maltratado por sus propios compañeros que lo dejaron solo, acompañado de ese puñado que no pensó tanto en su propia vida como en la dignidad de sus responsabilidades en esa última batalla. Nunca se ha sabido por qué sus camaradas no fueron a defender a Salvador Allende y a su gobierno a La Moneda asediada. Habrá sido el miedo que Allende y sus compañeros también sentían adentro. Hoy aún se discute de qué murió el compañero presidente, como si no estuviera claro que murió de traición. Como si algo cambiara en el ejemplo nunca superado de su decisión postrera, saber el detalle de la balística. De cobarde no habrá muerto el presidente Allende. Abandonado por sus compañeros, sí. Traicionado por los militares que le juraron lealtad, también.
En estos meses en que los estudiantes hacen brillar sus movilizaciones, el recuerdo y la inspiración del presidente Allende aparece con mucha fuerza. Estos muchachos que han desafiado no sólo el miedo natural que inocula la derecha y sus tentáculos represivos, sino que han desafiado la amenaza cobarde sin detenerse a pensar en su propia seguridad, se perfilan como los verdaderos herederos de Allende, los destinatarios genuinos de su último discurso. Los estudiantes honran la memoria del presidente. Se han transformado en esos otros hombres que, en su hora postrera, advirtió superarían los momentos grises y amargos, que han durado casi cuarenta años: son los que abrirán las grandes Alamedas

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 742, 16 de septiembre, 2011
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