Punto Final, Nº780 – Desde el 3 al 16 de mayo de 2013.
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Los textos que se publican en estas páginas corresponden al Nº 183 de “Punto Final” (8 de mayo de 1973). La edición completa se puede consultar en www.pf-memoriahistorica.org

 

Los hechos políticos ocurridos en el último periodo confirman la tendencia -ya analizada en PF- que sitúan en el centro de la preocupación un nuevo intento derechista de bloquear el camino hacia el socialismo.
A falta de un real pretexto unificador, la burguesía se aferró a lo que en un comienzo parecía ser un serio intento del gobierno para cuestionar la hegemonía ideológica capitalista, pero que, a la postre, sólo resultó ser un paso en falso, rápidamente rectificado. Nos referimos al proyecto para reformar la educación, conocido como Escuela Nacional Unificada (ENU).
Aunque la ENU quedó para las calendas griegas, su fantasma ha servido para aglutinar y poner en actividad a sectores de la burguesía que hasta ahora aparecían fragmentados. Los partidos opositores, la Iglesia Católica, las fuerzas armadas, los gremios patronales, entraron en erupción a un nivel de actividad que amenaza superar el record de octubre de 1972.
Lógicamente, para la burguesía y su aliado exterior, la ENU es apenas un pretexto. Pero consigue un efecto movilizador que no logra la oposición a esta o aquella nacionalización, o a tal o cual requisición o intervención de una fábrica.
La todavía postergada nacionalización de la ITT, por ejemplo, no tendrá a estas alturas defensores que se atrevan a levantar la vista del piso. La misma formación del área social de propiedad -primero anunciada en 243 empresas, luego reducida a 91 y ahora oscilando en 50- no consigue como la ENU poner en tensión todas las capas sociales que la burguesía necesita movilizar para interrumpir el proceso chileno.
El paro de octubre exigió toda una preparación artificial que, aun así, no mostró compactas las filas políticas de la oposición. La Democracia Cristiana, por ejemplo, se incorporó al movimiento cuando éste ya estaba andando y, dentro de él, maniobró para llevarlo a la abrigada caleta del gabinete con participación militar, donde logró arrancar algunas concesiones.
No obstante, esas concesiones no constituyeron la capitulación incondicional que buscaba la burguesía. Las masas trabajadoras siguieron presionando desde la base por avanzar sin transar. El 4 de marzo ese notable esfuerzo popular y la entereza de la clase obrera se reflejaron en el 44 por ciento que obtuvo la Unidad Popular. La oposición volvió a quedar con mayoría en el Parlamento, pero sin los preciosos dos tercios que le permitirían consumar un “golpe de Estado” tan impecable en lo constitucional como en lo inmoral.

