Punto Final, Nº 750 –Desde el 06 al 19 de enero de 2012
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Las “historias”
de Sergio Villegas

 

Sergio Villegas: sus admirables historias de monos y de brujos.

 

 

 

 

El libro Historias de monos y de brujos, que acaba de publicar LOM, es uno de los textos literarios más perfectos que se hayan escrito en Chile. Sin embargo, es uno de los más desconocidos. Se publicó por primera vez en 1991 con el sello de Emisión, pero no tuvo más eco que el que, muy mínimamente, lograron inducir sus editores. Le ocurrió aquello que Nicanor Parra ha descrito, con el escepticismo corrosivo que le es propio, “primera condición de toda obra maestra: pasar inadvertida”. “Escritor clandestino” lo califica José Miguel Varas en el sabio y cálido prólogo que precede este libro -escrito para aquella primera edición y reproducido también en la presente-, porque mantuvo durante muchos años escondida su pasión secreta, concentrándose en el oficio periodístico al que dedicó su vida entera.
Estas Historias no son su única contribución a la práctica propiamente literaria. Muy joven, en épocas tan lejanas como las del Instituto Pedagógico de los años cuarenta -y en las que compartimos, un par de escalones más adelante que yo, los estudios de castellano-, leí un pequeño libro de poemas suyo y ayudé en su difusión. Tenía un título y versos de resonancias clásicas, Bajo este cielo silencioso, inmenso. Fieles propagandistas de su persona y obra eran entonces Félix Martínez Bonati y José Miguel Varas, con quienes conformaba un inseparable trío de común pasado institutano (no por el Pedagógico, sino por el Instituto Nacional).
“Villita”, como lo calificaban ellos, abandonó pronto la universidad y se sumergió en un largo y laborioso anonimato como periodista. Mostró en el oficio capacidades notables, afirmadas en sólidas convicciones políticas. De allí, probablemente, su dedicación a la tarea con un fervor que puede calificarse de apostólico. Formó parte durante un largo tiempo del equipo y de la dirección del diario El Siglo, dirigió la revista Vistazo, y en sus años de exilio, fue director del programa “Chile al día”, que se transmitió por Radio Berlín, de la RDA, desde donde salieron, durante alrededor de quince años, “descargas nocturnas diarias, de contundencia variable, en dirección al régimen de Pinochet”, según palabras de Villegas.
Antes de acogerse al refugio político escribió El Estadio. (Once de septiembre en el país del Edén). Reúne testimonios de los horrores vividos en Chile en el primer mes posterior al golpe de Estado. El conjunto, sometido a un sabio ordenamiento y exigente y eficaz tratamiento verbal, da por resultado una narración estremecedora y por momentos angustiosa, que han hecho del libro una obra clásica indispensable. La primera edición fue hecha por Editorial Cartago, de Buenos Aires, en marzo de 1974, y con posterioridad se publicó en una media docena de países europeos, en algunos de ellos en versiones de gran tiraje. Hubo otra edición latinoamericana, en Ecuador, y finalmente, en noviembre de 1990, apareció en Santiago (Editorial Emisión) la edición definitiva, corregida y aumentada. Incluye, entre otros textos notables, el alucinante relato “Funeral vigilado”, en que varias voces cuentan su vivencia del entierro de Pablo Neruda.
Al año siguiente conseguí como editor arrancar a Villegas del voluntario secuestro en que mantenía sus trabajos propiamente literarios, logrando su acuerdo para publicar las Historias de monos y de brujos. Con ello se completaba -por fin- una gestión cuyos antecedentes se remontan a 1962. En aquel año, con Yerko Moretic, lo convencimos que aceptara figurar en nuestra antología El nuevo cuento realista chileno, incorporando “Un asunto de honor”, un cuento de méritos insospechados. Su agazapada ironía, asociada a una calculada y nada de inocente escritura, logra desencadenar en el lector momentos de franca hilaridad. En él se cultivaba un humor que, me parece, el autor se empeñaba por mantener en sordina, no quería desarrollarlo literariamente por un pudor malentendido, o porque no lograba sentirlo congruente con sus acendradas convicciones políticas.
En una buena medida, fue la revista Araucaria la que logró arrancarlo de su testaruda tendencia a evadir la exposición de sus escritos ante el escrutinio ajeno. Publicó allí su “Funeral vigilado” (Araucaria Nº 3) y “Memoria dispersa de un ejercicio radial” (Nº 24), extensa crónica que recapitula lo esencial del trabajo realizado por los periodistas chilenos que tuvieron a su cargo la tarea de dar vida a los programas de Radio Berlín dedicados a Chile. Un aspecto de esta labor fueron las llamadas “Cartas abiertas” (Nº 40), selección de las que Villegas dirigía a diversos personajes de la vida nacional, emplazándolos por la responsabilidad que les cabía en algún hecho criminal cometido por la dictadura. Como en todo lo suyo, la agudeza y perspicacia verbal propias de la escritura del periodista le confieren a los textos una punzante singularidad.
