Punto Final, Nº 755 – Desde el 13 AL 26 de abril de 2012.
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La Izquierda renace en Francia

 

JEAN-Luc Mélenchon, candidato presidencia de la Izquierda.

 

Algo nuevo está ocurriendo en Francia, desde que emergió en la campaña electoral un poderoso movimiento que está echando por tierra las certezas anunciadas por los agoreros del establishment. Con nitidez aparece el llamado “tercer hombre”: el candidato del Frente de Izquierda, Jean-Luc Mélenchon. Todas las encuestas lo sitúan por encima del 15 por ciento. Su constante aumento está trastocando el ambiente político, que el 22 de abril se volcará a la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Los miles de herederos de memorables jornadas revolucionarias han echado la puerta abajo de una campaña que había sido monopolizada por los “dos perros grandes”, el candidato de la derecha a la reelección (Nicolás Sarkozy) y el de la socialdemocracia (François Hollande).
“Soy el ruido y el furor, el tumulto y el estruendo”, proclamó Mélenchon con estrépito shakespereano en el momento de ser ungido candidato por el Frente de Izquierda. Ese ruido y furor se expande ahora, repletando calles, plazas, estadios y parques. Hasta el punto que los medios de comunicación y los políticos de todos los pelajes reconocen el surgimiento de lo que llaman el “fenómeno Mélenchon”, que amaga las posiciones de los dos “perros grandes”. El candidato presidencial de la Izquierda ha sido capaz de congregar a la mayor parte de los que rechazan el supuesto y claudicante realismo político europeísta del Partido Socialista y su candidato, “Hollandreu”, mote adjudicado por Mélenchon al blandengue François Hollande, en alusión al ex primer ministro socialista griego Papandreu. Mélenchon por su parte se presenta como el candidato de la “insurrección cívica”, portador de la ira y de los sueños populares.

EL “FENOMENO MÉLENCHON”
 
Jean-Luc Mélenchon postula a la Presidencia de la República en nombre de una coalición formada por el Partido Comunista, el Partido de Izquierda, la Izquierda Unitaria, la Federación Alternativa Ecologista y el Partido Comunista de los Obreros de Francia, más otros pequeños movimientos. Mélenchon, 60 años, proviene de la nebulosa trotskista. Militó durante tres décadas en el PSF, al cual renunció hace cuatro años por desacuerdos con la orientación socialdemócrata y europeísta de su dirección. Fue concejal de una comuna del sur de París -Massy- donde conoció a muchos exiliados latinoamericanos, chilenos particularmente. En 1993, entonces senador, recibió en el Palacio de Luxemburgo, sede del Senado, al director de Punto Final, Manuel Cabieses.
Fue ministro del gobierno del socialista Lionel Jospin entre 2000 y 2002, y luego diputado del Parlamento Europeo. De los diez candidatos a la Presidencia de Francia -Sarkozy, Hollande (PSF), Bayrouth (centrista, democratacristiano), Eva Joly (ecologista/verde), Dupont Aignan (gaullista), Poutou (NPA, ex Liga Comunista), Nathalie Artaud (Lucha Obrera, trotskista), Jacques Cheminade (gaullista de Izquierda) y Marine Le Pen (Frente Nacional, extrema derecha)- es sin duda el que ha impactado a la opinión pública y está creando una nueva e inesperada distribución de las fuerzas políticas.
El “fenómeno Mélenchon” no se puede reducir a un puro asunto electoralista. Como lo ha dicho en uno de sus líricos discursos, “el río salió de su cauce y ya no volverá a su lecho”. Hay conciencia en diversos sectores de la sociedad gala de que la regresión social se ha acentuado bajo el quinquenio de Sarkozy, el cual se propone continuar en esa vía si es reelecto. Además, está la crisis que azota a Europa. El oscuro porvenir que se vislumbra lleva a muchos franceses a pronunciarse por “cualquier candidato que pueda desembarazarnos de ‘Sarko’”. Hay que contar sin embargo con la influencia que en sectores populares sigue teniendo la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, que se presenta como el recurso “último y salvador de la patria en peligro ante la invasión extranjera”.
En cambio la lucha contra la extrema derecha y la xenofobia es uno de los ejes de la campaña del Frente de Izquierda.

