Punto Final, Nº 745 – Desde el 28 de octubre al 10 de noviembre de 2011.
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Autor: Ricardo Candia Cares

Uno de los efectos que ha traído consigo el seductor movimiento de los estudiantes, es el malestar que ha creado en un sistema de convivencia que hasta hace muy poco permitía la solución de las controversias en un ambiente grato y cálido. Durante veinte años, la Concertación pudo gobernar con la derecha en la oposición sin que la sangre llegara al río. Era evidente que, tratándose de personas que comparten en lo que importa los mismos principios y mantienen intereses en negocios comunes, las diferencias irreconciliables quedaran relegadas al color de las corbatas, en el caso de los varones, o al largo de las faldas, en el caso de las mujeres.
Los últimos cuatro presidentes fueron aplaudidos con verdadero cariño por los empresarios, los militares, el BID, el FMI y por los presidentes de Estados Unidos. Si se revisa, entre lo que hacía y decía la Concertación en el gobierno no hay grandes diferencias con lo que se hace y se dice ahora, en lo que respecta a poder, sus implicancias y aplicaciones. Ni siquiera en la mano dura de la represión. De haber habido movilizaciones como las que se han visto desde hace cinco meses, en los tiempos en que el actual diputado Felipe Harboe era el subsecretario del Interior la cosa no habría sido muy distinta. Recordemos que bajo su férrea mano los carabineros mataron a tres mapuches y no pocas veces negaron el derecho de la gente a pasar por la Alameda. Hasta era posible descubrir agentes infiltrados en las escasas manifestaciones de los trabajadores.
Con orgullo, los sostenedores del sistema contaban a quienes quisieran escuchar que el éxito de la experiencia chilena se debía al civilizado acuerdo entre los actores que compartían el poder, lo que permitía una convivencia a salvo de los vaivenes propios de las democracias inmaduras. Una vez logrado ese nivel de comprensión mutua, daba lo mismo que circularan en los pasillos del poder mafiosos reos de estafas, cómplices y encubridores de muchos de los crímenes de la dictadura, cuando no autores de saqueos, operaciones encubiertas y malversaciones varias.
Lo que realmente importaba era que nunca había habido dos decenios más fructíferos.
Por esas razones era esperable que el movimiento estudiantil terminara en plazos aceptables y mediante los mecanismos que el sistema ha venido probando como efectivos. Así fue en el año 2006, cuando oposición y gobierno de entonces se concertaron para desmovilizar a los estudiantes y en una operación magistral y terminaran unos y otros levantando sus brazos en señal de felicidad. Por cierto, sin los estudiantes.
De ahí que para la derecha resulte incomprensible que en la Concertación desoigan lo que dicta la experiencia y, aunque sea para ganar votos, se pongan del lado de las movilizaciones y protestas. Más bien eran esperables conductas que apuntaran al amansamiento de las pasiones, considerando lo mucho que unos y otros se beneficiaron con el statu quo.
Senadores y diputados convivían de la manera más civilizada y coincidían en las leyes que eran necesarias para fortalecer el sistema. Nada de lo hecho en los últimos años fue hecho sin la participación activa y entusiasta de la Concertación y la derecha, y en esa fraternidad ganaban todos. Como lo demuestra la inédita migración de muchos “compañeros” al mundo de las grandes empresas, y los balances de éstas.
Nada hacía presagiar que la cosa sería distinta. Consecuentes con el juego democrático, después de veinte años de comprensible agotamiento, le correspondía a la derecha volver a La Moneda, esta vez mediante el original método de las elecciones. Daba la impresión que ahora se devolverían los favores recibidos en la gestión del último quinto de siglo y que nada tensaría el bucólico paisaje en el que convivían unos y otros. Pero no, algunos políticos de la Concertación, olvidándose del debido fair play, se han puesto de lado de los estudiantes, aunque no más sea por las apariencias y las elecciones que tarde o temprano medirán el impacto de lo que ha sucedido en los últimos cinco meses.
Esto explica la reacción de la derecha contra el senador Girardi por no haber llamado a las Fuerzas Especiales para desalojar las acolchadas oficinas del Senado. En el gobierno no pueden entender la irresponsabilidad del senador al haber logrado sacar a los revoltosos mediante un acuerdo que no requirió de la represión. Y en gran parte de la Concertación tampoco aceptan ese mal ejemplo.
La derecha tiene buena memoria y el órgano del odio intacto, y tarde o temprano le va a pasar la cuenta a la Concertación, o a lo que quede de ella, por esa falta a la lealtad debida entre bueyes sin cuernos. A menos, claro está, que haya genuinos actos de contrición que logren la indulgencia de quienes se han visto, con toda razón, tratados de una manera que no es propia entre socios con tal largo historial de trabajo mancomunado.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 745, 28 de octubre, 2011
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