Punto Final, Nº 745 – Desde el 28 de octubre al 10 de noviembre de 2011.
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“...la política es la continuación de la guerra, es la prórroga del desequilibrio de fuerzas manifestado en la guerra (...) las leyes están hechas por unos y...
se imponen a los demás”.
(Michel Foucault, “Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones”).

El “derecho” y el “estado de derecho” tienen su origen cuando en las manadas u hordas originarias -y en virtud de la tecnología primitiva (léase herramientas y armas de hueso, palo, piedra o, más tarde, hierro)- se comienza a producir en mayor cantidad que la mínima necesaria para la sobrevivencia del grupo, una minoría se da cuenta que puede usar esas armas para arrebatar y gozar de aquella mayor producción, y poner a la mayoría laboriosa a sus órdenes.
La minoría armada crea entonces un orden funcional a su hegemonía y a sus intereses; y dicta normas, entre ellas el derecho de propiedad, para que perdure en el tiempo la nueva configuración social. Así nacen el “derecho” y el “estado de derecho”, no como la aplicación de valores universales, sino como un discurso (en el amplio sentido de una forma de pensamiento transversal a todos los individuos involucrados en un sistema social) que ha surgido en la práctica como una estrategia de consolidación de lo ganado.
Así, con el paso del tiempo, el nuevo orden, sacralizado y legitimado por ese discurso, va siendo percibido por vencedores y vencidos, por dominadores y dominados, es decir, por el cuerpo social en su conjunto, como propio de la naturaleza de las cosas, lo que síquicamente se plasma al interior del cerebro de los individuos en conjuntos de conexiones neuronales, es decir en sinapsis (forma biológica del aprendizaje y del pensamiento) que el marxismo ha venido en llamar “ideología”. Así, el nuevo orden producto de la guerra se biologiza en materia síquica (que en el fondo es química), en la “creencia”, que corresponde al ser, a la naturaleza de las cosas.
Pero, además, tanto síquica como social y políticamente, el nuevo orden se materializa como voluntad divina: “Lo que ates en la tierra, será atado en el cielo. Lo que desates en la tierra, será desatado en el cielo” (Mateo 16, 18-19). Así podemos observar en la historia, tanto en sociedades esclavistas como feudales y hoy capitalistas, que la religión ha venido a bendecir lo originalmente conquistado por la guerra. Abundan los ejemplos. La Cristiandad, en la Edad Media, es uno de los casos: Dios y el Papado son la autoridad máxima. Luego vienen los reyes y la nobleza. En el siglo XII, el Papa Adriano IV por medio de una bula reconoció el señorío de Enrique II de Inglaterra sobre Irlanda. En los siglos XII y XIII, bulas papales lanzaron a los caballeros a combatir en Las Cruzadas. En el siglo XV, entre muchas otras, por la bula Dum diversas, de 1452, el Papa Nicolás V autoriza la esclavización de los infieles de Africa Occidental a manos de Alfonso V de Portugal. Y en 1455, amplía esa bula para que se proceda a la esclavización de todos los pueblos situados al sur del Cabo Bojador. En1493, por las bulas Inter caetera, Eximiae devotionis y segunda Inter caetera, de Alejandro VI, son divididos los territorios del Atlántico entre Castilla y Portugal. Así, el Papa repartió las tierras del Nuevo Mundo a las monarquías imperiales europeas.
El rostro ensangrentado de Gaddafi en su Vía Crucis a manos de la turba sedienta de sangre, ¿no les trajo a la mente el rostro de Cristo conducido al Calvario? Lo relevante -y que marca el sentido de época-, es que no terminó crucificado y muerto de un piadoso lanzazo en el costado, sino al parecer (según los videos y contradictorias versiones iniciales) con un tiro de gracia en la cabeza y luego exhibido en la vitrina refrigerada ¡de un supermercado!
Llevemos la situación a su extremo metafórico: en los supermercados se exhiben las mercancías para que sean compradas por los consumidores. Las mercancías tienen valor de uso y valor de cambio. La utilidad de ese cadáver es estratégica, es decir, política: Ecce homo, he aquí al hombre. He aquí a quien detentaba el poder, he aquí al rey en su jaque mate. Se acabó. Y el epitafio escrito por sus asesinos en una alcantarilla lo subraya: “He aquí la rata”. El viejo régimen ha terminado. El pueblo libio debe ahora adaptarse al orden nuevo.
El valor de cambio está dado por el flujo de dólares imperiales que el Consejo Nacional de Transición comenzará a recibir, tras los aplausos de la corte mundial: “La muerte de Gaddafi cierra una página para los libios y señala el inicio de un proceso democrático. Es el momento de la reconciliación en unidad y libertad”, declaró Nicolás Sarkozy. Y Obama: “Es el destino inevitable que pueden esperar todos aquellos que se empeñan en gobernar a sus pueblos con puño de hierro”. Conclusión: la nueva relación de fuerzas incorpora finalmente a Libia al nuevo orden del mercado global. Que la Pax Romana, sea contigo.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 745, 28 de octubre, 2011
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