LA REGRESION SOCIAL EN FRANCIA

En realidad el gobierno de Sarkozy ha significado una regresión social sin precedentes, que tiene su reverso político. Se ha llevado a cabo en Francia por la vía electoral -como en otros países de la culta y mesurada Europa-. No se ha necesitado hasta ahora echar mano a la intervención de los “destacamentos especiales de hombres armados”, como en Chile, para imponer esa política a sangre y fuego. Se han aplicado planes de austeridad y mantenido los bajos salarios, la cesantía sigue creciendo mientras que miles de deslocalizaciones de empresas buscan en el extranjero una mano de obra más barato, causando en Francia el abandono de vastas regiones otrora industriales. Las manifestaciones de nuevas formas de pobreza han comenzado a florecer afectando a sectores de capas medias. Paralelamente, se han multiplicado las medidas para contener las expresiones sociales de descontento, criminalizándolas; se han dictado leyes represivas que han florecido como hongos en el quinquenio de Sarkozy, además de nueve leyes que penalizan a menores, percibidos como sujetos peligrosos. Para coronar la obra, una corrupción desenfrenada al más alto nivel del Estado, la vulgaridad y el ejercicio farandulero de la función presidencial, son también factores que han generado anticuerpos contra Sarkozy hasta en sus propias filas.
La sumisión en política extranjera a EE.UU. ha sido la regla durante el mandato de Sarkozy. A la integración de Francia en el comando militar unificado de la OTAN, del cual el general De Gaulle había retirado a Francia en 1966, Sarkozy agregó algo más. Durante la invasión a Iraq, al igual que el actual jefe de la campaña de Hollande, Pierre Moscovici, estimó necesario inclinarse ante el embajador norteamericano para decirle que no compartía la posición gala expresada con dignidad por el entonces presidente Chirac y su ministro de RR.EE., Dominique de Villepin. Si agregamos la pérdida de soberanía, consentida gracias a diferentes tratados, el último de ellos, el tratado de la Constitución europea, rechazado en un referéndum por el 55% del pueblo francés e impuesto mediante una faramalla parlamentaria gracias al contubernio entre Sarkozy y el PS, hay que constatar que en la política extranjera existe una connivencia evidente entre la derecha y la socialdemocracia.
Las aventuras militares bajo la égida estadounidense en Afganistán, Libia y Siria, su irrestricto apoyo al régimen sionista de Tel Aviv, configuran la línea de acción de un gobierno que está en completa contradicción con políticas aplicadas por diversos gobiernos franceses a lo largo de cincuenta años.

ADMIRADOR DE CHAVEZ, EVO Y CORREA

Mélenchon ha calificado a EE.UU. como el gran problema que enfrenta la Humanidad: “Con 700.000 hombres en armas en los cinco continentes”, constituye una amenaza para la paz, dice. Solidario con los pueblos latinoamericanos, Mélenchon no oculta su admiración por los procesos que tienen lugar en los países del ALBA (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba y Nicaragua), y por sus dirigentes.
La avalancha regresiva de estos últimos cinco años en Francia no ha tenido una respuesta a la altura de las circunstancias por parte de la Izquierda tradicional. Tampoco de las burocráticas centrales sindicales y mucho menos de la socialdemocracia, representada por el PS. Todo ello despejó el camino a la extrema derecha que en el lapso de cinco años aumentó su influencia política en el país en sectores hasta entonces considerados bastiones populares.
El espectáculo de la Unión Europea -donde la influencia decisiva la ejerce Alemania-, que se apronta a plantear nuevas exigencias a diversos países de Europa, presagia, como lo explica el candidato Mélenchon, la intención de entregar lo que aún queda como servicio público a las insaciables fauces del capital financiero. “La historia nos ha asignado una vez más la tarea de encarnar el espíritu de resistencia, de resistencia esta vez al desmantelamiento total del modelo social francés existente desde 1945. Si resistimos y logramos la necesaria victoria política, otros pueblos de Europa se sentirán alentados en su lucha”, señala Mélenchon.
 Las demostraciones de fuerza del Frente de Izquierda comenzaron el pasado 18 de marzo, fecha simbólica del inicio de la Comuna de París, en 1871. Decenas de miles de franceses se “tomaron” la célebre plaza de la Bastilla al grito de “insurrección ciudadana”. Ese 18 de marzo marca el punto de inflexión en la ascensión de Mélenchon, porque desde ese día la presencia del Frente de Izquierda ha aumentado, logrando la adhesión de franceses de diversa condición. Cada manifestación se ha transformado en horas de pedagogía, en horas de educación política. La fuerza emergente invoca, vía Mélenchon, su voluntad de reencontrarse con las “tradiciones subversivas” del pueblo francés: “Transformemos la crisis en un salto cualitativo, en una insurrección ciudadana, la revolución ciudadana está atravesando la campaña electoral. Necesitamos una victoria política y lo peor que podría sucedernos sería que fuésemos incapaces de lograr un desenlace feliz de la crisis”, señala el líder de este movimiento.