ACTIVACION OPOSITORA
Una vez que las fuerzas armadas se despidieron del gabinete, el gobierno dio un paso en la dirección que le indicaba la voluntad de las masas. El presidente de la República y sus ministros firmaron un decreto de insistencia para obligar a la Contraloría a aceptar la intervención y requisición de 41 empresas. Esta decisión, como vimos en la edición anterior de PF, le destempló el ritmo “socialista, democrático y humanista” que traía el PDC y puso frenético al Partido Nacional. Fue en ese momento en que se anunciaron medidas para acorralar aún más al gobierno, como la destitución colectiva de los ministros y el bloqueo en el Congreso a todo proyecto de ley de iniciativa gubernamental.
La Democracia Cristiana, mostrando una vez más que en materia de servir al sistema capitalista no hay quién la iguale, dio vía libre en el Parlamento a la reforma constitucional que inventaron los senadores Renán Fuentealba y Juan Hamilton para meter en un zapato chino la formación del área social.
Esa reforma reaccionaria lleva meses en el Congreso porque puede ser el detonante de un plebiscito. Asimismo, la DC dio impulso a otra reforma de la Constitución (su autor es el senador Rafael Moreno), que protege los intereses de la burguesía agraria y cierra a piedra y lodo toda posibilidad “legal” de cambiar en vasta escala las relaciones de producción en el campo. Pero todas esas maniobras no eran suficientes. La burguesía necesitaba caldear el ambiente y convocar a la acción a las capas y sectores de clases que le sirven de plataforma social.
 Por eso, al verificar el 4 de marzo que no podría escamotear con mano parlamentaria el gobierno que se ha dado el pueblo, la burguesía apeló a la misma técnica de octubre. Si aquella vez bastó como pretexto la presunta estatización del transporte carretero en Aysén, esta vez se usó la ENU -que asomaba vacilante y tímida- como argamasa para compactar y electrizar al conjunto de los aliados de la burguesía.
Adoctrinados por generaciones en el temor a la ideología proletaria, los sectores influenciados por la burguesía, identificados con sus valores religiosos, culturales y hábitos de vida, sienten tanto terror como un niño a la oscuridad cuando sus mitos tiemblan en sus pedestales de barro.
Pero octubre dejó una enseñanza a la burguesía. Un movimiento como el del año pasado puede causar enormes daños a la economía del país y agudizar a extremos insoportables algunos problemas, como el de la distribución. Pero, en definitiva, la clase trabajadora, educada en largas huelgas, si se mantiene cohesionada y firme, puede derrotar al paro patronal y transferir a su dominio nuevas fábricas, empresas y fundos.
La burguesía necesita entonces disgregar las fuerzas de la clase trabajadora. Es lo que el PDC define como “oposición desde la base”. Constituye el más tenebroso y criminal de los planes urdidos por la reacción. Usa para ello a su único partido con fuerza de masas: la DC. Amplios sectores de profesionales y estudiantes constituyen la tupida red movilizadora de esta oposición por la base, que se vincula a la pequeña burguesía a través de múltiples organizaciones de medianos y pequeños productores y empresarios.
Sin embargo, este aparato que es aceitado en sus engranajes por el manejo de una eficaz y vasta propaganda, tampoco es suficiente para quebrar la fortaleza de la clase obrera. Si bien consigue usar como palanca en su favor la formación economicista que la propia Izquierda impartió a sectores de trabajadores, creando serios conflictos en sectores estratégicos de la economía, como el cobre, acero, petróleo y transporte, la burguesía no logra así tampoco romper el dinamismo revolucionario que empuja a la clase obrera hacia su objetivo estratégico.

RONDANDO IGLESIAS Y CUARTELES
Por eso tiene que ir todavía mis allá. Debe atraer hacia su campo a instituciones influyentes, como la Iglesia Católica, o determinantes, como las fuerzas armadas, que hasta ahora han mantenido una actitud formalmente arbitral, al margen de la lucha de clase.
Los indicios disponibles muestran algún grado de éxito en esa fase del programa de restauración burguesa.
Los obispos han exorcizado el fantasma de la ENU en términos que no dejan lugar a dudas de sus verdaderas, opiniones políticas(*). En cuanto a las fuerzas armadas, las maniobras son ostensibles para debilitar el mando de jefes militares de los que la burguesía desconfía y para inflar las velas de aquellos en quienes advierte las características de un Kornilov.
En definitiva (sus voceros políticos y publicitarios lo dicen con todas sus letras), la burguesía y el imperialismo no tienen ningún escrúpulo en preparar abiertamente una guerra civil en Chile.
En el mitin del 1º de mayo, el presidente Allende reiteró con toda razón que el pueblo no desea la guerra civil y que está dispuesto a enfrentar con serenidad provocaciones tan monstruosas como el asesinato del obrero comunista José Ricardo Ahumada Vásquez a manos de pistoleros de la DC.
Pero no cabe dudas que la mejor manera de evitar la guerra civil es drenando rápidamente el poder económico, ideológico, político y represivo de la burguesía. Si ella se mantiene fuerte y con visos de acrecentar sus fuerzas, llegará al enfrentamiento en condiciones que favorecerán sus pretensiones revanchistas. Si se la debilita en forma constante y acelerada, habrá mayores posibilidades de reducirla a la inactividad y de someterla a las reglas de un nuevo esquema social. Lo mismo puede decirse de la táctica dual que sigue la burguesía, o sea de aquella línea de acción que tiende a desangrar económica y políticamente al régimen de la UP para cegar electoralmente la perspectiva liberadora abierta hace ya casi tres años.

