Punto Final, Nº 750– Desde el 6 al 19 de enero de 2012
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No entiendo porqué muchos creemos que la militancia con alguna causa debe ser seriota, triste y desde la perspectiva del perdedor. La verdad es que por muy “moral” (cristiana) que esta sea, no tiene porqué hacernos víctimas en tan importantes lides (que desde antes de sortear se dan por perdidas). Cada vez me encuentro con más gente que se enfurece cuando veo el lado más juguetón a las cosas, y eso, obviamente no me pasa sólo a mí, sino que a millones de jóvenes y menos jóvenes que en el mundo asumen una postura libre para enfrentar los desafíos.
Sentirse víctima del destino trágico del héroe es una buena forma de crearse una epopeya en la cabeza, buscando hacerse respetar por medio de una “historia”. Pero eso me parece contraproducente a la hora de generar verdaderos cambios en la sociedad si ésta se basa justamente en el lloriqueo por la leche derramada, la caridad y por lo mismo, en la valoración de la pobreza. Así es como la lástima mueve al mundo a costa de desigualdades que nadie es capaz de recomponer, ni siquiera en el fuero interno.
Entonces, ¿qué es más individualista que el padecimiento? Hay algunos que incluso compiten comparando quién sufrió más, como si ese dolor pudiera otorgar estatus. Nosotros, los que nos enteramos de ese dolor de oídas, no podemos hacer otra cosa que respetarlo, pero jamás validarlo como una catapulta a la gloria. Quizás porque precisamente la gloria no se persigue. Se prefiere perseguir el perfil de mártir, y eso, discúlpenme por favor los que no están de acuerdo conmigo, me parece completamente desafectado de la verdadera necesidad humana de buscar la felicidad. Porque es eso lo que queremos al final de cuentas. Dejar de encontrarnos presos del abuso. ¿Pero no será que nosotros mismos lo utilizamos para justificar nuestra falta de ganas? Hay mucha resignación, y poco aprendizaje en la forma de dolernos.
Y no es por ser optimista, porque no soy de las esperanzadas. Entiendo muy bien que es simplísimo lo que queremos si no tomamos el camino de la derrota. Si no entiendes las ganas de tener éxito en la vida es porque “estás llorando y no haces nada, por comprender a nadie excepto a ti”, eso que se llama “estrechez de corazón” según Jorge González.
El éxito no tiene porqué circunscribirse al sistema capitalista, ni la gloria al fascismo militar. Eso es porque hemos dejado preñar conceptos, porque nosotros no hemos sido capaces de apoderarnos de ellos. Quizás por comodidad, por vergüenza, por miedo. Pero déjenme decirles que es preferible el ninguneo y la envidia a quedarnos deprimidos y de brazos cruzados, que sólo son capaces de levantarse un rato en una marcha pero que en el camino de la vida se han fatigado para construir en su propio hogar, el corazón, una confortable morada.
El hombre feliz no tenía camisa, pero era exitoso y vivía en la gloria. No era un bufón de la corte, y tampoco un soñador que vive la vida como si estuviera atrapado en otra dimensión.
Hay tanto que valorar en la vida, tanto por lo que luchar, y ganar. Sobre todo cuando el territorio ganado se ubica en la soberanía de nosotros mismos. De tan conscientes de encontrarnos bien, podemos contagiar al resto y somos capaces de dar aunque sea momentos de genuina alegría e independencia.
Es un triunfo tener una vida llena de satisfacción sin enganchar con la locura y ajetreo cotidiano, un triunfo el querer y respetar a nuestros hijos y futuras generaciones, un triunfo dejar el resentimiento y comenzar a tener rabia sólo por lo que aún no nos atrevemos a vivir.
Si siempre hemos repudiado la acumulación, ¿por qué esperar a tener dinero o poder para ser felices y hacer lo que nos gusta? Nosotros ya nos ganamos la vida, desde que estamos acá, como habitantes del mundo. Y eso, nos hace triunfadores.

Karen Hermosilla

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 750, 6 de enero, 2012

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