EL TIEMPO DE LAS CEREZAS

La fuerza que ha cobrado el movimiento que propulsa a Mélenchon inquieta al PS y a la derecha. Al PS, porque a pesar de lo que digan sus pusilánimes dirigentes, estarán obligados a negociar con el Frente de Izquierda y modificar algunos de los puntos del tibio programa socialista, considerado inaceptable por el Frente. Los votos del Frente de Izquierda en la segunda vuelta serían la condición sine qua non para que el candidato socialdemócrata venza al presidente saliente.
En sus discursos, Jean-Luc Mélenchon recita poemas de Víctor Hugo, Paul Eluard y Shakespeare. Ello ha atraído a numerosos intelectuales y artistas: “Admiro la calidad y precisión de sus respuestas… la transmisión de la inteligencia y cultura colectiva por boca de un tribuno del pueblo, eso lo destaca del resto de los candidatos y enaltece a un auditorio que se impregna de dicha cultura e inteligencia”, dice una socióloga. Régis Debray, por su parte, ha anunciado su apoyo a Mélenchon:”Tengo simpatía por este hombre, para quien la política no tiene que estar separada de la historia, que ha sido capaz de reanimar las ideas fundamentales del movimiento obrero y humanista, ideas con las que Jean Jaurés podría haberse sentido interpretado”.
El programa del Frente de Izquierda ha sido calificado de “poco realista” por el PS y la derecha. Pero Mélenchon responde que “el derecho a equivocarse no debe ser un monopolio de los economistas, aunque creemos tener la razón”.
Algunas de las medidas que plantea Mélenchon son: aumento del salario mínimo a 1.700 euros (hoy son 1.398 euros); retorno a los 60 años como edad mínima para jubilar; titularización de 800.000 empleos precarios en la función pública, que implica un gasto estatal imposible según sus críticos, pero que se funda en la idea de “compartir la riqueza”; creación y renacionalización de un polo energético de propiedad estatal; referéndum sobre el “tratado de estabilidad europea” impuesto por Alemania.
En estos puntos, como en política extranjera, existe incompatibilidad entre el candidato socialdemócrata, Hollande, y Mélenchon. Pero la acción política es el arte de lo imposible y a veces del pragmatismo, y en este caso se trata de terminar con la anomalía que representa el gobierno de Sarkozy. Por esta razón, Mélenchon ha llamado al apoyo del candidato de Izquierda que clasifique para la segunda vuelta.
En su discurso en Toulouse, a pocos días de haber comenzado la primavera en el hemisferio septentrional, Mélenchon, ante una muchedumbre que repletaba la plaza del Capitolio, anunció que “el tiempo de las cerezas”(1) estaba de regreso… “ese tiempo por el que guardo en el corazón una llaga abierta”. En su discurso reafirmó el carácter colectivo y a largo plazo del proceso que encabeza: “Nuestro movimiento partió del pueblo, es una obra colectiva, os digo que podéis desembarazaros de mí si así lo estimáis, pero nunca echéis por la borda lo que juntos hemos forjado”, añadió.

PACO PEÑA
En París

(1) “El tiempo de las cerezas”, es una canción compuesta en 1866 por Jean Baptiste Clément. Pasó con el tiempo a ser el símbolo de un ideal político. El autor combatió durante la Comuna y se enamoró de una enfermera que murió durante la sangrienta represión desencadenada por las tropas de Versalles. Es una canción de amor, pero con los años adquirió un profundo significado político y sirvió como canto clandestino de adhesión a la causa revolucionaria. Puede ser interpretada también como una invitación a revivir y a reinstaurar el tiempo en que un puñado de hombres y mujeres asumieron plenamente su humanidad y libertad e intentaron tomarse, según Carlos Marx “el cielo por asalto”.
 
Publicado en “Punto Final”, edición Nº 755, 13 de abril, 2012)


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