¿COMPETENCIA DE CAPACIDAD CON EL CAPITALISMO?
En este sentido es correcto señalar, como lo hizo Jorge Godoy, presidente de la CUT, que el papel dirigente en nuestro país debe asumirlo la clase trabajadora. Pero el dirigente incurre, a nuestro juicio, en un error cuando hace culminar su línea de pensamiento sobre el papel actual del obrero en la producción, exhortando a demostrar que los trabajadores “son mejores administradores que el capitalismo”. Esto no tiene sentido en una situación como la actual.
No cabe duda que la clase obrera tiene una capacidad dirigente y administrativa muy superior a los capitalistas. Así lo ha demostrado en aquellos Estados donde ejerce el poder. No obstante, es una deformada y peligrosa ilusión fiar la suerte del proceso chileno a una especie de competencia de capacidad entre un área social minoritaria, donde la participación obrera sufre notorias deficiencias, y un sector dominante de economía capitalista que mantiene bajo su dependencia virtual al primero.
Solamente por vía de ejemplo miremos un caso: el textil. Los obreros de ex Yarur han aumentado la producción en un 12 por ciento, gracias a su organización y conciencia. ¿Pero son mejores administradores que el capitalismo? Lo serían, sin duda, si la clase obrera controlara también la distribución. Pero como no es así, el género para sábanas que se entrega al distribuidor privado a un precio que cubre el costo de producción, se vende al consumidor en mercado negro a tres y cuatro veces su valor oficial. En las tiendas, prácticamente no existe. Pero se pudre en bodegas del Cocema y del Servicio Nacional de Salud, según denuncias responsables de los dirigentes sindicales de ex Yarur. Y en numerosas industrias los obreros carecen de mezclilla, el género que se usa en la confección de overoles.
Como resultado existe la impresión en poblaciones y en sectores de obreros y campesinos de que los trabajadores textiles no producen en la cantidad necesaria y de que son malos administradores.
Lo injusto de esa impresión -que alimentan la prensa burguesa y el capitalismo volcado a las actividades de mercado negro-, es desalentador para los trabajadores del sector textil, que es el más importante del área social. Los obreros textiles comprenden cada vez con mayor claridad que deben controlar -como hacen los capitalistas- toda la línea de producción y comercialización para demostrar su capacidad administrativa.
En otras industrias intervenidas o requisadas, cuyos interventores y consejos de administración viven con la cabeza en la guillotina de la Contraloría y de los tribunales, se presentan situaciones peores. Los abastecedores privados de materias primas se niegan a proporcionárselas para provocar, justamente, su fracaso. Si a esto se añade que los dirigentes obreros encuentran estólida resistencia en la burocracia cuando luchan por incorporar industrias al área social o por someterlas a intervención para impedir el sabotaje patronal, se puede comprender la decepción que lleva a vastos sectores obreros a dudar que el comportamiento del gobierno sea el más acertado para inclinar en su favor la lucha de clases.
Muchos funcionarios sienten la malsana tentación de actuar con “imparcialidad” y apego a las leyes que la burguesía jamás respetó cuando ejerció el gobierno.

EL PODER POPULAR
Nos ahorraremos mayores disquisiciones sobre estos aspectos ya que en esta misma edición PF incluye testimonios de dirigentes obreros. Ellos hablan con elocuencia acerca de la necesidad de crear un poder popular alternativo al Estado burgués, aunque no antagónico al gobierno.
Para triunfar, la clase obrera requiere levantar su propio poder. Así es como gana fuerzas y arrastra bajo su dirección a otras clases y capas sociales. Ese hecho queda de manifiesto en industrias donde los obreros han impuesto su dirección, ganando la confianza de los técnicos y expertos.
Crear poder popular no debería ser contradictorio con los fines y métodos del gobierno. Para evitar que ello ocurra, no es conveniente desmovilizar a las masas y perder la preciosa capacidad combativa que muestra la clase obrera. Si esa capacidad se derramara tanto en los afluentes y riachuelos del paternalismo, como en las acciones espontáneas y sin sentido, la burguesía obtendría de manera insólita sus propósitos. En nuestra opinión debe usarse a fondo la herramienta de la unidad de clase, que siempre ha dado la victoria a los trabajadores. Pero es esencial una unidad práctica y no sólo formal; se requiere una coordinación de movimientos tácticos que sólo puede lograrse mediante la concertación de todos los sectores revolucionarios. Esto traerá inevitable merma en las ventajas partidarias. Pero abriría el cauce a una actividad de masas capaz de doblegar la resistencia de la burguesía y de su poderoso asistente, el imperialismo yanqui.
Es evidente que la clase obrera chilena está demostrando un alto nivel de conciencia que le permite reclamar el papel dirigente que le corresponde. Les toca a los partidos revolucionarios jugar su propio rol para guiarla hacia el poder con el conjunto de los trabajadores.
Las amenazas que se ciernen sobre el proceso abierto en Chile en 1970 son demasiado grandes como para sacrificar las posibilidades concretas a rígidas exigencias de una teoría que, a veces, pugna por reducir a frías fórmulas la rica y dinámica realidad.
Pero una táctica flexible y variada para el conjunto de las fuerzas revolucionarias no puede sino partir del hecho también real de que debe entregarse la dirección a la clase obrera, que debe debilitarse sin cesar el poder de la burguesía y que debe prepararse al pueblo para responder en todo terreno al desafío burgués. Son las debilidades frente al enemigo las que han abierto un flanco que es preciso cerrar rápidamente. Ellas han provocado tensiones y disputas en la Izquierda que hay que superar por una obligación histórica. El enemigo al que hay que derrotar es demasiado poderoso pero es vulnerable con el arma de la unidad y la fuerza de la clase trabajadora. El enemigo común debe ser acosado por todas partes, golpeado y reducido a la defensiva. No es el momento de echar pie atrás, sino de avanzar y golpear en los puntos más débiles del enemigo de clase. Eso sólo puede conseguirlo el puño duro y unido de los trabajadores.

