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¿Quiénes somos los idiotas en este país?

 

El diputado Hugo Gutiérrez no pudo aguantar la ira que le causaba el discurso del presidente de la República en la tradicional ceremonia del 21 de mayo en que los gobiernos se cantan loas a sí mismos. Impulsado por el ardiente bacheletismo que estremece a su partido, apostrofó -vía Twitter- al mandatario: “El muy idiota preparó una cuenta pública para hacerle bullying a Michelle Bachelet y ésta no fue. Este es un buen momento para que Michelle Bachelet no justifique nada”. Aunque el Partido Comunista ofreció disculpas por el desmadre de su diputado, una interrogante quedó flotando. ¿Es idiota el presidente de la República? ¿O los idiotas somos los ciudadanos de este país, incluyendo al diputado Gutiérrez y a quien escribe estas líneas?
Me inclino por lo segundo. Veamos.
Sebastián Piñera Echenique, 64 años y una de las principales fortunas de Chile (2.500 millones de dólares según Forbes), se las arregló para ganar la Presidencia de la República en enero de 2010. Era su segundo intento y esta vez hizo saltar la banca política con el 51,61% de los votos. La audacia que caracteriza su carrera empresarial y política le permitió relegar al purgatorio “opositor” a la Concertación de Partidos por la Democracia y sus satélites, que entre paréntesis son exactamente las mismas fuerzas que esta vez se presentan como “nueva mayoría”.
Que la derecha política y económica regresara en gloria y majestad a La Moneda -de la que, en rigor, nunca ha salido desde 1973-, ¿convertiría en “idiota” a Piñera o a nosotros, los ciudadanos? ¿Quiénes facilitaron ese retorno de los herederos de la dictadura? ¿En cuál sector político campeó la idiotez? ¿En la derecha o en la Concertación? ¿O fue en quienes no hemos sido capaces de levantar una alternativa de Izquierda?
Ciertamente es una vergüenza nacional que aquella derecha monda y lironda, cómplice del terrorismo de Estado, haya vuelto a gobernar. Pero convengamos que un híbrido político como la Concertación -de leal y devota servidumbre al sistema capitalista-, se convirtió en la antesala natural de la derecha que representa Piñera. La Concertación legitimó, mediante sus actos, sus errores y demagogia, la herencia institucional y el modelo económico de la dictadura. Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet, cada uno a su modo, se ocuparon de borrar hasta los vestigios de la lucha de resistencia que amplios sectores populares libraron contra el terrorismo de Estado. Hicieron suyos, con fervor de conversos, la economía de mercado y la Constitución espúrea. Abortaron así un proceso que necesariamente debía culminar en una Asamblea Constituyente para arrancar de cuajo las raíces del odioso régimen que tantos sufrimientos causó al pueblo chileno.
¿Quiénes son responsables de esta histórica idiotez? ¿Piñera y los dos partidos en que militan la oligarquía y los antiguos agentes de los servicios de seguridad? ¿Los grandes empresarios nacionales y extranjeros en cuyo beneficio se gobierna el país? Por supuesto que no. Los idiotas hay que buscarlos -aunque nos duela- en otro lado. Perfectos idiotas fuimos los ciudadanos que -por acción u omisión- permitimos que esta monumental estafa a la buena fe ciudadana ocurriera sin que se levantara la ola de protesta que merecía. Y ahora, los mismos, con una sonrisa idiota, nos preparamos para que esto suceda otra vez en las elecciones de noviembre.
Queda claro que no son ningunos idiotas los que han convertido a Chile en inagotable vaca lechera que nutre a una oligarquía sin ningún vínculo solidario con la patria y con el pueblo chileno. No son Piñera -cuya fortuna ha seguido aumentando según Forbes-, ni los otros miembros del clan empresarial, los idiotas. Somos nosotros, los incapaces de unirnos y contener la voracidad de esa jauría insaciable mediante un programa que rescate para el Estado el rol protector de la nación y los ciudadanos.
Ningún idiota -sin la ayuda de políticos como los que han gobernado durante el último cuarto de siglo- habría podido acaparar tanta riqueza como lo han hecho los nuevos dueños de Chile. En ningún otro país del mundo el 1% más acaudalado se lleva el 31,1% del ingreso total, como ocurre en Chile. Ese 1% son apenas 125.842 personas. Esta brutal realidad es peor si se considera que el 0,1% -o sea apenas 12.584 personas- se apropia del 19,9% del ingreso. Y todavía más: el 0,01% más rico -1.258 personas- se lleva el 11,5% del ingreso total. En este olimpo de la opulencia están los Luksic, Angelini, Paulmann, Matte, Solari, Sahie, Cuneo, Yarur, Piñera, etc., las catorce familias que se codean con los multimillonarios del mundo.
