Punto Final, Nº772 – Desde el 7 al 20 de diciembre de 2012.
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El estigma del “huacho”

 

BERNARDO O’Higgins: tuvo que reclamar su apellido.

 

No tenía nombre, le decían el Moro, porque no lo habían bautizado. Recién nacido lo apartaron de su madre para mandarlo a criar donde la campesina Juana Olate. Vio la luz el 20 de octubre de 1782. Tenía cuatro años cuando una noche llegó al rancho de Juana un oficial de Dragones de la Frontera, acompañado de un sargento y un cabo. Lo raptaron, sacándolo de Chillán, y se lo llevaron a casa del comerciante don Juan Albano Pereira, en Talca. Sólo al año siguiente lo bautizaron como Bernardo Riquelme. Así se llamó hasta los veinticinco años, cuando alcanzó la mayoría de edad. Nació ilegítimo y lo persiguió el estigma de “huacho” o “bastardo” toda la vida.
Tenía diez años cuando fue a verlo el oficial Thomas Delphin, quien le hizo muchas preguntas y le pasó un libro para que leyera y un cuaderno para que escribiera. Dos semanas después, llegó a la casa de don Juan Albano un caballero viejo y muy alto. Era Ambrosio O’Higgins, pero no se dio a conocer como padre ante el niño. Ese mismo año lo llevaron a Chillán y lo encerraron en el Colegio de Naturales, regentado por los franciscanos. Era el mismo colegio fundado por los jesuitas en 1700 para cristianizar a los niños indios, hijos de los lonkos. Entonces, sólo entonces, pudo conocer a su madre.
Mucho después supo que ese caballero viejo, alto y seco que fue a verlo a Talca, era su padre. Esa fue la única vez que estuvieron frente a frente.
Tenía doce años cuando, por órdenes del padre invisible, lo embarcaron a Lima; fue su apoderado un comerciante irlandés, Juan Ignacio Blake y lo pusieron en el Colegio de los Estudios y, después, en el de San Carlos. A los quince, el padre invisible lo hizo embarcar en El Callao, y Bernardo navegó por la ruta del Cabo de Hornos hasta Cádiz; ahí se quedó en la casa de otro tutor, don Nicolás de la Cruz, cuñado de don Juan Albano. Entonces el padre invisible lo mandó a Londres y se alojó en casa de los relojeros Spencer y Perkins, quienes lo tuvieron a ración de hambre, carente hasta de lo indispensable, porque se quedaban con la plata que enviaba el Invisible.
Cuatro años estudió en una academia de Richmond hasta que un día conoció en Londres a don Francisco de Miranda. Y le cambió la vida, hasta entonces manejada por alguien que se parecía a Dios Padre Todopoderoso, omnisciente y omnipotente. Desde la distancia, el padre le forjaba un destino y le enviaba por vía indirecta duros e injustos regaños. Pero Ambrosio se obstinó en no responder jamás ni una sola de sus cartas pergeñadas con tanto respeto y desbordantes de necesidad de reconocimiento; tampoco admitió recibirlo ni aceptó jamás un encuentro.
Siempre por orden del Invisible, debió retornar a Cádiz, pero antes permaneció tres semanas en Lisboa donde conoció a dos notables americanos, ambos sacerdotes, el chileno José Cortés de Madariaga y el uruguayo Juan Pablo Fretes. En 1801, cumplidos los ochenta años, Ambrosio O’Higgins murió en Lima, pero a Bernardo le llegó la noticia bastante tarde, perdiendo para siempre la esperanza de conocerlo. Al año siguiente, se embarcó con destino a Chile y después de una travesía de cinco meses, en cuanto llegó se trasladó de Valparaíso a Santiago y de allí a Chillán, a reunirse con su madre a la cual no había podido ver en tantos años.

