Punto Final, Nº766 – Desde el 14 al 27 de septiembre de 2012.
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No es extraño que en 1810 toda la América subordinada a las coronas de España y Portugal se haya agitado por profundos cambios políticos que se transformaron en procesos independentistas. “1810 era una fecha mágica. Una fecha común a todos y un año general de las insurrecciones, un año como un poncho rojo de rebelión ondulando en todas las tierras de América”, escribió Neruda. La causa inmediata estuvo en la invasión de España por las fuerzas napoleónicas, la prisión del rey Fernando VII, el traslado de la corte portuguesa a Brasil y la reacción de los pueblos ante los invasores. Se produjo un vacío de poder que debió ser llenado con el funcionamiento de cabildos y Juntas de gobierno, que rápidamente se centralizaron.
Los americano-criollos buscaron una solución parecida. Todos entendían que era transitoria. Para algunos hasta que el rey volviera a gobernar una vez derrotados los franceses, para los más, las Juntas de gobierno deberían llevar a la independencia. Comenzó pronto una guerra que tuvo características de guerra civil. La metrópolis debilitada, luchando por su existencia y sometida también a presiones internas, no pudo despachar a América fuerzas que le permitieran una rápida victoria militar. La guerra duró hasta 1824, cuando la batalla de Ayacucho puso fin al dominio español en el continente. Entretanto, el desarrollo del capitalismo industrial y el creciente poderío de Inglaterra cambiaba el panorama mundial.
El historiador americanista Manfred Kossock, teniendo en cuenta las características y debilidades del proceso de emancipación, escribió: “Las rebeliones en la América hispano portuguesa fueron movimientos anticolonialistas de liberación nacional que, por su carácter histórico, ocupan un firme lugar entre las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX”. Citando a William Foster, en su Historia política de ambas Américas (1957), agregó “El núcleo de ese gran movimiento era el ataque revolucionario contra el sistema feudal. Fue la amplia revolución burguesa americana en su conjunto, esto es la revolución capitalista, una parte de la gran revolución capitalista mundial”. Prosigue Kossock: “El resultado decisivo que ya se señalaba en el futuro de Latinoamérica residió en la demolición del viejo sistema colonial que liberó el camino para la independencia política y la realización del ser nacional. Un nuevo mundo de Estados se hizo presente en el escenario de la historia. (…) Con el derrumbe del dominio de España y Portugal en Latinoamérica desaparecieron muchas inhibiciones económicas, sociales y espirituales en el camino hacia la formación de un orden burgués capitalista de la sociedad. La inconsecuencia de la revolución que trasmitió ‘la maldición del latifundio privado’ al periodo de la independencia pudo deformar, mediante la conservación de elementos feudales y semifeudales, su desarrollo, pero no detenerlo”.

PROCESO EMANCIPADOR

El largo proceso de emancipación puede dividirse en dos periodos. El primero llega hasta 1815, marcado por movilizaciones de distinto carácter que inician procesos de independencia. En México y Venezuela fueron, desde el principio, violentos y con fuertes contenidos de cambio social. Decenas de miles de indios y mestizos formaron las tropas, primero, del cura Miguel Hidalgo que exigían libertad y tierras, bajo el estandarte de la Virgen de Guadalupe y después, bajo el mando de José María Morelos, también sacerdote. En Venezuela también se iniciaron hostilidades de gran envergadura que culminaron en una guerra sin cuartel. En los demás países hubo primero Juntas que reivindicaron el derecho del pueblo a gobernarse directamente mientras Fernando VII estuviera en cautiverio. Detrás de esa reivindicación era lógico que existiera el deseo de independencia de la corona española, incapaz de modernizarse, abrirse a las ideas liberales y, sobre todo, de posibilitar una economía concordante con el creciente impulso que el capitalismo adquiría en Inglaterra y otros países.
Hacía ya más de treinta años que en América se había independizado Estados Unidos y en Francia, la revolución había producido cambios gigantescos. El deseo de independencia era muy fuerte. En Chile, por ejemplo, en 1812 se hizo una gran celebración oficial por el segundo aniversario de la Junta del 18 de septiembre de 1810, que según se dijo había sido una declaración de independencia. Camilo Henríquez compuso un poema alusivo. En los años siguientes hubo también operaciones militares de menor envergadura que en México y Venezuela, y en la mayoría de los casos significaron derrotas para los patriotas. Hacia 1815 solamente Argentina se mantenía libre como un bastión que ayudaría en forma decisiva a la libertad de Chile a un equilibrio con las fuerzas del virreinato que controlaban el Alto Perú (actual Bolivia).
En 1815, los años de lucha habían producido contingentes de patriotas fortalecidos por las persecuciones. Cambiaba, por otra parte, la situación en Europa. La derrota de Napoleón y el surgimiento de la Santa Alianza producían consecuencias. La posible invasión de fuerzas europeas al continente se debilitaba ante la inquietud de Estados Unidos y el interés que demostraba Inglaterra por los nuevos Estados, mercados potenciales para sus manufacturas y abastecedores de materias primas, eventuales deudores de empréstitos y posibles contratantes de barcos mercantes para agilizar el comercio. Para la burguesía europea, la naciente constelación de nuevas naciones ofrecía oportunidades no imaginadas. Por otro lado, numerosos oficiales sin trabajo desde el final de las guerras europeas se alistaban en los ejércitos patriotas.