¿Qué análisis resiste el discurso sobre desigualdad -que se repone hoy con fines electorales- y a la vez el silencio sobre el escándalo de fortunas familiares de 17.400 millones de dólares, como la de Luksic, o de 9.700 millones de dólares, como la de Horst Paulmann? ¿Es posible acumular esas riquezas en una relación solidaria y respetuosa con ciudadanos a los que se niega el derecho a educación y salud públicas? La desorbitada concentración de la riqueza en Chile supera lejos a países desarrollados como EE.UU., Canadá, Alemania, Japón, España y Suecia(1); y clama por un régimen tributario y nacionalizaciones que hagan prevalecer la soberanía nacional por sobre el interés privado.
En la práctica, Chile se ha convertido -como se propusieron los ex presidentes Ricardo Lagos y Bachelet-, en una “plataforma” de negocios en América del Sur. Bajo la protección del modelo económico y de las autoridades políticas -cuyas campañas financian las grandes empresas- se ha producido una acelerada transnacionalización de la economía, que remesa enormes flujos de ganancias al exterior. Asimismo, a partir de 2012 la mayor parte de los ingresos de las treinta principales empresas chilenas “provinieron del extranjero (55,1%) antes que del mercado interno (44,9%)”(2). La Cepal corrobora que las empresas chilenas invirtieron de manera directa en el exterior 21.090 millones de dólares en 2012. Hace seis años ese rubro alcanzaba “sólo” a 2.212 millones de dólares. Asombra la vertiginosa velocidad de este proceso, a lo que hay que agregar los 67 mil millones de dólares de fondos de las AFPs invertidos en el exterior, en especial en EE.UU.
Por su parte la Inversión Extranjera Directa (IED) en Chile obtuvo ganancias que le permitieron remesar 148.000 millones de dólares al exterior entre 2003 y 2011. “En otras palabras, las utilidades obtenidas en nueve años por el capital extranjero alcanzan para financiar todo el plan de inversión que el mismo ha desarrollado en 38 años, y financiar entre 40 a 70% de un plan adicional de similar magnitud... Las estadísticas oficiales indican que las incursiones del capital extranjero en territorio nacional son inversiones que se ‘pagan solas’, y en un horizonte temporal extremadamente corto”(3).
Ante este diluvio de millones de dólares que va a los bolsillos de una minoría, ¿puede considerarse idiotas a quienes han convertido el país en colonia del capital extranjero y en capital mundial de la desigualdad?
La depredación de los bienes con que la naturaleza dotó a nuestro territorio continental y oceánico, los siniestros abusos de las AFPs, farmacias, laboratorios, bancos, Isapres, mercaderes del retail, explotadores de la educación y salud, la corrupción y el rosario de males que sufre el país, ¿demuestran que Piñera, la derecha y la Concertación son una partida de idiotas? ¿No será que los idiotas somos el rebaño de corderos que en la Pascua electoral son inmolados en el ara de la demagogia?
Chile, malquerida herencia de nuestros libertadores, es víctima de lo que Roa Bastos llamaría un “ladronicidio”(4), de gente muy lista y que de idiota no tiene un pelo. La clave de este “ladronicidio” es la economía de mercado, fuente de aberraciones que están acumulando una rabia que amenaza estallar. Los responsables de esta crisis son los mismos que se preparan a reprimir a los que luchan por romper las cadenas del endeudamiento familiar y dejar atrás el comportamiento social egoísta instaurado por el terror. Ninguno de los dos bloques que se turnan en el gobierno plantea una alternativa a esta economía trituradora de valores fundamentales como la solidaridad. La divisoria de aguas no pasa por la economía de mercado. Sus diferencias se reducen al rasguño que proponen hacer a la Constitución, sin herir su corazón. Ambos conglomerados maniobrarán para bloquear una Asamblea Constituyente, única solución cívica a una crisis en aumento. Es evidente que luchar frontalmente contra el modelo mercantil -incluyendo su aparejo constitucional- es tarea de una nueva fuerza política que nazca de los movimientos sociales. Sin embargo, esto ocurrirá sólo cuando los idiotas recuperemos la capacidad de pensar y actuar con independencia de oligarcas y demagogos.

MANUEL CABIESES DONOSO

Notas
(1) La “parte del león”: nuevas estimaciones de la participación de los súper ricos en el ingreso de Chile. Ramón López, Eugenio Figueroa B. y Pablo Gutiérrez C., Departamento de Economía, Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, marzo 2013.
(2) Las consecuencias del boom de los precios del cobre en la economía chilena. Documento de discusión del Colectivo Andamios, mayo 2013.
(3) Id. Ver págs. 8 y 9 de esta edición.
(4) Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo.

(Editorial de “Punto Final”, edición Nº 782, 31 de mayo, 2013)


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