MANUEL CABIESES DONOSO

(*) Resulta sugestiva también la negativa, este año, del cardenal Raúl Silva Henríquez de concurrir al mitin del Primero de Mayo de la CUT. Hombre de conocida mente calculadora, el cardenal dijo: “Contemplo con angustia… la división que se ha creado en el corazón del obrero, llena de injusticias y de odios, donde son lanzados obreros contra obreros. Esto no lo puedo aceptar. Como obispo y como pastor, debo ser más que nadie el centro de unidad de mi pueblo”. (La Segunda, 30-IV-73).

 

Editorial de PF 183

Sangre obrera

La sangre de la clase obrera ha sido nuevamente derramada por los mismos que en el periodo 1964-70 vertieron la de casi cuarenta obreros, pobladores, campesinos y estudiantes. José Ricardo Ahumada Vásquez, de 22 años, obrero de la construcción, militante del Partido Comunista, fue alcanzado por balazos que dispararon pandilleros del Partido Demócrata Cristiano. El compañero Ahumada Vásquez marchaba en una columna de trabajadores de la construcción que el viernes 27 de abril se dirigía al mitin convocado por la CUT en la Plaza de la Constitución. Se trataba de manifestar el apoyo de la clase trabajadora al gobierno, que desde el día anterior afrontaba graves incidentes callejeros protagonizados por estudiantes y pandilleros fascistas, manejados por los partidos de oposición.
Cuando los obreros de la construcción pasaban frente al local del PDC, fueron atacados con cascotes y piedras que les lanzaron desde diferentes pisos. Los obreros reaccionaron en legítima defensa, cubriéndose y respondiendo con piedras. Fue entonces cuando los provocadores hicieron uso de armas de fuego, disparando pistolas y, al parecer, una metralleta. Así cayó el compañero Ahumada Vásquez: luchando contra los agentes políticos de la burguesía, asesinado por quienes ayer en el gobierno y hoy en la oposición han estado siempre al servicio del capitalismo y del imperialismo.
El compañero Ahumada Vásquez no es un mártir sino un combatiente de la clase obrera, caído en una lucha que hoy convoca al conjunto de los trabajadores para aplastar implacablemente a los eternos explotadores y asesinos del pueblo. Este combate en el cual cayó el compañero Ahumada Vásquez, requiere la más firme y amplia unidad de los trabajadores. Necesita crear la más sólida y flexible organización, capaz de responder con prontitud a los distintos niveles y métodos ofensivos y defensivos que exige la lucha de clases. Hace indispensable, por último, el concierto y coordinación de los revolucionarios para guiar a la clase trabajadora a la conquista del poder. La sangre de la clase obrera no puede seguirse derramando en vano. Debe motivar la más enérgica, unitaria y decidida acción de quienes no están dispuestos a permitir que el imperialismo y los capitalistas cieguen la perspectiva revolucionaria en Chile.

PF

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 780, 3 de mayo, 2013)

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