DEMANDA PARA EL RECONOCIMIENTO

El padre en su testamento le había legado la rica hacienda de San José de Las Canteras de diecisiete mil cuadras, entre Yungay y Los Angeles, a orillas del río Laja, cuatro mil cabezas de ganado y la casa solariega en Santiago y otros bienes. Pero, ¿para qué todo eso, si por disposición expresa lo condenaba a no llevar su apellido?
En 1802, cuando ya alcanzaba la mayoría de edad, Bernardo viajó a Lima a recibirse de su herencia. Entonces se rebeló por la arbitrariedad del padre y presentó demanda ante la Corte de España reclamando el derecho a usar el apellido y los títulos de nobleza de su progenitor: marqués de Osorno, marqués de Vallenar, barón de Ballenary. La Corona falló en una decisión salomónica, lo autorizó a usar legítimamente el apellido paterno, pero no los títulos, porque éstos fueron conferidos por acciones muy específicas del virrey Ambrosio O’Higgins, fiel e incondicional servidor de los reyes de España. Se comprende que esto fue determinante para que Bernardo cobrara odio feroz a todo título nobiliario y quisiera acabarlos para siempre.
Ya mayor de edad, pudo usar en adelante el apellido de su padre y poseer sin trabas la cuantiosa herencia, pero en la cerrada sociedad criolla siguieron llamándolo “Riquelme”. Pero ahora era un hombre importante. En 1805 lo nombraron alcalde de Chillán y, al año siguiente, miembro de su Cabildo como procurador. Cuando cumplió los treinta años se incorporó a un grupo de conspiradores de su región y fue uno de los Duendes Patriotas. En 1810 fue elegido diputado, por Concepción, a la primera junta de gobierno.
Luego la primera junta de gobierno lo designó como miembro de la comisión para crear el ejército nacional. Ante tamaña responsabilidad, acudió a Juan Mackenna O’Reilly y le pidió le enseñara a manejar las armas, porque no tenía formación militar alguna. Mackenna, capitán de ingenieros, era amigo y coterráneo de su padre -además pariente suyo, pues la hermana mayor de Juan era por matrimonio Leticia O’Higgins-.
Este atroz apartamiento que sufrió el joven O’Higgins marcó su personalidad. El mismo prejuicio también dañó a muchos habitantes del país, entre ellos al propio presidente Balmaceda, porque nació antes de que sus padres contrajeran matrimonio. Aun la Iglesia promovía y validaba semejante injusticia, al punto de impedir que el sacerdote Francisco de Paula Taforó fuera obispo de Santiago. En primer lugar, lo consideraba indigno del cargo por ser “hijo natural de soltero y soltera”. Por si fuera poco, supone que “los primeros años de su vida parece que los pasó el señor Taforó en compañía de las gentes de teatro, que no es la mejor escuela de costumbres”. Además de muchas otras suposiciones que lo menoscaban, señala que “su vida es aseglarada y mundana. Asiste a los teatros, lee libros frívolos y periódicos malos. Pierde el tiempo en visitas y paseos que dan que hablar”.

“HUACHOS” POPULARES

Pero las mayores víctimas fueron hijos del llamado “bajo pueblo”, desde los tiempos de la Colonia. Desde que Chile nació, se estableció que sólo eran legítimos los hijos nacidos dentro del matrimonio; al resto se les denominaba “ilegítimos”, categoría que se dividía entre hijos naturales (reconocidos por uno o por los dos progenitores) e ilegítimos propiamente tales (no reconocidos por nadie).
El 10 de septiembre de 1707 el rey de España autorizó se iniciara la construcción de una casa para recoger a las “mujeres de mal vivir”. Esta Casa de Recogidas, de Santiago, sólo comenzó a funcionar en enero de 1734. Pero a la vez nacían innumerables hijos de españoles y mujeres aborígenes, llamados “mestizos de segundo orden”, “hijos huachos”. Urgía fundar un asilo de huérfanos. En 1758 se le asignó la manzana comprendida entre las calles de las Agustinas, de la Moneda Vieja (Huérfanos), de las Cenizas (San Martín) y del Baratillo (Tucapel Jiménez, ex Manuel Rodríguez). El objeto de la institución era el albergue de pobres, expósitos y “mujeres arrepentidas”, que fue llamada la Casa de Huérfanos. A la noche siguiente de ser inaugurada, veinticinco guaguas fueron depositadas ante su puerta…
Esta herida profunda que proviene de los propios orígenes obliga a reconocer que no ha sido valorada en toda su dimensión la ley que establece la igualdad de derechos hereditarios, de alimentos y de parentesco entre todos los hijos nacidos en Chile. Sin duda, es la reforma más importante al Código Civil chileno. Otro beneficio es que rige con efecto retroactivo y beneficiará a casi al 44 por ciento del total de los niños que nacen anualmente en Chile, la mayoría hijos de madres solteras o de mujeres separadas, viudas o con sus matrimonios anulados. En 1997 nacieron en Chile 260.000 niños, de los que 114.000 -el 44 por ciento- fueron registrados como ilegítimos. Por esta legislación merece reconocimiento Josefina Bilbao -nombrada en 1994 por el presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle como ministra directora del Servicio Nacional de la Mujer (Sernam), cargo en el que permaneció hasta marzo de 2000-. Fue decisiva como gestora de la iniciativa presentada al Parlamento. Tardó cinco años la aprobación y promulgación de la nueva ley.
La vergüenza social era el peor de los efectos que esta segregación implicaba, causando heridas irreparables entre los afectados. Su persistencia convirtió por décadas a Chile en el único país de América practicante de tal discriminación.

VIRGINIA VIDAL

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 772, 7 de diciembre, 2012)

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