LUCHA CONTINENTAL

Uno de los rasgos principales de las luchas independentistas latinoamericanas fue la actuación unitaria de los pueblos que actuaban contra un enemigo común y con la compartida voluntad de ganar la libertad y la soberanía. Francisco de Miranda pensaba en una América unida bajo el nombre de Colombia, con Venezuela y Nueva Granada como elemento central en torno al cual se agruparían otras naciones, y que estaría gobernada por un Inca. (Esos resabios monárquicos que incluso contaminaron a San Martín, no existieron en Bolívar ni tampoco en O’Higgins, republicanos hasta su muerte). En la guerra lucharon juntos venezolanos y colombianos. En el sur, lo hicieron argentinos y chilenos luchando codo a codo en Chacabuco y Maipú, viviendo la derrota de Cancha Rayada y tres años después en Perú en el Ejército Libertador. San Martín comandó la expedición compuesta por algunos cientos de argentinos y por unos cinco mil chilenos. Muchos militares y civiles actuaron indistintamente en sus propios o diferentes países, como Camilo Henríquez en Perú, Chile y también en Argentina. Gregorio Las Heras y Manuel Blanco Encalada, argentinos, hicieron brillante carrera en Chile, como también Antonio José de Irisarri, guatemalteco y el sacerdote chileno José Cortés de Madariaga en Venezuela. Los ejemplos son múltiples, explicables todos porque las nacionalidades no estaban bien definidas y, además, unían en vez de dividir.
En el norte del continente empezaron las definiciones. México consolidó su independencia. En Venezuela fue mucho más complejo. Bolívar sufrió varias derrotas y debió refugiarse en Jamaica, donde escribió su famosa Carta en que planteaba la necesidad de una confederación de países americanos. Vuelve al continente, a reiniciar la lucha. Logra una gran victoria en Boyacá, que significa la liberación de Colombia, y anticipa la siguiente victoria del prócer en Carabobo, sellando la independencia de Venezuela y la posterior formación de la Gran Colombia, con ambos países unidos. En el discurso de Angostura, Bolívar traza su proyecto político unificador.
La correlación de fuerzas ha cambiado. Las tropas grancolombianas con Bolívar, Santander y Sucre a la cabeza, inician la campaña hacia el sur. Se suceden los triunfos, de los cuales el principal es la batalla de Pichincha, en los Andes ecuatorianos. Bolívar llega a Ecuador y toma el control de Guayaquil, también pretendido por Perú. Ese año, 1822, se reúnen Bolívar y San Martín, Protector del Perú, quien decide ceder el campo al Libertador, estimando que está en mejores condiciones para culminar en el campo de batalla la lucha por la independencia de la corona española. A las tropas colombianas y venezolanas se suman argentinos, chilenos, peruanos de la costa y el altiplano, uruguayos y paraguayos, conformando un ejército más numeroso y experimentado. La batalla de Junín, resuelta con la victoria de los patriotas, anuncia el triunfo en la planicie de Ayacucho, el 8 de diciembre de 1824, de las tropas comandadas por Antonio José de Sucre. La victoria coincide con la fundación de la República de Bolivia. Y con la formalización de la invitación de Bolívar para que los países americanos enviaran representantes al congreso de Panamá, en 1826, que debería echar las bases de la confederación continental. Nada de eso ocurrió. Incluso hubo países que se restaron, como Chile y Argentina. Los que asistieron no lograron acuerdos sustantivos después de interminables discusiones.