Muy en los comienzos de la revista Araucaria, en el Nº 4, se habían publicado largos extractos de las Historias de monos. Fue una hazaña haber derrotado la negativa inicial del autor para darlas a conocer. De algún modo, le penaba su proverbial timidez y el temor a que estos peculiares relatos de simios no fueran bien comprendidos. Suscitaron, en efecto, alguna polémica. Hubo lectores que declararon su desconcierto, confesando que “no entendían” lo que el escritor se había propuesto con estos cuentos tan extraños; alguien llegó más lejos, y los condenó porque en ellos “estaba totalmente ausente la clase obrera”, un pecado inadmisible, según la ortodoxia estalinista, en quien no sólo era un escritor comunista, sino militante probado por su abnegación y entrega absolutas a su tarea profesional como periodista del partido. No prosperó, afortunadamente, la acusación formulada por un furibundo guardián de la moral partidaria, que creyó ver en las Historias… una intención paródica que ridiculizaba la vida del exiliado, lo que sólo podía considerarse como una inaceptable ofensa a la generosa hospitalidad que ofrecía la RDA -donde vivía Villegas- a los refugiados chilenos. El acusador ignoraba que estos textos databan de una época muy anterior, porque habían sido escritos en los años de la Unidad Popular.
En aquellos tiempos, el escritor afinaba una sensibilidad que estaba sobre todo cerca de Kafka -de quien admiraba su tan desgarrado como oculto sentido del humor- y de autores clásicos como Jonathan Swift. Cómo no pensar, mientras nos deleitamos (conmoviéndonos) con las peripecias de los monos de Villegas, en algunas situaciones de los Viajes de Gulliver del novelista irlandés, en particular las que se desarrollan en el “país de los caballos”. Nuestros simios -chimpancés y orangutanes- son seres profundamente entrañables; aparentemente ridículos en sus denodados esfuerzos por integrarse a la sociedad de los humanos, y no obstante, estudiosos, eficientes y cumplidores tras su sincera humildad; disciplinados a pesar de su aparente culto por el desorden; solidarios entre ellos; confinados, la mayoría, a los oficios menores: “ascensoristas, picadores de leña, lustrabotas, recaderos-ciclistas”, intentando, los más, empeñarse en menesteres más calificados, e incluso, aunque sólo una minoría, cultivar las artes mayores, contra la tendencia de los humanos a someterlos a la servidumbre y convertirlos en el hazmerreír de sus ocios. “¿Cuándo va a terminar esta chacota pedagógica de los simios?”, se preguntan los mandamases, que tienen de los pobres animales una opinión rotunda: “Poseen una portentosa habilidad para aprender, pero sin duda es mucho más portentosa su facilidad para olvidar”. Hay algo, sin embargo, que los monos nunca han olvidado: sus comarcas de origen, y sueñan constantemente con el regreso a ellas. El gran mono, -principal eje narrativo de estas historias-, “antiguo cargador del puerto y pintor sin porvenir”, tras ser detenido sin cargos, encarcelado, juzgado y condenado a muerte, formula un último deseo: “Subir al campanario de la iglesia”. Como la jefatura de policía le hace ver que esto resulta poco usual, el mono expresa que su deseo es ver desde la altura, por última vez, “la selva de donde vino”.
Alguien, analizando superficialmente estas Historias, podría pensar que se trata sólo de una fábula más, un simple pasatiempo basado en zoologías fantásticas. Se le escapará así el potente sustrato mágico de esta metáfora de la condición humana, tierna, melancólica, regocijante; un manifiesto en clave químicamente literaria contra la intolerancia y por el derecho del otro a la diferencia. Todo lo anterior cobra, además, su verdadero realce gracias a la variedad y eficacia en la estructura de estos relatos y a la perfección de la escritura. Villegas disponía como escritor del no tan frecuente talento de lograr profundidades significativas con eso que conocemos como “difícil facilidad” en el manejo de las palabras. Una maestría presente en este libro y propia de todos sus escritos. Sostuve esta afirmación cuando fui su editor original, en 1991, y la reitero ante esta nueva y oportuna reedición: Historias de monos es una joyita literaria absoluta.
En las Historias de brujos, segunda parte de este volumen, el escritor descubre sin máscaras su agudo sentido del humor. Ese que sus amigos sabían que escondía tras sus silencios, su andar y hablar cansinos y su sonrisa (de repente misteriosa), una suerte de versión masculina de la sonrisa de la Gioconda. En estos cuentos el juego lo es todo; se trata en su mayoría de brujos despojados de su aura maligna, aunque usen largos bonetes de grandes alas y se desplacen por los aires volando en sus escobas. Muchos de ellos son bastante especiales: tal como ocurre en uno de los relatos, cuentan historias a sus hijos “con delicadeza, a manera de fábula, para prevenirlos contra la disipación y el engreimiento”.
La tercera parte y final del libro reúne cuentos dispersos de su autor. Una incursión en el relato fantástico, “La nave” (un navío, por cierto, inimaginable); la historia -“En la calle”-, de las peripecias de unos perros “misérrimos y de aspecto estrafalario” (uno de ellos, un macho llamado Shirley) en constante lucha contra el hambre. “Un asunto de honor”, ya había probado su notable eficacia humorística en la antología El nuevo cuento realista. Finalmente, “Dios y el artesano”, muestra al Altísimo como un personaje de mal carácter, altivo y autoritario, incluso cruel, que comprende de pronto que llegó la hora de su retiro. En el prólogo del libro, José Miguel Varas cree saber que “muy raras veces en la literatura universal y nunca en la chilena, un escritor ha conseguido una imagen tan sorprendente y convincente, tan tierna e irónica, del ‘supremo hacedor’, ya un tanto desgastado por los milenios”.

CARLOS ORELLANA

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 750, 6 de enero, 2012

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