BERNARDO O’HIGGINS, REVOLUCIONARIO

 En más o menos 25 años, entre 1799 y 1823, Bernardo O’Higgins realizó lo fundamental de su obra: la causa de la independencia y construcción de Chile republicano. Las fechas se extienden desde el momento en que en Londres el chileno conoce a Francisco de Miranda, el gran precursor de la liberación continental, y el año en que para evitar una guerra civil renuncia a su cargo de Director Supremo, bloqueado por la oligarquía.
En 1802, con veintidós años, volvió a Chile después de seguir estudios en Lima, España e Inglaterra. Lo marcaba su condición de hijo natural de un alto funcionario irlandés al servicio de España, que llegó a ser virrey del Perú, y una joven acomodada de familia chillaneja, Isabel Riquelme. Llegó, además, convertido en un rico terrateniente. Su padre, que lo había reconocido, le dejaba en herencia la hacienda de Las Canteras. Pero sobre todo, volvía convertido secretamente en revolucionario comprometido con la causa de la emancipación de las colonias españolas.
Antes de 1810 se dedicó a la agricultura y a establecer relaciones de amistad en la sociedad de la región. Conspiró contra la dominación española. Fue diputado por Los Angeles al primer Congreso Nacional, elegido en 1811. Se alineó entre los partidarios de la independencia, cuando comenzó la guerra provocada por la decisión del virrey del Perú de aplastar al movimiento independentista que se aceleraba bajo el gobierno de José Miguel Carrera. En el sur, O’Higgins tomó parte en diversos combates. Se hizo conocido por su valentía, capacidad de organización y fuerte voluntad. Su comportamiento en el combate de El Roble lo convirtió en un auténtico líder militar, que fue rápidamente ascendido. En 1814, enfrentando a la tercera expedición realista encabezada por el brigadier Mariano Osorio, que marchaba sobre Santiago, se atrincheró en la ciudad de Rancagua donde lideró una resistencia desesperada, simbolizada en las banderas negras que flameaban sobre sus posiciones. La resistencia patriota duró dos días. Finalmente, un puñado de sobrevivientes, con O’Higgins a la cabeza, se abrió paso a sable y lanza arrollando las trincheras españolas en una cabalgata que tenía por destino algún punto que permitiera otra base de resistencia ante los invasores. No fue posible. La derrota de los patriotas constituyó un desastre. En pocas horas, una vez recibida la noticia en Santiago, estalló el pánico. Comenzó el éxodo de soldados y civiles hacia Argentina.

SOLIDARIDAD DE SAN MARTIN

En Mendoza, O’Higgins fue bien recibido por el gobernador y jefe militar, José de San Martín, el más prestigioso de los generales argentinos. Tenía un notable proyecto emancipador en el que O’Higgins podía tener un papel trascendental: expulsar a los realistas de Chile, y después expedicionar al Perú por mar hasta Lima. El golpe al virreinato sería mortal para la dominación española en el sur de América. Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay, se verían libres de la amenaza de invasión.
O’Higgins y los restos de fuerzas chilenas se sumaron al proyecto. Se unieron a los miles de soldados que se entrenaban en Plumerillo, cerca de Mendoza. A comienzos de 1817 el Ejército de los Andes, básicamente argentino, estuvo en condiciones de atravesar la cordillera. Lo hizo en varias columnas por distintos pasos: el grueso de las tropas por Uspallata y Los Patos. Luego de una escaramuza en Las Coimas, el ejército libró una sangrienta batalla con las fuerzas realistas, a las que derrotó en la cuesta de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817. La victoria abrió las puertas de Santiago. Un cabildo abierto quiso elegir Director Supremo a San Martín, en señal de reconocimiento. Este declinó el honor. O’Higgins, que había tenido una actuación heroica y decisiva en la batalla, fue el elegido.
Su obra de gobierno se realizó en medio de la guerra, lo que, sin duda, influyó en todos los aspectos de su administración. Desde el autoritarismo de que hizo gala, aunque siempre dentro de la ley que le confería atribuciones extraordinarias, hasta las precariedades derivadas de la falta de recursos debido al gasto en operaciones militares y, sobre todo, de la expedición al Perú, que debió costear Chile porque el gobierno argentino no pudo hacerlo. Luego del triunfo de Chacabuco continuaron las operaciones, incluyendo acciones guerrilleras de fuerzas realistas en retirada hacia el sur, donde eran fuertes en la zona de Chillán, Talcahuano y Concepción, a la espera de refuerzos que deberían llegar del Perú. Los realistas controlaban, además, Valdivia y Chiloé.
Un fuerte contingente comandado por Mariano Osorio desembarcó pronto. Los patriotas debieron batirse en retirada, y fueron sorprendidos en Cancha Rayada, creándose un clima de terror que sólo pudo ser conjurado cuando O’Higgins volvió herido a Santiago y se hizo cargo de la situación. Ni siquiera el triunfo definitivo en Maipú, en abril de 1818, trajo la paz. En el sur se inició la llamada “guerra a muerte”, contra guerrillas realistas y mapuches que las apoyaban y elementos irregulares, que duró varios años con impresionantes pérdidas. En ese contexto, el gobierno de O’Higgins debió enfrentar conspiraciones y fuerte oposición de los círculos oligárquicos y de partidarios de José Miguel Carrera, enardecidos por la ejecución en Mendoza de sus dos hermanos por el asesinato de Manuel Rodríguez y, finalmente, por el fusilamiento del propio José Miguel, que actuaba en Argentina como jefe de montoneras.

OBRA DE O’HIGGINS

El gobierno de O’Higgins -calificado como “dictador patriota y progresista” por el historiador conservador Francisco Antonio Encina- tuvo un claro sello antioligárquico. Proclamó la independencia de Chile a comienzos de 1818 y estableció vínculos de amistad y apoyo mutuo con los patriotas de otros países. Eliminó los títulos nobiliarios e intentó, sin éxito, terminar con los mayorazgos: enfrentó a los obispos y sacerdotes partidarios de la Corona española y avanzó hacia la libertad de cultos. Terminó con la tortura y los tratamientos infamantes. Impuso contribuciones a las grandes fortunas para afrontar los gastos de la guerra. Refundó el ejército y la Marina de guerra y desplegó especial preocupación por la educación, la salud y la cultura, Dispuso que los cabildos y los conventos establecieran escuelas gratuitas. Reabrió al Instituto Nacional y fundó liceos en La Serena y Concepción. Normalizó las relaciones con los mapuches, otorgándoles ciudadanía chilena y reconociendo su condición y autonomía nacional. Una gran obra fue la construcción del canal del Maipo, ampliando la superficie agrícola a las puertas de Santiago, y fundó la ciudad de San Bernardo.
En 1823 la situación hizo crisis. La expedición al Perú no había logrado todos sus fines, aunque sí había disipado el peligro de una invasión a Chile. El descontento subía de tono, impulsado por sectores oligárquicos. Acusaciones de corrupción y escándalos complicaban al gobierno. El general Ramón Freire se levantó en Concepción. Para evitar el enfrentamiento militar, O’Higgins renunció. Quiso exiliarse en Perú, luego de haber sido investigado a fondo sin que hubiera cargos en su contra. En Perú se acercó a Bolívar y se puso a su disposición para luchar en las batallas decisivas que se avecinaban. Debió conformarse con trabajos de Estado Mayor, ya que su salud no lo acompañaba ni tampoco los tiempos para internarse en las sierras. Permaneció el resto de su vida en ese país, la mayor parte del tiempo en la hacienda Montalván, siguiendo siempre de cerca lo que sucedía en Chile. Falleció en 1842, a los 64 años, cuando había sido reivindicado y se aprestaba a regresar a su patria.

HERNAN SOTO

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 766, 14 de septiembre, 2012)

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